miércoles, 30 de octubre de 2013

Los adioses (en También la luz es un abismo / Emecé 1995)

Olga en su comunión


Ahora todo nos va llevando a sacudidas, como si nos empujaran para arrojarnos del paraíso: el pájaro que se queda atrás, los pastos duros y descoloridos, el trazo veloz, vehemente, desenfrenado con que corren los rieles. Con la frente apoyada contra la ventanilla del tren miro en el reflejo la cara que fue besada, que será recordada. Sonrío apenas y lloro silenciosamente.
Ayer por la tarde, cuando papá, Laura, María de las Nieves y su marido ya habían partido en auto hacia Bahía Blanca, yo todavía estaba en la galería de la casa vacía, entre embalajes y canastos. Trataba de reír junto con los demás, pero con poco éxito, ante las piruetas, los saltos y los gestos y los bailes de Miguel, salpicados de compungidas vocesitas de ánima, de vidrio roto y vaya a saber de qué, mientras su cara —la cara del rey de los disfraces— se mantenía impasible, fijada en la expresión atónita y distante de la pálida careta de goma. Era muy frecuente que en las evoluciones de sus deslizamientos se acercara a mirarme, y entonces yo veía en los ojos un acuoso, intenso y espejeante brillo, y casi podría asegurar que a través de la redonda abertura de la boca, los labios contraídos o mordidos se esforzaban por disimular la pena. ¿Sería así? No sería Miguel uno de los arcángeles designados por Dios para cortar el camino hacia el árbol de la vida? Y tal vez el roble protector, a cuyo pie me arrojaba para huir de algún pesar o para escapar de algún castigo, fuera mi árbol de la vida. No. No podía ser así. Todo el juego de Miguel era una farsa para cubrir su pesadumbre. El espectáculo se me hizo insoportable. Acurrucada entre dos canastos repletos de baterías de cocina pasé el resto de la tarde con un colador de fideos en la cabeza, encajado hasta la nariz como un sombrero, para poder ver y llorar mejor sin que nadie supiera. Mamá, la abuela y tía Adelaida trajinaban en los últimos preparativos, daban órdenes para el envío de los bultos, controlaban el traslado de los muebles. A las seis irían a buscarnos para llevarnos a Santa Rosa, donde pasaríamos la noche.
A las cinco y media el enmascarado descubrió a la chica que se había escondido detrás de la puerta del comedor y a quien todos andaban buscando por el jardín y por las quintas. "¿De qué te disfrazaste?", le preguntó en voz baja. "De Juana de Arco", contestó ella casi en un sollozo, recordando las ilustraciones de aquella tristísima historia, "¿Y tú?". "De bombero, para salvarte." "No quiero salvarme. Además no es cierto; ese no es el traje." "No, tampoco hay hoguera. Pero mira, con cualquier traje, soy el muchacho que te va a ir a buscar o te va a esperar hasta que vuelvas", dijo él sacándole el casco y quitándose la máscara. Los dos estaban llorando. Él se inclinó, la besó en toda la cara y le sorbió las lágrimas. "Adiós. Guárdala hasta entonces", dijo, y le puso una piedrecita dentro de la mano. El "adiós" de ella fue ahogado por un gemido, lo mismo que el susurro "No te olvides. No puedo, no puedo..." ¿Qué fue lo que no pudo? Las palabras fueron estrujadas, desenhebradas, asfixiadas por una contracción, por un nudo apretado desde el interior de la garganta. Él la abrazó muy fuerte; después se apartó de golpe y se fue corriendo.
Ahora estoy viajando con esa piedrecita negra, lisa, lustrosa, apretada en la mano. Me tendrán que abrir la mano por la fuerza para saber qué tengo dentro. Recorrerá conmigo kilómetros y kilómetros y seré casi manca durante setenta y dos horas. Después nadie sabrá tampoco de qué se trata. Diré que es un talismán que me regaló un mago. Pero seguirá viajando conmigo durante largos años: kilómetros y kilómetros de papel escrito, de papel en blanco que espera el poema, con esa piedrecita apretada en la mano. No sé si tiene un secreto, un significado que yo ignoro. A veces me parece que huele a algo más que a piedra fría o que late como un pequeñísimo corazón, como si dentro hubiera un pájaro minúsculo; a veces siento una vibración como si intentara dictarme la palabra que trato de escribir, la palabra en cuya búsqueda continúo escribiendo. Aún no he descubierto qué es esa palabra que murmura cuanto miro.
Adiós, casa de luciérnagas, casa de rincones abrigados y cómplices, de las misteriosas y enmarañadas selvas. Desde el centro de ti, que eres el centro del mundo, con una escalera hacia lo alto hubiéramos podido llegar al centro del cielo. Pero sin ir tan lejos, en las noches, cuando se apagaban las luces, tú comenzabas a balancearte y a andar como un navío llevándonos hasta los lugares más lejanos y secretos, a través de todos los peligros y temperaturas, y nos volvías a dejar ilesos y a salvo, cada mañana, en el lugar acostumbrado. Te he encontrado después en todas esas casas que habité, de modo que no sabía cómo cabíamos en ellas. Me salías al encuentro desde donde no podías estar: una ventana se abría en una columna, una puerta surgía en medio de la escalera, el sótano se asomaba a la buhardilla, el palomar se paseaba por la sala arrastrando un gran trozo de jardín. También te he vuelto a ver mutilada, con los pastos trabados y la frente sombría, y sin embargo sé que me has reconocido.
Adiós, adiós, aleros con canaletas y molino alto y chirriante, tentadores para las pruebas de equilibrio, los saltos inmortales e irrefrenable alpinismo; adiós, campo de girasoles y charca de las ranas verdes y pulidas como piedras preciosas, Las Marías Egipciacas; adiós, cementerio de pájaros que alojas tres canarios, un frasco de mariposas deslucidas y asesinadas sin querer, por ignorancia, junto al anillo de oro que Laura sepultó en un arranque de bucanera náufraga y perseguida. Adiós, árboles de las escapadas de la siesta con sus frutas verdes y sus ramas colmadas de depredadores huéspedes humanos; adiós, médanos junto al Torreón de los Corsarios o a los restos del castillo desde donde el vigía, o mi caballero, seguirá gritando mi nombre que la inmensidad transmitirá de nube en nube, o de año en año, hasta el día posible; adiós, resplandor de la ahumada cocina que agiganta las sombras fantásticas de los cuentos de la abuela y alberga nuestros juegos llameantes y nuestros corazones agitados en las tardes de invierno. Me despido de todo con los ojos deslumbrados de Ifigenia camino del sacrificio, y ya todo está envuelto en el esplendor de los bienes perdidos.
Porque en realidad ella se despide de todo lo que cree que termina. ¿Y acaso pudo soportar alguna vez lo que termina? No podrá ni siquiera soportar el espectáculo fatal de la Historia. Cleopatra, Giordano Bruno, Ana Bolena, no morirán en el cine. Continuarán su destino, después de su "aparente" final, en los protagonistas de otras escenas en otros cines, en diversas lecturas y aún en las calles, en rincones insospechados. Las imágenes serán a veces alusivas: la intrépida domadora de serpientes, el joven héroe que se ha refugiado en una cabaña junto al fuego, la mujer a quien recortan el escote de un vestido. Pero si no hay ese recurso, no importa. Cualquier acción y persona pueden servir para que aquellas vidas continúen. ¿Sería ese ya el comienzo de mi fe en la unidad última de todos, la creencia de que todos somos uno?
Ahora cree que en cuanto vuelva la cabeza la ráfaga que pasa habrá terminado. Inexplicablemente, eso no estará más. No sabe aún que seguirá bañándose con todas sus pertenencias en el mismo río o que seguirá sumergiéndose con todas sus historias en los distintos ríos que atraviese. Cada campo, cada ganado, cada bandada, cada mata que despliega con su extensión esa insalvable distancia que la aleja, seguirá renovándose y marchitándose con ella a medida que crezca, a medida que envejezca. Esta separación es un hachazo de la fatalidad (¡ay, habrá tantos!), y ella nunca podrá recuperar la inocencia por medio del olvido, porque una memoria indomable, ávida, feroz, será su arma contra las contingencias del tiempo y de la muerte.
¿Pero hasta dónde podrá estirarse esta cinta o esta franja elástica que la lleva? ¿Y cuántas cosas podrá colocar en esa inmensidad para que todo sea próximo y conocido, para que no entren huecos insalvables ni presencias extrañas? Allí puede caber hasta lo que creía irrecuperable o ajeno a este momento: la chocolatera dorada con rosas esmaltadas hecha añicos y ahora recompuesta, inalterable; los animalitos dispersos de un zoológico de madera, vueltos a reunir y apostados a lo largo del largo camino; el alfabeto de adelante hacia atrás, de atrás hacia adelante, varias veces; las estatuillas de arcilla china que forman poblaciones enteras en sus cajas de semillas de mijo; las figuras brillantes guardadas en sobres, libros y cuadernos; las tablas de multiplicar con sus vacíos y sus errores, el herbario que nunca logró terminar; las alucinantes, nunca confiables muñecas en cuanto se las mira largamente. Por suerte, el recuerdo del mundo es inagotable cuando se trata de colmar y dominar la lejanía. Y no hemos hablado de los rostros más queridos ni de esa piedra que aprieta en la mano y que se multiplica en todo cuanto mira. ¿Y que sucederá si la cinta o la franja elástica que la lleva se corta o se contrae? ¿Qué puede suceder? Nos devolverá al lugar de partida; no nos alejaremos más de donde estamos.
La chica no puede calcular que entre ella y ese lugar del que salió envuelta en llanto y amordazada por la impotencia, se filtrarán continentes enteros con sus floras y sus faunas, otras despedidas igualmente desgarradoras, encuentros milagrosos, insomnios desesperados, celebraciones como fuegos de artificio, amores, mudanzas, incendios, nacimientos, amaneceres sin porvenir, antes de que vuelva a encontrarse con Miguel. Serán más de cuarenta años de imágenes los que habrán pasado por unos y otros ojos cuando se estén mirando sin encontrar a los que eran, cuando él esté diciendo solemne, ceremoniosamente distante, como si estuviera vestido de negro, que "esa casa fue un esplendor y su gente era un orgullo para este pueblo y yo, yo tuve el extraordinario privilegio de frecuentarlos". Ella tuvo ganas de preguntar entregándole la piedra que aún conservaba: "¿Hubo alguien que verdaderamente sufriera cuando se fueron?, ¿alguien anduvo como un animal herido escondiéndose por los rincones?", pero se contuvo. "Parecería un sueño. Todo es tan ajeno, tan irreal, como si me lo contaran", estaba diciendo él, opaco, ausente. "¿Un sueño? ¿Pero no rescataste nada para el despertar? ¿Ni una pluma, ni una flor de papel, no digamos ya algo como el chaleco del Gran Meaulnes?", pensó ella. Nada que rescatar bajo el olvido. Nada puede decirse cuando han caído lluvias para cien inundaciones y los médanos han cambiado mil veces de lugar. Todo se ha borrado. Todo ha sido cubierto por la arena, por otra sal tan dura como la que cubrió a Cartago.
Y estoy aquí, con la misma impotencia, sometida a este viaje. Nadie frente a quién reclamar. Me han permitido viajar con mi vestido nuevo, para darme alegría. Es un vestido azul, de paño bastante grueso, como de marinero friolento, y llevo, además, un capote con caperuza y botones navales muy importantes. No me han permitido, en cambio, meter los pies en los zapatos de tacones altos de tía Adelaida, con los que intenté, apenas, cubrir las heridas de mi dignidad infantil, pero me he puesto una curita gloriosa en la muñeca izquierda y otra no menos heroica en un dedo de la mano derecha. Claro que son alardes, ostentaciones de una batalla que no hubo, pero algo me consuelan. Aunque no, ni siquiera me consuela la enorme caja de delicias de chocolate que me regaló la abuela. Lo logra, a ratos, su mano que acaricia mi cabeza, despacio, muy despacio, como si estuviera dormida.
¿Adónde he estado a punto de caer? Me han levantado del asiento a barquinazos. Nos estamos yendo de una estación perdida, polvorienta. Esos niños que juegan en la playa sentados sobre los talones, en el andén, y que miran ahora pasar el vagón, que me miran y me saludan con la mano y los saludo, me están dando la prueba de que volveré, porque a eso he apostado con la intención cuando he alzado y agitado mi brazo: "si alguien me responde, volveré". Aquella casa blanca, esa humareda, este pueblo que parpadea con sus luces enfermas, son mis enemigos. Lo serán para siempre, también cuando recuerde, cuando vuelva a hacer este viaje con tres muertas que ahora son mamá, la abuela y tía Adelaida, con las que voy hacia un lugar donde nos estarán esperando cuatro muertos en una casa que no conozco, cuatro muertos entonces, pero que ahora son papá, María de las Nieves, Laura y Daniel. Es impresionante estar rodeada siempre de muertos muy pálidos, muy inmóviles, que miran hacia adelante como si fueran en un tren, aunque vayan en el mismo. Da la impresión de que por saber entonces, cuando yo vuelva, ahora ya supieran, y sólo soy yo la que no sabe.
Tampoco sabes hacia dónde vas, criatura; no lo sabrás nunca. Sólo sabes que detrás de todo ese doloroso suspenso te espera el mar. Te han dicho que el mar no cesa, que las olas son las mismas desde el comienzo del mundo, que avanza y retrocede, tanto al avanzar como al retroceder. Engañoso, ¿no? ¿Será así todo lo desconocido? Semejante al acecho de una fiera siempre dispuesta a atacar y a desistir, a la espera del mejor momento para sumergirte. Ahora ruge y te llama, y sin duda hace aún más saladas tus lágrimas y te arrastra, irrevocable, desde algún oscuro lugar del porvenir, como la soledad que vino después y que te aspirará, que te aspiraba ya, desde algún rincón del inhóspito futuro, que apagaba las lámparas de un soplo, ensombrecía los cristales y te cubría de inexplicable sufrimiento desde los pies hasta la cabeza. "¿Qué te pasa?, pero, ¿qué te pasa?", te preguntarán con insistencia, y a veces hasta enumerarán algo de lo mucho que tienes para demostrar que no te falta nada. Y tú no podrás explicar que se trata de algo que aún no está o que no ha dejado de estar, que es algo que se asomará o faltará después, más allá, algo como el anuncio de la pena por la dicha que se irá, pero que ya ese aviso o esa ausencia te echaba su aliento a la cara y se adelantaba hacia ti y te absorbía como los remolinos de un venstiquero.
Es verdad; tampoco sabía adónde iba. Siempre creeré haberlo sabido cuando ya pasó, cuando tengo la sensación de estar haciendo una cuenta nueva. En cada momento creo que se ha corrido hacia adelante toda la oscuridad que hubo detrás y que ya he recorrido, tanteado y sopesado y hasta dominado con el instinto del topo o con la visión larguísima, múltiple, del gato. A veces he ido un poco más allá: he medido la oscuridad sin tiempo con la oscuridad de mi alma, hasta el último muro y hasta el último fondo, y han coincidido, y al fusionarse se ha producido algo que se parece a una chispa, a una revelación, a un reconocimiento instantáneo, muy fugaz, es cierto, pero que es como la promesa de un reencuentro y una unión perdurable con el modelo, invisible por ahora, en un lugar de donde vine y donde algún día haré pie y veré y sabré. Mientras tanto, mientras sondeo la oscuridad entre estas vislumbres de fulgores que me acercan desde la semejanza hasta la imagen, mantengo esta fe y esta esperanza. Aquí todo está hecho para soportar la luz por la sombra que arroja, y su presencia plena sólo se manifiesta en un relámpago, porque no es de este lado. Me aterra el solo pensamiento de intentar asir la iluminación o el conocimiento pleno arrojándome de un salto en una ilusoria claridad sin fondo. Es como pretender mirar de frente lo desconocido desde el centro de un diamante, o como estar prisionera, incrustada en un glaciar enceguecedor o, peor aún, como precipitarme en un resplandor insoportable, alucinante, por el que caigo y caigo hacia ninguna parte, sin ningún talismán, sin hilo sagrado, sin una piedra de amor apretada en la mano. Contra la falsa luz que no permite ver elijo lo invisible. ¿Será porque también la luz es un abismo?

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