domingo, 12 de febrero de 2012

Entrevista a Olga Orozco: En el final era el verbo (Gonzalo Márquez Cristo)



fotomontaje de Pablo Runa para el dossier de "El jardín posible"


Por Gonzalo Márquez Cristo

La primera versión de esta entrevista contó con la participación especial de Amparo Osorio, Omar Martínez Ortiz y Yirama Castaño.
Nació en Toay, Provincia de la Pampa Argentina, el 17 de marzo de 1920 y falleció en Buenos Aires el 15 de agosto de 1999.
Autora de una de las más sólidas obras poéticas en lengua hispana, en 1962 le fue otorgado el primer Premio de Literatura, al que le siguieron a largo de su vida los prestigiosos reconocimientos: Gran Premio de Honor otorgado por la Fundación Argentina para la Poesía (1971); Gran Premio del Fondo Nacional de las Artes (1980); Laurel de Poesía Universidad de Turín, Italia, (1984); Primer Premio de la Fundación Fortabat (1987); Gran Premio de Honor Sociedad Argentina de Escritores (1989); Premio San Martín de Tours (1990); Gran Premio Alejandro Shaw (1993). En 1998 le fue otorgado el Premio Juan Rulfo en Guadalajara, México.
Es autora de los poemarios: Desde lejos (1946), Las Muertes (1952), Los juegos pe­ligrosos (1962), La oscuridad es otro sol (1962), Museo salvaje (1974), Cantos a Berenice (1977), Mutaciones de la realidad (1979), La noche a la deriva (1984), En el revés del cielo (1987) y Con esta boca en este mundo (1994). Olga Orozco, nacida con el sol en Piscis y ascendente en Acuario, y con un horóscopo de estratega en derrota, según lo refiere en «Anotaciones para una autobiografía», nos guía por su denso y estremecido universo poético, explorando los matices agónicos de su voz, el incesante exilio interior y la raigambre entre misticismo y poesía, con su palabra propagadora de asombros.

* * *
Siempre que conversaba con Olga Orozco me impresionaba la gravedad de su voz, la fuerza de sus opiniones y la estremecedora capacidad para elevar el mínimo dolor o la más cotidiana desgarradura a una categoría estética. Su cáustica percepción del mundo y su impositivo sentido maternal que me regresaba por momentos a las reprimendas de la infancia me lanzaba en ocasiones a una feliz desolación, para usar su reiterada imagen.
Fueron múltiples las cartas y las llamadas que me acercaron a su peligroso dominio y hoy, a veinte años de la entrevista que realizáramos en agosto de 1990 para el número 3 de Común Presencia —donde publicaríamos una extensa selección de sus poemas inéditos—, me parece pertinente transcribir un fragmento de la misiva que antecedía las respuestas a aquella inquisición interior, con el propósito de fijar un retrato más conmovedor de esta poeta magnífica, cuya obra se ha convertido ya para el lector hispanoamericano en legendaria. A continuación su llamativo preámbulo:
«Entre mi intención de responder la entrevista y el papel pasaron enfermedades, crisis profundas, descorazonamientos, invasiones de hormigas, adioses imposibles y hasta inundaciones. Después también está el cuestionario que se las trae. ¿Te parece que son preguntas naturales, y sobre todo crees que son cosas que pueden interesar a alguien? Ay Gonzalo, Gonzalo, te he contestado como he podido, y si no te gusta rompe los papeles y cúbrete de ceniza. Suprimí una pregunta, porque no me gusta andar todavía por el mundo de la mano de Enrique Molina y de Alejandra Pizarnik. Para perderme en el bosque me basto sola, cantando o llorando, pero sola. El tiempo se me gasta en asistencias, en urgencias y en responsabilidades. Me queda un poco para desvelarme o para esconderme detrás de la puerta. Paciencia y barajar, como decía el gran clásico» (...) Buenos Aires, 20 de agosto de 1990.

La versión original de la entrevista aparece a continuación complementada con apreciaciones hasta ahora inéditas extraídas de la correspondencia donde es imperativa su voz atormentada y fecunda. Aquí, la hueste de escorpiones de un pensamiento en el fragor de su intemperie existencial:

¿Quisiera conducirnos hasta los orígenes de su poética?

—Empecé a escribir cuando sólo sabía hablar, jugando con las palabras, relacionándolas por sus sonidos y sus posibles significados, sin duda a través de impotencias, exaltaciones y asombros. Yo era una niñita tímida, reconcentrada y temerosa, acosada por misterios insolubles como lobos; y ahora comprendo que nombrar el mundo a mi manera equivalía a poseerlo, o a descubrir en mi expresión un «tú» permeable y comunicativo que me ayudaba a abordar lo extraño, lo ajeno. Era como establecer un diálogo íntimo y revelador con los fulgores, con los enigmas y hasta con las acechanzas.

¿Cómo se ha ido transmutando su pa­labra? ¿Cuál es el matiz más reconocible de aquella búsqueda del centro que siempre se escabulle, como parece ser la creación poética?

—Cuando pude trasladar mi juego al papel, se fue convirtiendo poco a poco en una apremiante tentativa de intercambio con lo inasible, cada vez más exigente, más rigurosa y más insatisfactoria. Puedo decir que siempre choqué con la zona vedada, la zona intransitable para el razonamiento o la explicación suficiente. Esta zona estaba en todas partes, dentro y fuera de mí, fuera y dentro de las cosas. Creo que supe desde muy temprano que la forma no era el límite, que había prolongaciones invisibles que iban desde el revés de la forma hasta mucho más allá de eso que llamamos esta realidad. Y me dediqué a interrogar las sucesivas realidades que hay detrás y que la incluyen, naturalmente, y siempre recibí como respuesta otra interrogación. Por otra parte, creo que eso es la poesía en sí: una permanente interrogación que lleva un poco más allá. En cuanto a la alquimia realizada a través de los años, si bien es evidente que el lenguaje se ha ampliado y que el estado de alerta frente a cada paso del proceso creador se ha ido exacerbando, mis intentos de aproximación a lo indecible se dirigen a los mismos centros. Dije más de una vez que es como arrojar la misma piedra a las mismas aguas: tal vez haya una diferencia en la onda que se produce, un mayor o menor acercamiento al punto exacto, pero la piedra, bajo distintas luces y apariencias, no es otra, y el agua es invariable.

¿El asalto continuo de la realidad cómo transforma su poesía?

—Supongo que la realidad que menciona es esta —inmediata, limitada y densa— a la que po­demos acceder con los sentidos y que tal vez sea un reflejo, como el de la ca­verna platónica. Y no es que la desdeñe. La amo, me seduce y me arrebata; le tengo el mis­mo apego irrenunciable que a mi propio cuerpo. Pero sospecho que me impide ver, que es bastante impermeable, que repre­senta además la contingencia, la ruptura, el accidente, la fragmentación, el desmigajamiento de la eternidad en el tiempo. Es la pared que separa lo que estuvo unido. Y eso es notable también en mi poesía: un muro contra el cual golpeo permanentemente, tratando de trascenderlo, de descubrir alguna puerta, alguna fisura que me permita atisbar el otro lado.

¿Podríamos decir que su voz, producto de un continente vulnerado, busca además el encuentro de los remotos caminos donde extraviamos nuestro aliento fundador?

—Pertenezco a un continente que me deslumbra y que pretendo me acompañe donde quiera que vaya. Lo demás, más que una pretensión es una especie de sed. Tengo el sentimiento y la nostalgia de la unidad perdida, llámese paraíso, llámese Edad de Oro, llámese el Uno Absoluto. Creo que desde allí el verbo habría continuado descendiendo, a través de la palabra, hacia la creación objetiva. Todos los mitos indican que se crea nombrando, que hay una especie de progenitura de la palabra unida a la creación, como si palabra y cosa constituyeran una identidad. Cuando escribo un poema, creo con imágenes verbales suscitadas por esas mismas cosas, produciendo encadena­mientos que me remiten cada vez más lejos, como si estuviera remontándome hacia la primera palabra y la unidad primordial. Naturalmente no llego jamás a las sílabas que podrían convertirse en el verbo sagrado, el cual estaría entonces al principio y al final de la creación. Creo que era en ese sentido que Valéry escribió con respecto a Mallarmé: «Se podía decir que él ubicaba el verbo no al comienzo, sino al final, detrás de toda cosa», como ocurre en mi poema «En el final era el verbo».

El surrealismo invade recodos de sus textos...

—Este movimiento poético posee una vigencia extraordinaria y nadie ha mensurado la liberación que desencadenaría en tan diversos estadios del pensamiento. El surrealismo nos dio la licencia para que el poderío de lo imaginario extendiera sus dominios. Lo Real Maravilloso de Carpentier encontró en él su legitimidad, para citar sólo una de sus últimas manifestaciones. El sueño alcanzó bajo su influjo un señorío tan sólo comparable con el explorado por el cuento fantástico de la literatura árabe. El subconsciente que Sigmund Freud desmantelara halló nuevos efluvios que no cesan de fortalecer nuestro fracasado proyecto humano. La asociación de imágenes promovida por Breton y su horda nos legó atrevidos caminos que ahora transitamos todos los escritores del mundo.

Nos parece adivinar en su obra la huella de poetas como Nelly Sachs y Dylan Thomas, ¿son acaso importantes influen­cias?

—No, en absoluto. Conocí los cuentos de Dylan Thomas mucho antes que su poesía, que me parece admirable, no sólo por su musicalidad y su dinamismo sino por su poder celebratorio. ¿Pero qué tengo que ver yo con esa magnificencia que sur­ge como a sacudidas y que está colmada de imágenes irrepresentables y de rupturas? Poco y nada. Menos aún con Nelly Sachs, a quien mi desconocimiento del alemán me hizo ignorar su voz hasta bastante tarde y en cuyo loable y salmódico lamento por la desposesión y el exilio del pueblo judío no encuentro el menor parentesco conmigo.

Es apreciable en Museo salvaje una filiación con Temblor de cielo de Vicente Huidobro...

—Ese libro del poeta chileno es uno de mis nortes secretos. Allí encuentro las latencias más afortunadas del surrealismo, el ritmo más vertiginoso y profundo que un lector pueda soportar. Sin embargo a veces distingo imágenes un poco forzadas, como si el arco se tensionara hasta quebrarse.

Usted dice que se entrega a juegos peligrosos, en los que cree adquirir pode­res mágicos. En «La cartomancia» hay un proceso cabalístico; en muchos otros exis­te la alquimia de las imágenes...

—A través de esos juegos peligrosos que encarnan en algunos de mis poemas, me refiero a la búsqueda afiebrada de Dios en todas sus posibles manifestacio­nes; a la persecución de la poesía, que ape­nas entrevista se desvanece; a las violacio­nes del tiempo al que altero en su carácter lineal; a la inmersión incondicional en los territorios de lo onírico y lo maravilloso; a las exploraciones en el fondo de mí misma hasta la enajenación y el agotamiento; a las experiencias de traslación del Yo a otros planos desconocidos; a las fusiones con el Otro y con lo Otro, y a muchas otras tenta­tivas de conocimiento y de liberación. También el esoterismo, en sus distintas ex­presiones forma parte de esos juegos pe­ligrosos porque todos intentan anular las imposiciones de la realidad, tratan de inci­dir sobre ella modificándola, suprimiendo las limitaciones, trascendiendo el aquí y el ahora. Magia y poesía están profundamen­te unidas en sus raíces: ambas desechan las leyes formales de causa y efecto, recurren a la analogía para ejercer sus poderes transformadores, realizan alianzas entre fuerzas contrarias y fundan territorios de posibili­dades infinitas en el universo de lo impro­bable, sólo con nombrar. Pero la magia es una apuesta esperanzada y la poesía es una apuesta contra toda esperanza y toda desesperanza. Sí, ¿es esa mi forma de entender la videncia? Tal vez, tal vez «ainsi je travaille á me rendre voyant», como Rimbaud.

A partir del Romanticismo Alemán existe un miedo que nunca abandona a los artistas más audaces. ¿Cree usted que una singular maldición acecha a los poetas?

—No creo que ninguna maldición esté fatalmente consustanciada con la natu­raleza de los poetas. Pero a partir del mo­mento en que Platón selló nuestra expulsión de su República, quedó decretada nuestra proscripción. Aunque no tergiversemos el carácter de los dioses ni hagamos torpes imitaciones de sus actos, aunque nadie nos exija elogiar a los hombres esclarecidos ni ser ejemplos de virtudes edificantes, los poetas, salvo muy contados reconocimientos, seguimos enfrentando las suspicacias, el desdén y el estupor. Son las reacciones habituales que provoca un personaje ensimismado y estrafalario, que farfulla a solas, que juega su destino a visiones ilusorias y que habita en un tablón suspendido entre abismos. Parecería que se cumple, a través de la exclusión, una especie de internación hacia afuera, de jaula al revés, ya que la sociedad rechaza lo que es para ella lo Exterior, lo que cumple una ex­periencia extrema, al decir de Michel Fou­cault —locos, leprosos, miserables, licenciosos, profanadores, heréticos, irregulares—, lo que sobrepasa las fronteras admitidas para la carne, para la salud, para la razón, para las pasiones. También nuestra categoría entra en los desórdenes de la trasgresión y de la desmesura y es punible. Los castigos que la sociedad le inflige al poeta por su falta de adaptación a valores y reglamentos que no son los suyos, son paralelos a los que el poeta se inflige a sí mismo por esa misma inadaptación, y que comprende una intolerable gama de angustias, penurias, desgarraduras e infiernos, hasta llegar a veces a la autodestrucción.
Desde luego no quiero hablar de los falsificadores, de los poetas que se atienen al código de los malditos al pie de la letra, y que consiguen condenas verdaderas.

¿Cuál es el destino del amor, uno de los pocos dones de esta noche deshabitada?

—El del amor en general, como un per­manente impulso de entrega a los demás, como una conjunción con todo lo existente, depende del mejoramiento de cada uno y de la suma de un feliz intercambio, que fuera en su plenitud la fundación de un paraíso terrestre. Claro que para eso tendríamos que considerar nuestro exilio no como una noche deshabitada sino como una noche colmada de criaturas perdidas en el bosque, y hacer señas y buscar y encontrar y perdurar en nuestro acercamiento. Al amor lo he visto consumirse en su propio fuego, como si el mismo ardor que lo alimenta lo devorara, como si el roce de los días o la repetición de las palabras y los actos lo fueran desgastando hasta hacerlo desaparecer. Creo que esta inmolación, en nombre de la costumbre o de cualquier tentación, es una incapacidad para vivir en estado de juego, de inocencia y de gracia, además de ser un defecto de la imaginación, que no sospecha que el territorio prodigioso de lo desconocido crece a medida que se avanza desde lo conocido.
Si bien en cada amor hay momentos eternos, sucesivos amores no equivalen al amor absoluto porque incluyen también sucesivos fracasos y edenes perdidos. Yo no me resigno a pensar que el amor único tenga que ser forzosamente el amor platónico, el que se salva de todo riesgo, de toda claudicación, de todo desvío, y sigue el camino de lo posible clausurado. Y no hago envejecer a Isolda y a Julieta, y ni siquiera, a Romeo y a Tristán, para congelarlos en el desamor o condenarlos a un eterno retorno que es casi esa abstracción deshabitada de la que nos habla Maurice Blanchot. Yo apuesto por el amor, como apuesto por Dios, y no necesito pruebas.

En sus textos existe una cadencia letánica y es evidente su intento por interrumpir un exilio existencial, similar al proceso vivido por los poetas místicos...

 —A veces siento la poesía como un conjuro y al corazón como un talismán que imanta las catástrofes. Lo religioso recorre mi escritura, o tal vez lo sagrado. Escribí «En el final era el verbo» que deseaba descubrir a dios por transparencia. El ritmo que aprisiona mis versos es como una caída en espiral de imágenes, de sensaciones, de mi propia alma que balbucea y huye de un sol inextinguible. Empezaré a caer hacia lo alto, digo en uno de mis versos. Puedo confesarlo: Quiero a Rilke volando por mis páginas.

¿La caída es el punto donde el asombro aparece?

—Sí, desde un punto de vista cristiano. Es el punto en donde se produce el nacimiento, el despertar a esta extrañeza, a este mundo adorable pero sorprendente, sin respuestas posibles, y en el que la caída no cesa, sino que se prolonga durante todo el viaje y se siente como un candil en cada pérdida. Se supone que después comenzará el ascenso.

Las cenizas han orientado búsquedas esenciales del hombre: aún conservan la fuerza de su pasado incandescente y por otro lado fundan fuegos imprevistos. ¿No le estará permitido al poeta sorprender al azar-objetivo soñado por los surrealistas en su mo­mento de gestación?

—¿Qué cenizas? ¿Las del propio pasado, las de la historia? Si vemos cenizas es porque algo nuevo se ha gestado y entonces ya no son ellas las que nos orientan. En cuanto a sorprender al azar en su momento de gestación por más que el poeta ten­ga un sexto sentido, un gran poder de anti­cipación, y esté alerta a cualquier señal que pueda equivaler a un anuncio significativo, es muy difícil saber que en ese punto está la iniciación precisa de algo que después llamaremos azar objetivo, lo que Breton definió como «el encuentro de una causalidad externa y de una finalidad interna», es decir, a un maridaje inquietante entre un elemento objetivo y otro subjetivo que se corresponden, y no a una simple casualidad cotidiana. Por lo demás, tendríamos que atisbar esa «gestación» desde los dos extremos de las series (exterior e interior) que se unirán produciendo el deslumbramiento o el asombro, presuponiendo entonces este encuentro, lo cual equivaldría a un determinismo o por lo menos a un cálculo de resultados, como en una observación de laboratorio.

El ser, fuerza que para algunos filósofos se crea por la palabra, ¿encuentra al final su verdadero rostro en un espejo: en el silencio?

—En el silencio, tal vez, como culminación del verbo creador; tal vez también en Dios y en los demás, todos como un reflejo y una prolongación de ese mismo Dios. Encontrar el verdadero rostro en un espejo equivaldría a haber inventado el mundo, a confirmar el triunfo de lo iluso­rio, de una estremecedora y vana soledad Berkeliana.

¿Posee algún amuleto que pueda protegerla de sí misma?

—Sí, poseo tres: el amor, el perdón y una piedra negra, muy lisa y muy lustrosa, que me ayuda a transitar por lo desconocido ilimi­tado.

¿Acaso la poesía la deja siempre expuesta? ¿La convierte en alimento de los lobos interiores, en pasto de lo Otro?

—Es una niña perversa, impúdica, o mejor, una flor carnívora insaciable. La flor azul de Novalis es victimaria por naturaleza, recordemos que nace al borde del abismo. El poema es como un ejército de hormigas que busca mis entrañas a horas inusuales y de esa contienda nunca salgo ilesa. La poesía intenta apresar al tiempo en un pequeño frasco de perfume, es el ojo que pretende ver la nuca del observador. Ella es arbitraria y funesta. Su principio es anómalo y muchas veces criminal. Pero debemos recordar que sólo el poeta se baña mil veces en el mismo río, los demás seres jamás persiguen ese tormentoso delirio. Desde que nací intento apenas sobrevivir a su intemperancia, a su reino devastador.

¿Cómo percibe la creación poética de América Latina?

—Amplia, muy variada, sorprendente, salpicada de altas cumbres, pasadizos sub­terráneos, de islas, archipiélagos y yacimientos por descubrir...

* * *
Tres años después de publicada la versión original del anterior diálogo recibí una carta extensa, angustiosa y colmada de confidencias, de la cual extracté el siguiente fragmento seguro de que interesará al deslumbrado lector de esta poeta que «padecía de paredes agrietadas, de árbol abatido, de perro muerto, de procesión de antorchas y hasta de flor que crece en el patíbulo», según lo dijo en uno de sus textos sobrecogedores. Y que además se creía rica, «rica con la riqueza del carbón dispuesto a arder».
(...) «No quiero provocar la suerte que no ha sido muy pródiga conmigo, ni en lo importante ni en lo ínfimo. Si voy al cine, se sienta adelante un cabezón; si al correo, estoy detrás del joven que despacha 400 participaciones de casamientos; si a un teléfono público, mi turno es inmediatamente después que el de la madre que dicta a su hija diez recetas de cocina. ¿Por qué me ha de respetar un espantapájaros colocado en el camino? Creo que últimamente un buscapiés de Navidad no vacilaría en perseguirme. Dirás que esto es un síntoma de mi intensa depresión, y sí, lo es. He tenido muchas pérdidas en los últimos cinco años: toda mi familia, mis mejores amigos. Apenas si me queda la fuerza necesaria para hacer frente a los oscuros despertares, empezar a remontar el día y ponerme a trabajar, poco y mal... No te sigo llorando para no contagiarte. Cuando pase esta etapa no vacilaré en ir a Colombia. Tengo grandes amigos allá, a quienes siento muy cerca de mi corazón y de una memoria que se adelanta a todo conocimiento».

Qué más puedo agregar: ¿No era ese tu triunfo en las tinieblas, poesía?



(Versión original, Buenos Aires-Bogotá, agosto de 1990)


Agradecemos al autor de esta entrevista su gentil colaboración con este blog.

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