lunes, 15 de agosto de 2016

La gente habla de Jorge Luis Borges (Valentine Charpentier)



                                               Jorge L. Borges: Foto Annemarie Heinrich, 1966

Un creador de mitos y desconcertantes  teoremas, un intérprete de la eternidad y el infinito: un escritor porteño y universal.

Un hombre borroso, un hombre que, a fuerza de negar el destino comúnmente anecdótico de cualquier hombre, parece estar logrando que lo invada una sustancia neblinosa, un laborioso aire que lo esfuma. O tal vez sea el hecho de ver tan poco lo que él toma con una intensidad tan contagiosa que casi no lo vemos. Hasta que su vaguedad se impone, sin embargo, con mayor fuerza que la de una cara o un conjunto de contornos recortados, definidos, y nos quedamos mirando a este Jorge Luis Borges de esta hora precisa de este día de 1966, como si, al igual que su obra, estuviera hecho de infinitas superposiciones de tiempos y distancias.
Este hombre alto, para quien la estatura parece constituir una evidencia fastidiosa y y cuyos movimientos indecisos se aproximan a la indecisión, esta especie de vacilante rapsoda, fue postergado otra vez en el Premio Nobel de Literatura.
Buenos Aires lo comenta.
Y Borges está incómodo. Porque es un hombre tímido al que molestan por igual el comentario, la interrogación, la calumnia y la alabanza.
De la misma manera le molesta hablar de su vida, como no sea para decir que no ha estado consagrada a vivir: "Pocas cosas me han ocurrido más dignas de memoria que el pensamiento de Shopenhauer o la música verbal de Inglaterra".

Rastros de una biografía

Evidentemente, no existen en el destino de Borges los hechos pintorescos o aventureros que puedan condimentar ese alimento para la curiosidad pública, esa fiesta en una sala de pasos perdidos que es la biografía de cualquier hombre de notoria actuación. No ha sido marinero, no ha ido a Africa a cazar mariposas, no ha competido por ninguna copa en ningún torneo deportivo ni ha figurado como protagonista en ningún estruendoso naufragio sentimental.
Pero, a pesar del inmenso predominio de la literatura sobre cualquier otro episodio, no ha podido escamotear su nacimiento, ni el forzoso recorrido de sus años hasta la actualidad, recorrido que, por lo demás, no es más opaco que el de cualquier otro destino, cuando se anota en datos concisos y breves, que se asemejan a su propio pudor, a todo pudor.
Nació el 24 de agosto de 1899 en Buenos Aires.
Pasó su adolescencia en Europa y cursó el bachillerato en Ginebra.
En 1919 viajó a España y se unió al movimiento poético que tenía como medio de expresión la revista "Ultra", de donde deriva su designación de ultraísmo.
En 1921, al regresar a Buenos Aires, fundó con González Lanuza, su primo Guillermo Juan, Norah Lange y otros, la revista mural Prisma: carteles con esos angélicos dibujos de su hermana, Norah Borges, con poemas plagados de forzadas y esforzadas metáforas y declaraciones como la siguiente: "Hemos embanderado de poemas las calles, hemos iluminado con lámparas verbales vuestro camino, hemos ceñido vuestros muros con enredaderas de versos". Pero al transeúnte porteño le conmueven muy poco esas banderas, no se abandona a la guía de esas luces ni le interesa que crezcan esas enredaderas. Considera que este fervor es un fervor lujoso, un fervor de inútiles ocios, que solo deja de serlo cuando la fama lo respalda.
"En ese mismo año Borges publica en la revista Nosotros los principios y propósitos del movimiento ultraísta, al que denominará después; "la secta, la equivocación".
Al año siguiente, con intervalos que la prolongan hasta 1926, aparece la revista Proa, de la cual forma parte junto con otros y Macedonio Fernández, escritor particularísimo y universal, que influyó íntimamente en su obra.
Integra la generación "martinfierrista" , que agrupa a un conjunto de escritores de vanguardia, nada folkloristas a pesar de su denominación, en el combativo y satirizante periódico Martín Fierro.
Con su primer libro, Fervor de Buenos Aires (publicado en 1924), se inicia una producción que será numerosa y que abarcará poemas, cuentos y ensayos. Uno y otro libro serán como los mojones que marcan su trayecto desde el arrabal porteño a los arrabales del cielo: Luna de enfrente, Inquisiciones, El idioma de los argentinos, Cuaderno San Martín, Historia universal de la infamia, E jardín de los senderos que se bifurcan, El Aleph, El hacedor, etc.
Sus galardones, a lo largo de esta obra, matizados por algunos banquetes de desagravio en ocasión de no haberle sido adjudicado algún merecido trofeo, son también numerosos: Premio Municipal, Premio Nacional, Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, presidencia de esta misma institución, Doctor Honoris Causa de la Universidad de Cuyo, título de Comendatore adjudicado por el gobierno italiano, Premio del Congreso Nacional de Editores (compartido con el irlandés Samuel Beckett), insignia de Comendador de la Orden de Artes y Letras concedida por el gobierno francés, Premio del Fondo Nacional de las Artes, etc.
Es profesor de literatura inglesa en la Facultad de Filosofía y Letras, y Director de la Biblioteca Nacional.

¿Falta de pasión y humanidad?

Este es uno de los cargos que con mayor frecuencia se hace a Jorge Luis Borges, escritor y persona. Absurda exigencia la de convertirlo en lo que no es y de juzgar una obra por los elementos de que carece, sobre todo cuando su inmenso relieve está dado, justamente, por la exacerbación del mundo que contiene. De la misma manera se le podría reprochar el no ser águila o urna griega, porque evidentemente el hombre que hubiera escrito libros donde la pasión avasalladora o el desarreglo de los sentidos llevan a situaciones extremas, no sería nunca este escritor especialista en laberintos mentales, en conjeturas, en claves de acciones y vidas simbólicas, en bifurcaciones de tiempos y de destinos, en ajedreces y espejos infinitos.

Que los personajes de Borges no intervengan en movimientos sindicales, que su acción no se demore en acariciar un perro, o en huir de mosquitos durante un pic-nic, no justifica ningún reiterado reproche. Borges no coloca sus personajes en un plano de alegato social, ni de buenos sentimientos familiares, ni de preocupaciones cotidianas, sino que se proyecta con ellos hacia un mundo o una esencia trascendente, hacia enigmas y problemas metafísicos, hacia conflictos eternos entre el hombre y el cifrado universo que lo encierra.
Todo ello no lo exime de la ternura contenida, la emoción pudorosa y el temblor de quien ha rozado el centro del misterio.

El oficio y el hombre

Este apasionado de la palabra, que escribe porque para él no existe otro destino-de acuerdo con sus propias declaraciones-, este indagador de arcanos, ha definido al Borges escritor y al Borges persona en una memorable página de Inquisiciones:
"Al otro Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del s XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributo de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizás porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje y la tradición.
Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro.
Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser: la piedra eternamente quiere ser piedra; y el tigre, un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de liberarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga, y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.
No sé cuál de los dos escribe esta página."
Nosotros lo sabemos, y esperamos el Premio Nobel de otro año para los dos.

en Revista Claudia 114 - noviembre de 1966 -

sábado, 18 de junio de 2016

El amigo habla con los crepúsculos muertos sobre Lochem (Olga Orozco)



Alfonso Sola González con su esposa Graciela Maturo



Testimonio de Olga Orozco sobre Alfonso Sola González


Allí estaba, frente a mi puerta, en aquella Nochebuena de 1940, tímido, sonriente y confundido, con su aspecto de príncipe errante, dispuesto a entregar una carta y a seguir marchando contra el viento y bajo la tempestad. Le insistí para que se quedara a la cena de medianoche. Recuerdo su espíritu de celebración- a pesar de las ráfagas de melancolía que apagaban a ratos las chispas azules de sus ojos y se filtraban en sus silencios y en sus palabras- y el exaltado fervor con que colaboró con todos los despliegues pirotécnicos cuando cesó la lluvia. Bengalas, chorros de estrellas, fuegos de artificio y globos iluminados despertaban en el él un azoramiento y un entusiasmo casi infantil, como los que pueden provocar los incandescentes emisarios de otros mundos. Entendí después que él mismo era un mensajero, alguien que llega herido, sobreponiéndose a las apariciones y a las acechanzas del camino, y parte otra vez, convaleciente, para llegar a otro lugar con la herida de lo que acaba de dejar.
Continuamos viéndonos regularmente. Sus viajes desde Paraná hasta Buenos Aires eran entonces frecuentes. Llegaba sorpresivamente con un revuelo de arcángel, frágil y delicado, elegido para una invariable juventud como casi todo geminiano. Aparecía con su ceremonioso traje azul, su impecable camisa blanca de cuello duro y su permanente aire de desarraigo, de andariego destierro, dispuesto a pasar tres o cuatro noches sin dormir. ( A veces añadía a su candorosa solemnidad la distancia de un par de anteojos ahumados, para llorar disimuladamente algún amor desdichado, de acuerdo con su propia confesión). Ignoro cómo eran sus días en un sombrío hotel de luces verdosas, donde a veces se le aparecían de escalón en escalón las pálidas manos de Virginia Donatelli, asesinada, descuartizada y arrojada en un lago de Palermo hacía unos veinte años. Yo lo encontraba por la noche. Lo veía entrar a casa de Daniel Devoto por el balcón, de acuerdo con la costumbre establecida - en un alba confusa se deslizó también equivocadamente, por maliciosa indicación de alguien, en el departamento de una beata madrugadora que se vestía para ir a misa y alborotó a todo el vecindario con sus escandalizadas jaculatorias-. Nos reuníamos en casa de Oliverio Girondo y Norah Lange o en mi propia casa, en alguna cantina de La Boca, en un bar de la calle Catamarca hacia el que nos arrastraba bajo un cielo ya lívido Eduardo Bosco. No diré que en toda ocasión nos sorprendía la madrugada, porque la madrugada no sorprendía a nadie: era una comensal habitual, la última recién llegada.
Al partir hacia Paraná, Alfonso llevaba estampadas en las ojeras las desmedidas trasnochadas y en el cuello duro de la camisa líneas de poemas, firmas, mandalas y recomendaciones de último momento. Las llevaba no sólo naturalmente sino con cierta indolente alegría, como quien sabe que sólo lleva una protección y un abrigo para buena parte de la travesía.
Era la época que siguió a la aparición de la revista Canto, después a la de Verde Memoria, cuando Daniel Devoto inició generosamente las ediciones de Gulab y Aldabahor, el tiempo en que conversábamos inagotablemente de literatura y en que la mayoría de los poetas cultivaban un desapego de hijos pródigos, despreciaban la prudencia y el orden y apostaban a la vida o el porvenir a peligrosas aventuras, aunque sólo las cumplieran en un espacio de proyecciones atemporales, como se cumple la poesía misma. Allí, Alfonso habitaba una mansión de piedra entre reyes olvidados y servidores mudos, y vivía un amor devorador, absoluto e imposible. Yo le preguntaba por sus lebreles, por sus posesiones en Lochem, donde en la más alta ventana de una torre ruinosa le esperaba una mujer llamada Palemor, que tenía un candelabro de plata en la mano y miraba hacia el ocaso herrumbrado de un jardín taciturno.Preguntar todo esto era casi preguntar por el asunto mismo de sus espléndidos, lujosos y agónicos poemas. Pero la historia tenía variaciones: a veces las uñas largas de Alfonso o sus dientes algo encimados con agudos incisivos servían para componer un lánguido vampiro enamorado que tenía prisionera a Palemor; otras, la palidez y la demacración de él eran evidencias de que Palemor era una perversa aparecida, una muerta capaz de resucitar por la fuerza de la apasionada carne, y entonces Alfonso pasaba a ser el incestuoso hermano fugitivo o el aterrado visitante que huye como en La caída de la casa Usher. Las posibilidades de combinación eran muchas, casi inagotables, matizadas por injertos de personajes reales y fantásticos, entre los que planeaba también la sombra del Gran Meaulness, huyendo hacia el mar y las tumbas de Lofoten, ese lugar de maelstroms que Milosz se lamentaba de no poder ver jamás, armado con ese laúd constelado de Nerval que "lleva el sol negro de la melancolía".
Y de pronto el grupo se dispersó, como si cada uno hubiera sido convocado urgentemente desde otro rincón del mundo, desde otro rincón de su biografía, desde otro rincón del insomnio. Algunos años después tuve noticias indirectas: el "Flaco" Sola se había casado, vivía en Mendoza, tenía una cátedra en la Universidad de Cuyo, era el padre feliz de seis criaturas. Me confirmó esos datos desnudos, sin demoradas y carnosas envolturas durante una controvertida Feria del Libro que me llevó a Mendoza incautamente en 1967 y en la que nos encontramos por brevísimos minutos, minutos concedidos como un homenaje de amistad venciendo el rechazo que le producía la organización de aquella Feria que había tenido en cuenta escasamente a los escritores del lugar, hecho que provocó mi rápido regreso.
Unos años después, en 1974, me visitó en Buenos Aires. Llegó a casa al atardecer y subimos enseguida en un inmenso carricoche con todos los amigos muertos y los pocos, poquísimos, que aún quedaban vivos, y viajamos por la noche recorriendo otras noches, historias, fiestas, fervores, despedidas, con paradas obligatorias para la poesía y para otro brindis a cada vuelta de la esquina. Fue un paseo extraño. inquietante, fantasmal, en que se nos perdían grandes trozos de ciudad, años enteros, personajes y frases, bajo lentas avalanchas de arena. Se lo llevó el alba, como siempre. 
No lo vi nunca más. Cuando me dijeron el final, pensé que había logrado abrir la puerta, esa que llevaba consigo, y que daba a Lochem o a algún otro lugar que lo esperaba con su eternidad, y repetí entonces para él unas palabras de La Casa Muerta, que creía olvidadas: "Ya has pasado la muerte, ya has vencido".

Olga Orozco, Homenajes en el aniversario de su muerte, Mendoza,
Los Andes, 24 de octubre de 1993

en Obra poética de Alfonso Sola González, Ediciones Biblioteca Nacional, Bs As 2015

domingo, 6 de marzo de 2016

Epitafio para la víspera del pródigo (Olga Orozco)




El volante de poesía "Oeste" de Chivilcoy (Pcia de Bs As), editado por Nicolás Cócaro publicó este poema de Olga Orozco en 1949, recién en 1972 aparecería bajo el título "La víspera del pródigo" en el libro Las Muertes (Losada,1972)

sábado, 10 de octubre de 2015

Ella cantaba (Leonardo Martínez)

Con su habitual generosidad, el querido poeta Leonardo Martínez comparte con nosotros este poema sobre su amiga Olga Orozco.



Leonardo Martínez



Ella cantaba



Cuando la poeta cantaba tangos
y la poesía al fondo de sus ojos
era una ronca dulce queja
una imprecación  un desvarío
y la pampa atravesaba  su mirada
de lanza
               de rifle
                            de galope tendido hasta los toldos
porque La Fantasma se agitaba
para estarse luego quieta
y profetizar con ademán magnífico
una estampida de voraces y sonoros versos
de un libro torrentoso
que cantaba
                       callaba
                                    escribía
con una tinta que sangraba el horizonte
en atardeceres de niñez feliz
para después vestirse de amor


y amar desde una vestidura cosida
con relámpagos y pedazos estremecidos
de Oskar de Lubicz Milosz
y del mejor Rilke
mientras su cabellera y sus largas piernas soleadas
y sus pies calzados con sandalias de viento
se adueñaban de la noche
y la noche era el mar
la gran ansia que reúne todas las ansias

                                                                      
28-XII-1998


Leonardo Martínez

Recomendamos el dossier sobre el poeta de la revista El vendedor de tierra preparado por Alejo González Prandi

http://elvendedordetierra.com/category/dossier/leonardo-martinez/

miércoles, 22 de julio de 2015

Para ser otra (Olga Orozco)




.
Una palabra oscura puede quedar zumbando dentro del corazón.
Una palabra oscura puede ser el misterio de otros nombres que tuve.
Una palabra oscura puede volver a levantar el fuego y la ceniza.
.
“Matrika Doléesa,
llora por mí.
Matrika Doléesa,
vuelve por mí.
Ven a buscar el ascua del esplendor
sepultada en mi mano”.
.
Y unas ramas sobre la cabeza bastan
para desenterar una reina borrada por la plumas de un dominio salvaje.
Conservo de ese tiempo el tatuaje que deja una sombra de triste idolatría en todo cuanto toco,
una respiración de plantas sofocadas que exhalan un veneno semejante al sueño,
el puñado de piedras siemprevivas donde hierve la sangre de mis antepasados,
un poder en tinieblas encerrado por el vuelo de un pájaro
y esta máscara fúnebre que avanza desde el fondo de mi rostro cuando nadie me mira.
Entre las ceremonias del amor
ninguna comparable al matrimonio del sol y de la luna.
El sabor de los días es como un talismán que preservara del gusto de morir,
y el éxtasis y el pavor son como dos tormentas que vienen y se van
llevadas por el bostezo de una larga, larguísima pereza.
.
“Matrika Doléesa,
no llores por mí.
Matrika Doléesa,
no vuelvas por mí.
Rompe el cristal del invierno
donde guardas mis lágrimas”.
.
Y desde no sé dónde, los cabellos llorosos
anudados por unas cintas grises que despliegan un viaje de huérfana en la lluvia
vuelven con el color de la nostalgia.
He guardado ese rostro como de ramo hallado en una tumba,
un pedazo de vidrio para verme pasar embalsamada delante del cortejo de lo que nunca vuelve,
y las historias del amor o del miedo
labradas por el llanto sobre unas piedrecitas que señalan mi descenso al olvido.
Alguien llama a veces desde una casa que hunde sus raíces de arena en la distancia que llamamos nunca,
y otras veces despierto en mi memoria con el olor de los países donde nunca estuve.
Porque mi exilio está conmigo.
Cuando me alejo crezo, como las catedrales.
Quienes más me conocen me recuerdan como a una bujía apenas entrevista detrás de una ventana,
o las aparecidas que surgen desde el fondo del estanque en su ataúd de hierbas,
y llaman desde el costado de la luz a ciegas,
llaman.
.
“Darvantaran Sarolam,
junta nuestros despojos.
Darvantaran Sarolam,
búscanos la salida.
Toma el grano de trigo funerario,
tómalo desde el fondo de cada eternidad.”
.
Entonces, la que no duerme en mí
levanta la cabeza de sonámbula como una luminaria entre las colgaduras de la fiebre.
Siempre este gusto a sed,
esta mano que incendia con mi mano las grandes asambleas de la sombra,
esta mirada que no ve para mirar mejor debajo de las aguas.
Yo escarbo en mi memoria otra memoria como un desván en llamas
donde se ocultan cifras entretejidas con molduras,
enigmas disfrazados de falsos personajes de la ley,
revelaciones encubiertas con ropones de hiedra, entre restos de espejos,
poderes enmascarados por la promesa de la muerte.
Todo arde aquí, inmóvil en su envoltura inalcanzable.
Y alguien da la señal.
Las aguas suben en una estría azul que rompe las paredes.
Voy a poder mirar.
Voy a desenterrar la palabra perdida entre las ruinas de cada nacimiento.
.
¿Y este nombre secreto con que me nombran todos y se nombran?
Ya soy ajena en mí,
pero es este mundo entero quien emigra conmigo
como un solo organismo arrebatado de cada cautiverio, de cada soledad,
por esa bocanada de las grandes nostalgias.
Y de pronto, ¿este desgarramiento,
esta palpitación en medio de la noche que corta su atadura en la vena más honda de la tierra,
este fondo de barca que asciende sobre un lecho de plumaje celeste,
este portal aún entre la niebla,
este recuerdo del porvenir desde el comienzo de los siglos?
¿Quién soy? ¿Y dónde? ¿Y cuándo?


en  Los juegos peligrosos (1962)

domingo, 17 de mayo de 2015

Ceremonia nocturna / sobre textos de Olga Orozco en junio en el CCC


Yo somos tú (monólogo) Olga Orozco





"A mí me encana la transmigración." Entendámonos bien. No se trata de andar de tierra en cielo, como ráfaga errante, desechando un cuerpo, cerrando con un golpe las ventanas de cualquier biografía, para después colarse de un soplo en otro cuerpo y en otra biografía, y volver a salir definitivamente. Yo prefiero no dejar residuos, ni ropajes vacíos, ni corazones rotos, ni esperanzas de encuentro para el día de la resurrección. Prefiero estar aquí, en unidad de tiempo y de lugar. Prefiero probarme caras sobre esta sola cara. Prefiero animar toda la historia universal sin apagar mi historia. A puertas cerradas, a nombre fijo y aun a días contados, prefiero entreabrir otras puertas, multiplicar los nombres, extender días a siglos. Mis territorios crecen de este modo de manera incalculable. Y los llevo conmigo. Los pliego, los despliego, los torturo, los siembro, los recorto, los trituro, los mezclo, los devoro, los exhalo, y si quiero los pliego una vez más, los estrujo en la mano y los dejo caer entre los dedos. Así, naturalmente, sin mirar hacia atrás. La geografía no tiene exigencias para mí: aplano las montañas, desvanezco los mares sin contemplaciones, cambio de sitio las ciudades, desvío el curso de los ríos para poder pasar. Y hasta hago surgir los continentes desaparecidos y aparecer, de pronto, los que nunca estuvieron. La zoología no se me resiste. Paso sin transición de perro a lobo, de tigre de Bengala a colibrí, de cordero pascual a martín pescador. Me visto y me desvisto de plumajes ardientes a púas erizadas, de terciopelos suaves como el ocio a escamas para encubrir la tentación. La mineralogía no es impenetrable, salvo cuando se trata de disolver ideas fijas y conciencias de falso cristal. Con la botánica me desperezo, me alargo, me desplazo, llego furtivamente hasta otro pecho, me adhiero al corazón. Pero  de todas las prolongaciones me quedo con los brazos abiertos y las piernas sin fin y los pies bien adentro de otros pasos; de todas las cortezas, ninguna más fija y más cambiante que la piel; de todos los lenguajes elijo el de la lengua intercambiable; de todos los verbos inmanentes o manifestados elijo el de vivir mi vida en otras vidas, en todos los tiempos,, en todas las personas, en todas las conjugaciones y géneros y números y aumentativos y partitivos, bajo todos los regímenes y en todas las posibles concordancias y disonancias. Encarno todos los cortejos del pasado y los séquitos del porvenir, fluyendo, refluyendo hacia un punto central —mi propia anatomía— que arde como un carozo incandescente. Por ejemplo esta mano insensata incendia Roma y las llamas la acechan, la siguen, la persiguen, la alcanzan, la consumen en la hoguera que convierte en cenizas la grisácea envoltura que envuelve a Juana de Arco, cuya llama inextinguible se reaviva en la tea del bonzo, que clama todavía con la voz de Babel, con la voz que clama en el desierto, con la voz desgarrada de Edith Piaf, con la voz de una negra que canta cuando una negra canta de la cabeza hasta los pies, pies desnudos, ligeros, pies de Aquiles, talón y punta, punta y talón vulnerable huyendo con las suelas al viento de Rimbaud, esparciendo a los vientos la ceniza incestuosa de Lord Byron mezclada a tanta arena de la playa, arena color de miel que raspa la garganta por dentro y por fuera, donde están señaladas en Ana Bolena y en María Antonieta las dos líneas de puntos por donde se debe cortar, y la cabeza rueda hasta el regazo de Judith y se adelanta a la cabeza de Goliat, y rebota, rebota como un gran sol decapitado en la cabeza neblinosa de la creación, pendiente siempre de ese hilo que se ajusta de pronto en torno a la garganta de Nerval y la exprime hasta lograr el dulce arrullo de alondra de Julieta o el aullido desaforado de Madame Rolland: "Libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre", "J'écris ton nom, Liberté", "Liberté, liberté chérie", "Oíd el ruido de rotas cadenas, libertad, libertad, libertad", "para todos los hombres libres que quieran habitar el suelo" y el subsuelo, hacia donde corre la sangre de Rosa Luxemburgo salpicando el diario de Ana Frank, empujando la sangre de Abelardo que brilla en lentejuelas sobre las cartas mutiladas de Eloísa, sin hallar la salida, como la bala que penetra en la sien de María Vetsera en aquella madrugada color de ostra que se cierra, color de garza que no quiere mirar cómo cae al encuentro del cisne negro Jeanne Modigliani, o cómo se precipita bajo el tren el vestido flotante de Ana Karenina, una cinta anudada a una rueda, a otra vuelta de rueda que gira con la gasa, y gira una vez más, anudando quizás el último recuerdo de Isadora Duncan, que se triza como un espejo al caer contra el espejo donde se abren las aguas rescatando el sombrero abandonado de Virginia Woolf, el cuerpo abandonado de la desconocida del Sena, y así sucesivamente, por ejemplo. Nada más que un ejemplo que equivale a dormirse en Juan y despertarse en Pedro o en María. Sin borrar este yo siempre latente o siempre a punto de aparecer o siempre a punto de desaparecer entre telones, como un río que arrolla las grandes llamaradas de la pasión, las enormes burbujas que ascienden desde las bocas mudas de tantos personajes, las luces y las chispas y las ráfagas de polvo luminoso con que perduran héroes y heroínas, como relámpagos, como chorros de estrellas que se rompen contra la faz del mundo. ¡Ah, el presente transitivo, tan simultáneo y múltiple! Yo somos tú, él son vosotros, ellos sois nosotros, desde todos los siglos por los siglos. Amén.