jueves, 23 de agosto de 2018

La casa enjoyada (sobre Olga Orozco en el Suplemento Cultura de La Nación, 1999)

La poeta de Los juegos peligrosos buscó recuperar en el amor, la escritura y el esoterismo, la unidad perdida del alma y de lo divino. Ese anhelo la llevó a convertir su propia vida en un poema.


1 de septiembre de 1999 

HAY poetas cuya obra representa una auténtica "casa" del lenguaje, un lugar al que siempre volvemos porque en cada lectura encontramos algo nuevo y valioso: una metáfora donde se condensa, hecha belleza sensible, alguna percepción vinculada con nuestra experiencia de lo humano. Olga Orozco fue una de esos pocos.

Claro que su "casa" era, como lo digo en el título de esta despedida, una casa enjoyada, porque sus poemas, como los de casi ningún otro, están formados por versos que son auténticos lujos de la lengua y que, muchos años después de haberlos leído, siguen resonando en nosotros con su poder incantatorio y su tono arrebatado o íntimo. Y también porque esos versos están poblados por casi todos los grandes interrogantes que nos acechan por la mera circunstancia de estar vivos. De allí el dolor de saber que la puerta de esa casa se ha cerrado. De allí también la reflexión tranquilizadora -o el modesto consuelo- de saber que esa casa existe para siempre, no como un museo osificado, sino como el "museo salvaje" lleno de vida, de belleza y revelaciones que es siempre la poesía verdadera.

La oscura voz del misterio

Olga fue de aquellos poetas cuya frecuentación nos hacía sentir privilegiados. Nos permitía compartir no sólo un humor siempre a caballo entre la metafísica y el disparate sino también la atmósfera que suscitaba su presencia de iniciada en las magias y los arcanos del Tarot y de niña desamparada. Con su voz oscura y excepcional, podía cantar tangos inolvidables y destemplados al amanecer o decir como nadie, con acentos del otro lado del lenguaje, "Una rosa para Stephan Georg" de Molinari o "El tango del viudo" de Neruda. En su hogar, las máscaras, las plantas y el té ahumado se conjugaban con sus ojos de un verde inconcebible para crear un universo fascinante.


En realidad, la vida misma de Olga fue fascinante, desde la infancia mágica en Toay -el pueblito de La Pampa donde nació, bajo el signo de Piscis, en 1920-, que recreó en sus dos bellísimos libros de relatos ( La oscuridad es otro sol y También la luz es un abismo), hasta sus amores de joven y de adulta. A esa fascinación contribuían sus amistades, sus trabajos tan poco convencionales y ciertas presencias míticas, como su gata Berenice, a quien dedicó su poemario Cantos a Berenice .

Los amores de Olga demuestran la unidad radical que presidió su vida y su obra, pues sus compañeros siempre estuvieron vinculados con el arte: la poesía en el caso de Miguel Angel Gómez y Enrique Molina, la actuación en el de José María Gutiérrez (con el que tuvieron un bar en San Telmo, La Fantasma), la arquitectura en el de Valerio Peluffo, su último marido. Los amigos, que rodeaban a Olga en un entrañable círculo de afecto y admiración, iban de los grandes escritores de la lengua española y destacados músicos y plásticos a los jóvenes que la visitaban como a una maestra siempre dispuesta a atender a quienes se iniciaban en la poesía.

Los trabajos que Olga había ejercido, casi siempre en el ámbito del periodismo, la habían llevado a oscilar entre los heterónimos inventados para escribir notas periodísticas y el anonimato de los horóscopos en los que, como confesaba, siempre trataba de incluir una nota positiva cuando los astros se conjugaban mal.

Una aventura sacrílega

Aunque a menudo se la ha incluido en la tan zarandeada "Generación del cuarenta", la poesía de Olga Orozco tiene ciertos rasgos únicos que la convierten, no sólo en una obra apoyada en una poética personal, sino en una auténtica cosmovisión hecha palabra. Sin duda, sus poemas comparten con los de la mencionada Generación (más precisamente, con los de los poetas que seguían una estética neorromántica) el tono elegíaco y melancólico, el lirismo de corte existencial y la recurrencia del pasado y la infancia, concebida como un espacio mítico primordial. También se pueden discernir en la obra de Olga coincidencias con el surrealismo, pero la creación de Orozco desborda tanto los límites de ese movimiento como el rótulo de neorromántica.

La dimensión religiosa y la indagación metafísica tienen una singular importancia en la obra de Olga y se fueron ahondando en sus sucesivos libros, hasta teñir toda esa cosmovisión a la que me refería antes, dentro de la cual el quehacer poético en sí mismo cumple una función capital.

Creo que la poesía de Orozco surge a partir de una experiencia de tipo religioso: la nostalgia de la unidad perdida. Sus versos aluden a un estadio metafísico, en el cual el alma estaba integrada en el absoluto y era parte de Dios. A esa unión, en el momento del nacimiento, le sucede la caída en la contingencia, es decir, la sujeción a las tres formas básicas de la limitación humana: el tiempo, el espacio y la individualidad, vividas por el alma como angustiosas y como marcas del exilio del Reino. De ese Reino, el alma guarda una secreta memoria.

Contra esa angustia y esa exclusión se rebelará apasionadamente Olga y su aventura interior puede resumirse en el intento de remontar la dinámica descendente de esa caída para reintegrarse en el absoluto originario. Este intento se concreta, por un lado, a través del amor, esa experiencia radical de unidad, y por otro, a través de los diversos "juegos peligrosos" que dieron título a uno de sus libros más hermosos. Pero el amor siempre es el recuerdo del amor perdido, sea por el abandono o por la muerte del ser amado. Y los "juegos peligrosos" -la magia, la astrología, la cartomancia y el sueño- culminan con la poesía que se revela como la única arma verdaderamente válida para vencer el tiempo.

Esta visión de la palabra poética vincula a Olga con una larga tradición de escritores que, a partir del Romanticismo alemán, proclamaron la sacralidad del verbo poético, pero que también señalaron los riesgos que entraña. La locura es el tradicional castigo que los dioses reservan para quienes, como los poetas y los creadores, invaden el camino que sólo puede ser franqueado por los santos.

Claro que si la poesía de Orozco sólo fuera una "casa" por la cosmovisión que alberga, Olga no sería la maestra a quien volvemos una y otra vez. Lo fundamental es que esa cosmovisión de singular riqueza y coherencia se corresponde con un lenguaje igualmente elaborado, suntuoso y sugestivo, cuyo centro es la imagen. En rigor, si Olga estaba cerca del surrealismo no era sólo por la raigambre onírica de sus metáforas sino porque asumió como pocos la convicción, proclamada por los surrealistas, de que la gran tarea era hacer de la propia vida un poema. Y lo logró construyendo esa casa enjoyada de su poesía.



Fuente: https://www.lanacion.com.ar/214619-la-casa-enjoyada

Nuestra Señora de las Mariposas (entrevista a Olga Orozco por Fernando Noy)






Mucho antes de que le otorgaran, a los setenta y seis años, el Premio Juan Rulfo, Olga Orozco ya le rezaba a una foto de Rulfo y a una virgen checoslovaca sin nombre. En una entrevista con Fernando Noy, habla de por qué no escribe cuando los tiempos son duros, pero tampoco cuando es feliz; de su amistad con Oliverio Girondo y Norah Lange; de cuando le ofrecieron ocupar el lugar de Victoria Ocampo en la Academia de Letras; y de los llamados de Alejandra Pizarnik a las tres de la mañana.

Cuando se le pregunta por su tierra natal dice que, donde ahora es La Pampa, antes hubo mar: “De veras. La arena parece marina y hay restos de conchillas. Las dunas eran médanos que cada día cambiaban de lugar”. Dice que sólo eso explica su casa, rodeada por una especie de selva con viñedos y árboles frutales, frente a la aridez del desierto. Dice que, desde los siete años, ya tenía intuiciones fuera de lo común acerca de cosas que iban a suceder: a ella o a los demás.
-Y enseguida me di cuenta que no debía hablar con nadie de ese poder secreto. Sólo con los de mi familia. En mi libro de prosa La oscuridad también es otro sol cuento cuando mi hermana Yola una noche me tomó impresionada de la mano, porque estábamos viendo el mismo fantasma. Incluso oímos diversos ruidos de alas golpeando las persianas. Fui a investigar y apareció mi abuela que, para calmarnos, dijo: “No se asusten, niñitas. Son sólo fantasmas, nada más que fantasmas”. No sabía escribir aún y ya me pasaba el día preguntando a mi madre cosas que ella no lograba responderme. Entonces inventaba yo misma una respuesta y Cecilia, mi madre, la escribía de inmediato.

O sea que aquel lugar la marcó para siempre.

-Por supuesto. Es muy distinta la vida de un niño que empieza a descubrir el mundo en un paisaje semejante. Hay miles de cosas para investigar, desde el misterio de una lagartija a la escarcha que se forma sobre las tinajas encerrando flores y hojas con un herbario.

Además de poesía y ese libro de ficción, también ha escrito teatro...

-Sí. Incluso tengo un premio para teatro inédito. La obra se llama El humo de tu incendio sigue subiendo.

¿Hay, tal vez, un nuevo libro de poemas?

-No. Mis últimos años han sido muy duros. Sólo puedo escribir si estoy tranquila, no cuando debo dar alaridos. De eso se ocuparon muy bien los griegos.

¿Y cuando está feliz?

-Tampoco aparecen poemas, tal vez porque sucede como en el dicho: “Boca que besa no canta”. La tristeza, por otra parte, te agobia de tal modo que logra amordazarte. Pero hay momentos de gracia muy intensos, cuando las respuestas que busco se vislumbran, lejanísimas.

Hablando de vislumbres, ¿de qué modo conoció a Oliverio Girondo?

-Oliverio había programado el concurso de la revista que imprimían los martinfierristas, el grupo del que yo también formaba parte. Eran casi todos hombres y todos decían estar enamorados de mí: Bailey, Molina, De Obieta, Vanasco, Trejo, Madariaga, Calamaro, Devoto, Bosco y Miguel Angel Gómez, con el que me casé. En una de esas reuniones, cuando fuimos a cenar, Girondo estaba sentado frente a mí mientras comía un gran plato de polenta con pajaritos, nada menos. Yo lo miraba, absorta por ese aire de gran señor que tenía, hidalgo y al mismo tiempo fáustico. Por el tono de voz parecía el propio San Pedro o tal vez Zeus. En realidad, no sé qué parecía, pero al comienzo me intimidaba bastante.

¿Usted qué edad tenía, para intimidarse así?

-Yo recién había cumplido dieciocho años y llevaba a cuestas mi tremenda timidez. Mientras introducía los huesitos de pájaros entre sus fauces no pude contenerme y me largué a llorar. Como estábamos tan cerca, enseguida me vio. Y comentó en voz alta: “No se puede comer cuando una niña llora”. Apartó el plato y comenzó a conversarme. Yo me calmé. Después de un rato él dijo: “Te vas a hacer gran amiga de Norah (por Norah Lange, su esposa). Lo presiento, aunque Norah no haya podido venir esta noche, toma...” Y, mientras sacaba un papel del bolsillo, me pidió: “Escríbele algo”. ¡Y yo le hice caso: mandé un poema improvisado a una desconocida! Al día siguiente la propia Norah me llamó para invitarme a tomar juntas una copa. Al cabo de un rato apareció Girondo. Su vaticinio se había cumplido: nos habíamos hecho amigos para siempre. Oliverio decía que una mujer debe saber volar; no importa que tenga piel de jazmín o de higo seco con tal que sepa volar. Y bien, Norah Lange era una mujer que volaba con la imaginación, con las palabras. Tenía el porte de un barco que avanza sin detenerse en su mar de sonrisas y una facilidad encantadora para inventar discursos: su lenguaje era casi quevedesco. Ambos eran extraordinarios. Mi encuentro con ellos me transformó la vida.

Ahora hablemos de nuestra amiga, Alejandra Pizarnik.

-Alejandra, como tú sabes, vivía muy angustiada. Sus últimos años los pasó en un estado agónico, del que hacía lo imposible por sobreponerse. Pero cuando tenía gente alrededor se convertía en el centro de las atenciones. Era brillante, capaz de encantar... Pero cuando estas personas desaparecían, Alejandra caía en depresión. Me llamaba por teléfono a las dos o tres de la mañana para que le dictara mi Certificado de Poderes contra La Angustia. Yo le decía: “Aquí estoy, Gran Sibila del Reino, para certificar que a Alejandra Pizarnik jamás un pájaro negro se le posará sobre la sombra, que las piedras se abrirán milagrosamente para dejarla pasar hacia las mayores luminosidades”. Todo mi cariño lo introduje en el poema que le dediqué: “Pavana para una infanta difunta”. También, junto a Ana Becciú, recopilamos sus manuscritos inéditos: Textos de Sombra y otros poemas. Hoy ella está más viva que nunca en su poesía. Y me alegro.

¿La invitaron a ingresar en la Academia de Letras?

-Cuando murió Victoria Ocampo me ofrecieron su sillón. Yo dije que no. Luego enviaron a Manucho junto a González Lanuza, que eran los más simpáticos, y ellos me advirtieron de entrada: “Nos mandan porque saben que piensas que los académicos son una especie de aburridos tortugones. Pero como nosotros dos te resultamos siempre divertidos, creen que lograremos hacerte aceptar. Piénsalo, Olga, no te imaginas lo que podremos disfrutar juntos”. Igual volví a negarme.

¿Por qué?

-Los poetas creemos en las palabras como si fueran mariposas en libertad. En cambio, los académicos parecen entomólogos exponiéndolas incrustadas en alfileres. Como volvieron a insistir, se me ocurrió inventar rápido una coartada. Les dije que tenía muchas predicciones y que ni en ellas ni en mi horóscopo se captaba ningún aviso de que pudiera llegar alguna vez a ser académica. Tampoco en las líneas de mi mano veía ningún sillón. El mejor espacio para mí en la Academia, estaba en medio del público. Enseguida alguien hizo correr la voz salvadora: “Olga Orozco no acepta por motivos estrictamente esotéricos”.

¿Existe una poética esencialmente femenina?

-La creación no tiene sexo. Las mujeres han tomado a la poesía como una verdadera misión y a la palabra poética como un destello casi sagrado. Sé que hay un mundo que las mujeres complementan de alguna manera con el de los hombres. Pero el lenguaje no hace al sexo. La gran poesía es poesía a secas. La palabra tampoco es una fuerza tan enteramente a nuestra disposición como para poder afirmar esto o aquello es lo que pretendo decir. La palabra es como un llamado en la puerta, que puede provenir de cualquier parte: una pintura, una melodía, una frase oída al pasar. Abrimos y encontramos el inicio de algo, pero a lo lejos: tras un largo corredor se ve otra puerta que tal vez esconde el final de lo que está solicitándolo a uno.

¿Qué solicita?

-Ser nombrado solicita. Pero desde un punto al otro hay muchísimo camino para andar. En ocasiones, la intención se desvía. Sigue por otros vericuetos produciendo ramificaciones, diversificaciones de la distancia. Muchas veces esos mismos signos que buscan ser dichos son un tanto excesivos y hay que renunciar o podar elementos. Por eso casi siempre se sabe de antemano el principio y el fin, pero nunca cómo llegar desde un extremo a otro.

Un esfuerzo casi imposible...

-Se atraviesan tembladerales, distintas fases de una misma realidad. Sorpresivamente lo cotidiano resulta fantástico y lo puramente fantástico, habitual. Se producen sobresaltos, deformaciones, parálisis. Uno no sabe de qué modo decir eso que está sintiendo. El vocablo huye como un pez. Igual que en los sueños, las cosas son y no son al mismo tiempo. Uno incluso tropieza y esa caída resulta mágicamente el comienzo de alguna salvación. La creación se asemeja a la Creación con mayúscula por el poder del verbo, que ha ido descendiendo al mundo para crear diversos reinos. Partes de la realidad visible son, en el fondo, relámpagos de lo invisible.

Como un mapa de doble faz.

-Y con demasiadas prolongaciones, a las que a veces accedemos desde nuestros sentidos. Como si hubiéramos tapado otra vez la fisura desde la cual llegamos a este mundo. Y no pudiésemos espiar hacia el otro lado, donde viven esas voces distintas que fuimos atravesando una a una sin ser demasiado conscientes de ello. Por eso hay que ir siempre preguntando, tratando de ir siempre más allá.

¿Por qué tanta pregunta?

-La poesía es una interrogación permanente, por más que tenga la fuerza de otra aseveración. A veces se llega a algo que pareciera la última pregunta posible, pero ese interrogante recién nacido tampoco tiene respuesta y choca contra lo vedado, lo que jamás podríamos saber desde este costado del mundo. Es entonces cuando la poesía parece una apuesta, esperanzada y desesperanzada al mismo tiempo. Esperanzada porque la lucha continúa. Desesperanzada porque nunca se acierta en el blanco preciso al que apuntábamos. Llegamos a identificar la palabra con la cosa misma, pero ese pacto siempre resulta ilusorio. La cosa misma no está todavía, la cosa por decir llegará después, cuando logremos mencionar aquello que había desde el comienzo.

¿Por eso ha dicho que lo poético es un don perverso y malsano al mismo tiempo?

-Es que a través de la gran aventura que significa un poema, se hace evidente que es perverso: el poeta se obstina en asir una presencia que se le escabulle. Como en el mito de Sísifo con su invencible piedra, o como en aquella condena que Gómez de la Serna imaginó para Lautreamont (cuyo blasfemo Canto Tercero era roto en forma implacable por Dios, sin haberlo leído, enviándolo a reescribirlo cada día). Y dije malsano, porque el poeta debe recomenzar siempre ese interrumpido e interminable poema, como un precario puente entre lo momentáneo y lo perdurable. Este misterio es un curioso acto de fe: nos lleva incluso a ligarnos incondicionalmente a quien nos ha vencido.

¿Cómo es eso?

-El poema es una bocanada de aire fresco después de haber estado a punto de perder el aliento. Es el alivio luego de haber expuesto tu alma al mayor de los peligros. Y yo misma me pregunto para qué sirve este oráculo ciego, este guía inválido, este inocente temerario inclinándose a cortar la flor azul en el borde de los precipicios, prescindiendo de la fatalidad personal y de sus propios fines, limitando su misión al papel de intermediario que desempeña, tal vez sin proponérselo, frente a los demás.

¿Qué piensa de este premio que le otorgaron “los demás”?

-No lo esperaba, ni sabía que estuviera propuesta. Cuando me informaron por teléfono que vendrían a traerme una noticia preciosa pensé que era una broma. Después me pregunté qué podría ser. ¿Un caballo celeste? ¿Un arcón cargado con monedas de oro recién salido del mar? ¿O acaso ni más ni menos que el unicornio? Siempre veneré a Juan Rulfo. Era parco, pero a pesar de su timidez charlamos largamente cuando llegó a Buenos Aires. Se veía que le molestaban profundamente los elogios y los honores. Me regaló una foto suya que coloqué en el mismo marco de una virgen a la que rezo todas las noches y que fue de mi abuela.

¿Cuál santa?

-No tiene nombre ni apellido. Yo la llamo “Nuestra Señora de Las Mariposas” porque está rodeada de ellas. Es checoslovaca. Por el color del manto parece La Inmaculada. La tengo en mi mesa de luz. Ahora pienso que mis oraciones las ha repartido con Juan Rulfo. Pero no tengo rezos preconcebidos: los invento. Son poemas como plegarias que sólo susurro a ellos.

Ahora vendrán futuras distinciones, seguro. Tal vez el Nobel.

-Después de que Borges estuviese propuesto tantas veces sin ganarlo, todo argentino debería sentir vergüenza por recibirlo. Se lo negaron por cerrazón para entender su genio. Por malinterpretar sus dichos, que a pesar de nacer del más puro humor, fueron tomados demasiado en serio. Por ejemplo, Borges dijo bromeando que Lorca era un andaluz profesional. Otra vez declaró que el mejor poeta español era Machado. Entonces los cronistas comentaron. “Ah, hace bien usted en admirar a Don Antonio”. Pero Borges enseguida respondió: “Qué Antonio, ¿acaso Manuel tenía un hermano?”.


Cuando regrese con su premio, ¿qué hará?

-Bajaré del avión acompañada por mi propia barra brava.


Fuente: Radar . Página /12 
https://www.pagina12.com.ar/1998/suple/radar/agosto/98-08-16/nota5.htm

viernes, 27 de julio de 2018

Olga Orozco (Glauce Baldovin)


¿Qué palabra, qué expresión para significar terror tortura agonía?
Aquello que triza que enloquece y finalmente mata
¿en qué brebajes
en qué diccionarios podré hallarlo?

Trato de expresar tu muerte.
Este hueco en que me ha convertido tu muerte:
mitad escorpión, mitad mujer como nuez endurecida.
Pero son un puñado de polvo mis palabras.




Glauce Baldovin
Mi signo es de fuego. Poesía completa
Córdoba, Caballo negro editora, 2018.

domingo, 3 de septiembre de 2017

La indomable y feroz memoria (Juan Gelman)





La indomable y feroz memoria


Por Juan Gelman*
t.gif (862 bytes) Este honor, esta alegría emocionada de presentar a Olga Orozco, su obra, tropieza con tres muros infranqueables. En el primero alguien ha escrito que la poesía habla por sí misma. En el segundo está escrito que la poesía habla por sí misma. En el tercero, que la poesía de Olga habla por sí misma. Entonces no la estoy presentando. Apenas la estoy acompañando, como desde hace mucho me acompaña su voz “ronca y llorada”. Por lo demás, ella misma ha advertido que la poesía “es un organismo vivo, rebelde” y que analizar su lenguaje “es atrapar a un coleóptero, a un ángel, a un dios en estado natural y salvaje y someterlo a injertos y disecciones, hasta lograr un cadáver amorfo”.
 ron2.gif (93 bytes)ron2.gif (93 bytes)ron2.gif (93 bytes)
Nadie sabe qué es la poesía. Se la describe por aproximación o imagen. La poesía es lenguaje calcinado. La poesía es un árbol sin hojas que da sombra. La poesía es palabra donde aún crepitan cenizas de lo que no alcanzó a tener nombre. Olga prefiere la definición del poeta estadounidense Howard Nemerov: “La poesía es la tentativa de apremiar a Dios para que hable”. Pero Dios está mudo y ella lo apremia sin descanso.
 ron2.gif (93 bytes)ron2.gif (93 bytes)ron2.gif (93 bytes)
Dylan Thomas explicó que nadie insistiría en este ardiente oficio de la poesía si no fuera en espera del milagro y se consolaba con Chesterton, para quien lo verdaderamente milagroso de los milagros es que a veces se producen. Olga busca algo más fascinante que el milagro, es decir, la materia que los hace. Por eso en su escritura no hay milagros: toda ella es milagrosa.
 ron2.gif (93 bytes)ron2.gif (93 bytes)ron2.gif (93 bytes)
Me pregunto cuánta sangre viva del alma ha vertido Olga para –son sus palabras– hacer talismanes con “un indefenso corazón enamorado”, entrar en “las dos caras de los sueños”, conocer “ese color de invierno deslumbrante que nace donde mueres”, ganar “cetros de bestia en la intemperie”, comer “la almendra del misterio”, tener caras sucesivas como “un muestrario de nieblas, de terrores”, vestir “de reina, de bruja, de mendiga”, roer los duros huesos de las desapariciones, cocer “las sustancias de la separación”, resistir “las invasiones de la oscuridad”, padecer “las comuniones del contagio”, perfeccionar “penurias como dichas”, confeccionar “el lujoso inventario de todo lo imposible”, convivir con una “vocación de abismo”. La ocupación de Olga es fijar vértigos.
 ron2.gif (93 bytes)ron2.gif (93 bytes)ron2.gif (93 bytes)
El “yo soy otro” de Rimbaud va más allá en el “yo soy el otro” de Nerval y aún más lejos en el “somos tantos en otros” de Olga Orozco. Su poesía -que ciertos críticos obedientes al ejercicio de etiquetar, adscribieron al neorromanticismo, o al surrealismo, o a otros ismos que vagan por ahí– es desde el inicio absolutamente única y su presencia trae la felicidad. Da nombre a seres que han de esperar siglos antes de existir.
 ron2.gif (93 bytes)ron2.gif (93 bytes)ron2.gif (93 bytes)
Como un niño, la poesía busca nombrar lo que no puede. Después de tantos millones de palabras, la palabra sigue siendo tiempo que nace y que desnace para nacer otra vez. Revela la realidad velándola.
 ron2.gif (93 bytes)ron2.gif (93 bytes)ron2.gif (93 bytes)
Olga nació en La Pampa, una provincia mitad verde y mitad seca del interior de la Argentina, barrida por un gran viento -.”dios excesivo, dios alucinante”– que trastorna límites de arena en el desierto y trae “pesadillas de horizonte”. Así conoció las regiones que cambian de lugar cuando se nombran: el pasado, la infancia. Olga niña preguntaba: “¿Por qué el viento trae sólo viento?” O: “¿Me ves, mamá? ¿Estás segura de que me ves, o crees que me ves porque yo te veo y creo que me ves?”. La no agotada interrogación del mundo en Olga continúa y no obedece al principio de realidad sino al orden del deseo. Como San Juan de la Cruz, ella abrehacia el cielo “la boca del deseo, vacía de cualquier otra llenura”. Es el deseo de la falta, que Olga traba y amasa en el esplendor de sus poemas.
ron2.gif (93 bytes)ron2.gif (93 bytes)ron2.gif (93 bytes)
¿Qué hace a su escritura sino el ver lo invisible? ¿Qué persigue sino la palabra que cante lo inefable? Olga ha dicho que sus poemas se aproximan invariablemente a ese centro sin golpearlo, pero sabe que no hay centro. O que ese centro “es una unidad más vasta que el universo” y pequeña para su sed. El centro está en el revés de su sed. Olga atraviesa –dice– “confusiones desconcertantes entre la pesadilla y la vigilia”, el porvenir mirado desde atrás, las madrigueras de la oscuridad que revisa para no olvidar. La poesía –avisa– “está entretejida con la sustancia misma de la vida llevada hasta sus últimas consecuencias”: lo que es, lo que no es, lo que pudo ser y no fue. Por eso la poesía de Olga dice lo que dice y también dice lo que calla y de ese modo calla lo que dice con un silencio parecido al de la revelación. Como la de los grandes místicos, la experiencia de Olga se cumple en la escritura.
ron2.gif (93 bytes)ron2.gif (93 bytes)ron2.gif (93 bytes)
De niña Olga Orozco exigía que le firmaran certificados de residencia en el planeta Tierra. Veía fantasmas familiares. Tenía a veces “los pies tristes”. La abuela le habilitaba unicornios. Desembocaba en otros mundos aunque no se quería ir. Era miembro de la Organización de Espías de Toay, la ciudad donde nació. Con toda razón. ¿No dijo Shakespeare que los poetas son espías de Dios? Olga desarma los jamases del mundo.
 ron2.gif (93 bytes)ron2.gif (93 bytes)ron2.gif (93 bytes)
Nunca se la ha visto merodear por los pasillos del poder político en busca de alguna sinecura, ni en los vericuetos de la vida literaria extendiendo la mano por un premio. No se presentó al Juan Rulfo, que un jurado sabio le acordó. Esto, que parece un rasgo de carácter, un mero dato biográfico, es un acto de escritura. “Los poetas creemos en las palabras –dice Olga– como si fueran mariposas en libertad”. Las palabras creen en los poetas, digo, cuando éstos vuelan en libertad.
 ron2.gif (93 bytes)ron2.gif (93 bytes)ron2.gif (93 bytes)
La poesía de Olga es poderosa, tiene oleajes de fulgor que, al retirarse, dejan colmillos de furia y territorios sembrados de joyas. Olga conoce el dolor de la palabra hecha cuerpo. Sus palabras no cosen un vestido, suturan una herida. Ella se cita con sus pérdidas y sostiene la belleza continua.
 ron2.gif (93 bytes)ron2.gif (93 bytes)ron2.gif (93 bytes)
Dice que su memoria es “indomable, ávida, feroz” y será su arma “contra las contingencias del tiempo y de la muerte”. Pero su lucidez es irreductible al solo juego del recuerdo. En Olga, la relación entre imaginación y vivencia es tan intensa que crea otra memoria, en que el sueño de la realidad se rehace como sueño de la escritura.
 ron2.gif (93 bytes)ron2.gif (93 bytes)ron2.gif (93 bytes)
Olga declara que “en un arcón en llamas guarda intacto el cadáver de su inocencia”. Seguramente en otro arcón, o en una tropa de caballos color púrpura que giran en el aire, o en la danza de ollas y asadores asaltados por un capricho inocente y horroroso de un cuento galés, ella guarda su infancia intacta y viva, las piedrecitas en la mano que prueban la interrupción del mundo visible por el otro, la abuela que aparece cuando Olga se despierta en el sueño. La visión es en Olga experiencia vivida. Ve mejor con los ojos cerrados. Ve por ojos de niño. Tiene la infancia empozada y saca aguas de ella cuando quiere.
 ron2.gif (93 bytes)ron2.gif (93 bytes)ron2.gif (93 bytes)
“La poesía puede proceder fuera del tiempo .-dice Olga–, en grandes saltos respecto al tiempo”. Ella libra una guerra encarnizada contra “el escorpión del tiempo”, su “látigo que azuza”: “Hemos luchado a veces cuerpo a cuerpo./ Nos hemos disputado como fieras cada porción de amor”.Esa lucha, esa voluntad de resistir al tiempo, “violar sus estatutos”, enfrentarlo con la memoria de la realidad y la memoria de lo no sucedido todavía, ¿no es acaso la expresión más ardiente del deseo? Así, cada poema es una aventura erótica que muere en él, renace en el siguiente, y no se apaga el deseo de alcanzar su objeto, oscuro y desconocido, un agujero que habita en la imaginación posible. Como pensaba René Char: “El poema es el amor realizado del deseo que se queda en deseo”. Esta sed es infinita.
 ron2.gif (93 bytes)ron2.gif (93 bytes)ron2.gif (93 bytes)
Tal vez por eso Olga afirma que lo contrario de la vida no es la muerte, es la nada. Ella posee una “lengua insaciable que devora el idioma de la muerte en grandes llamaradas”, sabe que la muerte está llena del esplendor de los bienes extraviados, es el suelo del amor perdido, desgarrón y desnudez que tiembla. Hay en su escritura una versión lujosa de la muerte.
 ron2.gif (93 bytes)ron2.gif (93 bytes)ron2.gif (93 bytes)
La incandescencia de los textos de Olga abre al lector y lo eleva al olvido de sí, al éxtasis semejante al del amor y la experiencia mística. Es una poesía de “sangre ilimitada, sangre de abrazo, sangre de colmena”, ella dice. Es una poesía en estado de vigilia permanente y muestra que la esperanza se ensancha cuando duda y el ser conoce la errancia y los exilios. Es una poesía que no admite el consuelo de la razón y se convierte así en consuelo del amor. De tanto laberinto recorrido Olga ha visto que “la belleza nos ciñe en su trama y nos rehace”. Su poesía nos transforma, se hace uno, el otro, los demás.
Olga se ha preguntado si Dios no se perfecciona acaso en todos y cada uno de nosotros. No estoy seguro de eso. En cambio sé que en Olga ocurre exactamente eso: en ella Dios se perfecciona.


*Este texto fue escrito por el autor para la presentación de Olga Orozco, cuando en noviembre pasado, en Guadalajara, le entregaron el premio Juan Rulfo de Literatura. 

La maestra se fue, a toda orquesta (María Moreno para Página/12 agosto 1999)






El año pasado, cuando ganó el Premio Juan Rulfo, la escritora vio con sorpresa cómo la alcanzaba una modesta celebridad, que no había buscado. Después, los medios la dejaron en paz y ella fue muriéndose en cámara lenta. Ayer, una corte de poetas despidió su cuerpo.


Por María Moreno 
Le gustaba definir a la poesía como el intento de apremiar a Dios para que hable. Los que creen en Dios deben pensar que ella debe estar haciendo esto ahora –apremiar a Dios para que hable– y los que creen en Olga Orozco, pero no en Dios, aceptarían también esa posibilidad puesto que funde a la poeta con la poesía. Su muerte, ocurrida el domingo a la noche, en el sanatorio Anchorena, y mientras estaba de la mano de aquella con quien se eligieron mutuamente como madre e hija –la poeta Andrea Gutiérrez– fue delicada pero no inmediata. Casi con la prolongación necesaria como para que Olga barajara los misterios y oportunidades del gran pasaje del que tanto había hablado como poeta. 
“Creo en Dios, en la perduración del alma, pero les temo a las posibles metamorfosis que me son desconocidas. Así como se nace al mundo llorando, o alguien nos golpea para que empecemos a vivir, supongo que pasar al otro lado tiene que ser parecido”, había confiado en un reportaje aparecido en Las doce poco antes de la operación en la que debían colocarle un baypass. “Aunque tal vez sea peor. Hice muchos ensayos generales de mi propia muerte. Pero son sólo eso, ensayos. Tal vez, si tuviera una conciencia suprema del descanso podría pensar que morir es finalmente relajarse. A mí lo único que se me ocurre es la inercia, la inmovilidad después de la primera sorpresa (...) Y bueno, la inercia total es un estado bastante alarmante. Aunque espero que Dios sea más misericordioso que eso”. Las exequias también fueron discretas, mezcladas las generaciones, las estéticas, los nombres propios: Victoria Pueyrredón, Antonio Requeni, Diana Bellessi, Horacio Zabaljáuregui, Elisabeth Azcona Cranwell, Mónica Tracey, Ana Becciú, Araceli Bellota, Alicia Genovese. Mayoría de poetas, en medio del pasaje fugaz de María Kodama, que formuló declaraciones a ATC. Los poetas del grupo Ultimo Reino, sobre todo, se acercaron para las ceremonias del adiós de aquella a quien consideraban una reina, la fundadora de un linaje. 
“No quisiera arrogarme en nombre del grupo la declaración de una identidad poética común con Olga. Puedo hablar de mi experiencia como uno de los editores del Fondo de Cultura Económica adonde apareció la antología Relámpagos de lo invisible. Allí, en ese libro, ella, que es la última en irse, luego de Girri, Molina y Molinari –la última de los grandes, quiero decir– exorcizaba a la muerte en todas las otras de los que la precedían”, comentó Horacio Zabaljáuregui. Luego, a través del teléfono, Susana Villalba habló para defender a Olga Orozco de la crítica habitual de demasiado retórica: “No ponía la estética al servicio de nada y mostró que el lujo es la verdadera rebelión, la de no renunciar a nada, ni al propio deseo, ni a toda la riqueza de las palabras, a su poder. Esa era su espada del guerrero”. Amelia Biaggioni, que había cubierto su propio halo de grandeza con una gorrita de lana, se limitó a imitar el ademán con que Olga, una semana antes, había abierto los ojos para acariciar la cabeza de la mujer que la cuidaba, gesto en donde ya se percibía –según ella– una experiencia cercana a la iluminación y a un nuevo entendimiento. “Me niego a llamar a eso alucinación”, dijo. Las expresiones “grande”, “mayor”, “no sólo de las letras argentinas, sino hispanoamericanas”, insistían pero Ana Becciú fue precisa: “Nos imprimió una dicción en el idioma, en la poesía que al final, es lo único que queda. Ella, Molina, Girondo nos trajeron al castellano la huella de la generación del 37, la de la guerra civil española y, al mismo tiempo, junto a Mallarmé, la modernidad francesa”.
Todos recordaban su voz grave como uno podría imaginar que sería la de la Esfinge de Tebas, quizá contribuyó a eso su mazo de tarot, sus horóscopos, sus exploraciones en últimos reinos. Como le sucediera a Freud, a Masotta que fueron maestros por sus palabras, en el final casi no tenía voz. Los rituales de la muerte cerraron también sus míticos ojos verdes, el segundo de sus dones corporales que hizo que en el grupo PoesíaBuenos Aires, con el que se codeaba en su juventud, casi todos estuvieran enamorados de ella: desde Enrique Molina a Edgard Bailey pasando por Alberto Vanasco y Adolfo de Obieta.
Diana Bellessi no duda para definirla en utilizar la palabra “maestra”. “Es de particular significación para mujeres poetas porque levanta un yo incandescente, un lugar para la subjetividad en donde entran todos. No hay que olvidarse de que en la década del 70 escribió Museo salvaje en donde desmembraba su propio cuerpo de mujer. Se la acusa de hacer versos de larguísimo aliento, de exceso de retórica pero si uno mira fijo, no hay en su obra ningún adjetivo de más. Por otra parte era una mujer de una enorme generosidad, que nunca se quedó pegada al personaje ni dejó de tomarse el trabajo de redactar cartas de recomendación, de abrir con curiosidad a cualquiera que golpeara su puerta. Yo la recuerdo, por ejemplo, durante un congreso de poesía, en un sótano adonde podía cortarse el humo, sentadita en un cajón de manzanas, con una cerveza en la mano, escuchando a los poetas jóvenes. Por eso digo ‘La maestra se fue a toda orquesta’, sobre todo en su escritura que es lo que importa. Un gran poeta es aquel que insiste en una dirección pero que también sabe desviarse y eso es lo que ella hizo en su último libro Con esta boca en este mundo, lograr una intensidad y una desnudez que eran un desvío de sus propias vías.” 
Había entre la Orozco de los cuentos y de las performances orales, entre la Silvina Ocampo de las leyendas maliciosas y la Alejandra Pizarnik “prosaica” –la que escribía por ejemplo La pájara en el ojo ajeno— un humor de brujas que cultivan una salamanca privada en la que nada es sagrado. Con Alejandra, Olga jugaba a que ella poseía un Certificado de Poderes contra la Angustia y que podía ser reclamado a las tres de la mañana. Entonces le decía solemnemente a una Alejandra insomne: “Aquí estoy, Gran Sibila del Reino, para certificar que a Pizarnik jamás un pájaro negro se le posará sobre la sombra, que las piedras se abrirán milagrosamente para dejarla pasar a las mayores luminosidades”. Era algo así como un valium administrado por el Olimpo. Se lo contó a Fernando Noy en un reportaje que apareció en Radar, el suplemento dominical de este diario. 
En la entrevista con Las Doce sacó un certificado diferente del que garantizaba poderes contra la angustia, quizás el fundamental, el del poder de las palabras, a la manera de un talismán, “pero que a veces va más allá de donde debe, como una flecha que se hunde en la carne. Pasa el límite y se convierte en un poder concreto. A veces maligno”. Porque a menudo las palabras utilizan su poder como los clowns, por medio de chascos. Escribió, contaba, un poema a los ojos y terminó usando anteojos, sobre la sangre y le subió la glucosa, la mención de los pies le trajo luxaciones. Toda su obra parece producto de esas voces que solía escuchar en una zona paralela, que no es la de los muertos y que ella situaba como algo invisible pero capaz de emitir relámpagos, ¿habrá atribuido a esos relámpagos, su sordera? En confidencias risueñas el poeta Alejandro Ricagno profanaba al mismo tiempo a la Iglesia y a Hollywood: “Con la vejez volví a cobijarme en la Iglesia Católica pero como también me fui volviendo sorda me pasaban cosas muy extrañas. Por ejemplo, entraba a la iglesia y veía que el cura estaba haciendo la señal de la cruz y haciendo la oración, entonces le escuchaba decir mientras me miraba: ‘Ahí viene el dentista Bruzzone’. Pero la sordera también tiene sus cosas poéticas. Por ejemplo, a mí me gustaba mucho ver películas viejas y un día me puse a ver en un canal de cable una que estaba doblada. Gary Cooper abrazaba con fuerza a una actriz, ella lo miraba con pasión y yo escuché que le decía, mirándolo a los ojos ¡Ay, como me duele la vejiga!”. 
Ayer, mientras el cortejo acompañaba el féretro hacia la parcela de tierra del Jardín de Paz adonde quedó al fin, muy cerca de su marido durante 25 años, Valerio Peluffo, de haber podido cumplir su esperanza de desdoblarse para verse pasar de un mundo a otro, cómo se habría reído al ver junto a la iglesia adonde se le había dado el responso, un previsor paragüero lleno de paraguas, los dispensers de agua potable –como sillorar provocara una irrefrenable sed–, el césped corredizo y sobre todo el cartelito indicatorio “sendero de la eternidad” sobre una callecita de aproximadamente dos cuadras de extensión. Ahora que ha pasado ya el día del estreno, luego de los ensayos generales que ella anunciaba de la propia muerte, y que quizás esté averiguando desde la fe si se trata de inercia o de sucesivas metamorfosis inquietantes, adquirida en vida la certeza de que si el pasado influye sobre el porvenir, el porvenir influye en el pasado, queda ese verso que Horacio Zabaljáuregui recordó en el regreso y que desafía al destino con un ademán de diosa última: “Yo, Olga Orozco desde el fondo de tu corazón digo a todos que muero”


Las obras y los premios
Estas son las obras de Olga Orozco: Desde lejos (1946), Las muertes (1951), Los juegos peligrosos (1962), Y el humo de tu incendio está subiendo (1973), Museo salvaje (1974), Veintinueve poemas (1975), Cantos a Berenice (1977), Obra poética (1979),Mutaciones de la realidad (1979), La noche a la deriva (1983), Páginas de Olga Orozco seleccionadas por la autora (1984), El revés del cielo (1987), La oscuridad es otro sol (1991), Con esta boca, en este mundo (1994), El cerco de Tamarindo (1995) También la luz es un abismo (1995) Eclipses y fulgores (1998) y Relámpagos de lo invisible (1998). 
Entre otros, ganó el Premio Municipal de Poesía (1963), el Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina de Poesía (1971), el Premio Municipal de Teatro (1973), el Segundo Premio Regional Nacional de Poesía (1978), el Gran Premio del Fondo Nacional de las Artes (1980), el Primer Premio Nacional de Poesía (1988), el Premio Gabriela Mistral (1988) y el Premio Juan Rulfo de Literatura (1998).