sábado, 19 de enero de 2019

Discurso de Olga Orozco al recibir el Premio Juan Rulfo en la Feria de Guadalajara (1998)


(De izquierda a derecha) Francisco Matos Paoli, Olga Orozco, Álvaro Mutis, Emilio Adolfo Westphalen y Gonzalo Rojas, en la Residencia de Estudiantes de Madrid, en 1991.



Agradezco a todas las instituciones que establecieran el Premio de Literatura Interamericano y del Caribe Juan Rulfo, a la comisión organizadora de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara y sobre todo a los jurados, entre los cuales cuento al mismo Juan Rulfo, que ha de haber intervenido desde su Comala celestial, dada la veneración y la frecuencia y la proximidad que su obra y su imagen encuentran en mi vida. Si bien premios, honores y recompensas son para un poeta lujosas alegrías, ya que sabemos que la poesía espera para sí misma la misteriosa gratificación de asir lo inasible y expresar lo inexpresable, no deja de ser altamente halagüeño y reconfortante que se traduzca en una concreta distinción el vínculo impalpable, y casi siempre secreto, que existe entre el poeta y el mundo en que habita. Porque un premio, más que un estímulo o una consagración, es un documento sobre la poesía, que no es un hecho aislado en sus consecuencias, sino que se proyecta y establece una subterránea, estrecha comunicación, entre sus extraños adictos y los que vivimos la extraña aventura de internarnos permanentemente, por los abismos o las alturas, en los territorios de lo improbable, en las colonias de lo absoluto.
Insisto en que tal reconocimiento no es común, porque a partir del momento en que Platón nos expulsó de su república por tergiversar el carácter de los dioses, por hacer torpes imitaciones de sus actos y palabras, y por no exaltar las virtudes edificantes ni hacer el elogio de los hombres esclarecidos, quedó decretada nuestra conclusión. Muchos son los que han seguido contemplando a los poetas con cierta suspicacia, desdén o estupor, o al menos con indiferencia o tolerancia. Son reacciones bastante habituales frente a un personaje extravagante, ensimismado, inconsistente, que farfulla a solas, que apuesta su destino a visiones ilusorias y que habita un tablón suspendido entre enigmas. Así somos. Somos además transgresores. No aceptamos las leyes de causa y efecto, la sucesión lineal del tiempo, el disponer de un solo yo, de un solo aquí y de un solo ahora. Alteramos además la organización razonable, porque nuestro orden de valores no es de la generalidad, porque atesoramos palabras inválidas en lugar de monedas de oro y exploramos y sembramos en terrenos que no son de nuestro mundo. Sería oportuno subrayar que el auténtico poeta no le interesa que la poesía sea grata o provechosa para los regímenes políticos. Ni que sea apta o adecuada para requerir sucesos amables y aplaudir celebraciones placenteras. La poesía no es complaciente. No paga derechos por su existencia ni hace canjes de bienes por palabras. Más bien obra de manera inquietante y turbadora. No se vende porque se vende, ha dicho un joven poeta actual.
Resumiendo: la poesía no admite otros compromisos ni otras presiones que los que la ley impone a su existencia o a su naturaleza misma, y que varían de acuerdo con los reglamentos interiores de cada poeta. En cambio, sus posibilidades de liberación son incalculables.
"La posibilidad de una tentación que la realidad termina por aceptar", dice Gastón Bachelard. Que la posibilidad sea un desafío para la realidad, como promesa o como amenaza, exige, para su efectivo cumplimiento, el acuerdo de mil contingencias, simultaneidades, coincidencias y azares. Otra cosa sucede en el territorio de la poesía donde todo es posible. Nosotros, que nos sentimos aprisionados por nuestras propias limitaciones y las que nos impone la estructura del mundo, podemos, por el poder de la creación, encarnar en otros cuerpos, acercar lo distante y hasta lo inabordable, crear otros mundos, vivir otras vidas, ser reyes y hormigas, tergiversar el orden del tiempo en todas direcciones. Inclusive la posibilidad es más poderosa que la realidad porque la establece y la funda el lenguaje. Y si bien el territorio de la poesía no es el territorio de lo probable, tampoco lo es el de la realidad, que no puede someterse por entero a verificaciones de laboratorio ni cumple sumisamente con las leyes establecidas.
La fundación por el lenguaje, que se produce en lo improbable, como acabo de decir, es un fenómeno común para explicar el comienzo del mundo de las diversas cosmogonías. "En el comienzo era el Verbo": indica que crea nombrando. El verbo desciende desde el origen y genera encadenamientos de sustancias y de especies surgidas de sucesivo encadenamiento de palabras, a medida que desciende, hasta dejar establecidos los distintos planos objetivos de la realidad. Hay, pues, una progenitura de palabras y de subsiguientes creaciones que atestiguan el origen divino del lenguaje, por una parte; por la otra, nombre y cosas parecen absolutamente identificados de manera indisoluble. El poeta también cree que nombrando realiza una conversión simbólica del universo, pero a la inversa, desandando el camino descendente del vocablo. Cree así remontar la corriente de lo creado, para llegar al descubrimiento de una imagen esencial, se llegará también a la unidad primordial, al momento en que éramos uno con el todo. El Verbo estaría entonces no sólo al comienzo sino también al final de la creación. En este sentido que Valery ha escrito con respecto a Mallarmé: "Se podría decir que él ubica el verbo al final, detrás de cada cosa". No en vano Mallarmé piensa que el mundo entero es un texto desconocido que ha de descifrar, que el secreto del significado está en una correlación íntima entre el lenguaje y el universo. Pero, ¿de acuerdo con qué modelo previo comprobaríamos la exactitud de nuestra lectura? Solamente Dios conoce las claves. Sólo podríamos arriesgar que el lenguaje es una metáfora de Dios, y seguir el vuelo del espíritu sobre página en blanco.
El hecho de que no podamos comprobar si nuestras interpretaciones son exactas no nos descorazona para continuar leyendo nuestra versión del universo. Cumplimos con nuestra misión como con un mandato sagrado.
Recuerdo ahora un relato jasídico: el maestro Baal-Ckem-Tov, cuando tenía una tarea difícil que cumplir, iba a cierto lugar del bosque, encendía un fuego, rezaba una plegaria, y lo que tenía que hacer ya estaba hecho. Una generación más tarde, otro maestro iba al mismo lugar del bosque y decía: "No sé encender el fuego. Pero conozco la plegaría secreta", y lo que deseaba se cumplía. Más adelante aún su sucesor iba al bosque y decía: "No sé encender el fuego y no conozco la plegaria del maestro, pero conozco el lugar donde oraba, y eso debe bastar", y bastaba realmente. El maestro de la siguiente generación decía: "no sé encender el fuego, no conozco la plegaria secreta, tampoco el lugar del bosque, pero puedo contar la historia", y aun eso era suficiente. Creo que los poetas somos como el primer maestro: vamos al bosque, encendemos el fuego y rezamos nuestra plegaria, aunque nuestros deseos no se cumplan. Otros repiten las plegarias, o investigan el lugar, o cuentan la historia, la poesía intenta dar señales.
Introduce para ello, con el acto creador, un intervalo en la duración, e inaugura otro tiempo, complejo, colmado de simultaneidades en el que se puede revivir la unidad perdida y ser uno con todos los otros, con el otro. Gastón Bachelard dice acerca de esto en La intuición del instante: "En toda verdad o poema es posible encontrar elementos de un tiempo detenido [...] y que llamaremos vertical" lo distingue así de la prosa, que sería el tiempo horizontal, el de la vida corriente, de la vida que se desliza lineal, continuamente. Y agrega: "El objetivo de la poesía es la verticalidad: la profundidad o la altura. El instante estabilizado o las simultaneidades prueban, ordenándose, que el instante poético tiene una perspectiva metafísica". Continuando el trayecto del poeta. Yo digo que desde ese tiempo vertical, detenido en una movilidad y una vibración únicas, el poeta planea hacia lo alto o escarba en las profundidades interiores a través de la palabra que interroga. Porque yo creo que la poesía es una interrogación permanente, aunque tenga la forma de una aseveración. Y cada palabra que interroga encuentra como respuesta otra pregunta que busca, que explota, y que tropieza a su vez con otra interrogación enmascarada, y así sucesivamente, sin que podamos alcanzar casi nunca el fondo total o la máxima altura, en nuestra exploración hacia abajo. Porque antes de alcanzar el punto más hondo se produce la sofocación y antes del más alto, la caída. Mientras que cada pregunta lleva a otra, abordamos lo oscuro, lo desconocido, a través de tanteos, de opciones, de aproximaciones, de vocablos dispersos que giran magnéticos prometiendo un advenimiento, una revelación inminente. Tenemos que elegir, que optar, que mutilar, a veces, para pasar a la interrogación siguiente. Pero la última pregunta, la que las incluye a todas, la que reduciría a una las infinitas posibilidades de las respuestas, es insatisfactoria, o es informulable y se disuelve en el lenguaje mismo y nos arroja en el vacío y sin remedio. La remisión a un más allá fulgurante y prometedor nos ha llevado a la no significación indecible o vedada para nosotros.
No en vano Maurice Blanchot dice: "La pregunta es el deseo del pensamiento", pero agrega: "La respuesta es la desgracia de la pregunta". Y lo es, porque es la muralla que en muchísimos casos no nos deja continuar, porque ha encarnado en el mundo final en la serie de posibilidades. Esto nos sucede, naturalmente, a los que nos fijamos siempre un objetivo que está más allá, en la zona reveladora, que sólo alcanzan unos pocos privilegiados. A los demás el poema no vale simplemente por el acto creador, por la tentativa afiebrada, el exaltado fervor, la inquebrantable fe.
La situación se asemeja a un cuento de Lord Dunsay. El protagonista intentó subir al cielo. Supone encontrarlo al final de una escalera, pero después de esa escalera comienza otra y luego otra, hasta que exclama desalentado, dirigiéndose a un compañero que sube detrás: "No hay cielo, Bill".
Sólo que no nos desalentamos. Seguimos creyendo que al final de la próxima escalera está el cielo del encuentro, del cierto pleno, el de la presencia buscada que fue ausencia.
No importa. Contra toda esperanza y toda desesperanza iremos otra vez al bosque —que tal vez sea "la oscura noche del alma" de la que habla San Juan de la Cruz—, encenderemos otra vez el fuego sagrado y otra vez diremos la plegaria.

Saga para Olga Orozco (Fernando Ferreira de Loanda)




Ya no florece el árbol en que ahorcaron a Peter Farrow, en sus ramas
       ya no anidan los pájaros ni cantan su proximidad.
Acusado de robo de caballos, asalto a mano armada y brujería, Peter
       Farrow sólo llevaba consigo 38 dólares, la Biblia, un 
       desencuadernado libro de poemas, y manuscritos en los que 
       hablaba de la soledad y ponía en duda la existencia de Dios.
Convivía en paz con águilas y coyotes, era amigo de conejos y
       gamos, sabía de la lluvia y de las plantas medicinales; de las 
       nubes, a las que llamaba caballos; de los caballos, a los que 
       llamaba nubes; de las virtudes y flaquezas humanas.
El cerezo aún existe en una región desértica y abandonada de
       Kentucky, donde el viento gime como gemía Patricia Knolles,
       novia de Peter Farrow. Hay quien dice que el gemido es el 
       grito de la propia Patricia Knolles en su afán por revivir al 
       ahorcado.
Algunos cazadores que inadvertidamente pasaron por allí aseguran
       que en las noches de luna seis vaqueros cuentan monedas, en 
       tanto que otro lee en voz alta textos para ellos casi 
       ininteligibles.
Y que de una de las ramas pende una cuerda fría e inmóvil, tensa, y 
       y ellos no lo saben, porque sostiene el cuerpo de Peter Farrow 
       que a nadie le es dado ver.

Fernando Ferreira de Loanda (nacido en Loanda, Angola; crecido en Río de Janeiro desde los once años; 1924-2002). En: José Emilio Pacheco: Aproximaciones. Editorial Penélope, México, 1984.

miércoles, 16 de enero de 2019

Olga Orozco: vida de la poeta de las premoniciones funestas (por Alberto Serra para Infobae 15/1/19)

Olga Orozco: vida de la poeta de las premoniciones funestas


Escritora, periodista, astróloga y tarotista. Un recorrido por las historias de la autora argentina, a través de 70 preguntas




"1920. Nace el 17 de marzo en Toay, La Pampa, donde su padre tiene campos y explota bosques. Reparte sus primeros años entre aquella población y Buenos Aires"
(De una biografía cronológica)
…………………………………………
Hoy, en la punta casi final de esas frías veintisiete palabras –casi final se ha dicho: la mujer es inagotable– hay once libros de poemas, uno de relatos, y los cuatro mayores premios con que este exótico país del sur unge a sus poetas. Olga Orozco se llama la mujer, y vive entre libros, plantas y máscaras rituales, en el último piso de un bloque de cemento donde la aventura de la lagartija no sucede ni sucederá.
Toay, La Pampa. ¿Qué es nacer en Toay?
–Es no tener, como la gente de la ciudad, la pared contra la nariz. Es contar con la eternidad. Se puede seguir la aventura de la lagartija, la aventura de las escapadas a la hora de la siesta, la aventura de subir a un árbol lleno de fruta verde.
¿Qué más?
–El circo, las romerías populares, las kermeses. Mirar los mirasoles de cerca. Echar hojas y flores en el agua de una tina y esperar que la noche y la escarcha armen un herbario maravilloso.
Los amores del campo, digamos. ¿Y los terrores del campo?
–La lechuza. La noche interminable. La leyenda del monte que se traga a la gente. El pájaro negro que se queda con las almas. La solapa…
Solapa, ha dicho. No sabe la prosaica idea que tengo yo de una solapa, señora.
–Es la mujer del sol. Se roba a los chicos que se escapan a la hora de la siesta.
¿Cómo era la pequeña Olga de Toay?
–Sumisa por fuera, rebelde por dentro. Melancólica, tímida, escondida en los rincones.
¿Para qué?
–Para meditar misterios.
¿Encontraba las respuestas a tales misterios?
–Nunca. Por eso empecé a escribir. Para contestarme.
¿A qué edad urdió un poema satisfactorio (el adjetivo es de Borges), un poema que todavía puede respetar?
–Creo que a los doce años.
¿Lo tiene?
–No. A los diecisiete y tal vez a los dieciocho hice una gran quemazón.
¿Una purificación por el fuego o una decisión doméstica?
–Ambas cosas.
¿Primeros escritores que la atraparon?
–Salgari, Dickens y Verne. Naturalmente…
¿Muertes en la familia?
–Dos hermanos antes de que yo naciera. Eran tiempos en que la meningitis y la tuberculosis no perdonaban. Y otro hermano. Después le cuento…
¿Y en Buenos Aires, qué?
–Maestra, y la Facultad de Filosofía y Letras, como era de rigor.
Después, el periodismo.
–Sí. En la revista Claudia(Nota: una muy refinada publicación de la Editorial Abril)
¿Los tiempos de su colección de seudónimos?
–Sí. Valentín Charpentier, Valeria Guzmán, Jorge Videla, etcétera.
¿Por qué tantos? ¿Otro rito?
–No. Más simple. Mucho trabajo. En cada edición de la revista había cuatro o cinco notas mías. No podía firmarlas todas con mi nombre. No podía ni quería.
Usted era famosa por sus horóscopos. Como rezaba el chiste, por los orózcopos. ¿Los inventaba?
–Jamás. Estudié astrología muchos años con María Julia Onetti, prima de Juan Carlos, el escritor. Con ella hacíamos los horóscopos de Clarín de los domingos y los firmábamos Canopus.
¿Cree en todo eso?
–¡Absolutamente!
¿Qué dice su horóscopo?
–Soy de Piscis con ascendencia en Acuario. Hay temas que se repiten: la permanencia religiosa, la adhesión a la magia –a lo oculto en general–, el tema del amor, el tema de la literatura. Bueno, usted sabe que el horóscopo muestra cuestiones de carácter y de posibilidades, pero no accidentes fatales, por ejemplo.
¿Sufrió alguno?
–Se dice que al año y medio tuve meningitis. Me dieron por muerta. Según parece, tenía los ojos hacia atrás. Mi abuela llamó a la curandera del pueblo. Me pasaron de una tina de agua helada a una tina de agua hirviendo con mostaza. Fue como pasar del cielo al infierno, del infierno al cielo. Al amanecer, mis ojos volvieron a su sitio, mi respiración se tranquilizó, reviví. Me resucitaron.
Y el mal no volvió, como en las leyendas con final feliz.
–Hasta cierto punto. Se decía entonces que el mal retornaba cada siete años. Y cada siete años yo veía que los mimos y los halagos crecían a mi alrededor. Sucedió a mis siete, a mis catorce y a mis veintiún años.
¿Algo así como morir cuatro veces?
–Algo así.
Mucho hemos hablado de la muerte y aun falta hablar de la muerte de su hermano. Lo prometió.
–Yo tenía cinco años, él veinte, y era muy parecido a mí. Mi madre me miraba y se ponía a llorar: tanto se lo recordaba. Cuando él estaba por morir me sacaron de la casa y me llevaron a un pueblo vecino. Pero insistí mucho en volver, y mi abuelo me hizo caso. El auto de la casa estaba descompuesto. Me llevó a caballo, al galope, en una noche de tormenta. Cuando llegué, mi hermano había muerto, y yo lo sabía.
¿Por qué lo sabía?
–Porque siempre tuve videncias, premociones. Como mi madre y mi abuela.
Se dice que usted tiraba el Tarot, y que lo abandonó porque tuvo una negra experiencia. ¿Es cierto?
–Sí. Vi en las cartas la muerte de un amigo muy querido, y se murió. Pasé años sin tocar esas cartas.
Se dice también que volvió a ellas, y que las dejó definitivamente. ¿Otra muerte?
–No. Un sueño. Una especie de juicio público donde yo era la acusada. En las graderías del tribunal había gente de todas las épocas. Un soldado romano, un caballero medieval, una dama renacentista que se levantaban y me pedían cuentas por cosas que yo había prometido y que no se habían cumplido. Cuando el juez iba a bajar la mano para condenarme, me desperté con un grito horrible. Nunca más quise echar el Tarot…
¿Cómo es su relación con Dios y el Diablo?
–No sé a qué llamamos Diablo. ¿Mi relación con el mal, dice usted?
Si quiere, digo el mal.
–Combatirlo con el bien. El bien es infinito. Lo puede todo. El mal, en cambio, es muy limitado y repetitivo.
¿Qué idea tiene de Dios? ¿Un Dios personal que interviene en las cuestiones humanas, algo que flota sobre las aguas, ¿qué?
–No, no, no. Lo veo. Lo veo actuando. Lo veo como una presencia. A veces, como la presencia de una ausencia. Como un Dios secreto y oculto, pero que está en todas las cosas.
Literatura. ¿Padeció mucho antes de editar su primer libro? (Nota: Desde lejos, 1946).
–No. Tuve mucha suerte. Ya había publicado poemas en Péñola, la revista de los estudiantes de Filosofía y Letras, y en Canto. En una reunión, Rafael Alberti leyó poemas de jóvenes y dijo: "Los poetas verdaderos son estos dos". Uno de los dos era yo. Estaba el editor Losada, y me dijo: "Tu primer libro es mío". Lo escribí, se lo llevé. Lo publicó. Y así durante años.
¿Ganó dinero con sus libros?
–No, qué esperanza. Ningún poeta gana dinero con sus libros.
¿Nos damos una vuelta por el cuestionario de Proust?
–Nos damos.
¿Cuál es para usted el colmo de la miseria?
–Escarbar tanto para encontrar una moneda, que uno llegue a las antípodas.
¿Cuál es su idea de la felicidad?
–El amor absoluto y permanente. Hasta la muerte.
¿Qué faltas perdona?
–Las mentiras piadosas.
¿Pintores preferidos?
–Chagall, Braque.
¿Músicos?
–Mozart, Bach y Beethoven.
¿Qué cualidad prefiere en el hombre?
–La rectitud.
¿Y en la mujer?
–¿Las mujeres tienen cualidades?
¿Sería capaz de matar?
–No.
¿Qué le hubiera gustado ser?
–Siempre joven. Es decir, lo imposible.
¿Cuál es su mayor defecto?
–La debilidad con apariencia de fortaleza.
¿Qué es lo primero que la atrae de una mujer?
–Hum. No sé. Por lo visto tengo muy poco que ver con el mundo femenino.
¿Y en un hombre?
–Soy muy frívola: tiene que ser muy buen mozo. Después viene todo lo demás.
¿Color preferido?
–El verde. Sobre todo el verde musgo.
¿Flor?
–Las rosas.
¿Escritores en prosa, sus dioses?
–Faulkner. Kafka. Dostoyevski. Siempre vuelvo a ellos.
¿Poetas?
–Rimbaud. Mallarmé. Elliot.
¿Quiénes son sus héroes de la vida actual?
–Los ángeles de la guarda.
¿Y del pasado?
–Juana de Arco.
¿Lo que más detesta?
–Los insectos y las serpientes.
¿Qué don natural le gustaría tener?
–La gracia.
¿Cree en la inmortalidad del alma?
–Sí.
¿Cómo le gustaría morir?
–¡No me gustaría morir!
¿Cuál es el estado actual de su espíritu?
–La desazón. El hormigueo. Tengo muchos problemas inmediatos dentro de mi casa. Mi marido, Valerio, está enfermo, y hay muchos problemas en el país (Nota: esta entrevista data de julio de 1989).
Es poeta. ¿No ha podido abstraerse de lo cotidiano, evitar instalarse en la historia?
–No. Las cosas me han lastimado, me han exaltado, me han empañado. Siempre me han hecho algo.
¿Cómo ha sido en el amor?
–Muy constante. El amor ha existido siempre. Claro, lo que cambia es el compañero… (se ríe).
¿Qué piensa de los premios literarios?
–Los tomo como un azar favorable. Es un viento astrológico que sopló a mi favor y que empujó a un montón de voluntades a ponerse de acuerdo sobre los interrogantes que plantean mis problemas. Son una añadidura, un regalo para lo que hago. Nada más.
¿Cuál sería un premio verdadero?
–Acertar con lo que quiero decir cuando escribo. Nunca acierto. Siempre son aproximaciones.
¿Cómo escribe un poema?
–Por la mañana y a máquina. A veces, con la máquina sobre las rodillas, como si domara un potro.
¿De noche, por qué no?
–Porque lo que hago de noche es muy alucinatorio, menos sólido, menos válido. Deficiente, le diría.
Siguen los terrores nocturnos, como en Toay.
–Son los mismos con distintos nombres. A la edad que tengo duermo con luz, porque la oscuridad está siempre habitada.
¿Tiene premoniciones, como antes?
–Sí. Pero las sofoco, las distraigo, las alejo. Porque nunca son felices. La onda que más se capta es la patética, la trágica.
Usted fumaba como un escuerzo, si me permite la grosera analogía, y dejó. ¿Puede escribir sin fumar? Norman Mailer confesó que luego de dejar sus cien cigarrillos por día tuvo que aprender a escribir de nuevo.
–Empecé a fumar a los trece años y escribí casi toda mi obra envuelta en una nube de humo. Dejé porque un brujo de Paysandú me dijo que estaba intoxicada y que iba a quedarme sorda. Cuando retomé la escritura lo hacía con un rosario en la mano, un alfiler de gancho que abría y cerraba con los dientes, y cuando me quedaba una mano libre me enredaba el pelo sobre la frente.
¿Alguna vez hizo terapia?
–No.
¿Qué piensa del psicoanálisis?
–Me parece muy útil.
En esta charla habló mucho de vejez y de muerte. ¿Por qué?
–Para mí, el tiempo mismo es la muerte. Uno nace llorando, y debe salir llorando hacia el otro lado, ¿no? En cuanto al deterioro, ¿cómo no va a preocuparme? Me gustaría que me sacaran fotos al lado del elefante del zoológico: mis arrugas se notarían menos.
De todos los objetos que la rodean, ¿a cuál quiere más?
–A esa akwaba que está allá arriba, en la biblioteca. En África las mujeres la llevan colgada en la espalda para invocar a la fertilidad.
¿Tuvo hijos?
–No.
Todo empieza a ser incómodo en ese extraño piso diez donde sólo faltan plantas carnívoras para que la sensación de asfixia alcance la perfección. La charla ha sido dura, ríspida, antipática a veces, y los ojos verdes de la mujer miran con más "adiós" que "hola". Con más "no lo soporto" que "siga, por favor". El cronista, sin embargo, no se rinde, a pesar de que la recién desaparecida lluvia y el recién salido sol instalan en la ventana un resplandor insoportable. Objetos, objetos, objetos. Vasijas inocentes y no tanto, máscaras rituales, armas tortuosas y remotas, cuero, papel, hueso, metales. El cronista se siente casi tonto cuando le pregunta:
¿Cuál es su objeto favorito, y por qué? Eso, si mi curiosidad no le parece obvia.
Y se siente definitivamente tonto cuando oye la respuesta:
–Ninguna curiosidad es obvia. Todas intentan percibir el universo. Pero ya que debo contestar, bueno: es Buga, esa estatuita que está allá arriba.
Buga es chata, oscura, acaso de barro. Buga es una especie de enana panzona con grandes pechos hasta la barriga. Cuenta la mujer que es la diosa de la fertilidad entre las mujeres bantúes. Y ahora sí, se levanta, abandona la máquina de escribir que tenía entre las rodillas (queda la máquina en la alfombra colorada como un difunto o un cachivache abandonado), abre la puerta y dice adiós. Antes de salir, el cronista pasa por una puerta abierta que da a una pieza oscura, a una cama, a un bulto blanco en la cama, al contorno inequívoco de un carricoche.
¿…?
–El hombre es mi marido, paralítico desde hace tres años. El cochecito de bebé está vacío. Nunca pude tener hijos.
Después, la jaula del ascensor se desploma. Después, los zapatos del cronista se mojan en un gran charco. Pero la estrepitosa calle es una exacta y esperada fuga, ahora y en la hora en que, a diez mil kilómetros, un chico negro escapa, en el fondo de una choza, de las tripas de una mujer bantú. De una choza donde reina Buga.
(Post scriptum: Olga Orozco murió en 1999, a sus 79 años. Su premiada obra poética es original e inquietante. Conseguir sus libros y abordarlos es una gratificante aventura).

Fuente : https://www.infobae.com/cultura/2019/01/15/olga-orozco-la-gran-poeta-de-las-premoniciones-funestas/

jueves, 23 de agosto de 2018

La casa enjoyada (sobre Olga Orozco en el Suplemento Cultura de La Nación, 1999)

La poeta de Los juegos peligrosos buscó recuperar en el amor, la escritura y el esoterismo, la unidad perdida del alma y de lo divino. Ese anhelo la llevó a convertir su propia vida en un poema.


1 de septiembre de 1999 

HAY poetas cuya obra representa una auténtica "casa" del lenguaje, un lugar al que siempre volvemos porque en cada lectura encontramos algo nuevo y valioso: una metáfora donde se condensa, hecha belleza sensible, alguna percepción vinculada con nuestra experiencia de lo humano. Olga Orozco fue una de esos pocos.

Claro que su "casa" era, como lo digo en el título de esta despedida, una casa enjoyada, porque sus poemas, como los de casi ningún otro, están formados por versos que son auténticos lujos de la lengua y que, muchos años después de haberlos leído, siguen resonando en nosotros con su poder incantatorio y su tono arrebatado o íntimo. Y también porque esos versos están poblados por casi todos los grandes interrogantes que nos acechan por la mera circunstancia de estar vivos. De allí el dolor de saber que la puerta de esa casa se ha cerrado. De allí también la reflexión tranquilizadora -o el modesto consuelo- de saber que esa casa existe para siempre, no como un museo osificado, sino como el "museo salvaje" lleno de vida, de belleza y revelaciones que es siempre la poesía verdadera.

La oscura voz del misterio

Olga fue de aquellos poetas cuya frecuentación nos hacía sentir privilegiados. Nos permitía compartir no sólo un humor siempre a caballo entre la metafísica y el disparate sino también la atmósfera que suscitaba su presencia de iniciada en las magias y los arcanos del Tarot y de niña desamparada. Con su voz oscura y excepcional, podía cantar tangos inolvidables y destemplados al amanecer o decir como nadie, con acentos del otro lado del lenguaje, "Una rosa para Stephan Georg" de Molinari o "El tango del viudo" de Neruda. En su hogar, las máscaras, las plantas y el té ahumado se conjugaban con sus ojos de un verde inconcebible para crear un universo fascinante.


En realidad, la vida misma de Olga fue fascinante, desde la infancia mágica en Toay -el pueblito de La Pampa donde nació, bajo el signo de Piscis, en 1920-, que recreó en sus dos bellísimos libros de relatos ( La oscuridad es otro sol y También la luz es un abismo), hasta sus amores de joven y de adulta. A esa fascinación contribuían sus amistades, sus trabajos tan poco convencionales y ciertas presencias míticas, como su gata Berenice, a quien dedicó su poemario Cantos a Berenice .

Los amores de Olga demuestran la unidad radical que presidió su vida y su obra, pues sus compañeros siempre estuvieron vinculados con el arte: la poesía en el caso de Miguel Angel Gómez y Enrique Molina, la actuación en el de José María Gutiérrez (con el que tuvieron un bar en San Telmo, La Fantasma), la arquitectura en el de Valerio Peluffo, su último marido. Los amigos, que rodeaban a Olga en un entrañable círculo de afecto y admiración, iban de los grandes escritores de la lengua española y destacados músicos y plásticos a los jóvenes que la visitaban como a una maestra siempre dispuesta a atender a quienes se iniciaban en la poesía.

Los trabajos que Olga había ejercido, casi siempre en el ámbito del periodismo, la habían llevado a oscilar entre los heterónimos inventados para escribir notas periodísticas y el anonimato de los horóscopos en los que, como confesaba, siempre trataba de incluir una nota positiva cuando los astros se conjugaban mal.

Una aventura sacrílega

Aunque a menudo se la ha incluido en la tan zarandeada "Generación del cuarenta", la poesía de Olga Orozco tiene ciertos rasgos únicos que la convierten, no sólo en una obra apoyada en una poética personal, sino en una auténtica cosmovisión hecha palabra. Sin duda, sus poemas comparten con los de la mencionada Generación (más precisamente, con los de los poetas que seguían una estética neorromántica) el tono elegíaco y melancólico, el lirismo de corte existencial y la recurrencia del pasado y la infancia, concebida como un espacio mítico primordial. También se pueden discernir en la obra de Olga coincidencias con el surrealismo, pero la creación de Orozco desborda tanto los límites de ese movimiento como el rótulo de neorromántica.

La dimensión religiosa y la indagación metafísica tienen una singular importancia en la obra de Olga y se fueron ahondando en sus sucesivos libros, hasta teñir toda esa cosmovisión a la que me refería antes, dentro de la cual el quehacer poético en sí mismo cumple una función capital.

Creo que la poesía de Orozco surge a partir de una experiencia de tipo religioso: la nostalgia de la unidad perdida. Sus versos aluden a un estadio metafísico, en el cual el alma estaba integrada en el absoluto y era parte de Dios. A esa unión, en el momento del nacimiento, le sucede la caída en la contingencia, es decir, la sujeción a las tres formas básicas de la limitación humana: el tiempo, el espacio y la individualidad, vividas por el alma como angustiosas y como marcas del exilio del Reino. De ese Reino, el alma guarda una secreta memoria.

Contra esa angustia y esa exclusión se rebelará apasionadamente Olga y su aventura interior puede resumirse en el intento de remontar la dinámica descendente de esa caída para reintegrarse en el absoluto originario. Este intento se concreta, por un lado, a través del amor, esa experiencia radical de unidad, y por otro, a través de los diversos "juegos peligrosos" que dieron título a uno de sus libros más hermosos. Pero el amor siempre es el recuerdo del amor perdido, sea por el abandono o por la muerte del ser amado. Y los "juegos peligrosos" -la magia, la astrología, la cartomancia y el sueño- culminan con la poesía que se revela como la única arma verdaderamente válida para vencer el tiempo.

Esta visión de la palabra poética vincula a Olga con una larga tradición de escritores que, a partir del Romanticismo alemán, proclamaron la sacralidad del verbo poético, pero que también señalaron los riesgos que entraña. La locura es el tradicional castigo que los dioses reservan para quienes, como los poetas y los creadores, invaden el camino que sólo puede ser franqueado por los santos.

Claro que si la poesía de Orozco sólo fuera una "casa" por la cosmovisión que alberga, Olga no sería la maestra a quien volvemos una y otra vez. Lo fundamental es que esa cosmovisión de singular riqueza y coherencia se corresponde con un lenguaje igualmente elaborado, suntuoso y sugestivo, cuyo centro es la imagen. En rigor, si Olga estaba cerca del surrealismo no era sólo por la raigambre onírica de sus metáforas sino porque asumió como pocos la convicción, proclamada por los surrealistas, de que la gran tarea era hacer de la propia vida un poema. Y lo logró construyendo esa casa enjoyada de su poesía.



Fuente: https://www.lanacion.com.ar/214619-la-casa-enjoyada

Nuestra Señora de las Mariposas (entrevista a Olga Orozco por Fernando Noy)






Mucho antes de que le otorgaran, a los setenta y seis años, el Premio Juan Rulfo, Olga Orozco ya le rezaba a una foto de Rulfo y a una virgen checoslovaca sin nombre. En una entrevista con Fernando Noy, habla de por qué no escribe cuando los tiempos son duros, pero tampoco cuando es feliz; de su amistad con Oliverio Girondo y Norah Lange; de cuando le ofrecieron ocupar el lugar de Victoria Ocampo en la Academia de Letras; y de los llamados de Alejandra Pizarnik a las tres de la mañana.

Cuando se le pregunta por su tierra natal dice que, donde ahora es La Pampa, antes hubo mar: “De veras. La arena parece marina y hay restos de conchillas. Las dunas eran médanos que cada día cambiaban de lugar”. Dice que sólo eso explica su casa, rodeada por una especie de selva con viñedos y árboles frutales, frente a la aridez del desierto. Dice que, desde los siete años, ya tenía intuiciones fuera de lo común acerca de cosas que iban a suceder: a ella o a los demás.
-Y enseguida me di cuenta que no debía hablar con nadie de ese poder secreto. Sólo con los de mi familia. En mi libro de prosa La oscuridad también es otro sol cuento cuando mi hermana Yola una noche me tomó impresionada de la mano, porque estábamos viendo el mismo fantasma. Incluso oímos diversos ruidos de alas golpeando las persianas. Fui a investigar y apareció mi abuela que, para calmarnos, dijo: “No se asusten, niñitas. Son sólo fantasmas, nada más que fantasmas”. No sabía escribir aún y ya me pasaba el día preguntando a mi madre cosas que ella no lograba responderme. Entonces inventaba yo misma una respuesta y Cecilia, mi madre, la escribía de inmediato.

O sea que aquel lugar la marcó para siempre.

-Por supuesto. Es muy distinta la vida de un niño que empieza a descubrir el mundo en un paisaje semejante. Hay miles de cosas para investigar, desde el misterio de una lagartija a la escarcha que se forma sobre las tinajas encerrando flores y hojas con un herbario.

Además de poesía y ese libro de ficción, también ha escrito teatro...

-Sí. Incluso tengo un premio para teatro inédito. La obra se llama El humo de tu incendio sigue subiendo.

¿Hay, tal vez, un nuevo libro de poemas?

-No. Mis últimos años han sido muy duros. Sólo puedo escribir si estoy tranquila, no cuando debo dar alaridos. De eso se ocuparon muy bien los griegos.

¿Y cuando está feliz?

-Tampoco aparecen poemas, tal vez porque sucede como en el dicho: “Boca que besa no canta”. La tristeza, por otra parte, te agobia de tal modo que logra amordazarte. Pero hay momentos de gracia muy intensos, cuando las respuestas que busco se vislumbran, lejanísimas.

Hablando de vislumbres, ¿de qué modo conoció a Oliverio Girondo?

-Oliverio había programado el concurso de la revista que imprimían los martinfierristas, el grupo del que yo también formaba parte. Eran casi todos hombres y todos decían estar enamorados de mí: Bailey, Molina, De Obieta, Vanasco, Trejo, Madariaga, Calamaro, Devoto, Bosco y Miguel Angel Gómez, con el que me casé. En una de esas reuniones, cuando fuimos a cenar, Girondo estaba sentado frente a mí mientras comía un gran plato de polenta con pajaritos, nada menos. Yo lo miraba, absorta por ese aire de gran señor que tenía, hidalgo y al mismo tiempo fáustico. Por el tono de voz parecía el propio San Pedro o tal vez Zeus. En realidad, no sé qué parecía, pero al comienzo me intimidaba bastante.

¿Usted qué edad tenía, para intimidarse así?

-Yo recién había cumplido dieciocho años y llevaba a cuestas mi tremenda timidez. Mientras introducía los huesitos de pájaros entre sus fauces no pude contenerme y me largué a llorar. Como estábamos tan cerca, enseguida me vio. Y comentó en voz alta: “No se puede comer cuando una niña llora”. Apartó el plato y comenzó a conversarme. Yo me calmé. Después de un rato él dijo: “Te vas a hacer gran amiga de Norah (por Norah Lange, su esposa). Lo presiento, aunque Norah no haya podido venir esta noche, toma...” Y, mientras sacaba un papel del bolsillo, me pidió: “Escríbele algo”. ¡Y yo le hice caso: mandé un poema improvisado a una desconocida! Al día siguiente la propia Norah me llamó para invitarme a tomar juntas una copa. Al cabo de un rato apareció Girondo. Su vaticinio se había cumplido: nos habíamos hecho amigos para siempre. Oliverio decía que una mujer debe saber volar; no importa que tenga piel de jazmín o de higo seco con tal que sepa volar. Y bien, Norah Lange era una mujer que volaba con la imaginación, con las palabras. Tenía el porte de un barco que avanza sin detenerse en su mar de sonrisas y una facilidad encantadora para inventar discursos: su lenguaje era casi quevedesco. Ambos eran extraordinarios. Mi encuentro con ellos me transformó la vida.

Ahora hablemos de nuestra amiga, Alejandra Pizarnik.

-Alejandra, como tú sabes, vivía muy angustiada. Sus últimos años los pasó en un estado agónico, del que hacía lo imposible por sobreponerse. Pero cuando tenía gente alrededor se convertía en el centro de las atenciones. Era brillante, capaz de encantar... Pero cuando estas personas desaparecían, Alejandra caía en depresión. Me llamaba por teléfono a las dos o tres de la mañana para que le dictara mi Certificado de Poderes contra La Angustia. Yo le decía: “Aquí estoy, Gran Sibila del Reino, para certificar que a Alejandra Pizarnik jamás un pájaro negro se le posará sobre la sombra, que las piedras se abrirán milagrosamente para dejarla pasar hacia las mayores luminosidades”. Todo mi cariño lo introduje en el poema que le dediqué: “Pavana para una infanta difunta”. También, junto a Ana Becciú, recopilamos sus manuscritos inéditos: Textos de Sombra y otros poemas. Hoy ella está más viva que nunca en su poesía. Y me alegro.

¿La invitaron a ingresar en la Academia de Letras?

-Cuando murió Victoria Ocampo me ofrecieron su sillón. Yo dije que no. Luego enviaron a Manucho junto a González Lanuza, que eran los más simpáticos, y ellos me advirtieron de entrada: “Nos mandan porque saben que piensas que los académicos son una especie de aburridos tortugones. Pero como nosotros dos te resultamos siempre divertidos, creen que lograremos hacerte aceptar. Piénsalo, Olga, no te imaginas lo que podremos disfrutar juntos”. Igual volví a negarme.

¿Por qué?

-Los poetas creemos en las palabras como si fueran mariposas en libertad. En cambio, los académicos parecen entomólogos exponiéndolas incrustadas en alfileres. Como volvieron a insistir, se me ocurrió inventar rápido una coartada. Les dije que tenía muchas predicciones y que ni en ellas ni en mi horóscopo se captaba ningún aviso de que pudiera llegar alguna vez a ser académica. Tampoco en las líneas de mi mano veía ningún sillón. El mejor espacio para mí en la Academia, estaba en medio del público. Enseguida alguien hizo correr la voz salvadora: “Olga Orozco no acepta por motivos estrictamente esotéricos”.

¿Existe una poética esencialmente femenina?

-La creación no tiene sexo. Las mujeres han tomado a la poesía como una verdadera misión y a la palabra poética como un destello casi sagrado. Sé que hay un mundo que las mujeres complementan de alguna manera con el de los hombres. Pero el lenguaje no hace al sexo. La gran poesía es poesía a secas. La palabra tampoco es una fuerza tan enteramente a nuestra disposición como para poder afirmar esto o aquello es lo que pretendo decir. La palabra es como un llamado en la puerta, que puede provenir de cualquier parte: una pintura, una melodía, una frase oída al pasar. Abrimos y encontramos el inicio de algo, pero a lo lejos: tras un largo corredor se ve otra puerta que tal vez esconde el final de lo que está solicitándolo a uno.

¿Qué solicita?

-Ser nombrado solicita. Pero desde un punto al otro hay muchísimo camino para andar. En ocasiones, la intención se desvía. Sigue por otros vericuetos produciendo ramificaciones, diversificaciones de la distancia. Muchas veces esos mismos signos que buscan ser dichos son un tanto excesivos y hay que renunciar o podar elementos. Por eso casi siempre se sabe de antemano el principio y el fin, pero nunca cómo llegar desde un extremo a otro.

Un esfuerzo casi imposible...

-Se atraviesan tembladerales, distintas fases de una misma realidad. Sorpresivamente lo cotidiano resulta fantástico y lo puramente fantástico, habitual. Se producen sobresaltos, deformaciones, parálisis. Uno no sabe de qué modo decir eso que está sintiendo. El vocablo huye como un pez. Igual que en los sueños, las cosas son y no son al mismo tiempo. Uno incluso tropieza y esa caída resulta mágicamente el comienzo de alguna salvación. La creación se asemeja a la Creación con mayúscula por el poder del verbo, que ha ido descendiendo al mundo para crear diversos reinos. Partes de la realidad visible son, en el fondo, relámpagos de lo invisible.

Como un mapa de doble faz.

-Y con demasiadas prolongaciones, a las que a veces accedemos desde nuestros sentidos. Como si hubiéramos tapado otra vez la fisura desde la cual llegamos a este mundo. Y no pudiésemos espiar hacia el otro lado, donde viven esas voces distintas que fuimos atravesando una a una sin ser demasiado conscientes de ello. Por eso hay que ir siempre preguntando, tratando de ir siempre más allá.

¿Por qué tanta pregunta?

-La poesía es una interrogación permanente, por más que tenga la fuerza de otra aseveración. A veces se llega a algo que pareciera la última pregunta posible, pero ese interrogante recién nacido tampoco tiene respuesta y choca contra lo vedado, lo que jamás podríamos saber desde este costado del mundo. Es entonces cuando la poesía parece una apuesta, esperanzada y desesperanzada al mismo tiempo. Esperanzada porque la lucha continúa. Desesperanzada porque nunca se acierta en el blanco preciso al que apuntábamos. Llegamos a identificar la palabra con la cosa misma, pero ese pacto siempre resulta ilusorio. La cosa misma no está todavía, la cosa por decir llegará después, cuando logremos mencionar aquello que había desde el comienzo.

¿Por eso ha dicho que lo poético es un don perverso y malsano al mismo tiempo?

-Es que a través de la gran aventura que significa un poema, se hace evidente que es perverso: el poeta se obstina en asir una presencia que se le escabulle. Como en el mito de Sísifo con su invencible piedra, o como en aquella condena que Gómez de la Serna imaginó para Lautreamont (cuyo blasfemo Canto Tercero era roto en forma implacable por Dios, sin haberlo leído, enviándolo a reescribirlo cada día). Y dije malsano, porque el poeta debe recomenzar siempre ese interrumpido e interminable poema, como un precario puente entre lo momentáneo y lo perdurable. Este misterio es un curioso acto de fe: nos lleva incluso a ligarnos incondicionalmente a quien nos ha vencido.

¿Cómo es eso?

-El poema es una bocanada de aire fresco después de haber estado a punto de perder el aliento. Es el alivio luego de haber expuesto tu alma al mayor de los peligros. Y yo misma me pregunto para qué sirve este oráculo ciego, este guía inválido, este inocente temerario inclinándose a cortar la flor azul en el borde de los precipicios, prescindiendo de la fatalidad personal y de sus propios fines, limitando su misión al papel de intermediario que desempeña, tal vez sin proponérselo, frente a los demás.

¿Qué piensa de este premio que le otorgaron “los demás”?

-No lo esperaba, ni sabía que estuviera propuesta. Cuando me informaron por teléfono que vendrían a traerme una noticia preciosa pensé que era una broma. Después me pregunté qué podría ser. ¿Un caballo celeste? ¿Un arcón cargado con monedas de oro recién salido del mar? ¿O acaso ni más ni menos que el unicornio? Siempre veneré a Juan Rulfo. Era parco, pero a pesar de su timidez charlamos largamente cuando llegó a Buenos Aires. Se veía que le molestaban profundamente los elogios y los honores. Me regaló una foto suya que coloqué en el mismo marco de una virgen a la que rezo todas las noches y que fue de mi abuela.

¿Cuál santa?

-No tiene nombre ni apellido. Yo la llamo “Nuestra Señora de Las Mariposas” porque está rodeada de ellas. Es checoslovaca. Por el color del manto parece La Inmaculada. La tengo en mi mesa de luz. Ahora pienso que mis oraciones las ha repartido con Juan Rulfo. Pero no tengo rezos preconcebidos: los invento. Son poemas como plegarias que sólo susurro a ellos.

Ahora vendrán futuras distinciones, seguro. Tal vez el Nobel.

-Después de que Borges estuviese propuesto tantas veces sin ganarlo, todo argentino debería sentir vergüenza por recibirlo. Se lo negaron por cerrazón para entender su genio. Por malinterpretar sus dichos, que a pesar de nacer del más puro humor, fueron tomados demasiado en serio. Por ejemplo, Borges dijo bromeando que Lorca era un andaluz profesional. Otra vez declaró que el mejor poeta español era Machado. Entonces los cronistas comentaron. “Ah, hace bien usted en admirar a Don Antonio”. Pero Borges enseguida respondió: “Qué Antonio, ¿acaso Manuel tenía un hermano?”.


Cuando regrese con su premio, ¿qué hará?

-Bajaré del avión acompañada por mi propia barra brava.


Fuente: Radar . Página /12 
https://www.pagina12.com.ar/1998/suple/radar/agosto/98-08-16/nota5.htm

viernes, 27 de julio de 2018

Olga Orozco (Glauce Baldovin)


¿Qué palabra, qué expresión para significar terror tortura agonía?
Aquello que triza que enloquece y finalmente mata
¿en qué brebajes
en qué diccionarios podré hallarlo?

Trato de expresar tu muerte.
Este hueco en que me ha convertido tu muerte:
mitad escorpión, mitad mujer como nuez endurecida.
Pero son un puñado de polvo mis palabras.




Glauce Baldovin
Mi signo es de fuego. Poesía completa
Córdoba, Caballo negro editora, 2018.

domingo, 3 de septiembre de 2017

La indomable y feroz memoria (Juan Gelman)





La indomable y feroz memoria


Por Juan Gelman*
t.gif (862 bytes) Este honor, esta alegría emocionada de presentar a Olga Orozco, su obra, tropieza con tres muros infranqueables. En el primero alguien ha escrito que la poesía habla por sí misma. En el segundo está escrito que la poesía habla por sí misma. En el tercero, que la poesía de Olga habla por sí misma. Entonces no la estoy presentando. Apenas la estoy acompañando, como desde hace mucho me acompaña su voz “ronca y llorada”. Por lo demás, ella misma ha advertido que la poesía “es un organismo vivo, rebelde” y que analizar su lenguaje “es atrapar a un coleóptero, a un ángel, a un dios en estado natural y salvaje y someterlo a injertos y disecciones, hasta lograr un cadáver amorfo”.
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Nadie sabe qué es la poesía. Se la describe por aproximación o imagen. La poesía es lenguaje calcinado. La poesía es un árbol sin hojas que da sombra. La poesía es palabra donde aún crepitan cenizas de lo que no alcanzó a tener nombre. Olga prefiere la definición del poeta estadounidense Howard Nemerov: “La poesía es la tentativa de apremiar a Dios para que hable”. Pero Dios está mudo y ella lo apremia sin descanso.
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Dylan Thomas explicó que nadie insistiría en este ardiente oficio de la poesía si no fuera en espera del milagro y se consolaba con Chesterton, para quien lo verdaderamente milagroso de los milagros es que a veces se producen. Olga busca algo más fascinante que el milagro, es decir, la materia que los hace. Por eso en su escritura no hay milagros: toda ella es milagrosa.
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Me pregunto cuánta sangre viva del alma ha vertido Olga para –son sus palabras– hacer talismanes con “un indefenso corazón enamorado”, entrar en “las dos caras de los sueños”, conocer “ese color de invierno deslumbrante que nace donde mueres”, ganar “cetros de bestia en la intemperie”, comer “la almendra del misterio”, tener caras sucesivas como “un muestrario de nieblas, de terrores”, vestir “de reina, de bruja, de mendiga”, roer los duros huesos de las desapariciones, cocer “las sustancias de la separación”, resistir “las invasiones de la oscuridad”, padecer “las comuniones del contagio”, perfeccionar “penurias como dichas”, confeccionar “el lujoso inventario de todo lo imposible”, convivir con una “vocación de abismo”. La ocupación de Olga es fijar vértigos.
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El “yo soy otro” de Rimbaud va más allá en el “yo soy el otro” de Nerval y aún más lejos en el “somos tantos en otros” de Olga Orozco. Su poesía -que ciertos críticos obedientes al ejercicio de etiquetar, adscribieron al neorromanticismo, o al surrealismo, o a otros ismos que vagan por ahí– es desde el inicio absolutamente única y su presencia trae la felicidad. Da nombre a seres que han de esperar siglos antes de existir.
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Como un niño, la poesía busca nombrar lo que no puede. Después de tantos millones de palabras, la palabra sigue siendo tiempo que nace y que desnace para nacer otra vez. Revela la realidad velándola.
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Olga nació en La Pampa, una provincia mitad verde y mitad seca del interior de la Argentina, barrida por un gran viento -.”dios excesivo, dios alucinante”– que trastorna límites de arena en el desierto y trae “pesadillas de horizonte”. Así conoció las regiones que cambian de lugar cuando se nombran: el pasado, la infancia. Olga niña preguntaba: “¿Por qué el viento trae sólo viento?” O: “¿Me ves, mamá? ¿Estás segura de que me ves, o crees que me ves porque yo te veo y creo que me ves?”. La no agotada interrogación del mundo en Olga continúa y no obedece al principio de realidad sino al orden del deseo. Como San Juan de la Cruz, ella abrehacia el cielo “la boca del deseo, vacía de cualquier otra llenura”. Es el deseo de la falta, que Olga traba y amasa en el esplendor de sus poemas.
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¿Qué hace a su escritura sino el ver lo invisible? ¿Qué persigue sino la palabra que cante lo inefable? Olga ha dicho que sus poemas se aproximan invariablemente a ese centro sin golpearlo, pero sabe que no hay centro. O que ese centro “es una unidad más vasta que el universo” y pequeña para su sed. El centro está en el revés de su sed. Olga atraviesa –dice– “confusiones desconcertantes entre la pesadilla y la vigilia”, el porvenir mirado desde atrás, las madrigueras de la oscuridad que revisa para no olvidar. La poesía –avisa– “está entretejida con la sustancia misma de la vida llevada hasta sus últimas consecuencias”: lo que es, lo que no es, lo que pudo ser y no fue. Por eso la poesía de Olga dice lo que dice y también dice lo que calla y de ese modo calla lo que dice con un silencio parecido al de la revelación. Como la de los grandes místicos, la experiencia de Olga se cumple en la escritura.
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De niña Olga Orozco exigía que le firmaran certificados de residencia en el planeta Tierra. Veía fantasmas familiares. Tenía a veces “los pies tristes”. La abuela le habilitaba unicornios. Desembocaba en otros mundos aunque no se quería ir. Era miembro de la Organización de Espías de Toay, la ciudad donde nació. Con toda razón. ¿No dijo Shakespeare que los poetas son espías de Dios? Olga desarma los jamases del mundo.
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Nunca se la ha visto merodear por los pasillos del poder político en busca de alguna sinecura, ni en los vericuetos de la vida literaria extendiendo la mano por un premio. No se presentó al Juan Rulfo, que un jurado sabio le acordó. Esto, que parece un rasgo de carácter, un mero dato biográfico, es un acto de escritura. “Los poetas creemos en las palabras –dice Olga– como si fueran mariposas en libertad”. Las palabras creen en los poetas, digo, cuando éstos vuelan en libertad.
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La poesía de Olga es poderosa, tiene oleajes de fulgor que, al retirarse, dejan colmillos de furia y territorios sembrados de joyas. Olga conoce el dolor de la palabra hecha cuerpo. Sus palabras no cosen un vestido, suturan una herida. Ella se cita con sus pérdidas y sostiene la belleza continua.
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Dice que su memoria es “indomable, ávida, feroz” y será su arma “contra las contingencias del tiempo y de la muerte”. Pero su lucidez es irreductible al solo juego del recuerdo. En Olga, la relación entre imaginación y vivencia es tan intensa que crea otra memoria, en que el sueño de la realidad se rehace como sueño de la escritura.
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Olga declara que “en un arcón en llamas guarda intacto el cadáver de su inocencia”. Seguramente en otro arcón, o en una tropa de caballos color púrpura que giran en el aire, o en la danza de ollas y asadores asaltados por un capricho inocente y horroroso de un cuento galés, ella guarda su infancia intacta y viva, las piedrecitas en la mano que prueban la interrupción del mundo visible por el otro, la abuela que aparece cuando Olga se despierta en el sueño. La visión es en Olga experiencia vivida. Ve mejor con los ojos cerrados. Ve por ojos de niño. Tiene la infancia empozada y saca aguas de ella cuando quiere.
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“La poesía puede proceder fuera del tiempo .-dice Olga–, en grandes saltos respecto al tiempo”. Ella libra una guerra encarnizada contra “el escorpión del tiempo”, su “látigo que azuza”: “Hemos luchado a veces cuerpo a cuerpo./ Nos hemos disputado como fieras cada porción de amor”.Esa lucha, esa voluntad de resistir al tiempo, “violar sus estatutos”, enfrentarlo con la memoria de la realidad y la memoria de lo no sucedido todavía, ¿no es acaso la expresión más ardiente del deseo? Así, cada poema es una aventura erótica que muere en él, renace en el siguiente, y no se apaga el deseo de alcanzar su objeto, oscuro y desconocido, un agujero que habita en la imaginación posible. Como pensaba René Char: “El poema es el amor realizado del deseo que se queda en deseo”. Esta sed es infinita.
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Tal vez por eso Olga afirma que lo contrario de la vida no es la muerte, es la nada. Ella posee una “lengua insaciable que devora el idioma de la muerte en grandes llamaradas”, sabe que la muerte está llena del esplendor de los bienes extraviados, es el suelo del amor perdido, desgarrón y desnudez que tiembla. Hay en su escritura una versión lujosa de la muerte.
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La incandescencia de los textos de Olga abre al lector y lo eleva al olvido de sí, al éxtasis semejante al del amor y la experiencia mística. Es una poesía de “sangre ilimitada, sangre de abrazo, sangre de colmena”, ella dice. Es una poesía en estado de vigilia permanente y muestra que la esperanza se ensancha cuando duda y el ser conoce la errancia y los exilios. Es una poesía que no admite el consuelo de la razón y se convierte así en consuelo del amor. De tanto laberinto recorrido Olga ha visto que “la belleza nos ciñe en su trama y nos rehace”. Su poesía nos transforma, se hace uno, el otro, los demás.
Olga se ha preguntado si Dios no se perfecciona acaso en todos y cada uno de nosotros. No estoy seguro de eso. En cambio sé que en Olga ocurre exactamente eso: en ella Dios se perfecciona.


*Este texto fue escrito por el autor para la presentación de Olga Orozco, cuando en noviembre pasado, en Guadalajara, le entregaron el premio Juan Rulfo de Literatura.