miércoles, 22 de enero de 2020

#OlgaOrozco2020: Vuelve cuando la lluvia

foto: Marisa Negri



Hermanas de aire y frío, hermanas mías:
¿cuál es esa canción que se prolonga por las ramas y rueda contra el vidrio?
¿Cuál es esa canción que yo he perdido y que gira en el viento
y vuelve todavía?
Era lejos, muy lejos,
en las primeras albas de un jardín custodiado por ángeles y ortigas,
paraíso sin sombra y sin olvido.
Cantábamos para siempre la canción.
Cantábamos nuestra alianza hasta después del mundo.
Era hace mucho tiempo, hermana de silencios y de luna.
Era en tu adolescencia y en mi niñez más tierna,
cuando apenas te habías asomado a las sinuosas aguas del amor,
que te apresaron pronto,
y aún te vestías contra nuestro candor con el muestrario de las apariciones:
la novia fantasmal, el alma en pena o la mendiga loca;
pero al día siguiente eras la paz y el roce de la hierba.
Cuando te fuiste, faltó el cristal azul en la canción.
Era hace mucho tiempo, hermana de aventuras y de sol.
Yo era la más pequeña y seguía tus pasos por sitios encantados
donde había tesoros escondidos en tres granos de sal,
un ojo de cerradura enmohecida para mirar el porvenir más bello
y un espejo enterrado en el que estaba escrita la palabra del supremo poder.
Tú inventabas los juegos, las tentaciones, las desobediencias.
Fueron tantos los años compartidos en fiestas y en adioses
que se trizó en pedazos la canción cuando tu mano abandonó la mía.
Hermanas de ráfaga y temblor, hermanas mías,
las escucho cantar desde las espesuras de mi noche desierta.
Sé que vuelven ahora para contradecir mi soledad,
para cumplir el pacto que firmó nuestra sangre hasta después del mundo,
hasta que completemos de nuevo la canción.

de "Últimos poemas" (2009)

martes, 21 de enero de 2020

#OlgaOrozco2020: Pequeños visitantes






Sé que hay algún avaro lugar donde se guardan pedazos de paisaje,
escenas incompletas como cualquier escena de este mundo,
poblaciones y gentes aferradas a un solo atardecer,
a una sola tormenta.
Se dirían imágenes arrebatadas al pasar por un golpe de viento,
retazos del pasado recogidos como por un rastrillo para el último día,
quizás como testigos, quizás como una prueba destinada a la hoguera final.
Ese sitio imantado deja escapar a veces sus mezquinos tesoros,
quién sabe por qué grieta, por qué secreto acierto del azar,
y vienen hacia mí, que apenas reconozco esas apariciones
en las que ya no soy y los otros so están han perdido la sombra y el color.
Pero igual me persiguen con sus lerdos oleajes,
se obstinan, se desvelan, como si en mí estuviera la clave de su exilio,
la llamarada madre.
¿No busco así también la imagen escondida de la que intento ser la semejanza?
Y aunque a mí no me alcance la forma ni el fulgor para modelo,
debo enfrentarme aún una vez más con palabras roídas, con gestos recortados,
con espejos infieles de episodios casi desvanecidos
como quien se contempla en los retratos de algún álbum leproso, miserable.
¡Ah, porque no se trata de momentos guardados para la gran memoria!
¿Y a quién interrogar por esta ciega ronda de ratones?
¿Son tan solo humaredas,
vanas emanaciones desprendidas de un gran fuego central?
¿O alguna proyección con que poblé, ignorante, los pálidos desiertos de la soledad?
¿Y si fueran, opacos, andrajosos, con su gris aterido,
los fieles anticipos de mi verdadera vida, más allá?


en "Con esta boca, en este mundo" (1994)

lunes, 20 de enero de 2020

#OlgaOrozco2020: Conversación con el ángel


Contigo en aquel tiempo yo andaba siempre absorta,
siempre a tientas, a punto de caerme, pero indemne y eterna,
tomada de tu mano.
Ya casi te veía, lo mismo que al destello de un farol en la niebla,
una señal de auxilio en la tormenta.
Sí, tú, mi sombra blanca, transparencia guardiana,
mi esfinge azul hecha con el insomnio y el íntimo temblor de cada instante,
igual que una respuesta que se adelanta siempre a la pregunta.
Sin duda en algún sitio aún estarán marcados tus dos pies delante de mis pasos
porque te interponías de pronto entre mi noche y el abismo.
Sospecho que convertías en refugios dorados mis peores pesadillas,
que apartabas las setas venenosas y las piedras sangrientas
y venciste acechanzas y castigos.
Tal vez hasta me contagiaras la sonrisa
y lloraras después un larguísimo tiempo con mis lágrimas, vestido con mi duelo.
Después, mucho después, en esos años en que creí perderte
en algún laberinto o en una encrucijada,
fue cuando me dejaste a solas, tan mortal, en el destierro.
Quizás te convocaron de lo alto para un duro relevo,
y acudiste como un vigía alerta sin mirar hacia atrás,
aunque a veces descubrí tu perfume de nube y de jazmín en una ráfaga
y hasta palpé la suavidad que deja la huida de una pluma debajo de la almohada.
Ahora, ya replegada toda lejanía con un golpe ritual,
como en un abanico que se cierra,
frente al fuego donde arde de una vez el lujoso inventario de todo lo imposible,
contemplamos los dos el muro que no cesa,
no aquel contra el que lloraríamos como estatuas de sal a la inocencia,
su mirada de huérfana perdida,
sino el otro, el incierto, el del principio y el final,
donde comienza tu oculto territorio impredecible,
donde tal vez se acabe tu pacto con el silencio y mi ceguera.


en "La noche a la deriva" (1983)

domingo, 19 de enero de 2020

#OlgaOrozco2020: En la rueda solar



Cada ojo en el fondo es una cripta donde se exhuma el sol,
donde brilla la luna sobre la piedra roja del altar
erigida entre espejos y entre alucinaciones.
Yo asisto cada día con los ojos abiertos al sacrificio de la resurrección,
a la alquimia del oro en aguas estancadas.
Es difícil mirar con la sustancia misma de la luz filtrada por la tierra del destierro;
es imposible ver quién se levanta y anda entre malezas
desde estos dos fragmentos arrancados a la cantera de la eternidad.
Uno al lado del otro en su prisión de nácar,
en su evasión de nubes y de lágrimas;
uno ajeno del otro,
sometidos a ciegas a la ley de la alianza en la separación,*
fabulan la distancia, la envoltura de cada desencuentro, la isla que no soy.
¿Y acaso no me acechan desde el fondo de todo cuanto miro
igual que a una extranjera?
¿No me dejan a solas con su estuche de nieblas,
lo mismo que a un rehén,
contra la trampa abierta en la espalda del mundo?
¡Extraña esta custodia que permite avanzar al enemigo transparente
y retiene hacia adentro este insondable vacío de caverna!
No tiene explicación esta córnea con piel de escalofrío,
con avaricia de ostra que incuba al mismo tiempo su misterio y el cuchillo final;
tampoco es razonable este iris que tiembla como una flor al borde del abismo,
que destella y se apaga lo mismo que un relámpago de tigres,
que se acerca y se aleja semejante a una selva sumergida en un ala de insecto.
¿Y la pupila, entonces?
¿Quién puede descifrar esta pupila cautiva entre cristales,
este túnel contráctil siempre alerta a la inminencia a solas,
esta palpitación a medias con la muerte?
¡Basta, mirada de fisura, incesante mirada de pólipo en tinieblas!
Es otra vez el mismo tembladeral de aguas voraces,
la misma negra rampa circular que me pierde hacia adentro.
Es otra vez el mismo recinto central adonde caigo
arrastrando un telón sobre la lejanía,
entreabriendo la escena donde los personajes son una sola máscara de Dios.
Es otra vez el mismo centinela que dice que no estoy,
la misma luz de espada que me empuja hacia afuera hasta el revés de mí,
hasta la ciega condena de estos ojos que me impiden mirar
y que sólo atestiguan la división debajo de estos párpados.


en Museo Salvaje (1974)

sábado, 18 de enero de 2020

#OlgaOrozco2020: Aún menos que reliquias




Son apenas dos piedras.
Nada más que dos piedras sin inscripción alguna,
recogidas un día para ser sólo piedras en el altar de la memoria.
Aún menos que reliquias, que testigos inermes hasta el juicio final.
Rodaron hasta mí desde las dos vertientes de mi genealogía,
más remotas que lapas adheridas a ciegas a la prescindencia y al sopor.
Y de repente cierto matiz intencionado,
cierto recogimiento sospechoso entre los tensos bordes a punto de estallar,
el suspenso que vibra en una estría demasiado insidiosa,
demasiado evidente,
me anuncian que comienzan a oficiar desde los anfiteatros de los muertos.

¿A qué aluden ahora estas dos piedras fatales, milenarias,
con sus brillos cruzados como la sangre que se desliza por mis venas?
A fábulas y a historias, a estirpes y a regiones
entretejidas en un solo encaje desde los dos costados del destino
hasta la trama de mis huesos.

Exhalan otra vez ese tiempo ciclópeo en los dioses eran mis antepasados
-malhechores solemnes, ocultos en la ola, en el volcán y en las estrellas,
bajaron a la isla a trasplantar sus templos, sus represalias, sus infiernos-
y también esos siglos de las tierras hirsutas, emboscadas en el ojo del zorro,
hambrientas en el bostezo del jaguar, inmensas en el cambio de piel de la
(serpiente.
Pasan héroes de sandalias al viento y monstruos confabulados con la roca,
pueblos que traficaron con el sol y pueblos que sólo fueron dinastías de eclipses,
invasiones tenaces como regueros de hormigas sobre un mapa de
(coagulada miel;
y aquí pasan las nubes con su ilegible códice, excursiones salvajes,
y el brujo de la tribu domesticando a los grandes espíritus
(como un encantador de pájaros
para que hablen por el redoble de la lluvia, por el fuego o el grano,
por la boca colmada de la humilde vasija.
En un friso de nieblas se inscribe la mitad confusa de mi especie,
mientras cambian de vestiduras las ciudades o trepan las montañas o se
(arrojan al mar,
sus bellos rostros vueltos hacia el último rey, hacia el último éxodo.
Un cortejo de sombras viene del otro extremo de mi herencia,
llega con el conquistador y funda las colonias del odio, de la espada y la codicia,
para expropiar el aire, los venados, los matorrales y las almas.
Se aproxima una aldea encallada en lo alto del abismo igual que un arca rota,
una agreste corona que abandonó el normando y recogieron los vientos
(y las cabras,
mucho antes que el abuelo conociera la risa y los brebajes para expulsar
(los males
y la abuela, tan alta, enlutara su corazón con despedidas y desgastara
(los rosarios.
Ahora se ilumina un caserío alrededor del espinillo, el ciego y el milagroso
(santo;
es polvareda y humo detrás de los talones del malón,
(de los perros extraídos del diablo,
poco antes que el abuelo disfrazara de fantasmas las viñas, los miradores,
(los corrales,
y la abuela se internara por bosques embrujados a perseguir el ave de
( los siete colores
para bordar con plumas la flor que no se cierra.
Y allá viene mi padre, con el océano retrocediendo a sus espaldas.
Y allá viene mi madre flotando con caballos y volanta.
Yo estoy en una jaula donde comienza el mundo en un gemido
( y continúa en la ignorancia.

Pero detrás de mí no queda nadie para seguir hilando la trama de mi raza.
Estas piedras lo saben, cerradas como puños obstinados.
Estas piedras aluden nada más que a unos huesos cada vez más blancos.
Anuncian solamente el final de una crónica,
apenas una lápida.

en "La noche a la deriva" (1983)

viernes, 17 de enero de 2020

#OlgaOrozco2020: Operación nocturna



W. Turner


Alguien sopla.

Sopla contra mi casa una envoltura de cortinajes negros,

una niebla sedienta que husmea como hiena en los rincones,

unas sombras que incrustan trozos de pesadilla en la pared.

Alguien sopla y convoca los poderes sin nombre.

Mi guarida se eriza,

se agazapa en el foso de las fieras,

resiste con su muestrario de apariencias a los embates de la mutación.

Alguien sopla y arranca de sus goznes mi precaria morada,

las maquinarias de su remota realidad.

Ahora es otra y no es y apenas vuelve a ser en más o en menos,

tan amenazadora y tan falaz como una escena blanca espejeando en la nieve

o la ventana que se enciende y se apaga en la espesura del tapiz.

Pero igual la sofocan en su temblor final con una funda helada,

la separan de sus mansas costumbres,

le quitan una a una sus misericordias pertenencias con un duro escalpelo.

La convierten en la trampa feroz sobre las bocas del abismo que viene.

¡Y yo que reclamaba solamente un lugar de pequeñas alianzas como chispas,

solamente un lugar para oficiar la luz en torno de mis huesos!

¿No había para mí nada más que esta cárcel,

estos muros aviesos, fatales hacia abajo,

esta tensa tiniebla que me arroja de subsuelo en subsuelo!


en "Mutaciones de la realidad" (1979)

jueves, 16 de enero de 2020

#OlgaOrozco2020: Cantos a Berenice IX

Ilustración de Gabriel Martino para Cantos a Berenice


Pero salta, salta otra vez sobre las amapolas,
salta sobre las hogueras de junio sin quemarte,
como si supieras.
Asómate otra vez a plena luz por tu sombra entreabierta,
aunque sólo sembremos como niebla rastrera,
como invasión de arañas transparentes,
la sospecha de que somos de nuevo la bruja y la emisaria.
No lamerán tu rastro dos perros amarillos,
ni volarás en nubes erizadas a la fiesta de Brocken.
No tuvimos más búho que la vigilia alerta en el fondo del sueño
ni más sapo lacayo que la ráfaga fría para ahuyentar los duendes.
Nuestra maldita alianza con el diablo
fue el poder del terror contra los roedores inasibles
que excavaban sus trampas debajo de la casa;
nuestra señal satánica,
la misma desmesura en la pupila
para precipitar allí las intenciones de la noche embozada;
nuestro pacto de sangre,
nada más que aquel trueque de enigmas insolubles:
otras nosotras mismas.





en "Cantos a Berenice" (1977) //
"Cantos a Berenice" ilustrado por Martino / En Danza, 2015.