martes, 11 de febrero de 2020

#OlgaOrozco2020: La maga de la poesía (Patricia Kolesnicov)

Olga Orozco
La maga de la poesía

por Patricia Kolesnicov (Revista Viva, 16 de noviembre de 1997)



Con la palabra de poder
nómbrala y mátala

Exactamente eso decía ella, hace treinta y cinco años, en el poema “Para destruir a la enemiga”. Olga Orozco, la poeta, levanta sus párpados sombreados de turquesa y sigue hablando de un enemigo. Pero ahora dice que es el tiempo:"El que te deteriora y te mata”. Y que su tentación es violentar al tiempo. “No sólo me tienta hacerlo retroceder; también hacerlo simultáneo, alternarlo, como si lo venciera. Lograr esto, o intentarlo, es hacer retroceder a la muerte, aunque sea por un momento."
Olga Orozco supo del Tarot y las videncias. Daba su pelea con las armas de la magia. “Estaba buscando trascender -dice desde sus ojos verdes, todas las limitaciones: esta realidad que te somete a reglas como las leyes de causa y efecto, como las leyes del tiempo. Trascender este yo, la limitación de ser este yo y ningún otro.
Olga Orozco nació en 1920 en Toay, un pueblo de La Pampa donde los médanos volaban. Tuvo una abuela que le contó cuentos durante tres décadas. En Bahía Blanca, a los 14 años, una sombrerera italiana que se llamaba Teresa vio que había en la intensidad de la chica condiciones para el ocultismo. En las calladas tardes de esa Bahía Blanca, la sombrerera Teresa le enseñó a esa niña pampeana los secretos del Tarot, sus arcanos mayores y menores. Y la niña supo de reyes y de locos.
Después tuvo una gata, Berenice:

Algo más que piedad, que providencia y desatino
erigió nuestra carpa invulnerable entre las carcomidas fundaciones.
Algo que comenzamos a saber entre un plato de leche
y huesos, sólo huesos de desapariciones, tan duros de roer.

Con una amiga, María Julia Onetti, la poeta hizo el horóscopo de Clarín entre 1968 y 1974. Firmaban “Canopus”. Así lo recuerda: "Lo hacíamos a conciencia, de la manera rigurosa en que se puede hacer un horóscopo estático".
Los lectores lo seguían y hasta pedían que su palabra interviniera directamente en el destino: “Una señora me escribió que su marido tenía relaciones con una mujer más joven. Me decía que le se aconsejara a Géminis que volviera a sus amores de siempre, aunque le parecieran rutinarios, y olvidara los deslumbramientos momentáneos".
--¿Se puede encontrar una forma bella de escribir hasta los horóscopos?
-Sí, absolutamente, se le puede poner belleza a todo, hasta a la tabla de multiplicar; si se tiene talento, se puede.
Mi poema "La cartomancia” es una tirada de cartas real, una tirada que me hice a mí misma.

No dormirás del lado de la dicha, 
porque en todos tus pasos hay un borde de luto que presagia 
el crimen o el adiós,
y el Ahorcado me anuncia la pavorosa noche que te fue destinada.

Hay una anécdota que esta maga de la poesía gusta contar. Dice que el Tarot tuvo algo que ver en su segundo matrimonio: "Era la segunda vez en mi vida que lo veía y no me había impresionado tantísimo como para que aspirara a compartir con él el resto de mi vida. Él estaba en un mal momento, le conté por qué y le dije que no se afligiera, que la mujer de su vida estaba a las puertas, y se la describi. Daba la sensación de que hubiera buscado mi propia descripción. Le dije que era artista, que tenía ojos claros pero que era morena y puse además miles de calificaciones excelentes sobre esa persona: era bondadosa, era comprensiva, talentosa. Yo leía honestamente las cartas de Tarot y él anotaba cada palabra. Después fue mi marido, y cada vez que yo hacía algo que no le gustaba -que fueron pocas veces- sacaba ese papel del bolsillo, lo leía y me decía: 'Mirá el retrato que te hiciste...'”.
Aunque habla de la magia en pasado, la poeta cuenta que "muchas veces escribo con una piedrecita negra en una mano, a veces con dos piedras: una de Sicilia, donde nació mi padre, y otra de San Luis, donde nació mi madre”.

-¿Para qué esas piedras?

-No sé. Como para pedir ayuda. Y a veces escribo con una piedrecita negra que me dio el primer chico del que me enamoré. Las piedras, yo creo de verdad, están vivas. No creo que estén muertas. Creo que tienen una vida lenta. A medida que las tocas, puedes llegar a sentir como un latido.
A mí me ayudan a evocar cosas, además tienen una energía.
Las elijo y las quiero. Las junto, inclusive. Siempre junto piedras y cosas por las playas. De Grecia, del Cabo de Nueva Esperanza, de México.

-Cuando vuelve a la misma piedra, ¡¿lo hace buscando la sensación que tuvo antes?

-No. Pero cada piedra convoca un ámbito diferente.

-Alguna vez usted dio un argumento astrológico para rechazar una invitación a entrar a la Academia de Letras.

La primera vez que me propusieron entrar a la Academia de Letras fue cuando murió Victoria Ocampo. Yo no tengo pasta de académica; no es que vea mal que entren otros, pero yo no me veo ahi, no siento ninguna energía que me espere allí, no veo una silla favorable para mí-dice, y se le escapa la risa. Entonces piensan que no acepto por motivos esotéricos. En realidad, ése fue el motivo que di. Dije eso, y que no veía en mi horóscopo ninguna señal de que tuviera que aceptar.

-¿Lo decía seriamente?

-Por supuesto que yo lo decía seriamente- pone mirada de ofendida por la duda-. Lo decía seriamente, pero no lo pensaba seriamente.
Ella se inquieta en la silla y asegura que la magia quedó atrás: “Me pareció que era una manera bastarda de trascender el tiempo. Porque una hace descender, de alguna manera, fuerzas que son oscuras, poco manejables. El Tarot. La práctica de la videncia dan una omnipotencia que es falsa.
Creo que lo mismo se trasciende a través de la plegaria y de la poesía misma. También con la poesía puedes llegar a trastornar todos los tiempos, a confundirlos, barajarlos, ordenarlos como se te da la gana. Puedes resucitar a los muertos, vivir otras vidas, ser otras".

-¿Usted cree realmente que la magia es un intento de intervenir en las leyes del tiempo?

-Sí, en las leyes del tiempo y de la física. Pero la poesía también interviene, aunque de otro modo. La poesía es un juego peligroso porque no es lineal, como la prosa, sino que va hacia lo alto o hacia las profundidades y una se sumerge buscando los elementos que quiere encontrar, que no son justamente los externos. No es fácil llegar a eso, a esas respuestas. Y a veces una queda unida a la superficie por un hilito. No sabe muy bien cómo va a hacer para regresar porque se ha quedado observando muy, muy adentro.

-Dijo que empezó a escribir porque sentía que había preguntas que no tenían respuesta. ¿Qué quería saber?

-¡Vaya a saber qué quería saber! Quería justamente saber cosas que aún no tienen respuesta para mí. Cómo era Dios, que me lo dibujaran. Incluso una vez hice un dibujito y le pregunté a mí madre si así era Dios. Era un dibujito con un perfil humano que debía de ser algo monstruoso porque yo trataba de que fuera lo incomprensible, lo enigmático. Yo tenía cinco años y no podía pensar en la belleza de Dios, pensaba en el poderío de lo desconocido. Quería saber por qué, si yo tenía un ángel de la guarda, él no me alcanzaba o me explicaba las cosas que le pedía. Cosas como por qué el viento trae sólo viento, que además es mentira, porque el viento trae muchas cosas y lleva muchas cosas, como cuenta Lo que el viento se llevó.

-En La Pampa el viento se ve.

-En La Pampa el viento es casi ciclónico, trae cardos rusos, trae hojas secas. Incluso se llevaba los médanos, que cambiaban de lugar con el viento. Ya no está el médano que estaba ayer en el fondo de tu casa.

-Y un médano parece una montaña…

-Sí, y tiene un volumen. Una se sorprende porque no ha pensado en la liviandad de la arena sino en el volumen del médano. Ese es uno de los juegos más deliciosos que una tiene de chica: jugar en la arena.

En tanto levantáis,
insaciables arenas,
médanos fugitivos que cumplen en el viento un sombrío destino.

-¿Sigue escribiendo para contestarse preguntas?

-Naturalmente, yo siempre he escrito para contestarme preguntas. Incluso creo que me contesto a mí misma con otras preguntas. Sin pretender definir la poesía, que siempre se escapa por todos los costados por más que una pretenda definirla, creo que la poesía es eso, una permanente pregunta. Por más que uno conteste con aseveraciones, en realidad esa respuesta es también una pregunta.

-Eso prueba los límites de la capacidad de preguntar.

-Y claro. Se acaba. La última pregunta no tiene respuesta, o la respuesta nos está vedada. Viene el silencio. Hay sellos que no se pueden levantar desde este costado del mundo.

Tú no preguntas nada, nunca,
porque no hay nadie ya que te responda.

El tiempo de las preguntas, de las cosas pasadas por el viento, fue también el de su abuela María Laureana. Olguita, la escritora, creció con los relatos de esa mujer que había nacido en San Luis. Como si la literatura se transmitiera de abuela a nieta, fue la abuela de su abuela, una irlandesa, la que trajo las historias a la familia. Y esta señora poeta se reconoce en esa genealogía: "Mi abuela era como una maga blanca, una persona que imaginaba un cuento distinto todos los días. Cuantos de hadas, de demonios, de castillos encantados, de tesoros enterrados. Eran esos cuentos donde hay una palabra de poder que abre las aguas
y una puede hundirse hasta el fondo y rescatar a alguien vivo que está todavía allí no se sabe cómo. María Laureana murió a los 97 años, cuando yo tenía 28, y hasta entonces seguía contando".

-¿Los cuentos eran a pedido suyo?

-Sí, yo le pedía y ella empezaba sin titubear. Eran cuentos o historias. Ella había nacido a mediados del siglo pasado y presenció hasta malones. Había tenido una prima -ella era muy rubia, con ojos azules; la prima Lucía también, y durante un malón esta chica no se había guarecido, se había quedado sola caminando por no sé dónde y un cacique la llevó en su caballo a medida que le decía: "Ir dando besos". La prima Lucía estuvo como quince años en esa toldería. La mujer principal del cacique, una señora anciana la ayudaba a escapar, pero la muchacha caía siempre en tolderías de caciques amigos. Cuando consiguió huir ya tenía treinta años y se encerró y no salió nunca más. Pero tuvo para siempre las cicatrices en las plantas de los pies, todas cortajeadas, por las heridas que le habían hecho para que no escapara. De eso me hablaba mi abuela Maria Laureana.

De todos los que amaron ciertas edades suyas, ciertos gestos,
las mismas poblaciones con olor a leyenda,
no quedan más que nombres a los que a veces vuelven como a un sueño.

-En sus poemas aparecen el amor y el abandono. ¿Usted tuvo grandes amores?

-Amores intensos.

-¿En qué consistía esa intensidad?

-Yo no soy una persona insensible ni indiferente. Creo que no todo el mundo tiene la capacidad de enamorarse con intensidad ni de hacer que los amores sean duraderos. Hay
gente que confunde la emoción con un sentimiento, entonces vive cosas pasajeras. El amor verdadero es de otro modo, es pensar más en el otro que en sí mismo.

-¿Hay gente que busca el reflejo de sí misma?

-Eso es un narcisista, no un enamorado. En el amor hay una cosa de entrega, de dedicación al otro, que ni siquiera uno sueña en confundir con la abnegación: hay alegría en eso. Pero, además, hay que ser capaz de jugarse en esas apuestas.

- Qué queda en uno cuando se terminan esos amores?

-Queda la intensidad de la pena, que es la otra cara de la moneda. Uno sabe desde el comienzo que cuando existe un sentimiento poderoso la ausencia va a determinar también otro sentimiento poderoso, pero penoso.

-Hace falta una cierta generosidad para no ir para atrás, para no asustarse...

-Yo no le tengo miedo a la vida, le tengo miedo a la muerte. Aunque sea un gran dolor, vale la pena la apuesta. Es como en la poesía misma: uno no tiene ninguna esperanza de acertar con el centro justo en la poesía, con lo que uno quiere decir plenamente; sabe que siempre va a ser una aproximación y, sin embargo, sigue apostando.

-¿La poesía se nutre del amor en su plenitud o de la ausencia?

-Yo estoy con el proverbio español: boca que besa no canta. Mis poemas de amor siempre son a la ausencia. La dicha plena se basta a sí misma, no necesita de palabras anexas ni nada.

Porque indefensos viven los hombres en la dicha
y solamente entonces, mientras muere a lo lejos su vana melodía,
recobran nuestros rostros una aureola invencible.

- ¿La poesía es un momento de indefensión?

-No, es un momento de fuerza. Por lo menos es la intención de la fuerza. Uno siente que está hablando con todo, con todo el universo y con todas las personas.

-La oscuridad es otro sol, También la luz es un abismo y La noche a la deriva son tres libros suyos. ¿Qué le pasa con la noche y el día?

-La noche es para descubrir secretos, para internarse en sensaciones abismales. Yo digo que la oscuridad es otro sol: ocurren muchas cosas de noche. No es el negro absoluto.
Ahora, una tiene que entrar allí con una lámpara. Lo que recoges en la noche lo tienes que llevar a una claridad suprema. Llevarlo a plena luz, a una luz casi hiriente,

- El día es menos intenso y menos amenazante?

-Hay horas del día que no soporto; las horas de la siesta por ejemplo; no sé qué hacer en esas horas. Si duermo me hace daño y si no duermo es la hora más expuesta, más peligrosa. No sé si me vendrá desde chica: era la hora en que me obligaban a dormir siesta y me escapaba, me trepaba a los árboles, comía fruta verde y después estaba enferma.

-Todo queda en la memoria.

-Curiosamente, cuando le conté esto a un psicólogo me preguntó: "¿A qué hora murió tu padre?". A las tres de la tarde. "A qué hora murió tu madre?". A las dos de la tarde. “A qué hora murió tu hermana?". A las dos de la tarde. "A qué hora murió tu marido?". A las dos de la tarde. Desde antes le tenía terror a esa hora.

-Una hora de desgracia...

-Fue la hora que me fue dejando sola.

-Una hora muy luminosa.

-No; es muy fea.

Nuestro largo combate fue también un combate a muerte con la muerte poesía.
Hemos ganado. Hemos perdido,
porque cómo nombrar con esta boca,
cómo nombrar en este mundo con esta sola boca en este mundo con esta sola boca?

Olga Orozco, la poeta, se queda mirando fijo. No le gustan las entrevistas. Y menos le gustan las cámaras. Dice que muestran cambios que no quiere que ocurran. Hace poco le preguntaron cómo preferiría morir y contestó con certeza: “De ningún modo". Y es una mujer que prefiere no ver el tiempo en su cuerpo.

-¿Usted se ve siempre como era antes?

-No... más o menos. Pero una tiene una idea embellecedora. Ahora, cuando me miro al espejo, me parece que va a decir "Fin". Entonces me voy alejando despacito.

lunes, 10 de febrero de 2020

Club de lectura LAS OLGAS




coordinan Alejandra Correa y Marisa Negri

Objetivos

Brindar las herramientas para que lxs participantes conozcan la vida y obra de la poeta argentina Olga Orozco (1920- 1999), a 100 años de su nacimiento (17 de marzo de 2020).

Proponer el intercambio en las lecturas y consignas para llevar su obra a diferentes públicos a partir de consignas especialmente elaboradas.

Profundizar en lecturas teóricas sobre su obra.
Destinatarixs
Destinado a cualquier persona que quiera conocer la obra de Olga, experimentar con la poesía y sus posibilidades. Docentes, emprendedorxs culturales, bibliotecarixs, coordinadores de talleres, escritorxs y lectorxs en general.
Contenidos
Módulo 1: La poesía y la vida de Olga Orozco / Claves para abordar la lectura. Consignas de escritura para lxs talleristas. Bibliografía sobre una temática relacionada.

Módulo 2: La obra periodística de Olga Orozco / Claves para abordar la lectura. Consignas de escritura para lxs talleristas. Bibliografía sobre temática relacionada.

Módulo 3: La obra narrativa de Olga Orozco / Claves para abordar la lectura. Consignas de escritura para lxs talleristas. Bibliografía sobre temática relacionada.

Módulo 4: Otras Olgas. La radio, el teatro, las epístolas y el ensayo / Claves para abordar la lectura. Consignas de escritura para lxs talleristas. Bibliografía sobre temática relacionada.
Frecuencia y modalidad
Club de lectura + Taller de escritura

Duración: 2 meses/ 4 módulos quincenales (1 módulo cada 15 días).

Cada módulo organiza las lecturas y las actividades.

Intercambiamos experiencias de lectura y trabajos a través de un grupo privado en Facebook. Cada participante lo hará a su propio ritmo y conveniencia.

Consignas de escritura a partir de las lecturas. Quien no tenga deseos de escribir, no es excluyente.

Bibliografía sobre diferentes temáticas relacionadas con el material de los módulos.


Inicia: lunes 10 de febrero 2020.


Inscripción e informes: poesiaenlaescuela@gmail.com

http://nuevotallerpoesiaenlaescuela.blogspot.com/2020/02/club-de-lectura-las-olgas-100-anos-del.html

#OlgaOrozco2020: Rara sustancia

                                        collage de Enrique Molina
                                     



Mi especie no es del agua ni del fuego, ni del aire o la tierra, solamente,
sino cuando me fijan a los muestrarios que yo sé con herrumbrados alfileres.
Pero desde mi lado y a deshoras
y en esos días en que se levanta la tapa del momento y se distingue el fondo,
si me arrancan mi capa de espesor y me dejan a oscuras sin el amparo de mi nombre,
verán que pertenezco a esa extraña familia de las metamorfosis transparentes,
a ese orden inconcluso que se fija a un color como a la sal del mundo
o que toma la forma de aquello que contiene,
así sea una llave, así sea una ausencia.
Basta que una palabra me atraviese de pronto lado a lado,
sobre todo si es siempre, sobre todo si es nunca, o acaso, o demasiado,
para que quede impresa como una quemadura hasta el subsuelo de mi anatomía.
Porque así es mi sustancia: un animal oculto en la espesura,
incorporando huellas, humaredas y soles a la hierba que pasa entre sus dientes.
Yo devoro el paisaje, cada trozo de eternidad instantánea, con mi propio alimento.
He copiado visiones que me son más cercanas que mis ojos,
imágenes ardientes como incrustaciones de vidrio en una llaga.
Y no es por atesorar oscuros esplendores de mendiga tras avaros recuentos.



Es por las comuniones del contagio,
por vocación de apego y de caricia aun frente a un adiós, a un adiós imposible,
que me dejo invadir por cosas tan remotas como un país en el que nunca estuve,
que según se me mire soy un tatuaje al rojo,
un farol oscilando en un andén donde se queda envuelto por la niebla mi destino,
una puerta entreabierta por la que se cuela una ráfaga fría que me convierte en soplo,
casi en nadie.
Pero jamás consigo estar completa; no logro aparecer de cuerpo entero.
¿Y en qué consistirá esta naturaleza inacabada
que vira sin cesar hacia otros brillos, otras fronteras y otras permanencias?
¿Cuál podrá ser mi reino en esta mezcla, bajo esta propensión inagotable
que abarca mucho más que las malezas, los plumajes cambiantes y las piedras?
Tal vez el reino de la unidad perdida entre unas sombras,
el reino que me absorbe desde la nostalgia primera y el último suspiro.

en "La noche a la deriva" (1984)

domingo, 9 de febrero de 2020

#OlgaOrozco2020: Balada de los lugares olvidados

collage de Enrique Molina



Mis refugios más bellos,
los lugares que se adaptan mejor a los colores últimos de mi alma,
están hechos de todo lo que los otros olvidaron.

Son sitios solitarios excavados en la caricia de la hierba,
en una sombra de alas, en una canción que pasa;
regiones cuyos límites giran con los carruajes fantasmales
que transportan la niebla en el amanecer
y en cuyos cielos se dibujan nombres, vieja frases de amor,
juramentos ardientes como constelaciones de luciérnagas ebrias.

Algunas veces pasan poblaciones terrosas, acampan roncos trenes,
una pareja junta naranjas prodigiosas en el borde del mar,
una sola reliquia se propaga por toda la extensión.
Parecerían espejismos rotos,
recortes de fotografías arrancados de un álbum para orientar a la nostalgia,
pero tienen raíces más profundas que este suelo que se hinde,
estas puertas que huyen, estas paredes que se borran.

Son islas encantadas en las que sólo yo puedo ser la hechicera.

¿Y quién sino, sube las escaleras hacia aquellos desvanes entre nubes
donde la luz zumbaba enardecida en la miel de la siesta,
vuelve a abrir el arcón donde yacen los restos de una historia inclemente,
mil veces inmolada nada más que a delirios, nada más que a espumas,
y se prueba de nuevo los pedazos
como aquellos disfraces de las protagonistas invencibles,
el círculo de fuego con el que encandilaba al escorpión del tiempo?


¿Quién limpia con su aliento los cristales y remueve la lumbre del atardecer
en aquellas habitaciones donde la mesa era un altar de idolatría,
cada silla, un paisaje replegado después de cada viaje,
y el lecho, un tormentoso atajo hacia la otra orilla de los sueños;
aposentos profundos como redes suspendidas del cielo,
como los abrazos sin fin donde me deslizaba hasta rozas las plumas de la muerte,
hasta invertir las leyes del conocimiento y la caída?

¿Quién se interna en los parques con el soplo dorado de cada Navidad
y lava los follajes con un trapito gris que fue el pañuelo de las despedidas,
y entrelaza de nuevo las guirnaldas con un hilo de lágrimas,
repitiendo un fantástico ritual entre copas trizadas y absortos comensales,
mientras paladea en las doce uvas verdes de la redención
-una por cada mes, una por cada año, una por cada siglo de vacía indulgencia-
un ácido sabor menos mordiente que el del pan del olvido?

¿Porqué quién sino yo les cambia el agua a todos los recuerdos?
¿Quién incrusta el presente como un tajo entre las proyecciones del pasado?
¿Alguien trueca mis lámparas antiguas por sus lámparas nuevas?

Mis refugios más bellos son sitios solitarios a los que nadie va
y en los que sólo hay sombras que se animan cuando soy la hechicera.

en "La noche a la deriva" (1984)

sábado, 8 de febrero de 2020

#OlgaOrozco2020: Escena de caza



Escena de caza / Rembrandt


Vestido de maltrecho animal mi porvenir
se oculta en la espesura con un salto de liebre perseguida por viles cazadores
hasta la otra orilla del tapiz.
¡Cuántos nobles destinos inmolados al dios de la pezuña hendida
o al alto, serenísimo, el que ajusta su vuelo como el lazo del estrangulador!
¡Ah, mi breve, abstraído, impostergable porvenir!
No harás retroceder al enemigo mostrándole los dientes;
ni siquiera podrías domesticar la fronda en nombre del perdón,
ni aunque fuera el ciervo espectral de San Huberto irradiando el milagro.
Entonces no hay salida bajo ninguna piel.
Habrá que resistir hasta que pase la inflamada codicia;
habrá que despistar al rastreador simulando un camino que no vuelve,
o nadie, o el desplomado cielo,
o toda la soledad agazapada contra el árido fondo de un vacío sin fin
en el que se consuma en viento y humo mi pálido destino.
Poco hay para roer,
como no sean las bayas desechadas por las ratas del último saqueo,
raspaduras de espléndidas visiones en las que naces rey,
huesos de fiebres y de idolatrías.
No importa; haremos tiempo con astillas y plumas de los lentos,
lentísimos crepúsculos;
con algún agujero de la trama haremos un lugar para sobrevivir,
un hueco disimulado en la hojarasca,
mientras urde la salvación mi cándido futuro.
¿No fue nuestro el pasado con sus ojos que miran desde todas partes?
¿Acaso se ha escapado ya el presente, sólo un temblor al tacto?
¿Y todos essos restos esparcidos bajo el grito del sol?
¡Tan bello porvenir despedazado por los perros de la cacería!

en "En el revés del cielo" (1988)

viernes, 7 de febrero de 2020

#OlgaOrozco2020: El obstáculo



collage de Enrique Molina



Es angosta la puerta
y acaso la custodien negros perros hambrientos y guardias como perros,
por más que no se vea sino el espacio alado,
tal vez la muestra en blanco de una vertiginosa dentellada.
Es estrecha e incierta y me corta el camino que promete con cada bienvenida,
con cada centelleo de la anunciación.
No consigo pasar.
Dejaremos para otra vez las grandes migraciones,
el profuso equipaje del insomnio, mi denodada escolta de luz en las tinieblas.
Es difícil nacer al otro lado con toda la marejada en su favor.
Tampoco logro pasar aunque reduzca mi séquito al silencio,
a unos pocos misterios, a un memorial de amor, a mis peores estrellas.
No cabe ni mi sombra entre cada embestida y la pared.
Inútil insistir mientras lleve conmigo mi envoltorio de posesiones transparentes,
este insoluble miedo, aquel fulgor que fue un jardín debajo de la escarcha.
No hay lugar para un alma replegada, para un cuerpo encogido,
ni siquiera comprimiendo sus lazos hasta la más extrema ofuscación,
recortando las nubes al tamaño de algún ínfimo sueño perdido en el desván.
No puedo trasponer esta abertura con lo poco que soy.
Son superfluas las manos y excesivos los pies para esta brecha esquiva.
Siempre sobra un costado como un brazo de mar o el eco que se prolonga porque sí,
cuando no estorba un borde igual que un ornamento sin brillo y sin sentido,
o sobresale, inquieta, la nostalgia de un ala.
No llegaré jamás al otro lado.

jueves, 6 de febrero de 2020

#OlgaOrozco: Parte de viaje


collage de Enrique Molina


Como quien se ha perdido en la espesura y es tarde y tiene frío
-no importa que las hojas prometieran con cada centelleo una gruta encantada,
que los susurros del atardecer fueran las risas de los desaparecidos,
que los pájaros cambiaran de color justo a la hora de no ser ya los mismos-,
quiero volver a contemplar el fuego entre cuatro paredes.
No diré que la travesía fuera imaginable,
visos de tiempo incesantemente proyectado en la memoria del olvido,
sino que fue más bien ver desfilar relatos fosforescentes en el curso de agua,
siempre con la amenaza de una zarpa a punto de borrarlos,
siempre con desenlaces sombríos en los que me alejo de la mano de nadie
o estoy en una escena en que la muerte ha protagonizado todos los papeles.
No faltaron prodigios.
Todo viaje comprende reservas naturales de los museos que nos obsesionan.
Puedo hablar, por ejemplo,
del hombre que se trasmuta en nube cuando lo llama la distancia,
y acaso sea el mismo a quien reclama por cada oreja una mitad del mundo,
o de aquel que propaga imágenes de amor, como una repetición del eco,
y acaso sea el mismo en cuya sombra crece sólo la hierba del edén perdido.
Cada uno en su juego de ráfaga indecisa,
cada uno girando en su noche sin fondo, en su órbita incierta.
También hubo el mensaje de la lluvia que cayó al mismo tiempo en [dos lugares
y las apariciones simultáneas de mariposas negras en todas las ventanas
y los atardeceres contagiosos como diseminados por las tenaces pestes del paisaje.
Podría citar otras maravillas y errores que no apresó la crónica,
rarezas y ejemplares nunca domesticados por pregones de feria,
pero no quiero contemplar dos veces lo que vuelve del polvo o es rehén de otro reino.
Que repose intocado con su bautismo de insoluble sal sobre la frente.
¿Y para qué despertar uno por uno los accidentes del camino?
Quedaron señalados con un sello indeleble en los relevamientos del subsuelo,
como si fuera útil ¿para quién? el ejemplo o necesaria ¿para qué? la advertencia,
como si yo pudiera ser la misma aunque no cambie el río.
Entre suelos que corren y límites que se sumergen o que vuelan
las pruebas fueron tantas que no acerté los tiempos;
confundí las personas, entradas y salidas, costumbres y tatuajes;
con las demoliciones de los años construí laberintos en vez de paraderos;
me dormí bajo techo y desperté acosada por los perros de la cacería.
En alguna oportunidad presté mis lámparas a las vírgenes fatuas:
me dejaron a oscuras y me desvalijaron los gorriones.
No pienso, no, que todo fue acechanza, ni mordedura, ni emboscada.
Guardo en algún lugar los días y las noches como inmensos retazos de la fiesta
y solamente habrá que desplegarlos, iluminar los rostros,
probar los episodios y repetir los gestos,
como si alguien nos hubiera elegido para ser personajes de algún sueño.
Aunque tal vez sea mejor conservarlos plegados
junto con los recortes de las bellas excursiones frustradas
y los planos de puertos y ciudades en los que ya no hay nadie para hospedar el alba
y el mapa del planeta con su flora y su fauna coloreados por la melancolía
y la cinta del horizonte inabordable.
Ahora estoy sentada sobre la hierba insomne y hago mi recuento.
¿Debí no haber salido a la intemperie? ¿o cambiar el trayecto?
Todo paso hacia atrás puede invertir de pronto la perspectiva de una his toria.
Toda mirada por encima del hombro puede adulterar los inocentes escenarios.
Es tarde y hace frío bajo las estrellas que todavía lucen, actuales en su nunca,
pero que quizás allá lejos se apagaron.
Voy a entrar en la casa.
Alguien está despierto estrujando las sombras, disponiendo los leños.
¿Es innoble la paz? ¿Es sedentario el fuego?


en "La noche a la deriva" (1984)