lunes, 18 de marzo de 2019

El estilo es el hombre (Valeria Guzmán)






El estilo es el hombre

Tengo veintiséis años- represento mucho menos- y si bien me gusta esta época y llevo, en general, la vida de cualquier chica sociable, hay muchas cosas con las que no estoy de acuerdo. ¿Será porque nací y me crié en una provincia?.Allí conocí durante las vacaciones a un muchacho que, como yo, vive en Buenos Aires. Lo vi muchas veces y nos enamoramos. Me pareció diferente de los otros. Pero al volver a encontrarnos aquí siento que aquel clima-podríamos decir poético- se ha roto y actúa igual que cualquiera, de manera vulgar, desabrida, automática.¿Será la influencia del medio? No me gusta su estilo, pero creo que valdría la pena hacerlo reaccionar. ¿Qué me aconseja?

Zulma (Capital)

No le eche la culpa a esta ciudad: hay cielos, lunas y misterios como en cualquier provincia, si se sabe mirar. La mecanización y el vacío no son enfermedades endémicas de Buenos Aires y, aunque lo fueran, sólo son contagiosas para los propensos. En lo demás estoy de acuerdo con usted. Una relación sin sal y sin pimienta, sin encanto y sin intensidad es tan sosa como el agua lavada. Hable claramente con ese distraído. Explíquele lo que la atrajo, lo que espera de él y de la vida misma. Si no cambia, déjelo. Quiere decir que este estilo, el de ahora, es el verdadero.


Vida limpia y feliz

Mis días son monótonos desde que tuve que dejar de trabajar. Sufro de miopía, lo cual me impide practicar deportes o estudiar una larga carrera o convertirme en importante ejecutiva. Soy introvertida; tal vez por eso no cuento con amistades. Tampoco tengo novio. Si no salgo con mi madre, mi padre no me permite salir, y a ella no le gusta, pero quiere que me case y me vaya. Hace un año que salgo con un hombre casado, dos o tres veces por semana. El me ayuda económicamente. Necesito encontrar una salida hacia una vida limpia y feliz.

Gabriela, Bahía Blanca.

Usted estudia y no estudia. Su padre le prohibe salir sin su madre, y usted sale y no sale. Vive encerrada, no tiene novio, y se encuentra tres veces por semana con un hombre casado. Lo que le puedo decir es que salir con un hombre casado es el peor camino para desembocar en “una vida limpia y feliz”. Trate de aclarar sus contradicciones. Luego, vuelva a escribirme.

Mirarse a fondo

…Y como ve, toda esta historia podría resumirse así: “Quiero a un hombre, él me quiere- lo sé por un amigo común-, pero está enfermo, le queda poco tiempo de vida, y por eso no me lo dice. ¿Cómo hacer para que se case conmigo y poder darle un hijo, que sé que es lo que más desea?

Julieta, Banfield.

Realmente, tu carta es el argumento de una mala novela. No por eso deja de ser terrible, si ese resumen es verdadero. Aunque me resulta increíble, te contesto de todos modos: ¿tu problema es solamente cómo hacer para que se case contigo? ¿Has pensado exhaustivamente como vas a vivir una situación cuyo desdichado desenlace ya conoces?
¿Has pensado con qué estado de ánimo compartirías ese infierno? ¿Llorando, simulando alegría, desesperándote, resignándote? “Realízalo” a fondo, sin trampas, minuto por minuto. Si resistes, si vuelves a apostar a perder, sigamos adelante: habla francamente con él, dile lo que sabes y que estás dispuesta a todo, hasta el final. Convéncelo: la decisión te dará argumentos, piensa también a fondo en ese posible hijo cuyo destino estás decidiendo, en parte, por anticipado. ¿Tienes derecho? Cuando lo hayas resuelto, vuelve a pensar en tu futura vida. Y sólo después actúa. No puedo decirte más.

Voluntad

Tuve que abandonar mis estudios comerciales porque mis padres tenían que pagar una deuda. Desde entonces me ponen obstáculos para que siga estudiando y además me maltratan.

Alicia, Capital.


Tu carta tiene muchas contradicciones. ¿Estás segura de que la culpa es sólo de tus padres? Si realmente tienes profundos deseos de estudiar ¿por qué no lo haces en algún colegio del estado? Son gratuitos. A esta altura del año tendrías que dar exámenes como alumna libre. Pero puedes estudiar en cualquier biblioteca. Si quieres, escríbeme otra vez.

domingo, 17 de marzo de 2019

Después de la manzana (Valentine Charpentier)

Recreo de los sentidos, cura del enfermo, cielo del sibarita, fuerza para el débil y debilidad de poderosos, los alimentos son, desde la manzana de Adán y Eva, el hilo más modesto y resistente de la compleja trama de la Historia.


                                                              Giuseppe Arcimboldo





La tierra se expresa por sus frutos. Una corriente incesante de alimentos sale de sus entrañas, corre por sus venas y asciende en la marea de su voz. Son naranjas que parecen una condensación del sol, cebollas como esferas de vidrio envueltas en papel tostado, escarolas que pliegan y despliegan sus largas y matizadas sonrisas, ristras de ajo con cabecitas de muñeca y dientes de lobo para espantar a los vampiros, ríos de mayonesa donde el aceite atisba con pupilas doradas, uvas que se deslizan hacia la intimidad de las bocas en plena siesta, panales de azucarada arquitectura, sandías con risa de negro en la alborada, legumbres que no esconden cuchillos en sus vainas, mariscos que cavilan bajo acuosas escleróticas, melones tatuados por la fiebre del oro, duraznos que prueban la redondez del terciopelo, hongos y trufas con sabor a tesoro húmedo y secreto, remolachas color de obispo encerrado en un sótano, calamares como escribientes del mar, ciruelas con las mejillas empañadas por el aliento de la inocencia, montañas de panes palpitantes, tomates que sangran por la herida, ananaes para coronar reinas salvajes, langostinos avergonzados de no ser langostas, alcauciles que cierran sus pétalos de piedra verde, coliflores disfrazadas de pólipos, huevos que son estuches de nuevos mundos, almendras con cerebro de mazapán y nueces con cerebro tortuoso, repollos celestes y otros ebrios de vino que giran en la danza de los mil velos, frutillas que claman por la nieve, choclos que estallan a carcajadas entre sus barbas, pescados con escamas de fósforo para incendiar el arco iris, pepinos avaros de sus flores de escarcha, granadas con sangrientas municiones, higos semejantes a mostacillas purpúreas, zapallos rellenos con hilvanes de miel, papas que no se jactan de su vida interior, quesos que transpiran por sus calvas, carnes blancas que no creen en el pecado de la carne y carnes rojas bajo el ramito compuesto del perdón.
Sí, la tierra se expresa por sus frutos. Entre la lengua y el paladar nos inculca su idioma que es como un canto de alabanza.

Fiesta de los sentidos

Según el Eclesiastés un festín es comparable a una esmeralda incrustada en el oro y cada alimento renueva los sentidos : la vista, esa especie de adelantado o de alerta vigía; el tacto, ese inspector de aduanas que ausculta y diagnostica; el olfato, ese jefe de policía que penetra y anticipa; el gusto, ese César implacable bajo su abovedado sitial. Hay quienes agregan el oído, facultad que aparte de indicar el rastro de la caza o el de los frutos que se caen de maduros, sólo tiene la indiscreción de registrar los defectos ajenos.
Estos funcionarios, a veces demasiado precipitados, a veces demasiado pacientes, pero siempre insobornables, pueden, en última instancia, reducirse a dos. Brillat- Savarin, el gran filósofo de la gastronomía, es más estricto y los fusiona en uno : "Me siento tentado a afirmar que el olfato y el gusto forman un solo sentido que tiene a la boca por laboratorio y a la nariz por chimenea o, para hablar con más exactitud, una parte sirve para la degustación de los cuerpos táctiles y la otra para la de los cuerpos gaseosos, Y agrega : "La lengua de los animales no atraviesa las puertas de su inteligencia" - en muchos humanos sucede a la inversa, lo cual es peor - ": en los peces no es más que un hueso móvil; en los pájaros, generalmente, un cartílago membranoso; en los cuadrúpedos está frecuentemente revestida de escamas o de asperezas, y no tiene, por otra parte, movimientos circunflejos (Brillat-Savarin es francés). En cambio la del hombre, dada la delicadeza de su contextura y la de diversas membranas que la circundan, anuncia obviamente la sublimidad de las operaciones a que está destinada."

Así el hombre, condenado a ganarse el pan con el sudor de la frente, ha agregado al apetito la recompensa del placer. Es un placer que lo acompaña desde el nacimiento hasta la muerte, que puede mezclarse con todos los otros y hasta consolarlo de su ausencia.

La historia y el pan

Si nos trasladaran a ciegas a una ciudad europea y abriéramos los ojos en una cocina, podríamos descubrir sin demasiada sutileza dónde nos encontramos: ajos, frituras, pescados, cochinillos y más ajos delatan por el aliento a la cocina española; salsas aterciopeladas,  aves veteranas en la muerte., "condimentos adjetivos que predominan sobre los alimentos sustantivos", descubren, bajo su exquisito. maquillaje, a la cocina francesa; cabelleras y rizos de pasta espolvoreados como los de una prima donna, pajaritos líricos, tomates líricos, aceitunas líricas, lanzan el do de pecho de la cocina italiana; Y así sucesivamente. 

Pero en cada una de estas cocinas podemos realizar, también, un inventario histórico. En el contenido de cada olla está el nomadismo de los bárbaros, la dominación romana, los viajes a Oriente y a América, la Revolución Francesa, los adelantos de la ciencia y el nuevo nomadismo que conduce a las cámaras frigoríficas, En cada olla se cocina la historia.
Y todos los alimentos son reveladores. A través de ellos leemos los climas, las geografías, las estadísticas, las guerras y la paz. 

Las producciones, las importaciones y las exportaciones, la abundancia y la carencia. pueden explicar los movimientos de opinión y los cambios históricos. 
El libro de cocina del prior de Saint-Martin-des-Champs es una de las tantas pruebas particulares. Un menú del año 1408, para treinta y seis personas, incluía, 36 patés, 36 pollos, 36 pichones, numerosas piezas de buey y de carnero, 18 capones, 8 cabritos, 36 tartaletas y 50 manzanas. Un. menú de 1438 (Francia estaba ocupada por los ingleses, por el saqueo y por el hambre) enumera, sin indicación de cantidades: arenques ahumados, puerros, nabos, jibias, arvejas, acederas y habas. Conclusión: el pueblo francés aceptó la paz con entusiasmo y aclamó a Carlos VII portador del orden, la tranquilidad y la abundancia. 
Grimod de la Reyniére, autor del Almanaque de los gourmand y del Manual del antitrión  nos ofrece sin comentarios otro testimonio. El 27 de junio de 1794 escribe en su diario: "Cola en el mercado: conseguí sólo algunos alcauciles; dos horas en la rue Saint- Honoré: un rodaballo y seis damascos". Ese 27 de julio es el día del arresto de Robespierre. El "incorruptible" ha caído en metilo de la indiferencia general y ha bastado un cuarto de hora de lluvia para dispersar a sus partidarios. ¿Qué tiene de extraño? ¿No debían todos apresurarse para alcanzar una lechuga o aprisionar un pescado escurridizo? Estos documentos privados, simples y triviales, demuestran que la historia del pan es la Historia. 
De la misma manera, una agenda de compras diarias puede ser la historia de una vida. En una lista de provisiones puede citar la pista de un amor o de una traición. Una cuenta de "delikatessen" olvidada en un bolsillo ha provocado más de una separación.

Comilonas y comilones

El hambre y la sed están unidos a todas las acciones de los hombres. Nacimientos, bodas, funerales, los arrojan, de la alegría a la tristeza, en torno de una mesa.
 Los egipcios, sin mesa, compartían el contenido de sus cestas ; los asirios, los hebreo, los persas y los griegos compartían la mesa desde los lechos, los romanos compartían mesa y lecho. 
Los festines públicos, privados y religiosos eran siempre un pretexto para excederse en el vino y en la carne. Y aun cuando a los dioses y a los muertos se les sacrificara bueyes, toros, machos cabríos y carneros y sólo estuviera permitido repartir las sobras, las sobras lo eran todo, pues los espíritus inasibles parecían conformarse con el humo y la intención. 

En la consagración de Léntulo como flamen de Marte, el banquete incluía frutos de mar, erizos, ostras crudas, tordos, pollas gordas sobre espárragos, terrinas de ostras y de moluscos cocidos, mariscos, pajaritos, filetes de cabrito, de venado y de jabalí,paté de aves, pulpo, pastas dulces y frutas. 
Claro que en las fiestas públicas los convidados no comían todo el menú, sino lo que atrapaban en desorden por la ligereza de la mano y el pie, y tampoco se reclinaban todos en el triclinium,  sino que se dispersaban bajo los pórticos o en los atrios de los templos. mirando de soslayo la media res en el ojo ajeno. 
Aunque las comidas diarias eran frugales -cocido, que existió en todas partes, legumbres hervidas, pescado salado y frutas-, y sólo se efectuaban dos veces por día, ha quedado memoria escrita de muchas gourmandis, gourmets y tragaldabas, que se contunden en la misma salsa. 
Claudio comía a toda hora y bebía todo el día; Vitelio arruinaba a las ciudades que le quedaban de camino por el costo de las comidas que debían ofrecerle; Nerón. no era, por cierto, ni un abstemio ni un asceta. Lúculo hacía explorar los países nuevos en busca de productos nuevos y Heliogábalo, emperador a los dieciocho años, hacía colorear los manjares para que armonizaran y matizaba el arroz con perlas, las habas con ámbar y los pescados con polvo de oro. 
El postre imitaba, en pastas y cremas, cada uno de los pasos del festín. Las comidas de Gargantúa y Pantagruel v las bodas de Camacho corresponden a otras latitudes y más bien son el producto de la religiosa abstinencia o el obligado ayuno de sus autores, como esas naturalezas muertas que claman por vivir. 
También la Edad Media nos ha dejado tropas de jabalíes, ciervos y venados, cabañas de aves desplumadas 'y bancos de pescados, todos ahogados en vino y embalsamados con pimienta, nuez moscada, jengibre y clavo de olor, para disimular la torpeza de la elaboración.
En cuanto a las comidas de Versalles, aunque ostentaran 4 sopas, 5 asados, 4 pescados, 12 entradas, pasteles y compotas, tienen el atenuante de que el rey comía "a la carte". Pero más ponderables que los "mandibularios" son las víctimas del deber, como Vatel, que se ajustició a sí mismo por exceso de celo profesional: "Controleur Général de la Bouche de Monsieur le Prince", o Grand Condé, tenía sus vastos dominios en las cocinas del palacio de Chantilly. Con motivo de la visita de Luis XIV y su corte, debían servirse tres veces por día, bajo la responsabilidad absoluta de Vatel, sesenta mesas de ochenta invitados cada una. El primer día faltó asado en dos mesas. El segundo día todo hizo suponer que el pescado llegaría demasiado tarde. Vatel lo olftateó:
 -No sobreviviré a ese desastre -exclamó. Se retiró a sus habitaciones, apoyó la espada contra la pared, a modo de asador, y se atravesó con ella desde el pecho a la espalda. 
De otro estilo fue el final de la hermana de Brillat-Savarin, excelente cocinera que demostró hasta último momento su fervor y su prolijidad en la materia. Sentada a una opípara mesa, sintió que la muerte se acercaba y lanzó un grito angustioso:
-¡Me muero! ¡Rápido! ¡El postre!

Excesos y urbanidad

 Es fácil confundir desborde y falta de urbanidad. La idea exagerada que tenemos de los banquetes desde la antigüedad hasta el s XVII -¡qué sobria y delicada nos parece la multiplicación de los panes y los peces!- tal vez provenga de la falta de modales de cada comensal, falla disculpable, por otra parte, por la falta de instrumental.
Comer con las manos no fue una torpeza de aquellos comensales con túnica ni una perversidad de Enrique VIII. El tenedor de dos dientes - hasta entonces tenían uno que era una especie de punzón para manejar las grandes piezas- se inventó en Italia en el SXV y se difundió en Europa en los SXVI y SXVII. Y aún mucho más tarde. Los dientes le crecieron con el tiempo y actualmente ha comenzado a perderlos.
El Libelius de moribus in mensa servandis de Jean Soulpice, de alrededor de 1500 , aconseja decorosamente: "Toma la carne con los dedos y no te llenes la boca con trozos demasiado grandes. Nunca dejes la mano mucho tiempo dentro del plato."
 Y en su Tratado de Urbanidad, publicado en 1530, Erasmo recomienda la compostura: "Guárdate de poner antes que todos las manos en la fuente. Lo que no puedas recibir con los dedos, recíbelo con el plato. También es una falta de urbanidad muy grande llevar los dedos sucios o grasosos a la boca para chuparlos, o limpiárselos en la chaqueta", y agrega muy pulcramente: "Será mejor que lo hagas en el mantel".
Ana de Austria, que tenía hermosas manos, mereció un elogio en versos en los que se menciona las "muchas sabrosas pasturas, tanto de carnes como de confituras" que con ellas "llevaba a su real pico, dicho sea con respeto".
Su hijo Luis XIV, de buenos modales y mayores luces, conoció el tenedor y lo usó en su vejez, según se deduce del Diario de Luis XIV escrito por Héroud, quien en 1712 cuenta como el delfín tamborileaba en la mesa con el tenedor y la cuchara.
Moraleja : "No bastan los instrumentos para ser bien educado, puesto que pueden convertirse en armas de mala educación".

Made in América

La caída de Constantinopla en poder de los turcos en 1453, cerró a Europa el camino de las especias. Sin azafrán, ni jengibre, ni pimienta, ni canela, ni clavo de olor, ni comino, los paladares continentales, que no conocían la excitación del tabaco ni el café, se adormecían por falta de aroma y de sabor. Cristóbal Colón sintió que los perfumes penetrantes llegaban también desde el Oeste y decidió tomar el mar por la cola remontándolo hasta el cuerpo con las fosas nasales desplegadas. Su cosecha fue pródiga, aunque ignoró hasta el final que no había entrado por la puerta trasera del almacén, sino que lo había hecho , decentemente por la principal, sólo que se había colado en la sucursal de enfrente.
Papas, cacao, maíz, tabaco, ananá, maní, paltas, yuca, mandioca, tomates, ajíes, pomelo son algunos de los productos inesperados, por desconocidos, que emigraron poco a poco de América.
El cacao y las papas, tal vez por el exterior sombrío que contradice en el primero su festiva sustancia y en las segundas su sabroso candor, fueron los que mayor desconfianza despertaron a primera vista.
La papa, totalmente inocente a pesar de sus muchos ojos y sus harapos, fue acusada de contrabandear la lepra. Sir Walter Raleight la llevó a Inglaterra, donde la reina Isabel la impuso en un banquete frente a un grupo de impávidos nobles que disimulaban bajo su flema inglesa el temor de ser envenenados a la indiana. En Francia este rico tubérculo fue rehabilitado por Parmentier en 1771. El entusiasmo fue tal que hasta se utilizó como planta ornamental, sin duda a modo de desagravio.
El cacao se balanceó fuera de su rama. Se lo aplaude, se lo silba, se lo vuelve a aplaudir. Madame Sevigné lo recomienda a su hija como reconfortante en enero de 1671, y dos meses después: "Me he dejado arrastrar por la moda. El chocolate es el origen de las calenturas y las palpitaciones. Alivia por un tiempo, pero después produce fiebre contínua y conduce a la tumba." De todos modos, en 1662 es la bebida de rigor en las colaciones de Versalles. Está prescripto,  más adelante, para "todo hombre que haya bebido algunos tragos de más en la copa de la voluptuosidad, o que haya pasado trabajando el tiempo de dormir, o que se sienta temporariamente atontado, o que esté atormentado por una idea fija que le quite la libertad de pensar".

Propiedades de algunos alimentos y otras hierbas

En un tiempo especieros y boticarios fueron un solo gremio. Unos proporcionan las drogas, otros las preparan, los cocineros atrapan el espíritu y los consumidores las consecuencias.
La salvia, el anís y el hinojo pueden provocar crisis nerviosas. Se recomienda el orégano a los que han perdido el apetito. Para quitar el olor del ajo y la cebolla, nada mejor que una hojita de nardo sobre la lengua. La trufa - el brillante negro del reino vegetal- tiene la virtud de atentar contra la virtud. Los repollos y la acedera son buenos contra la melancolía. El berro hace estornudar, excita la alegría y despierta al perezoso. Las ensaladas "hidratan, refrescan, son laxantes, concilian el sueño, abren el apetito, aplacan los ardores de Venus y apaciguan la sed." La manzana quita el insomnio pero da pesadillas. El apio, el maní, las nueces, los picantes y los mariscos son afrodisíacos. La melaza es un tónico primaveral. Las uvas y las almendras purifican los pulmones y el pecho. Las aceitunas fortifican el estómago. Las alcaparras limpian el hígado y el bazo. Las ciruelas calman las irritaciones internas. El chocolate es bueno contra la cólera y el mal humor.
Todo lo que no nos hace mal nos hace bien.
También la semejanza indica durante siglos lo que puede curar: las habas son buenas para los riñones, la hoja de la pulmonaria para los pulmones, las nueces para el cerebro y la fatiga intelectual, la lengua favorece la elocuencia, el corazón cura el corazón, las glándulas fortifican las glándulas, la carne jugosa da sangre roja, los que comen animales feroces son temerarios, los que se deleitan con ensalada de rosas y violetas confitadas son deleitosos y delicados. ¿Por qué no ingerir al enemigo, al amigo o al dios a fin de incorporarse sus virtudes? Devorar a un semejante - se dice que es viscoso y dulzón, pero no totalmente desagradable - significa más que una cortesía: es una envidiosa admiración.
La comida es contagiosa. Ya lo decía San Francisco de Sales: "Las liebres se vuelven blancas en nuestros montes de invierno porque no ven ni comen otra cosa que nieve".

Dime lo que comes...

De acuerdo con todo esto el hombre es en gran parte su alimento, y cada pueblo es el resultado de los frutos de su tierra. Lo que puede ser abominable para uno no lo es para los otros. La frase del Deuteronomio: "No comerás ninguna cosa abominable" adquiere un significado local...y temporal.
En Estados Unidos se expenden gusanos, hormigas y otros insectos envasados para acompañar diversos cocktails. ¿Acaso San juan no comió langostas con miel en el desierto? ¿No es ésa a su manera una exaltación franciscana de los pequeños seres?
Los chinos encuentran delicioso el sabor de las ratas.
Hay pueblos que encuentran deleznable al cerdo y otros que exaltan al cochinillo. Charles Lamb en suDisertación sobre el cochinillo asado ofrece varios motivos para saborearlo: "Admiradlo en su fuente, segunda cuna. ¡Con qué dulzura reposa! ¿Hubiéramos deseado acaso, ver a este inocente practicando la indocilidad que tan a menudo se advierte entre los adultos de su raza? Hay diez probabilidades contra una de que se hubiera mostrado glotón, terco, desagradable, revolcándose en una promiscuidad vergonzosa, pero, felizmente, se ha librado de caer en todas estas faltas. Antes que el pecado lo haya podido mancillar o la tristeza mustiarlo, sobrevino la muerte y se lo llevó con mano bienechora."
  ¿Y qué decir de las "corrupciones exquisitas"? Ranas, caracoles, aves faisandées, quesos pourris...
Emilio Zola en El vientre de París excita a los aficionados y confirma a la vez, el rechazo de los reacios con esta semblanza ambivalente: "Allí se extendía un gigantesco cantal como hendido por una hacha; luego venía un dorado chester, un gruyere parecido a una rueda caída de un carro bárbaro; quesos de Holanda, redondos como cabezas cortadas; un parmesano, agregando su olor aromático; ...los mont d'or de color amarillo claro, apestaban dulcemente; los troyes, muy espesos, con el borde machucado, fuertemente ásperos, segregaban la fetidez de un sótano húmedo...
Cada uno agregaba su nota particular a esta frase de una rudeza nauseante."

Victor Hugo comía las langostas y los langostinos con caparazón. Tal vez tuviera mala vista; tal vez su sensibilidad de poeta necesitara de ese transparente amparo.
Otros se comen las uñas. Las arañas comen a las arañas.
Ya Ambrose Bierce, en su Diccionario del Diablo, definió el comestible: "Dícese de lo que es bueno para comer y fácil para digerir, como un gusano para un sapo, un sapo para una víbora, una víbora para un cerdo, un cerdo para un hombre, y un hombre para un gusano." El ciclo se cierra. Entre etapa y etapa caben todas las transgresiones.

Lo importante es comer con alegría, comer con todos los sentidos posibles. Los pintores- cada uno dentro de sus técnicas y sus escuelas- han comido con la vista, y no me refiero a los maestros del pastel, sino a los pulcros flamencos, a Chardin, a los casi anónimos autores de bodegones, a los impresionistas como Cézzanne, a los poco apetitosos Braque y Picasso, y al pobrecito Soutine, que pintaba futuros asados con los ojos del hambre.

Convertir las naturalezas muertas en naturalezas vivas y viceversa es una de las fiestas preferidas del arte.
André Gide nos invita a participar de ese banquete. Unámonos con entusiasmo a su canto de alabanza:

¡Alimentos! ¡Cuento con vosostros, alimentos!
Satisfacciones, os busco;
Sois bellas como las risas del estío.
Sé que no siento un deseo
que no tenga ya preparada su respuesta.
Cada una de mis hambres espera su recompensa.

¡Alimentos! ¡Cuento con vosotros, alimentos!
Lo más bello que he conocido yo en la tierra
es mi hambre.
Siempre fue fel
a todo lo que siempre esperaba.

miércoles, 6 de marzo de 2019

El primer poema : Sombra (Revista Péñola 1939)





La joven Olga Orozco se instala en Buenos Aires en 1936  y luego de recibirse de maestra comienza la carrera de Letras en 1938. Allí entabla amistad con Daniel Devoto, por entonces secretario de redacción junto con Josefa E. Sabor de la revista Péñola que publicó sólo tres números entre 1937 y 1939. 
Allí aparece el primer poema, firmado como Olga Gugliotta Orozco, que aún no se había desprendido de su apellido paterno y tenía sólo 19 años.



Sombra



Cuando todo se hunde
buscando su partida,
sales oscura y triste.
Sales errante y lenta.
Sales del mar, del aire, de la tierra.

De corrientes espesas
como anchas cicatrices,
del centro de los vuelos,
de las piedras que estallan,
de ventanas donde nadie se asoma,
de claveles que crecen en los huesos,
sales.

Sales de lo profundo
cargada de latidos y de entrañas.

Para apagar sonidos,
para borrar colores,
para cerrar los ángulos.
Para envolver el beso que se olvida
o el agua que se pierde.

Cuando no existe nada,
cuando nada se encuentra,
sales con tus espejos de ceniza.
Sales a ver tu cielo desvelado
y a conocer los llanos de tu potro.

Olga Gugliotta Orozco

Revista Péñola
Facultad de Filosofía y Letras
Vol 1, num 3 (1939)


Fuente: http://revistas.filo.uba.ar/index.php/penola/issue/view/37



Péñola a. 1, no. 1 (1937) - a.1, no. 3 (1939).

Director: Antonio E. Serrano Redonnet

Secretarios de Redacción: Josefa E. Sabor y Daniel J. Devoto

Comisión Asesora

Letras Clásicas: José San Román; Letras Modernas: Josefina Graiño; Filosofía: Mauricio Ferrari Nicolay; Historia: Alberto Mario Salas; Artes Plásticas: Dr. Armando Parodi; Pedagogía: Julio Mario Delmas

Administrador: Dr. Martín Calvo

sábado, 19 de enero de 2019

Discurso de Olga Orozco al recibir el Premio Juan Rulfo en la Feria de Guadalajara (1998)


(De izquierda a derecha) Francisco Matos Paoli, Olga Orozco, Álvaro Mutis, Emilio Adolfo Westphalen y Gonzalo Rojas, en la Residencia de Estudiantes de Madrid, en 1991.



Agradezco a todas las instituciones que establecieran el Premio de Literatura Interamericano y del Caribe Juan Rulfo, a la comisión organizadora de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara y sobre todo a los jurados, entre los cuales cuento al mismo Juan Rulfo, que ha de haber intervenido desde su Comala celestial, dada la veneración y la frecuencia y la proximidad que su obra y su imagen encuentran en mi vida. Si bien premios, honores y recompensas son para un poeta lujosas alegrías, ya que sabemos que la poesía espera para sí misma la misteriosa gratificación de asir lo inasible y expresar lo inexpresable, no deja de ser altamente halagüeño y reconfortante que se traduzca en una concreta distinción el vínculo impalpable, y casi siempre secreto, que existe entre el poeta y el mundo en que habita. Porque un premio, más que un estímulo o una consagración, es un documento sobre la poesía, que no es un hecho aislado en sus consecuencias, sino que se proyecta y establece una subterránea, estrecha comunicación, entre sus extraños adictos y los que vivimos la extraña aventura de internarnos permanentemente, por los abismos o las alturas, en los territorios de lo improbable, en las colonias de lo absoluto.
Insisto en que tal reconocimiento no es común, porque a partir del momento en que Platón nos expulsó de su república por tergiversar el carácter de los dioses, por hacer torpes imitaciones de sus actos y palabras, y por no exaltar las virtudes edificantes ni hacer el elogio de los hombres esclarecidos, quedó decretada nuestra conclusión. Muchos son los que han seguido contemplando a los poetas con cierta suspicacia, desdén o estupor, o al menos con indiferencia o tolerancia. Son reacciones bastante habituales frente a un personaje extravagante, ensimismado, inconsistente, que farfulla a solas, que apuesta su destino a visiones ilusorias y que habita un tablón suspendido entre enigmas. Así somos. Somos además transgresores. No aceptamos las leyes de causa y efecto, la sucesión lineal del tiempo, el disponer de un solo yo, de un solo aquí y de un solo ahora. Alteramos además la organización razonable, porque nuestro orden de valores no es de la generalidad, porque atesoramos palabras inválidas en lugar de monedas de oro y exploramos y sembramos en terrenos que no son de nuestro mundo. Sería oportuno subrayar que el auténtico poeta no le interesa que la poesía sea grata o provechosa para los regímenes políticos. Ni que sea apta o adecuada para requerir sucesos amables y aplaudir celebraciones placenteras. La poesía no es complaciente. No paga derechos por su existencia ni hace canjes de bienes por palabras. Más bien obra de manera inquietante y turbadora. No se vende porque se vende, ha dicho un joven poeta actual.
Resumiendo: la poesía no admite otros compromisos ni otras presiones que los que la ley impone a su existencia o a su naturaleza misma, y que varían de acuerdo con los reglamentos interiores de cada poeta. En cambio, sus posibilidades de liberación son incalculables.
"La posibilidad de una tentación que la realidad termina por aceptar", dice Gastón Bachelard. Que la posibilidad sea un desafío para la realidad, como promesa o como amenaza, exige, para su efectivo cumplimiento, el acuerdo de mil contingencias, simultaneidades, coincidencias y azares. Otra cosa sucede en el territorio de la poesía donde todo es posible. Nosotros, que nos sentimos aprisionados por nuestras propias limitaciones y las que nos impone la estructura del mundo, podemos, por el poder de la creación, encarnar en otros cuerpos, acercar lo distante y hasta lo inabordable, crear otros mundos, vivir otras vidas, ser reyes y hormigas, tergiversar el orden del tiempo en todas direcciones. Inclusive la posibilidad es más poderosa que la realidad porque la establece y la funda el lenguaje. Y si bien el territorio de la poesía no es el territorio de lo probable, tampoco lo es el de la realidad, que no puede someterse por entero a verificaciones de laboratorio ni cumple sumisamente con las leyes establecidas.
La fundación por el lenguaje, que se produce en lo improbable, como acabo de decir, es un fenómeno común para explicar el comienzo del mundo de las diversas cosmogonías. "En el comienzo era el Verbo": indica que crea nombrando. El verbo desciende desde el origen y genera encadenamientos de sustancias y de especies surgidas de sucesivo encadenamiento de palabras, a medida que desciende, hasta dejar establecidos los distintos planos objetivos de la realidad. Hay, pues, una progenitura de palabras y de subsiguientes creaciones que atestiguan el origen divino del lenguaje, por una parte; por la otra, nombre y cosas parecen absolutamente identificados de manera indisoluble. El poeta también cree que nombrando realiza una conversión simbólica del universo, pero a la inversa, desandando el camino descendente del vocablo. Cree así remontar la corriente de lo creado, para llegar al descubrimiento de una imagen esencial, se llegará también a la unidad primordial, al momento en que éramos uno con el todo. El Verbo estaría entonces no sólo al comienzo sino también al final de la creación. En este sentido que Valery ha escrito con respecto a Mallarmé: "Se podría decir que él ubica el verbo al final, detrás de cada cosa". No en vano Mallarmé piensa que el mundo entero es un texto desconocido que ha de descifrar, que el secreto del significado está en una correlación íntima entre el lenguaje y el universo. Pero, ¿de acuerdo con qué modelo previo comprobaríamos la exactitud de nuestra lectura? Solamente Dios conoce las claves. Sólo podríamos arriesgar que el lenguaje es una metáfora de Dios, y seguir el vuelo del espíritu sobre página en blanco.
El hecho de que no podamos comprobar si nuestras interpretaciones son exactas no nos descorazona para continuar leyendo nuestra versión del universo. Cumplimos con nuestra misión como con un mandato sagrado.
Recuerdo ahora un relato jasídico: el maestro Baal-Ckem-Tov, cuando tenía una tarea difícil que cumplir, iba a cierto lugar del bosque, encendía un fuego, rezaba una plegaria, y lo que tenía que hacer ya estaba hecho. Una generación más tarde, otro maestro iba al mismo lugar del bosque y decía: "No sé encender el fuego. Pero conozco la plegaría secreta", y lo que deseaba se cumplía. Más adelante aún su sucesor iba al bosque y decía: "No sé encender el fuego y no conozco la plegaria del maestro, pero conozco el lugar donde oraba, y eso debe bastar", y bastaba realmente. El maestro de la siguiente generación decía: "no sé encender el fuego, no conozco la plegaria secreta, tampoco el lugar del bosque, pero puedo contar la historia", y aun eso era suficiente. Creo que los poetas somos como el primer maestro: vamos al bosque, encendemos el fuego y rezamos nuestra plegaria, aunque nuestros deseos no se cumplan. Otros repiten las plegarias, o investigan el lugar, o cuentan la historia, la poesía intenta dar señales.
Introduce para ello, con el acto creador, un intervalo en la duración, e inaugura otro tiempo, complejo, colmado de simultaneidades en el que se puede revivir la unidad perdida y ser uno con todos los otros, con el otro. Gastón Bachelard dice acerca de esto en La intuición del instante: "En toda verdad o poema es posible encontrar elementos de un tiempo detenido [...] y que llamaremos vertical" lo distingue así de la prosa, que sería el tiempo horizontal, el de la vida corriente, de la vida que se desliza lineal, continuamente. Y agrega: "El objetivo de la poesía es la verticalidad: la profundidad o la altura. El instante estabilizado o las simultaneidades prueban, ordenándose, que el instante poético tiene una perspectiva metafísica". Continuando el trayecto del poeta. Yo digo que desde ese tiempo vertical, detenido en una movilidad y una vibración únicas, el poeta planea hacia lo alto o escarba en las profundidades interiores a través de la palabra que interroga. Porque yo creo que la poesía es una interrogación permanente, aunque tenga la forma de una aseveración. Y cada palabra que interroga encuentra como respuesta otra pregunta que busca, que explota, y que tropieza a su vez con otra interrogación enmascarada, y así sucesivamente, sin que podamos alcanzar casi nunca el fondo total o la máxima altura, en nuestra exploración hacia abajo. Porque antes de alcanzar el punto más hondo se produce la sofocación y antes del más alto, la caída. Mientras que cada pregunta lleva a otra, abordamos lo oscuro, lo desconocido, a través de tanteos, de opciones, de aproximaciones, de vocablos dispersos que giran magnéticos prometiendo un advenimiento, una revelación inminente. Tenemos que elegir, que optar, que mutilar, a veces, para pasar a la interrogación siguiente. Pero la última pregunta, la que las incluye a todas, la que reduciría a una las infinitas posibilidades de las respuestas, es insatisfactoria, o es informulable y se disuelve en el lenguaje mismo y nos arroja en el vacío y sin remedio. La remisión a un más allá fulgurante y prometedor nos ha llevado a la no significación indecible o vedada para nosotros.
No en vano Maurice Blanchot dice: "La pregunta es el deseo del pensamiento", pero agrega: "La respuesta es la desgracia de la pregunta". Y lo es, porque es la muralla que en muchísimos casos no nos deja continuar, porque ha encarnado en el mundo final en la serie de posibilidades. Esto nos sucede, naturalmente, a los que nos fijamos siempre un objetivo que está más allá, en la zona reveladora, que sólo alcanzan unos pocos privilegiados. A los demás el poema no vale simplemente por el acto creador, por la tentativa afiebrada, el exaltado fervor, la inquebrantable fe.
La situación se asemeja a un cuento de Lord Dunsay. El protagonista intentó subir al cielo. Supone encontrarlo al final de una escalera, pero después de esa escalera comienza otra y luego otra, hasta que exclama desalentado, dirigiéndose a un compañero que sube detrás: "No hay cielo, Bill".
Sólo que no nos desalentamos. Seguimos creyendo que al final de la próxima escalera está el cielo del encuentro, del cierto pleno, el de la presencia buscada que fue ausencia.
No importa. Contra toda esperanza y toda desesperanza iremos otra vez al bosque —que tal vez sea "la oscura noche del alma" de la que habla San Juan de la Cruz—, encenderemos otra vez el fuego sagrado y otra vez diremos la plegaria.

Saga para Olga Orozco (Fernando Ferreira de Loanda)




Ya no florece el árbol en que ahorcaron a Peter Farrow, en sus ramas
       ya no anidan los pájaros ni cantan su proximidad.
Acusado de robo de caballos, asalto a mano armada y brujería, Peter
       Farrow sólo llevaba consigo 38 dólares, la Biblia, un 
       desencuadernado libro de poemas, y manuscritos en los que 
       hablaba de la soledad y ponía en duda la existencia de Dios.
Convivía en paz con águilas y coyotes, era amigo de conejos y
       gamos, sabía de la lluvia y de las plantas medicinales; de las 
       nubes, a las que llamaba caballos; de los caballos, a los que 
       llamaba nubes; de las virtudes y flaquezas humanas.
El cerezo aún existe en una región desértica y abandonada de
       Kentucky, donde el viento gime como gemía Patricia Knolles,
       novia de Peter Farrow. Hay quien dice que el gemido es el 
       grito de la propia Patricia Knolles en su afán por revivir al 
       ahorcado.
Algunos cazadores que inadvertidamente pasaron por allí aseguran
       que en las noches de luna seis vaqueros cuentan monedas, en 
       tanto que otro lee en voz alta textos para ellos casi 
       ininteligibles.
Y que de una de las ramas pende una cuerda fría e inmóvil, tensa, y 
       y ellos no lo saben, porque sostiene el cuerpo de Peter Farrow 
       que a nadie le es dado ver.

Fernando Ferreira de Loanda (nacido en Loanda, Angola; crecido en Río de Janeiro desde los once años; 1924-2002). En: José Emilio Pacheco: Aproximaciones. Editorial Penélope, México, 1984.

miércoles, 16 de enero de 2019

Olga Orozco: vida de la poeta de las premoniciones funestas (por Alberto Serra para Infobae 15/1/19)

Olga Orozco: vida de la poeta de las premoniciones funestas


Escritora, periodista, astróloga y tarotista. Un recorrido por las historias de la autora argentina, a través de 70 preguntas




"1920. Nace el 17 de marzo en Toay, La Pampa, donde su padre tiene campos y explota bosques. Reparte sus primeros años entre aquella población y Buenos Aires"
(De una biografía cronológica)
…………………………………………
Hoy, en la punta casi final de esas frías veintisiete palabras –casi final se ha dicho: la mujer es inagotable– hay once libros de poemas, uno de relatos, y los cuatro mayores premios con que este exótico país del sur unge a sus poetas. Olga Orozco se llama la mujer, y vive entre libros, plantas y máscaras rituales, en el último piso de un bloque de cemento donde la aventura de la lagartija no sucede ni sucederá.
Toay, La Pampa. ¿Qué es nacer en Toay?
–Es no tener, como la gente de la ciudad, la pared contra la nariz. Es contar con la eternidad. Se puede seguir la aventura de la lagartija, la aventura de las escapadas a la hora de la siesta, la aventura de subir a un árbol lleno de fruta verde.
¿Qué más?
–El circo, las romerías populares, las kermeses. Mirar los mirasoles de cerca. Echar hojas y flores en el agua de una tina y esperar que la noche y la escarcha armen un herbario maravilloso.
Los amores del campo, digamos. ¿Y los terrores del campo?
–La lechuza. La noche interminable. La leyenda del monte que se traga a la gente. El pájaro negro que se queda con las almas. La solapa…
Solapa, ha dicho. No sabe la prosaica idea que tengo yo de una solapa, señora.
–Es la mujer del sol. Se roba a los chicos que se escapan a la hora de la siesta.
¿Cómo era la pequeña Olga de Toay?
–Sumisa por fuera, rebelde por dentro. Melancólica, tímida, escondida en los rincones.
¿Para qué?
–Para meditar misterios.
¿Encontraba las respuestas a tales misterios?
–Nunca. Por eso empecé a escribir. Para contestarme.
¿A qué edad urdió un poema satisfactorio (el adjetivo es de Borges), un poema que todavía puede respetar?
–Creo que a los doce años.
¿Lo tiene?
–No. A los diecisiete y tal vez a los dieciocho hice una gran quemazón.
¿Una purificación por el fuego o una decisión doméstica?
–Ambas cosas.
¿Primeros escritores que la atraparon?
–Salgari, Dickens y Verne. Naturalmente…
¿Muertes en la familia?
–Dos hermanos antes de que yo naciera. Eran tiempos en que la meningitis y la tuberculosis no perdonaban. Y otro hermano. Después le cuento…
¿Y en Buenos Aires, qué?
–Maestra, y la Facultad de Filosofía y Letras, como era de rigor.
Después, el periodismo.
–Sí. En la revista Claudia(Nota: una muy refinada publicación de la Editorial Abril)
¿Los tiempos de su colección de seudónimos?
–Sí. Valentín Charpentier, Valeria Guzmán, Jorge Videla, etcétera.
¿Por qué tantos? ¿Otro rito?
–No. Más simple. Mucho trabajo. En cada edición de la revista había cuatro o cinco notas mías. No podía firmarlas todas con mi nombre. No podía ni quería.
Usted era famosa por sus horóscopos. Como rezaba el chiste, por los orózcopos. ¿Los inventaba?
–Jamás. Estudié astrología muchos años con María Julia Onetti, prima de Juan Carlos, el escritor. Con ella hacíamos los horóscopos de Clarín de los domingos y los firmábamos Canopus.
¿Cree en todo eso?
–¡Absolutamente!
¿Qué dice su horóscopo?
–Soy de Piscis con ascendencia en Acuario. Hay temas que se repiten: la permanencia religiosa, la adhesión a la magia –a lo oculto en general–, el tema del amor, el tema de la literatura. Bueno, usted sabe que el horóscopo muestra cuestiones de carácter y de posibilidades, pero no accidentes fatales, por ejemplo.
¿Sufrió alguno?
–Se dice que al año y medio tuve meningitis. Me dieron por muerta. Según parece, tenía los ojos hacia atrás. Mi abuela llamó a la curandera del pueblo. Me pasaron de una tina de agua helada a una tina de agua hirviendo con mostaza. Fue como pasar del cielo al infierno, del infierno al cielo. Al amanecer, mis ojos volvieron a su sitio, mi respiración se tranquilizó, reviví. Me resucitaron.
Y el mal no volvió, como en las leyendas con final feliz.
–Hasta cierto punto. Se decía entonces que el mal retornaba cada siete años. Y cada siete años yo veía que los mimos y los halagos crecían a mi alrededor. Sucedió a mis siete, a mis catorce y a mis veintiún años.
¿Algo así como morir cuatro veces?
–Algo así.
Mucho hemos hablado de la muerte y aun falta hablar de la muerte de su hermano. Lo prometió.
–Yo tenía cinco años, él veinte, y era muy parecido a mí. Mi madre me miraba y se ponía a llorar: tanto se lo recordaba. Cuando él estaba por morir me sacaron de la casa y me llevaron a un pueblo vecino. Pero insistí mucho en volver, y mi abuelo me hizo caso. El auto de la casa estaba descompuesto. Me llevó a caballo, al galope, en una noche de tormenta. Cuando llegué, mi hermano había muerto, y yo lo sabía.
¿Por qué lo sabía?
–Porque siempre tuve videncias, premociones. Como mi madre y mi abuela.
Se dice que usted tiraba el Tarot, y que lo abandonó porque tuvo una negra experiencia. ¿Es cierto?
–Sí. Vi en las cartas la muerte de un amigo muy querido, y se murió. Pasé años sin tocar esas cartas.
Se dice también que volvió a ellas, y que las dejó definitivamente. ¿Otra muerte?
–No. Un sueño. Una especie de juicio público donde yo era la acusada. En las graderías del tribunal había gente de todas las épocas. Un soldado romano, un caballero medieval, una dama renacentista que se levantaban y me pedían cuentas por cosas que yo había prometido y que no se habían cumplido. Cuando el juez iba a bajar la mano para condenarme, me desperté con un grito horrible. Nunca más quise echar el Tarot…
¿Cómo es su relación con Dios y el Diablo?
–No sé a qué llamamos Diablo. ¿Mi relación con el mal, dice usted?
Si quiere, digo el mal.
–Combatirlo con el bien. El bien es infinito. Lo puede todo. El mal, en cambio, es muy limitado y repetitivo.
¿Qué idea tiene de Dios? ¿Un Dios personal que interviene en las cuestiones humanas, algo que flota sobre las aguas, ¿qué?
–No, no, no. Lo veo. Lo veo actuando. Lo veo como una presencia. A veces, como la presencia de una ausencia. Como un Dios secreto y oculto, pero que está en todas las cosas.
Literatura. ¿Padeció mucho antes de editar su primer libro? (Nota: Desde lejos, 1946).
–No. Tuve mucha suerte. Ya había publicado poemas en Péñola, la revista de los estudiantes de Filosofía y Letras, y en Canto. En una reunión, Rafael Alberti leyó poemas de jóvenes y dijo: "Los poetas verdaderos son estos dos". Uno de los dos era yo. Estaba el editor Losada, y me dijo: "Tu primer libro es mío". Lo escribí, se lo llevé. Lo publicó. Y así durante años.
¿Ganó dinero con sus libros?
–No, qué esperanza. Ningún poeta gana dinero con sus libros.
¿Nos damos una vuelta por el cuestionario de Proust?
–Nos damos.
¿Cuál es para usted el colmo de la miseria?
–Escarbar tanto para encontrar una moneda, que uno llegue a las antípodas.
¿Cuál es su idea de la felicidad?
–El amor absoluto y permanente. Hasta la muerte.
¿Qué faltas perdona?
–Las mentiras piadosas.
¿Pintores preferidos?
–Chagall, Braque.
¿Músicos?
–Mozart, Bach y Beethoven.
¿Qué cualidad prefiere en el hombre?
–La rectitud.
¿Y en la mujer?
–¿Las mujeres tienen cualidades?
¿Sería capaz de matar?
–No.
¿Qué le hubiera gustado ser?
–Siempre joven. Es decir, lo imposible.
¿Cuál es su mayor defecto?
–La debilidad con apariencia de fortaleza.
¿Qué es lo primero que la atrae de una mujer?
–Hum. No sé. Por lo visto tengo muy poco que ver con el mundo femenino.
¿Y en un hombre?
–Soy muy frívola: tiene que ser muy buen mozo. Después viene todo lo demás.
¿Color preferido?
–El verde. Sobre todo el verde musgo.
¿Flor?
–Las rosas.
¿Escritores en prosa, sus dioses?
–Faulkner. Kafka. Dostoyevski. Siempre vuelvo a ellos.
¿Poetas?
–Rimbaud. Mallarmé. Elliot.
¿Quiénes son sus héroes de la vida actual?
–Los ángeles de la guarda.
¿Y del pasado?
–Juana de Arco.
¿Lo que más detesta?
–Los insectos y las serpientes.
¿Qué don natural le gustaría tener?
–La gracia.
¿Cree en la inmortalidad del alma?
–Sí.
¿Cómo le gustaría morir?
–¡No me gustaría morir!
¿Cuál es el estado actual de su espíritu?
–La desazón. El hormigueo. Tengo muchos problemas inmediatos dentro de mi casa. Mi marido, Valerio, está enfermo, y hay muchos problemas en el país (Nota: esta entrevista data de julio de 1989).
Es poeta. ¿No ha podido abstraerse de lo cotidiano, evitar instalarse en la historia?
–No. Las cosas me han lastimado, me han exaltado, me han empañado. Siempre me han hecho algo.
¿Cómo ha sido en el amor?
–Muy constante. El amor ha existido siempre. Claro, lo que cambia es el compañero… (se ríe).
¿Qué piensa de los premios literarios?
–Los tomo como un azar favorable. Es un viento astrológico que sopló a mi favor y que empujó a un montón de voluntades a ponerse de acuerdo sobre los interrogantes que plantean mis problemas. Son una añadidura, un regalo para lo que hago. Nada más.
¿Cuál sería un premio verdadero?
–Acertar con lo que quiero decir cuando escribo. Nunca acierto. Siempre son aproximaciones.
¿Cómo escribe un poema?
–Por la mañana y a máquina. A veces, con la máquina sobre las rodillas, como si domara un potro.
¿De noche, por qué no?
–Porque lo que hago de noche es muy alucinatorio, menos sólido, menos válido. Deficiente, le diría.
Siguen los terrores nocturnos, como en Toay.
–Son los mismos con distintos nombres. A la edad que tengo duermo con luz, porque la oscuridad está siempre habitada.
¿Tiene premoniciones, como antes?
–Sí. Pero las sofoco, las distraigo, las alejo. Porque nunca son felices. La onda que más se capta es la patética, la trágica.
Usted fumaba como un escuerzo, si me permite la grosera analogía, y dejó. ¿Puede escribir sin fumar? Norman Mailer confesó que luego de dejar sus cien cigarrillos por día tuvo que aprender a escribir de nuevo.
–Empecé a fumar a los trece años y escribí casi toda mi obra envuelta en una nube de humo. Dejé porque un brujo de Paysandú me dijo que estaba intoxicada y que iba a quedarme sorda. Cuando retomé la escritura lo hacía con un rosario en la mano, un alfiler de gancho que abría y cerraba con los dientes, y cuando me quedaba una mano libre me enredaba el pelo sobre la frente.
¿Alguna vez hizo terapia?
–No.
¿Qué piensa del psicoanálisis?
–Me parece muy útil.
En esta charla habló mucho de vejez y de muerte. ¿Por qué?
–Para mí, el tiempo mismo es la muerte. Uno nace llorando, y debe salir llorando hacia el otro lado, ¿no? En cuanto al deterioro, ¿cómo no va a preocuparme? Me gustaría que me sacaran fotos al lado del elefante del zoológico: mis arrugas se notarían menos.
De todos los objetos que la rodean, ¿a cuál quiere más?
–A esa akwaba que está allá arriba, en la biblioteca. En África las mujeres la llevan colgada en la espalda para invocar a la fertilidad.
¿Tuvo hijos?
–No.
Todo empieza a ser incómodo en ese extraño piso diez donde sólo faltan plantas carnívoras para que la sensación de asfixia alcance la perfección. La charla ha sido dura, ríspida, antipática a veces, y los ojos verdes de la mujer miran con más "adiós" que "hola". Con más "no lo soporto" que "siga, por favor". El cronista, sin embargo, no se rinde, a pesar de que la recién desaparecida lluvia y el recién salido sol instalan en la ventana un resplandor insoportable. Objetos, objetos, objetos. Vasijas inocentes y no tanto, máscaras rituales, armas tortuosas y remotas, cuero, papel, hueso, metales. El cronista se siente casi tonto cuando le pregunta:
¿Cuál es su objeto favorito, y por qué? Eso, si mi curiosidad no le parece obvia.
Y se siente definitivamente tonto cuando oye la respuesta:
–Ninguna curiosidad es obvia. Todas intentan percibir el universo. Pero ya que debo contestar, bueno: es Buga, esa estatuita que está allá arriba.
Buga es chata, oscura, acaso de barro. Buga es una especie de enana panzona con grandes pechos hasta la barriga. Cuenta la mujer que es la diosa de la fertilidad entre las mujeres bantúes. Y ahora sí, se levanta, abandona la máquina de escribir que tenía entre las rodillas (queda la máquina en la alfombra colorada como un difunto o un cachivache abandonado), abre la puerta y dice adiós. Antes de salir, el cronista pasa por una puerta abierta que da a una pieza oscura, a una cama, a un bulto blanco en la cama, al contorno inequívoco de un carricoche.
¿…?
–El hombre es mi marido, paralítico desde hace tres años. El cochecito de bebé está vacío. Nunca pude tener hijos.
Después, la jaula del ascensor se desploma. Después, los zapatos del cronista se mojan en un gran charco. Pero la estrepitosa calle es una exacta y esperada fuga, ahora y en la hora en que, a diez mil kilómetros, un chico negro escapa, en el fondo de una choza, de las tripas de una mujer bantú. De una choza donde reina Buga.
(Post scriptum: Olga Orozco murió en 1999, a sus 79 años. Su premiada obra poética es original e inquietante. Conseguir sus libros y abordarlos es una gratificante aventura).

Fuente : https://www.infobae.com/cultura/2019/01/15/olga-orozco-la-gran-poeta-de-las-premoniciones-funestas/

jueves, 23 de agosto de 2018

La casa enjoyada (sobre Olga Orozco en el Suplemento Cultura de La Nación, 1999)

La poeta de Los juegos peligrosos buscó recuperar en el amor, la escritura y el esoterismo, la unidad perdida del alma y de lo divino. Ese anhelo la llevó a convertir su propia vida en un poema.


1 de septiembre de 1999 

HAY poetas cuya obra representa una auténtica "casa" del lenguaje, un lugar al que siempre volvemos porque en cada lectura encontramos algo nuevo y valioso: una metáfora donde se condensa, hecha belleza sensible, alguna percepción vinculada con nuestra experiencia de lo humano. Olga Orozco fue una de esos pocos.

Claro que su "casa" era, como lo digo en el título de esta despedida, una casa enjoyada, porque sus poemas, como los de casi ningún otro, están formados por versos que son auténticos lujos de la lengua y que, muchos años después de haberlos leído, siguen resonando en nosotros con su poder incantatorio y su tono arrebatado o íntimo. Y también porque esos versos están poblados por casi todos los grandes interrogantes que nos acechan por la mera circunstancia de estar vivos. De allí el dolor de saber que la puerta de esa casa se ha cerrado. De allí también la reflexión tranquilizadora -o el modesto consuelo- de saber que esa casa existe para siempre, no como un museo osificado, sino como el "museo salvaje" lleno de vida, de belleza y revelaciones que es siempre la poesía verdadera.

La oscura voz del misterio

Olga fue de aquellos poetas cuya frecuentación nos hacía sentir privilegiados. Nos permitía compartir no sólo un humor siempre a caballo entre la metafísica y el disparate sino también la atmósfera que suscitaba su presencia de iniciada en las magias y los arcanos del Tarot y de niña desamparada. Con su voz oscura y excepcional, podía cantar tangos inolvidables y destemplados al amanecer o decir como nadie, con acentos del otro lado del lenguaje, "Una rosa para Stephan Georg" de Molinari o "El tango del viudo" de Neruda. En su hogar, las máscaras, las plantas y el té ahumado se conjugaban con sus ojos de un verde inconcebible para crear un universo fascinante.


En realidad, la vida misma de Olga fue fascinante, desde la infancia mágica en Toay -el pueblito de La Pampa donde nació, bajo el signo de Piscis, en 1920-, que recreó en sus dos bellísimos libros de relatos ( La oscuridad es otro sol y También la luz es un abismo), hasta sus amores de joven y de adulta. A esa fascinación contribuían sus amistades, sus trabajos tan poco convencionales y ciertas presencias míticas, como su gata Berenice, a quien dedicó su poemario Cantos a Berenice .

Los amores de Olga demuestran la unidad radical que presidió su vida y su obra, pues sus compañeros siempre estuvieron vinculados con el arte: la poesía en el caso de Miguel Angel Gómez y Enrique Molina, la actuación en el de José María Gutiérrez (con el que tuvieron un bar en San Telmo, La Fantasma), la arquitectura en el de Valerio Peluffo, su último marido. Los amigos, que rodeaban a Olga en un entrañable círculo de afecto y admiración, iban de los grandes escritores de la lengua española y destacados músicos y plásticos a los jóvenes que la visitaban como a una maestra siempre dispuesta a atender a quienes se iniciaban en la poesía.

Los trabajos que Olga había ejercido, casi siempre en el ámbito del periodismo, la habían llevado a oscilar entre los heterónimos inventados para escribir notas periodísticas y el anonimato de los horóscopos en los que, como confesaba, siempre trataba de incluir una nota positiva cuando los astros se conjugaban mal.

Una aventura sacrílega

Aunque a menudo se la ha incluido en la tan zarandeada "Generación del cuarenta", la poesía de Olga Orozco tiene ciertos rasgos únicos que la convierten, no sólo en una obra apoyada en una poética personal, sino en una auténtica cosmovisión hecha palabra. Sin duda, sus poemas comparten con los de la mencionada Generación (más precisamente, con los de los poetas que seguían una estética neorromántica) el tono elegíaco y melancólico, el lirismo de corte existencial y la recurrencia del pasado y la infancia, concebida como un espacio mítico primordial. También se pueden discernir en la obra de Olga coincidencias con el surrealismo, pero la creación de Orozco desborda tanto los límites de ese movimiento como el rótulo de neorromántica.

La dimensión religiosa y la indagación metafísica tienen una singular importancia en la obra de Olga y se fueron ahondando en sus sucesivos libros, hasta teñir toda esa cosmovisión a la que me refería antes, dentro de la cual el quehacer poético en sí mismo cumple una función capital.

Creo que la poesía de Orozco surge a partir de una experiencia de tipo religioso: la nostalgia de la unidad perdida. Sus versos aluden a un estadio metafísico, en el cual el alma estaba integrada en el absoluto y era parte de Dios. A esa unión, en el momento del nacimiento, le sucede la caída en la contingencia, es decir, la sujeción a las tres formas básicas de la limitación humana: el tiempo, el espacio y la individualidad, vividas por el alma como angustiosas y como marcas del exilio del Reino. De ese Reino, el alma guarda una secreta memoria.

Contra esa angustia y esa exclusión se rebelará apasionadamente Olga y su aventura interior puede resumirse en el intento de remontar la dinámica descendente de esa caída para reintegrarse en el absoluto originario. Este intento se concreta, por un lado, a través del amor, esa experiencia radical de unidad, y por otro, a través de los diversos "juegos peligrosos" que dieron título a uno de sus libros más hermosos. Pero el amor siempre es el recuerdo del amor perdido, sea por el abandono o por la muerte del ser amado. Y los "juegos peligrosos" -la magia, la astrología, la cartomancia y el sueño- culminan con la poesía que se revela como la única arma verdaderamente válida para vencer el tiempo.

Esta visión de la palabra poética vincula a Olga con una larga tradición de escritores que, a partir del Romanticismo alemán, proclamaron la sacralidad del verbo poético, pero que también señalaron los riesgos que entraña. La locura es el tradicional castigo que los dioses reservan para quienes, como los poetas y los creadores, invaden el camino que sólo puede ser franqueado por los santos.

Claro que si la poesía de Orozco sólo fuera una "casa" por la cosmovisión que alberga, Olga no sería la maestra a quien volvemos una y otra vez. Lo fundamental es que esa cosmovisión de singular riqueza y coherencia se corresponde con un lenguaje igualmente elaborado, suntuoso y sugestivo, cuyo centro es la imagen. En rigor, si Olga estaba cerca del surrealismo no era sólo por la raigambre onírica de sus metáforas sino porque asumió como pocos la convicción, proclamada por los surrealistas, de que la gran tarea era hacer de la propia vida un poema. Y lo logró construyendo esa casa enjoyada de su poesía.



Fuente: https://www.lanacion.com.ar/214619-la-casa-enjoyada