He aquí unos muertos cuyos huesos no blanqueará la lluvia, lápidas donde nunca ha resonado el golpe tormentoso de la piel del lagarto, inscripciones que nadie recorrerá encendiendo la luz de alguna lágrima; arena sin pisadas en todas las memorias. Son los muertos sin flores. No nos legaron cartas, ni alianzas, ni retratos. Ningún trofeo heroico atestigua la gloria o el oprobio. Sus vidas se cumplieron sin honor en la tierra, mas su destino fue fulmíneo como un tajo; porque no conocieron ni el sueño ni la paz en los infames lechos vendidos por la dicha, porque sólo acataron una ley más ardiente que la ávida gota de salmuera. Ésa y no cualquier otra. Ésa y ninguna otra. Por eso es que sus muertes son los exasperados rostros de nuestra vida.
El libro que presentamos hoy es uno de nuestros orgullos editoriales. Creemos que hemos hecho un buen trabajo de recopilación, elección y síntesis de la obra de una de nuestras más grandes poetas, que además contiene un bello dossier fotográfico. La tarea de recopilación y ordenamiento de Marisa Negri fue exhaustiva y minuciosa, y merece el más fervoroso aplauso. Los méritos de esta obra le caben casi totalmente a ella, una apasionada de Orozco, y una mujer que no se arredra ante las dificultades. Hubiéramos deseado incluir en esta antología algunos poemas póstumos, pero se sabe que los grandes intereses editoriales no son demasiado permisivos, y no pudimos hacerlo. Pero aquí está El jardín posible, hecho realidad.
A Olga Orozco se la ha vinculado a la estética surrealista como a la neorromántica, pero la su obra es singular por varios motivos. Exploradora de la noche, del sueño, de las sensaciones oscuras, del misterio que encierran los pequeños enigmas de la vida, que no tiene su límite en lo sensorial o en lo visible, Orozco resuelve el tiempo en sus dos instancias decisivas: nacimiento y muerte. Y entre ellos cifra la lengua de un presente continuo hecho de pasado y futuro: una infancia que no quiere separarse de ella, y que ella no podrá dejar.
En un reportaje que publicó Alicia Dujovne Ortiz hace muchos años en el diario La Opinión, la poeta decía: “Mi infancia comenzó en Toay, en La Pampa, y te digo que comenzó porque no ha terminado. Siguió creciendo conmigo y ha estado siempre latente, en todas mis edades, con su carga de terrores, de asombros y de misterios. (...) Es como la proa de un jardín sin límites. (...) En esa casa y en ese jardín soy una niñita extraña y tímida que juega a ser invisible o a convertirse en otra (...) mi infancia es un refugio y una intemperie; tal vez como todas las infancias, que acaso no hagan más que seguir el arquetipo de la infancia del hombre sobre la tierra desconocida”. Creo que en estos conceptos se condensa la poesía de Olga Orozco.
Infancia de sí, pero también infancia de la lengua: la poeta busca en el origen el magma que le devuelva el oro vital. Alquimista de su propia vida en su propia lengua, ella muere en cada palabra para que el poema se vuelva infancia.
Desde sus dos primeros libros —Desde lejos (1946) y Las muertes (1952)— se revelan los dos momentos que marcan su escritura: infancia y muerte. La infancia como un aprendizaje de la muerte. La muerte como una espera de la infancia. Se espera hallar el paraíso perdido, el sitio en el que la mirada es la lengua universal, un lugar donde no es necesario hablar porque la lengua es una con el cosmos. Ese abrazo hace perder el cuerpo, lo disuelve en su origen. Sintropía intuitiva. Religión pagana, adivinación, arcanos. Tarot de cartas escritas a una madre universal. Infancia de la infancia, útero. Olga Orozco nos revela que su asombro es descubrir que ya lo sabía. Su poesía inventa un mundo que pueda ser habitado en la muerte. Al modo egipcio, prepara las palabras para el viaje.
En su poema “Señora tomando sopa”, del libro Con esta boca, en este mundo, de 1994, la poeta dice:
Detrás del vaho blanco está la orden, la invitación o el ruego,
cada uno encendiendo sus señales,
centelleando a los lejos con las joyas de la tentación o el rayo del peligro.
Era una gran ventaja trocar un sorbo hirviente por un reino,
por una pluma azul, por la belleza, por una historia llena de luciérnagas.
Pero la niña terca no quiere traficar con su horrible alimento:
rechaza los sobornos del potaje apretando los dientes.
Desde el fondo del plato asciende en remolinos oscuros la condena:
se quedará sin fiesta, sin amor, sin abrigo,
y sola en lo más negro de algún bosque invernal donde aúllan los lobos
y donde no es posible encontrar la salida.
Ahora que no hay nadie,
pienso que las cucharas quizá se hicieron remos para llegar muy lejos.
Se llevaron a todos, tal vez, uno por uno,
hasta el último invierno, hasta la otra orilla.
Acaso estén reunidos viendo a la solitaria comensal del olvido,
la que traga este fuego,
esta sopa de arena, esta sopa de abrojos, esta sopa de hormigas,
nada más que por puro acatamiento,
para que cada sorbo la proteja con los rigores de la penitencia,
como si fuera tiempo todavía,
como si atrás del humo estuviera la orden, al invitación, el ruego.
Infancia y muerte. Los que van a morir reviven: se recuerdan. Toda su vida en un instante eterno. Las muertes de Orozco la ponen a vivir entre sus ángeles. Las alas de su deseo son los colores de su pasión. No hay dos porque no hay uno, y todo es otro.
Infancia y muerte. Las casas, las cosas, las risas, los roces, las sombras, los nombres. ¿En qué noche oscura del alma volvemos a crearnos? ¿Acaso nuestro nombre no alcanza para morir?
La vida es un paraíso pobre, pero es el único jardín posible.
Presentación de la esperada antología poética de Olga Orozco
Y descubre un jardín donde somos posibles todavía…
apenas un instante, nada más que un instante,
tú y yo, debajo de aquel árbol
copiados por la brisa de un momento cualquiera de la eternidad
Olga Orozco
Editar un libro de Olga Orozco luego de diez años de silencio y con todas sus ediciones agotadas es un desafío que sólo se puede concretar “con una pequeña ayuda de los amigos”; no tan pequeña en este caso.
Todo comenzó cuando fui a Toay y me enamoró la casa natal de Olga Orozco como antes, allá por 1997 me había cautivado su presencia y mucho antes, de adolescente, la antología del Centro Editor que compré junto con Hotel Pájaro de Enrique Molina en una de las librerías de la Calle Corrientes.
Y comenzó la aventura. Javier Cófreces, Eduardo Mileo y Alberto Muñoz, el inseparable power trío de Ediciones en Danza convirtió este empecinamiento en realidad.
Luego todo fue operando por contagio.Con una piedra negra apretada en la mano viajé a Bahía Blanca junto con Silvio Tejada a recorrer las calles que Olga había transitado en su primer exilio.
Y el viaje no fue en vano.Le debo a Silvio y a su tarea como archivista el haber podido cotejar las grabaciones de los poemas inéditos de O. en la Feria del Libro 1999 con sus versiones publicadas en el Diario La Nación.
El libro estaba en marcha. La Casa Museo y los herederos de la poetaaportaron las fotos del dossier, mi entrañable amigo Pablo Runa realizó la tapa y durante el proceso de escritura varios amigos ayudaron cebando mates, dictando poemas, o cocinando para mis hijos mientras yo escribía.
El jardín posible no es el libro que quería.Los ocho poemas inéditos fueron por razones contractuales apartados de la selección. Pero aún incompleto el jardín está aquí.
Ayer, 17 de octubre de 2009, fue presentado en sociedad.
Como en esos cuentos de Las Mil y Una Noches en los que una puerta secreta de paso a un vergel inimaginable, el libro invita; recorre en sus 106 páginas los nueve libros de poesía que Orozco publicó más cuatro poemas que no llegaron a ser parte de un libro como unidad pero fueron publicados en Eclipses y fulgores (Lumen 1998)
La presentación fue un cálido homenaje que tuvo por momentos las características de la un ritual sagrado.
Un joven enmascarado susurraba poemas a los asistentes que iban llenando la sala; los poetas Laura Yasán, Alberto Muñoz y Eduardo Mileo encarnaron en su voz Esa es tu pena, Señora tomando sopa, Yo, Olga Orozco, Con esta boca, en este mundo.
Luego a modo de cierre, la misma Olga, en su departamento de la Calle Arenales repasó parte de su vida y obra en el documental de Canal Encuentro dirigido por Marcelo Iaccarino.
Una etapa está cumplida. Como una procesión de antorchas que celebra este fuego vivo de la poesía, aún restan las presentaciones en Bahía Blanca, en Toay, en Viedma y en Puerto Madryn.
Misión cumplida: El jardín posible, antología poética de Olga Orozco espera a sus lectores en las librerías.
El jardín de lo posible de Olga Orozco, con selección y prólogo de Marisa Negri, será presentado por Eduardo Mileo y Alberto Muñoz. Leerán poemas Laura Yasan y Jorge Boccanera.
Dónde: Galería Massottatorres. México 459. Cuándo: Sábado 17 de octubre a las 19.