domingo, 3 de septiembre de 2017

La indomable y feroz memoria (Juan Gelman)





La indomable y feroz memoria


Por Juan Gelman*
t.gif (862 bytes) Este honor, esta alegría emocionada de presentar a Olga Orozco, su obra, tropieza con tres muros infranqueables. En el primero alguien ha escrito que la poesía habla por sí misma. En el segundo está escrito que la poesía habla por sí misma. En el tercero, que la poesía de Olga habla por sí misma. Entonces no la estoy presentando. Apenas la estoy acompañando, como desde hace mucho me acompaña su voz “ronca y llorada”. Por lo demás, ella misma ha advertido que la poesía “es un organismo vivo, rebelde” y que analizar su lenguaje “es atrapar a un coleóptero, a un ángel, a un dios en estado natural y salvaje y someterlo a injertos y disecciones, hasta lograr un cadáver amorfo”.
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Nadie sabe qué es la poesía. Se la describe por aproximación o imagen. La poesía es lenguaje calcinado. La poesía es un árbol sin hojas que da sombra. La poesía es palabra donde aún crepitan cenizas de lo que no alcanzó a tener nombre. Olga prefiere la definición del poeta estadounidense Howard Nemerov: “La poesía es la tentativa de apremiar a Dios para que hable”. Pero Dios está mudo y ella lo apremia sin descanso.
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Dylan Thomas explicó que nadie insistiría en este ardiente oficio de la poesía si no fuera en espera del milagro y se consolaba con Chesterton, para quien lo verdaderamente milagroso de los milagros es que a veces se producen. Olga busca algo más fascinante que el milagro, es decir, la materia que los hace. Por eso en su escritura no hay milagros: toda ella es milagrosa.
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Me pregunto cuánta sangre viva del alma ha vertido Olga para –son sus palabras– hacer talismanes con “un indefenso corazón enamorado”, entrar en “las dos caras de los sueños”, conocer “ese color de invierno deslumbrante que nace donde mueres”, ganar “cetros de bestia en la intemperie”, comer “la almendra del misterio”, tener caras sucesivas como “un muestrario de nieblas, de terrores”, vestir “de reina, de bruja, de mendiga”, roer los duros huesos de las desapariciones, cocer “las sustancias de la separación”, resistir “las invasiones de la oscuridad”, padecer “las comuniones del contagio”, perfeccionar “penurias como dichas”, confeccionar “el lujoso inventario de todo lo imposible”, convivir con una “vocación de abismo”. La ocupación de Olga es fijar vértigos.
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El “yo soy otro” de Rimbaud va más allá en el “yo soy el otro” de Nerval y aún más lejos en el “somos tantos en otros” de Olga Orozco. Su poesía -que ciertos críticos obedientes al ejercicio de etiquetar, adscribieron al neorromanticismo, o al surrealismo, o a otros ismos que vagan por ahí– es desde el inicio absolutamente única y su presencia trae la felicidad. Da nombre a seres que han de esperar siglos antes de existir.
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Como un niño, la poesía busca nombrar lo que no puede. Después de tantos millones de palabras, la palabra sigue siendo tiempo que nace y que desnace para nacer otra vez. Revela la realidad velándola.
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Olga nació en La Pampa, una provincia mitad verde y mitad seca del interior de la Argentina, barrida por un gran viento -.”dios excesivo, dios alucinante”– que trastorna límites de arena en el desierto y trae “pesadillas de horizonte”. Así conoció las regiones que cambian de lugar cuando se nombran: el pasado, la infancia. Olga niña preguntaba: “¿Por qué el viento trae sólo viento?” O: “¿Me ves, mamá? ¿Estás segura de que me ves, o crees que me ves porque yo te veo y creo que me ves?”. La no agotada interrogación del mundo en Olga continúa y no obedece al principio de realidad sino al orden del deseo. Como San Juan de la Cruz, ella abrehacia el cielo “la boca del deseo, vacía de cualquier otra llenura”. Es el deseo de la falta, que Olga traba y amasa en el esplendor de sus poemas.
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¿Qué hace a su escritura sino el ver lo invisible? ¿Qué persigue sino la palabra que cante lo inefable? Olga ha dicho que sus poemas se aproximan invariablemente a ese centro sin golpearlo, pero sabe que no hay centro. O que ese centro “es una unidad más vasta que el universo” y pequeña para su sed. El centro está en el revés de su sed. Olga atraviesa –dice– “confusiones desconcertantes entre la pesadilla y la vigilia”, el porvenir mirado desde atrás, las madrigueras de la oscuridad que revisa para no olvidar. La poesía –avisa– “está entretejida con la sustancia misma de la vida llevada hasta sus últimas consecuencias”: lo que es, lo que no es, lo que pudo ser y no fue. Por eso la poesía de Olga dice lo que dice y también dice lo que calla y de ese modo calla lo que dice con un silencio parecido al de la revelación. Como la de los grandes místicos, la experiencia de Olga se cumple en la escritura.
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De niña Olga Orozco exigía que le firmaran certificados de residencia en el planeta Tierra. Veía fantasmas familiares. Tenía a veces “los pies tristes”. La abuela le habilitaba unicornios. Desembocaba en otros mundos aunque no se quería ir. Era miembro de la Organización de Espías de Toay, la ciudad donde nació. Con toda razón. ¿No dijo Shakespeare que los poetas son espías de Dios? Olga desarma los jamases del mundo.
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Nunca se la ha visto merodear por los pasillos del poder político en busca de alguna sinecura, ni en los vericuetos de la vida literaria extendiendo la mano por un premio. No se presentó al Juan Rulfo, que un jurado sabio le acordó. Esto, que parece un rasgo de carácter, un mero dato biográfico, es un acto de escritura. “Los poetas creemos en las palabras –dice Olga– como si fueran mariposas en libertad”. Las palabras creen en los poetas, digo, cuando éstos vuelan en libertad.
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La poesía de Olga es poderosa, tiene oleajes de fulgor que, al retirarse, dejan colmillos de furia y territorios sembrados de joyas. Olga conoce el dolor de la palabra hecha cuerpo. Sus palabras no cosen un vestido, suturan una herida. Ella se cita con sus pérdidas y sostiene la belleza continua.
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Dice que su memoria es “indomable, ávida, feroz” y será su arma “contra las contingencias del tiempo y de la muerte”. Pero su lucidez es irreductible al solo juego del recuerdo. En Olga, la relación entre imaginación y vivencia es tan intensa que crea otra memoria, en que el sueño de la realidad se rehace como sueño de la escritura.
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Olga declara que “en un arcón en llamas guarda intacto el cadáver de su inocencia”. Seguramente en otro arcón, o en una tropa de caballos color púrpura que giran en el aire, o en la danza de ollas y asadores asaltados por un capricho inocente y horroroso de un cuento galés, ella guarda su infancia intacta y viva, las piedrecitas en la mano que prueban la interrupción del mundo visible por el otro, la abuela que aparece cuando Olga se despierta en el sueño. La visión es en Olga experiencia vivida. Ve mejor con los ojos cerrados. Ve por ojos de niño. Tiene la infancia empozada y saca aguas de ella cuando quiere.
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“La poesía puede proceder fuera del tiempo .-dice Olga–, en grandes saltos respecto al tiempo”. Ella libra una guerra encarnizada contra “el escorpión del tiempo”, su “látigo que azuza”: “Hemos luchado a veces cuerpo a cuerpo./ Nos hemos disputado como fieras cada porción de amor”.Esa lucha, esa voluntad de resistir al tiempo, “violar sus estatutos”, enfrentarlo con la memoria de la realidad y la memoria de lo no sucedido todavía, ¿no es acaso la expresión más ardiente del deseo? Así, cada poema es una aventura erótica que muere en él, renace en el siguiente, y no se apaga el deseo de alcanzar su objeto, oscuro y desconocido, un agujero que habita en la imaginación posible. Como pensaba René Char: “El poema es el amor realizado del deseo que se queda en deseo”. Esta sed es infinita.
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Tal vez por eso Olga afirma que lo contrario de la vida no es la muerte, es la nada. Ella posee una “lengua insaciable que devora el idioma de la muerte en grandes llamaradas”, sabe que la muerte está llena del esplendor de los bienes extraviados, es el suelo del amor perdido, desgarrón y desnudez que tiembla. Hay en su escritura una versión lujosa de la muerte.
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La incandescencia de los textos de Olga abre al lector y lo eleva al olvido de sí, al éxtasis semejante al del amor y la experiencia mística. Es una poesía de “sangre ilimitada, sangre de abrazo, sangre de colmena”, ella dice. Es una poesía en estado de vigilia permanente y muestra que la esperanza se ensancha cuando duda y el ser conoce la errancia y los exilios. Es una poesía que no admite el consuelo de la razón y se convierte así en consuelo del amor. De tanto laberinto recorrido Olga ha visto que “la belleza nos ciñe en su trama y nos rehace”. Su poesía nos transforma, se hace uno, el otro, los demás.
Olga se ha preguntado si Dios no se perfecciona acaso en todos y cada uno de nosotros. No estoy seguro de eso. En cambio sé que en Olga ocurre exactamente eso: en ella Dios se perfecciona.


*Este texto fue escrito por el autor para la presentación de Olga Orozco, cuando en noviembre pasado, en Guadalajara, le entregaron el premio Juan Rulfo de Literatura. 

La maestra se fue, a toda orquesta (María Moreno para Página/12 agosto 1999)






El año pasado, cuando ganó el Premio Juan Rulfo, la escritora vio con sorpresa cómo la alcanzaba una modesta celebridad, que no había buscado. Después, los medios la dejaron en paz y ella fue muriéndose en cámara lenta. Ayer, una corte de poetas despidió su cuerpo.


Por María Moreno 
Le gustaba definir a la poesía como el intento de apremiar a Dios para que hable. Los que creen en Dios deben pensar que ella debe estar haciendo esto ahora –apremiar a Dios para que hable– y los que creen en Olga Orozco, pero no en Dios, aceptarían también esa posibilidad puesto que funde a la poeta con la poesía. Su muerte, ocurrida el domingo a la noche, en el sanatorio Anchorena, y mientras estaba de la mano de aquella con quien se eligieron mutuamente como madre e hija –la poeta Andrea Gutiérrez– fue delicada pero no inmediata. Casi con la prolongación necesaria como para que Olga barajara los misterios y oportunidades del gran pasaje del que tanto había hablado como poeta. 
“Creo en Dios, en la perduración del alma, pero les temo a las posibles metamorfosis que me son desconocidas. Así como se nace al mundo llorando, o alguien nos golpea para que empecemos a vivir, supongo que pasar al otro lado tiene que ser parecido”, había confiado en un reportaje aparecido en Las doce poco antes de la operación en la que debían colocarle un baypass. “Aunque tal vez sea peor. Hice muchos ensayos generales de mi propia muerte. Pero son sólo eso, ensayos. Tal vez, si tuviera una conciencia suprema del descanso podría pensar que morir es finalmente relajarse. A mí lo único que se me ocurre es la inercia, la inmovilidad después de la primera sorpresa (...) Y bueno, la inercia total es un estado bastante alarmante. Aunque espero que Dios sea más misericordioso que eso”. Las exequias también fueron discretas, mezcladas las generaciones, las estéticas, los nombres propios: Victoria Pueyrredón, Antonio Requeni, Diana Bellessi, Horacio Zabaljáuregui, Elisabeth Azcona Cranwell, Mónica Tracey, Ana Becciú, Araceli Bellota, Alicia Genovese. Mayoría de poetas, en medio del pasaje fugaz de María Kodama, que formuló declaraciones a ATC. Los poetas del grupo Ultimo Reino, sobre todo, se acercaron para las ceremonias del adiós de aquella a quien consideraban una reina, la fundadora de un linaje. 
“No quisiera arrogarme en nombre del grupo la declaración de una identidad poética común con Olga. Puedo hablar de mi experiencia como uno de los editores del Fondo de Cultura Económica adonde apareció la antología Relámpagos de lo invisible. Allí, en ese libro, ella, que es la última en irse, luego de Girri, Molina y Molinari –la última de los grandes, quiero decir– exorcizaba a la muerte en todas las otras de los que la precedían”, comentó Horacio Zabaljáuregui. Luego, a través del teléfono, Susana Villalba habló para defender a Olga Orozco de la crítica habitual de demasiado retórica: “No ponía la estética al servicio de nada y mostró que el lujo es la verdadera rebelión, la de no renunciar a nada, ni al propio deseo, ni a toda la riqueza de las palabras, a su poder. Esa era su espada del guerrero”. Amelia Biaggioni, que había cubierto su propio halo de grandeza con una gorrita de lana, se limitó a imitar el ademán con que Olga, una semana antes, había abierto los ojos para acariciar la cabeza de la mujer que la cuidaba, gesto en donde ya se percibía –según ella– una experiencia cercana a la iluminación y a un nuevo entendimiento. “Me niego a llamar a eso alucinación”, dijo. Las expresiones “grande”, “mayor”, “no sólo de las letras argentinas, sino hispanoamericanas”, insistían pero Ana Becciú fue precisa: “Nos imprimió una dicción en el idioma, en la poesía que al final, es lo único que queda. Ella, Molina, Girondo nos trajeron al castellano la huella de la generación del 37, la de la guerra civil española y, al mismo tiempo, junto a Mallarmé, la modernidad francesa”.
Todos recordaban su voz grave como uno podría imaginar que sería la de la Esfinge de Tebas, quizá contribuyó a eso su mazo de tarot, sus horóscopos, sus exploraciones en últimos reinos. Como le sucediera a Freud, a Masotta que fueron maestros por sus palabras, en el final casi no tenía voz. Los rituales de la muerte cerraron también sus míticos ojos verdes, el segundo de sus dones corporales que hizo que en el grupo PoesíaBuenos Aires, con el que se codeaba en su juventud, casi todos estuvieran enamorados de ella: desde Enrique Molina a Edgard Bailey pasando por Alberto Vanasco y Adolfo de Obieta.
Diana Bellessi no duda para definirla en utilizar la palabra “maestra”. “Es de particular significación para mujeres poetas porque levanta un yo incandescente, un lugar para la subjetividad en donde entran todos. No hay que olvidarse de que en la década del 70 escribió Museo salvaje en donde desmembraba su propio cuerpo de mujer. Se la acusa de hacer versos de larguísimo aliento, de exceso de retórica pero si uno mira fijo, no hay en su obra ningún adjetivo de más. Por otra parte era una mujer de una enorme generosidad, que nunca se quedó pegada al personaje ni dejó de tomarse el trabajo de redactar cartas de recomendación, de abrir con curiosidad a cualquiera que golpeara su puerta. Yo la recuerdo, por ejemplo, durante un congreso de poesía, en un sótano adonde podía cortarse el humo, sentadita en un cajón de manzanas, con una cerveza en la mano, escuchando a los poetas jóvenes. Por eso digo ‘La maestra se fue a toda orquesta’, sobre todo en su escritura que es lo que importa. Un gran poeta es aquel que insiste en una dirección pero que también sabe desviarse y eso es lo que ella hizo en su último libro Con esta boca en este mundo, lograr una intensidad y una desnudez que eran un desvío de sus propias vías.” 
Había entre la Orozco de los cuentos y de las performances orales, entre la Silvina Ocampo de las leyendas maliciosas y la Alejandra Pizarnik “prosaica” –la que escribía por ejemplo La pájara en el ojo ajeno— un humor de brujas que cultivan una salamanca privada en la que nada es sagrado. Con Alejandra, Olga jugaba a que ella poseía un Certificado de Poderes contra la Angustia y que podía ser reclamado a las tres de la mañana. Entonces le decía solemnemente a una Alejandra insomne: “Aquí estoy, Gran Sibila del Reino, para certificar que a Pizarnik jamás un pájaro negro se le posará sobre la sombra, que las piedras se abrirán milagrosamente para dejarla pasar a las mayores luminosidades”. Era algo así como un valium administrado por el Olimpo. Se lo contó a Fernando Noy en un reportaje que apareció en Radar, el suplemento dominical de este diario. 
En la entrevista con Las Doce sacó un certificado diferente del que garantizaba poderes contra la angustia, quizás el fundamental, el del poder de las palabras, a la manera de un talismán, “pero que a veces va más allá de donde debe, como una flecha que se hunde en la carne. Pasa el límite y se convierte en un poder concreto. A veces maligno”. Porque a menudo las palabras utilizan su poder como los clowns, por medio de chascos. Escribió, contaba, un poema a los ojos y terminó usando anteojos, sobre la sangre y le subió la glucosa, la mención de los pies le trajo luxaciones. Toda su obra parece producto de esas voces que solía escuchar en una zona paralela, que no es la de los muertos y que ella situaba como algo invisible pero capaz de emitir relámpagos, ¿habrá atribuido a esos relámpagos, su sordera? En confidencias risueñas el poeta Alejandro Ricagno profanaba al mismo tiempo a la Iglesia y a Hollywood: “Con la vejez volví a cobijarme en la Iglesia Católica pero como también me fui volviendo sorda me pasaban cosas muy extrañas. Por ejemplo, entraba a la iglesia y veía que el cura estaba haciendo la señal de la cruz y haciendo la oración, entonces le escuchaba decir mientras me miraba: ‘Ahí viene el dentista Bruzzone’. Pero la sordera también tiene sus cosas poéticas. Por ejemplo, a mí me gustaba mucho ver películas viejas y un día me puse a ver en un canal de cable una que estaba doblada. Gary Cooper abrazaba con fuerza a una actriz, ella lo miraba con pasión y yo escuché que le decía, mirándolo a los ojos ¡Ay, como me duele la vejiga!”. 
Ayer, mientras el cortejo acompañaba el féretro hacia la parcela de tierra del Jardín de Paz adonde quedó al fin, muy cerca de su marido durante 25 años, Valerio Peluffo, de haber podido cumplir su esperanza de desdoblarse para verse pasar de un mundo a otro, cómo se habría reído al ver junto a la iglesia adonde se le había dado el responso, un previsor paragüero lleno de paraguas, los dispensers de agua potable –como sillorar provocara una irrefrenable sed–, el césped corredizo y sobre todo el cartelito indicatorio “sendero de la eternidad” sobre una callecita de aproximadamente dos cuadras de extensión. Ahora que ha pasado ya el día del estreno, luego de los ensayos generales que ella anunciaba de la propia muerte, y que quizás esté averiguando desde la fe si se trata de inercia o de sucesivas metamorfosis inquietantes, adquirida en vida la certeza de que si el pasado influye sobre el porvenir, el porvenir influye en el pasado, queda ese verso que Horacio Zabaljáuregui recordó en el regreso y que desafía al destino con un ademán de diosa última: “Yo, Olga Orozco desde el fondo de tu corazón digo a todos que muero”


Las obras y los premios
Estas son las obras de Olga Orozco: Desde lejos (1946), Las muertes (1951), Los juegos peligrosos (1962), Y el humo de tu incendio está subiendo (1973), Museo salvaje (1974), Veintinueve poemas (1975), Cantos a Berenice (1977), Obra poética (1979),Mutaciones de la realidad (1979), La noche a la deriva (1983), Páginas de Olga Orozco seleccionadas por la autora (1984), El revés del cielo (1987), La oscuridad es otro sol (1991), Con esta boca, en este mundo (1994), El cerco de Tamarindo (1995) También la luz es un abismo (1995) Eclipses y fulgores (1998) y Relámpagos de lo invisible (1998). 
Entre otros, ganó el Premio Municipal de Poesía (1963), el Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina de Poesía (1971), el Premio Municipal de Teatro (1973), el Segundo Premio Regional Nacional de Poesía (1978), el Gran Premio del Fondo Nacional de las Artes (1980), el Primer Premio Nacional de Poesía (1988), el Premio Gabriela Mistral (1988) y el Premio Juan Rulfo de Literatura (1998).

viernes, 12 de mayo de 2017

Mutaciones de la realidad Poemas de Olga Orozco (Emma Barrandéguy)






Intentar penetrar en la poesía de Olga Orozco significa tutearse con el abismo y la lucidez, cosa que no resulta fácil. Dueña de un lenguaje rico e incomparable, acostumbrada a poemas anchos y densos en los que exhibe un descarnador indagar en sí misma y sus fantasmas, nos exige, por lo tanto, detenernos en cada línea para, superado el deslumbramiento del lenguaje, intentar penetrar en ese mundo árido y brillante en el que la poeta lucha con la noche, con el tiempo, con la realidad, con los muros que la acechan, con la poesía misma y lo que considera el destino, para arrancarle su preciosa cosecha, sus mínimos tesoros.
"¡Un puñado de polvo, mis vocablos!", dice, sabiéndose al final una "oficiante" contra la nada. El lector, sin embargo, es quien tiene la ganancia de esta perdedora que se considera avasallada por la noche. Y nuestra ganancia es haber penetrado en Mutaciones de la realidad, libro de alta poesía que inaugura nuestras lecturas de 1980.
Buena muestra de ello es "los reflejos infieles", poema de una perfección desgarradora, que por su extensión lamentablemente no incluimos.
Fragmento de "Pavana para una infanta difunta", que Olga Orozco ofrece a Alejandra Pizarnik:

Y de pronto no hay más.
Se rompieron los frascos.
Se astillaron las luces y los lápices.
Se desgarró el papel con la desgarradura
que te desliza en otro laberinto.
Todas las puertas son para salir.
Ya todo es al revés de los espejos.

en "El Debate, pregón" domingo 24 de febrero de 1980 recogido en
"Cronosíntesis" Eduner, Paraná, 2016, pág. 21.

martes, 15 de noviembre de 2016

Heinrich Heine: la lucha contra lo imposible (Valentine Charpentier)


HEINRICH HEINE
La lucha contra lo imposible 
RC138/nov 1968



"El que no va hasta donde su corazón lo empuja y se lo permite la razón, es un cobarde; el que va más ella de lo que quería ir, es un esclavo" 
¿CUÁNDO nació? ¿El 13 de diciembre de 1799? ¿El 13 de diciembre de 1797? ¿El 19 de enero de 1800? La vida de Heinrich Heine comienza con un enigma que él convierte en una contradicción: "Soy uno de los primeros hombres del siglo", dirá humorísticamente años después, y "He nacido al final del escéptico siglo XVIII; alrededor de mi cuna jugaron los últimos rayos lunares de ese siglo y los primeros rayos matutinos del siglo XIX, confesará también, intentando crear un esforzado equilibrio en una ráfaga de hojas desprendidas de un calendario ilegible. Desde ese primer remolino, inidentificable, hasta ese, muy lento, que lo arrastra el 17 de febrero de 1856, se extiende una vida agitada por muchos soplos, por muchas intemperies, por muchas corrientes de aire, adversas, encontradas, que sin embargo dejan, indemnes hasta hoy, esas otras hojas brillantes, inconfundibles, espectrales, traviesas, desgarradas: las de su poesía. 

ENTRE DOS CORRIENTES 

Judío bautizado pero no converso, patriota alemán pero admirador de Francia, fanático de la leyenda napoleónica pero participante en las luchas del socialismo, enemigo de la burguesía pero con debilidades aristocratizantes, desde sus primeros pasos, en Düsseldorf, se encontró con dos corrientes encontradas: las que creaban la encrucijada de su propia sangre. Descendiente de dos prestigiosas familias judías, la madre, Peira van Geldern, "teísta severa", "de predominantes tendencias racionales", resuelta, capaz, valiente, inscribe en alemán, pero con caracteres hebraicos, sentimientos profundos y realistas en la carta natal del pequeño. Los trazos del padre, Samsón Heine, son más infantiles y enigmáticos, más irreflexivos y ligeros, más blandos y aterciopelados —como contagiados por la suavidad de las telas con que comerciaba—, más acordes con su ingenua aspiración de marciales desfiles, de pelucas rococó, de manos sumergidas en salvado de almendras. Pero no fue de esa mano de mármol veteada de azul, tendida cada mañana para que la besara, ni de la firme mano materna, ahuyentadora de duendes y fantasmas, de las que el niño recibió el fuego de la poesía, el oro de la leyenda y la nieve insoluble de las supersticiones y las magias.

LOS EMISARIOS DE LO DESCONOCIDO 

Hubo un tío, Simón van Geldern, llamado El Caballero o El Oriental. Fichado por la policía de París cómo "rabino y aventurero", armero en África, peregrino visionario en Jerusalén, nigromante, políglota, sibarita, mensajero de la Tierra Prometida, dejó publicado un oratorio en versos franceses y ocultó un libro de notas en caracteres arábigos, sirios, coptos y hebreos, en una misteriosa caja polvorienta. Custodiado por esa mosca azul que acompaña siempre las siestas de la infancia, el Heine niño se refugiaba en el granero y continuaba, más allá de los papeles amarillos, el itinerario del viajero que había desaparecido definitivamente: "Me identifiqué por completo con el hermano de mi abuelo, y me causaba horror tener que sentir al mismo tiempo que yo era otro, que pertenecía a otra época. Surgían lugares que no había visto jamás, Se presentaban situaciones que no hubiera podido adivinar; y, no obstante, movíame en ellas con paso seguro y ardiente decisión." Hubo también una vieja criada que llegó de Münster con una comitiva trasparente de duendes, de ogros y de brujas. Por las noches se deslizaban en el cuarto del niño al conjuro de loa cuentos, las leyendas y las baladas que surgían de aquellos viejos labios con el soplo del miedo y del encantamiento. Y también hubo una bruja que lo inició en el arte de los hondos arcanos, y una sobrina de la bruja, que le haría decir años después: "No sé cómo se es precisamente brujo, pero sí perfectamente cómo se es embrujado". Y hubo sobre todo viajes e indagaciones en lo que no está muerto aunque esté enterrado. De esas aguas sepultadas vivas, que surgen a la menor conmoción, siguió bebiendo Heine a través de las grietas de todos los tiempos. 

EL SIGNO DE LA SANGRE Y DE LA ESPADA 

La muchacha se llama Josefina. Es la hija del verdugo: una estirpe incontaminada que hunde sus raíces en la sangre y florece en negras malezas y maldades. Ella le habla de crueles ceremonias, de extraños banquetes, de sangrientas tradiciones, y ríe y canta bajo la luna con su "voz velada hasta la afonía". "A veces —recuerda Heine—, cuando hablaba, yo me asustaba y creía oírme a mí mismo; y sus cantos me recordaban los sueños en que yo mismo me oía cantar del mismo modo". Un día lo invita a besar una espada que aún no ha cortado cien cabezas. Heinrich la besa a ella. "La besé, no sólo empujado por mi tierno cariño, sino también por mi odio contra la vieja sociedad y todos sus oscuros prejuicios". Josefina se yergue, cruel, corno una espada recorrida por el frío y la llama y ríe con su risa de metal destemplado, de filo traicionero y mellado. En las Memorias de Heinrich Heine esa cabellera que incendiaba los crepúsculos, esa risa de pájaro crispado, esa criatura roja, extraña y salvaje, tiene el valor de un sello y la gravedad de un símbolo, estampados a fuego sobre el porvenir. 

DOS COPIAS EN NEGRO 

El adolescente se ha sumergido sin defensas en el sueño, en el amor, en la poesía. Evidentemente no le falta ninguna condición para el fracaso. La sensata madre se inquieta. El impreciso padre confunde la sal y la pimienta. En 1815, ante la bancarrota económica, Heinrich viaja a Francfort y en seguida a Hamburgo: será aprendiz de comercio y aprendiz de millonario. Será el único fracaso de un gran maestro: su tío Salomón Heine, poderoso banquero, inflexible y oneroso, que tenía "la misma testaruda audacia, la misma infinita blandura de alma y la misma locura incalculable" que el lírico sobrino, pero el tono frío, la frase amarga y la visión estrecha, como corresponde a alguien que cree que dos y dos son, en verdad, cuatro. ¿Y "si se le ocurriese de repente, sentado en su sillón de despacho, que dos y dos son en verdad, cinco, y que ha arrastrado por tanto, a través de su vida entera, un error de cálculo, que ha malgastado su existencia toda en una equivocación abominable"? No se le ocurre. Es el poeta el que ha errado en sus luminosos y esperanzados cálculos. La bella y rubia prima Amelia, "flor de flores, luz de la existencia", lo empuja hacia su "eterno y definitivo infierno" con su menudo pie. La niña rica, hija del todo poderoso Salomón, "envuelta en el fulgor de los diamantes", ofrece besos y sonrisas y se retrae, esquiva, en un peligroso juego de abanico que dura varios años. El pariente pobre se consume en insomnios, en versos y en suspiros. 
La noticia le llega en Goettingen: la "personita sutil, la reina del cielo, tan tierna, tan parecida a las dulces ninfas se ha casado con un honorable y rico ciudadano de Koenisberg". ¡Era el primero de mayo! La primavera se escurría risueña y suavemente verde a través de los campos y del valle. "Y seguirá escurriéndose durante muchos años. El poeta no superará jamás ese infortunio: "Es una vieja historia, pero al que le sucede le parte el corazón". En los Lieder, en Almansor, en Ratcliff, en Atta Troll, la traición de la amada se alza en cada página en forma de sueños espectrales, en visiones de verdugos y cadáveres, en sombras silenciosas que se encuentran en el imperio de las nieblas. 
En 1823 regresa a Hamburgo, "la hermosa cuna de sus sufrimientos", "el bello sepulcro de su paz". "¿Cómo estás?, me preguntaron. Y agregaron enseguida: Tu cara está más pálida. Pregunté por mis amables primas. También pregunté por mi amada, hoy mujer de otro. ¿Sabes? —gritó la primita—, mi perro creció y se volvió rabioso. ¡Lo arrojé al Rin! Cómo ríe esta pequeña. ¡Cómo se parece a su hermana! ¡Los mismos ojos, los mismos pérfidos ojos que me hicieron desdichado!" La primita se llama Teresa. Fue la "nueva locura injertada en la vieja". Esa extraña flor gemela y tardía, esa doble estrella de una conjunción aciaga, duplicó la tiniebla y la desdicha. "La pequeña" también se casa con otro. Entre las muchas huellas de esta repetición patética, encontramos esta: "Quien ama por primera vez sin esperanzas es un dios. Pero quien ama por segunda vez sin esperanzas es un loco. Y ese loco soy yo". Mucho después le dirá a Gérard de Nerval, ese rotundo desventurado: "He sufrido siempre a causa de un amor de juventud, sepultado en mi corazón, que no quiere morir". ¿Cuál? ¿Amalia? ¿Tere-sa? ¿Qué importa? "¡La reine est morte, vive la reine!" En adelante su corazón se enfría por una y se inflama por otra. Serafina, Angélica, Diana, Miriam, son efigies de una misma moneda acuñada en el crisol del sensualismo y del fracaso. Desilusión, melancolía y cansancio son los ingredientes del pesimismo erótico de Heine. 

LA SALIDA DIGNA 

"Era bajo de estatura, endeble, rubio y pálido, sin ningún rasgo sobresaliente en la cara, pero la estructura de esta cara era tan singular que enseguida llamaba  la atención y no se la olvidaba fácilmente. Su carácter era entonces aun blando; no se habían formado todavía las espinas del sarcasmo que cercaron más tarde la rosa de su poesía. El mismo se mostraba más sensible contra la ironía que dispuesto a ejercerla. Los buenos sentimientos de los que luego se reía tan a menudo hallaban eco en su alma", dice un testigo de la mañana dorada de su fama. Ahora está en el mediodía de su gloria y en la medianoche de su infortunio. "Las rosas" de su poesía nacen de una raíz profundamente lastimada. Ha pasado la época de sus estudios de derecho y letras en Bonn y en Goettingen, interviniendo de manera estruendosa en las luchas por las reformas, por la influencia del pueblo en el gobierno de la Magna Alemania; ha frecuentado en Berlín los salones de Rachel Levin, esa "pequeña dama de gran alma", y ha brillado en ellos por su ingenio, su talento, sus arrebatos y sus muchas y vehementes polémicas; ha publicado muchos poemas, su Libro de canciones y parte de sus Imágenes de viaje, con un eco de aplausos y de escándalos; ha establecido relaciones estrechas, enconadas o unilaterales con los grandes personajes de la época; políticamente se ha granjeado las hostilidades de los dos extremos, en su denodado esfuerzo por hallar un centro entre las contradicciones; literariamente alza su protesta contra el destino cristiano y absolutista del romanticismo que lo incluye, tan a pesar suyo. Pasea su inconformismo encarnado en esa "figura paradójicamente esbelta, envuelta en ropajes desaliñados, con una cara pálida, cuadrada, no exenta de huellas de placeres pasados. Recorre Inglaterra, Italia, Alemania, como un viajero que ha descendido la tarde anterior del coche de posta, pasando después una noche accidentada en alguna hostería de la que está a punto de partir. Y parte. Tiempo atrás  ha encontrado una solución, escrita y vital, para encubrir la desdicha y aunar en un chisporroteo las fuerzas opuestas: es el humor, la ironía, el sarcasmo, el cinismo. Contra su pobreza, contra su condición de judío a la intemperie en un tiempo adverso, contra su amor no correspondido, contra su misma capacidad de disfrutar de la vida, contra su desconfianza, contra su orgullo, contra su sensibilidad en llaga viva, contra el sufrimiento, contra el suicidio, emprende ese viaje interior: el salto burlón frente al escollo de lo imposible. Es un juego automático que desconcierta a todos y con el que a veces parece, a su vez, desconcertado. Pero los escollos externos persisten, con aristas y asperezas, y el 19 de mayo de 1831, Heinrich Heine parte y pasa el Rin. 

PARIS SOLAR, PARIS CREPUSCULAR

Recorre París con trozos de Alemania pegados a las suelas de los zapatos. Pero se siente feliz: "Si alguien pregunta cómo me encuentro aquí, díganle: como un pez en el agua, o mejor, díganle a la gente que si en el mar un pez pregunta a otro por su salud, contestará: me encuentro como Heine en París". Frecuenta el salón de la princesa Belgiojoso, conoce a Balzac, a Sue, a George Sand, a Gérard de Nerval, a Víctor Hugo, a Alfred de Vigny, a Musset, a Chopin, a Liszt, a Théophile Gautier. Este dirá después: "He visto a Heine frecuentemente en su mejor época. Tenía el tipo de un dios. Era malo como un diablo, y a todo eso muy bondadoso, se diga lo que se quiera. Me bastaba con escuchar su conversación brillante, pues prodigaba espíritu. Hablaba muy bien el francés; a veces se permitía lanzar sus sarcasmos con un típico acento alemán, tan barroco, que era irresistiblemente cómico". Con él los franceses disfrutan del raro placer de encontrar sentido común en un literato alemán. A los grandes se les revela con grandeza; a los pequeños, con chocante fealdad. 
Es un período de paz, sólo enturbiado por las discordias de los refugiados alemanes, por los fuertes dolores de cabeza y las cavilaciones crepusculares. En octubre de 1834, entre los pensamientos nocturnos, se abre paso un fulgor de París, vivaz, inquieto, que llega con el perfume silvestre y natural de las húmedas  violetas : es Matilde Mirat. Tiene diecinueve años y trabaja como vendedora de su casa, en Seine-et-Marne, y no sabe leer ni escribir. Se enamora de Heine más allá de las letras y del talento. Él se hace cargo de su educación: "A esta maravillosa criatura la he metido en un internado .para señoritas, fuera de París, en los arrabales: hoy hay baile. ¡Tenéis que venir para ver bailar a mi Matilde", invita a sus amigos. En una carta a otro, habla de su "Nonotte", de su "pobre palomita": "Sus mejillas de rosa bullen en torno mío; mi cerebro no cesa de sentir la embriaguez de una violentísima fragancia de flores. No soy capaz de conversar razonablemente. ¿Ha leído usted el Cantar de los Cantares de Salomón? Pues bien, vuelva a leerlo y busque en él lo que yo podría decirle hoy." Esta Sulamita, tan vegetal, era encantadora y caprichosa. Tenía accesos de rabia en los que se aferraba de su amado y lo arrastraba, y ambos se revolcaban chillando sobre las alfombras. Pasaba sin transición del llanto más desgarrador a la risa más estrepitosa. Las escenas de brusca rebelión infantil terminaban en ternuras acariciadoras, en apasionadas y explosivas reconciliaciones. Ambos vivían en un vaivén, en una marea envolvente que arrasaba con todas las opacas costumbres, con todos los residuos de posibles hastíos, con todas las borras del pasado. 
En 1841 se casaron. "Con su buen humor popular y su fuerza desenfrenada, con su concentración incondicional sobre este único hombre cuya existencia llenaba su cerebro, dejando un pequeño rincón para el atavío femenino" y para el loro, esta "gata montera" —como a sí misma se designaba—ligó a Heine hasta el fin de su vida con lazos elementales y quemantes. Tal vez el poeta se haya rebelado alguna vez al poder de esta atadura, tal vez lo haya hecho por celos —por celos mató al loro y hubo que comprar otro—, tal vez por contradicción entre las dos mitades de su ser escindido. Lo cierto es que dijo: "¡Dura cruz! Yo la arrastro siempre resignado. Sabe, ¡oh, mujer!, que el amarte es para mí la expiación". 

OTRAS PUERTAS SE ABREN 

Mientras tanto su destierro voluntario se iba convirtiendo en un encierro. En Alemania no sólo gravitaban prohibiciones sobre sus libros; también la policía tomaba medidas contra su persona. El encono, la indignación, la furia, lo perseguían en París en forma de espías. A las acusaciones de "blasfemo", "astuto", "anticristiano"; siguen las de "traidor" a todas las causas. 
A medida que Alemania le cierra las puertas otra enemiga implacable le va abriendo cruelmente las de su morada. Sus primeros anuncios fueron leves: dolores de cabeza, sensibilidad a los ruidos y a la ley. En 1842 dos dedos de su mano izquierda amanecieron un día paralizados. Otro día, para abrir los ojos debe levantar los párpados con los dedos. En seguida se paraliza la mitad de su cuerpo. Hasta 1847, con mejoras y recaídas, logra huir de su perseguidora. A partir de entonces lo retiene encerrado. Heine escribe tendido en el suelo, sobre una alfombra, para deslizarse hacia los objetos que necesita. Recibe a sus amigos y continúa bromeando. No puede comer "sino con un lado", no puede llorar "sino con un ojo", pero su corazón está intacto para recibir la última imagen del amor. Hasta su "sepulcro acolchado" llega madame Krinitz, "La Mouche" —la mosca, por la figura grabada en su sortija—. Matilde accede a esas entrevistas en que se habla de amor, se suspira, las manos se enlazan y murmuran promesas imposibles. 

El 17 de febrero de 1856, cuando llega la "desagradable rata alemana", Heinrich Heine murió pidiendo papel y lápiz.  Madame Krinitz, "La Mouche", Camila Selden —con este nombre publicará "Los últimos días de Heinrich Heine"— verá en cada aniversario una figura negra, la sombra de un insecto gigantesco empeñado en alcanzar la luz, el aire libre. Los libros del poeta serán quemados; sus monumentos manchados, derribados, encerrados en jaulas; su memoria, escarnecida. Pero su espíritu alcanzó la libertad y su palabra la gloria.  

lunes, 24 de octubre de 2016

Las pobres mujeres (Valentine Charpentier) -parte 3-




Hubertine Auclert y su periódico La ciudadana



Rebelión en el corral

“Es más fácil acusar a un sexo que excusar al otro” asegura Montaigne. Y así es. Para disminuir a la mujer – a quien se le cuestionó inclusive la posesión de un alma- los hombres han recurrido a la teología, a la religión, a la psicología experimental, a la biología y a la mala fe.
Las escasas protestas y las restringidas libertades que se alzaron a lo largo de los siglos fueron acalladas siempre por las tres K que Hitler formuló sabiamente: “Küche, Kinder, Kirche” (cocina, niños, iglesia).
La Revolución Francesa tuvo en cuenta la situación de algunos segregados y completó la Declaración de los Derechos del Hombre con estos postulados: “La mujer nace libre y tiene los mismos derechos que el hombre. También el de oponerse contra la opresión. Es Estado se asienta sobre una comunidad de hombres y mujeres y la legislación debe ser una manifestación de esta colaboración. Todos los ciudadanos y ciudadanas pueden acceder a asignaciones oficiales y a distinciones profesionales. Una mujer tiene el derecho de ser ejecutada. También ha de tener el derecho de ser ministro de Estado”.
No fue ministro de Estado, pero ejerció con toda liberalidad el derecho de ser ejecutada. En cuanto al de “oponerse contra la opresión”, después del leve respiro del romanticismo que soltó su talle, la mujer entró con más encarnizamiento que antes en los rígidos corsets: llegó a dormir con él y a mutilarse las dos últimas costillas para hacer calzar su cintura con milimétrica exactitud en las manos de su amado. Si su protesta se tradujo en palidez, alimentada por la falta de alimento y por poderosas dosis de vinagre, es conveniente aclarar que pasó inadvertida o fue interpretada como un esforzado impulso hacia la espiritualidad, cuando no como síntoma de la anemia o la fatal tuberculosis.
Fue necesario que Stuart Mill escribiera su ensayo “Del sometimiento de la mujer” y alzara la voz en el Parlamento inglés en favor del voto femenino, en junio de 1866, para que Mrs Fawcett organizara a las inglesas y Marie Deraismes a las francesas con tentativas de emancipación, en manifestaciones que alzaron agudas voces destempladas y recogieron ecos del chillido en varios idiomas a lo largo de muchas décadas. Allí estaba Hubertine Auclert imprimiendo el periódico La Ciudadana, Elizabeth Wolstenholme aullando que era la catecúmena de una nueva religión y escribiendo una guía de educación sexual llamada “La flor humana”, la señora y las señoritas Pankhurts decididas a ir a la cárcel y a ayunar, Anne Kenney, Miss Malony y tantas otras. Nadie puede dejar de ver a Miss Matters, que asciende en globo sobre Londres y la empapela con protestas de todos los colores, balanceándose como una estrafalaria aparición a dos mil quinientos pies de altura. Es en vano que se les conteste que la mujer debe optar entre ser “ama de casa o cortesana”, “que se mantenga en su pedestal, que no descienda”. Miss Matters no desciende, y las demás trepan a los pedestales de las estatuas, agitan paraguas, banderas del color de la esperanza: queman casas, levantan plataformas de cajones, apedrean a la policía. Claman por la unión libre, por su derecho al cuarto oscuro y por sentarse en las bancas parlamentarias.
Mientras tanto, algunas señoras que padecían uniones forzadas salían de sus cuartos claros para ir a sentarse en la sala de espera de algún médico. Se habían permitido tener “sensaciones indebidas”, vergonzosas satisfacciones sexuales con sus escandalizados maridos. El galeno aligeraba sus conciencias con alusión a algún remoto antepasado bárbaro. Había que combatir la fuerza del ancestro, había que calmarla con gimnasia, baños fríos y preocupaciones intelectuales.

¿Hacia dónde vamos?

A la larga, las pedradas de las sufragistas dieron en el blanco. La psicología liberó de las inhibiciones las mentes femeninas. La fisiología autorizó plenamente las reacciones naturales y hasta las que no lo son. Las universidades abrieron sus puertas y les dejaron lugar en sus estrados. Los ministerios y las cortes de justicia las adornaron con la severidad de sus investiduras. Las conquistas sociales les reconocieron derechos equivalentes a los del hombre. Algunas han llegado a gobernar. El progreso ha sido gradual.
Ahora las piedras llueven cada vez con mayor virulencia. Las integrantes del Movimiento de Liberación Femenina y otras agrupaciones análogas rompen las vidrieras de la pasividad, del acatamiento, del conformismo y de la complicidad con el mundo patriarcal. En Estados Unidos, en Inglaterra, en Alemania,en Bélgica, en Holanda y en los países escandinavos “las mujeres infernales” queman corpiños, proclaman “la libertad de sus vientres”, renuncian al trabajo doméstico, pisotean los cosméticos, vociferan contra las tiras televisivas que exaltan el eterno femenino y contra la publicidad erótica que las convierte en productos, pellizcan las nalgas de los insolentes, derriban a los gendarmes con pases de judo y de karate, exigen la jornada de veinte horas semanales y la equiparación con los salarios masculinos.
¿Quién puede predecir los resultados de esta lucha desaforada y a veces incongruente por una libertad y una igualdad sin fraternidad?
El hombre es juez y parte. La mujer también.

A falta de árbitros, tal vez haya que apelar por fin al “ser humano”.

domingo, 23 de octubre de 2016

Las pobres mujeres (Valentine Charpentier) -parte 2-






Los lazos encantadores

Las egipcias que exhiben su perfil en armoniosos frisos, como espiando de reojo el juicio de la posteridad, nos muestran al mismo tiempo su incuestionada honradez, pues aquellas que observaban con menos disimulo una conducta reprensible se les cortaba la nariz. En general se las representa sentadas en tronos o en sitios de honor en los banquetes, adornadas con joyas y con flores, y no es raro que hombres que dan la cara aparezcan dedicados a trabajos domésticos, ordeñando las vacas o preparando el alimento. Sófocles y Heródoto afirman que muchos maridos se quedaban tejiendo en sus casas mientras las mujeres se dedicaban al comercio, a la música, a los juegos de equilibrio y a los ejercicios de fuerza. Se ignora si ellas defendieron sus privilegios con la aplicación hogareña de estos últimos o si fue una concesión deferente de sus buenos hermanos.
Por la ley del Talmud la esposa judía debe “moler el trigo, cocer el pan, lavar la ropa, amamantar a los hijos, hacer la cama y trabajar la lana”, “pues la ociosidad engendra malos pensamientos”.
A riesgo de que el marido la abandone, no puede reírse con mancebos ni pasear por la plaza con los brazos desnudos o la cabeza descubierta, extravagancia que ni siquiera podría ocurrírsele a la mujer ortodoxa, que se rapa la cabeza para la boda y se coloca para siempre una espantosa peluca de urraca, insufrible para todo aquel que no sea su marido. Este, perversamente imaginativo, ve en esa pelambre hirsuta y de color abominable el símbolo de la fidelidad y la virtud. ¿Qué remedio le queda a la fanática judía?. Sumergirse en la casa que solo puede abandonar definitivamente en caso de lepra, de epilepsia o cuando “se la maltrata con exceso”.
No es extraño que él díga en sus oraciones: "Bendito sea Dios nuestro Señor y Señor de todos los mundos, por no haberme hecho mujer", y ella, la resignada: "Bendito sea el Señor, que me ha creado según su voluntad". En Grecia la joven virtuosa, criada en el gineceo —aposentos femeninos  no hollados jamás por pisadas extrañas— ingresa digna y erguida, supliendo su ignorancia con la souplesse de los drapeados, en una rígida situación matrimonial, y continúa hilando, tejiendo o bordando, dirigiendo a las criadas y lavando en el río. Se sienta en "un sitial elevado al lado del esposo", que regresa de algún platónico o sospechoso encuentro con algún apolíneo adolescente, o de hacer vida social y de la otra con la cultivada hetaira. Esta no es una prostituta de las muchas que abundan, sino una mezcla de cortesana e intelectual, una virtuosa en el arte de vivir desconocido por las virtuosas damas iletradas. "Tenemos hetairas para los placeres det espíritu, rameras para el placer de los sentidos y esposas para darnos hijos" dice Demóstenes con la boca llena de guijarros.
 Se dice que las mujeres romanas eran dueñas de una libertad y de una majestad extraordinarias, y que contaron también con el apoyo de Musonius Rufus, un teórico del feminismo antiguo, con el silencio y la devoción de los perturbadores esclavos y con las críticas del didáctico Ovidio, quien asegura que sólo son castas las que no pueden atraer a nadie.
Sin duda estas prebendas femeninas sólo se ejercerían durante las numerosas guerras y las consecuentes ausencias de los amos del hogar ya que fue precisamente Roma la que impuso la patria potestas, ley que convertía a la mujer y a los hijos en bienes muebles y eximía al marido y padre de toda culpa en el caso de que sintiera el caprichoso impulso de exterminarlos. Las matronas que se destacaron – y son numerosas- han de haberse abierto paso a los codazos y a fuertes golpes de caderas para entrar en la historia y salir de sus casas, puesto que el género femenino era una prolongación de otras telas hogareñas, sin utilidad ni participación en recintos públicos y oficiales y su status se denominaba imbecillitas.
Para los musulmanes “la mujer es una fuente de untuosas delicias, lo mismo que las frutas, las confituras, las masas sustanciosas y los aceites perfumados”; este manjar almibarado los espera en forma de hurí para sumergirlos en las voluptuosidades del paraíso mahometano. En la tierra están algo restringidos. El Corán les aconseja no tener más de cuatro mujeres, a las que pueden privar en caso de descontento, de la sal, de la pimienta y del vinagre. La mujer acata la voluntad de su dueño, silenciosa y velada, porque “los hombres son superiores a causa de las cualidades por las cuales Dios les ha dado la preeminencia”.
En la India las leyes de Manú son generosas: liberan a la mujer de todos los dilemas de la elección. “Sea soltera o casada, o vieja, nunca debe hacer nada de su propia voluntad, ni siquiera en su casa. Si muere el jefe del hogar, dependerá de hijos o parientes, pero nunca se gobernará a su antojo”
La mujer no tiene el derecho de sentarse a la mesa con su marido “pero está autorizada a comer lo que éste le deje”, y lo mejor que puede hacer es tratar de agradarle con la obediencia más absoluta, aunque él sea “contrahecho, viejo, enfermo, repulsivo, grosero, violento, licencioso, borracho y jugador”. Mientras “el dios de la esposa” está ausente, ese dechado de paciencia no debe ponerse aceite en la cabeza, ni limpiarse los dientes, ni roerse las uñas, ni acostarse en su cama, ni comer más de una vez al día. Ese estado de dicha suprema suele estarle prometido a la niña – sobre todo si tiene dientes menudos y la apostura de un cisne o de un pequeño elefante- desde su más tierna infancia. Aparte del privilegio del tejido, del cultivo del opio, de la extracción del carbón y las labores de riego, el previsor marido reserva a la esposa una última deferencia: la de arder en la misma llama. La viuda que se arroja en la pira mortuoria irá a habitar en el mismo cielo que su magnánimo señor, unos treinta y cinco millones de años. De lo contrario, como el nirvana no admite más que seres masculinos, tendrá que esperar otras transmigraciones hasta “merecer convertirse en un hombre”.
En China, el advenimiento de una niña del sexo femenino es saludado como “la teja que cae en la cabeza” y los padres suelen liberarse de esa incomodidad sumergiendo la de ella en un lebrillo de agua y teniéndola colgada por los pies hasta lograr la total asfixia. En el libro del Kiang-nau-tie-lei-tu-sin-pien se lee que “ en las aldeas muchas gentes practican la costumbre de asfixiar a las niñas y llegan hasta el extremo de ahogar a los muchachos”; otra obra moral ataca esta perniciosa costumbre: Cuentos con láminas para disuadir a los padres de que ahoguen a sus hijas. Las que sobrevivan se prepararán para la seducción con “pies de lirio”, asegurados mediante un vendaje muy apretado que mantiene doblados sobre la planta cuatro dedos. Gracias al balanceo de los brazos y al equilibrio sobre los talones, la china se desliza “cual pájaro ligero que corre batiendo las alas para atrapar el dorado insecto que pasa por delante”. Más le valdría dejarlo pasar, porque el marido chino tiene el derecho de pegar a su mujer, siempre que no le produzca fracturas, y el que no lo hiciere cuando las situaciones lo autorizan, puede ser considerado torpe o negligente. Flor de Jazmín, Luna Plateada, Suave Perfume o Sombra de las Nacientes Lilas- la cortesía se agota totalmente en el lenguaje-debe someterse con gratitud a este derecho de corrección, sin olvidar jamás que “es la pobre tonta de la casa” y que “el esposo es el cielo de la esposa” en el Celeste Imperio, donde el cielo es un espejo bruñido que jamás se empaña.
En el Imperio del Sol Naciente sucede algo semejante, y la esposa, que ha tenido la delicada atención de afeitarse las cejas y de ennegrecerse los dientes para agradar a su exquisito señor, es la primera que se levanta y la última que se acuesta sin chistar, pues basta que “hable con la locuacidad de un papagayo” para que sea repudiada por su exigente marido.
En algunas tribus de Argelia el recién casado coloca en la tienda, junto a la recién desposada, un grueso garrote, a manera de amable símbolo hogareño. Y en Tlemacén le pisa con redundante fuerza el pie derecho para recordarle su futura y definitiva condición.
Los persas afirman que “toda doncella que se niegue a tomar esposo irá fatalmente a habitar las regiones infernales, sea cual fuere la excelencia de sus obras”. Si no se niega, su destino es más o menos semejante. “Ha de venerar a su marido; ha de presentarse todas las mañanas delante de él como ante un juez, de pie y con las manos debajo de las axilas en señal de sumisión; se inclinará y llevará tres veces las manos desde su frente al suelo, luego tomará órdenes, y en seguida irá a ejecutarlas”.
Quienes reprochan aún a las mujeres haber elegido el matrimonio como la más fácil de las carreras han omitido referirse a su ceguera, a su masoquismo, a su heroicidad o a su ambición. Desmedida ambición: “el matrimonio eleva a la mujer al acercarla al hombre”.

Cuerpos brujos

La Mujer, la Madre ancestral, ha sido venerada y temida en todos los tiempos. Esencial e irremplazable, como el Mal frente al Bien, la Tiniebla frente a la Luz, La Luna o la Tierra frente al Sol, ocupa el lugar del misterio insondable desde las más remotas cosmogonías.
Las funciones asombrosas de su cuerpo hacen que su potencia se afirme dentro y fuera de este reino, provocando el estupor y el resentimiento de los hombres.
Por si no bastara Eva, una antigua leyenda hebrea de la Creación ilustra el encono masculino hacia los naturales y exclusivos poderes femeninos. Cuenta aquella que Adán, antes de perder su costilla, tenía una hermana gemela que era, a la vez, su esposa: Lilith. Esta no le concedía ninguna superioridad y se negaba a ser su sierva. Arrojada del Paraíso se convirtió en un monstruo, en un vampiro que atacaba a los hombres mientras dormían y los forzaba a tener relaciones sexuales con ella. Especialmente malvada con los niños- se negó a tenerlos de Adán-engendró con el ángel caído Sammael tres mosntruos de cuerpo humano con cuartos traseros de asno y alas de esfinge. Perdió su categoría de mujer y se convirtió en la primera bruja.
Esta leyenda, según Leopold Stein, fue uno de los esfuerzos que los hombres hicieron por liberarse de la madre mágica que proyectan en toda mujer. Muchas otras represalias y castigos le sigueron.
Frente a los primeros síntomas que convertían a una niña en mujer, no sólo algunos pueblos reaccionaban declarándolas impuras o satánicas y sepultándolas hasta el cuello o aislándolas como a animales infectos, sino que la leyenda cubrió en algunas épocas todo el esclarecido mundo. Plinio mismo dice en su Historia Natural. “La mujer en ese estado agría con su proximidad el vino nuevo, las semillas que toca se esterilizan, los renuevos tiernos perecen, las flores del jardín se mustian y los frutos del árbol bajo el cual ella se sienta caen. A su sola mirada se empaña el resplandor de los espejos, se embota el filo de la espada, pierden su brillo los marfiles, mueren los enjambres; hasta el bronce y el hierro se enmohecen y contraen un repugnante hedor. El betún, que por naturaleza se pega a todo lo que toca y que, en ciertas épocas del año sobrenada en el lago Asfaltites de Judea, no puede romperse sino con un hilo bañado en este virus. Hasta las hormigas, animales minúsculos, cuando padecen su propia influencia, arrojan los granos que transportan y no los vuelven a recoger jamás”. Aún ahora hay señoras que, conscientes de este poder, no tocan flores ni plantas en “sus días inevitables”, para no marchitarlas; no usan perlas para no empañarlas, ni baten mayonesas para no cortarlas. ¡Bienaventuradas las que oyeron y creyeron!
La fuerza mágica de la mujer, a pesar de que Cristo fuera feminista, parece haber sido admitida, con el consiguiente horror, por los Padres de la Iglesia. San Pablo es un gran detractor. San Ambrosio, San Juan Crisóstomo y San Máximo no se le quedan atrás. Tertuliano sienta el gran corolario al llamarla “Templo edificado sobre cloacas”. Es la corporización de la peor de todas las tentaciones: el demonio de la carne.
En la Edad Media, mientras el hombre va a liberar con las Cruzadas el Santo Sepulcro, la virtuosa castellana se mantiene como “unidad sellada” gracias a los torturantes cinturones de castidad. Es inaccesible, es tan forzosamente lejana e intocable como un ángel en el ánimo de los trovadores, es una estrella y una musa que recibe el homenaje de la canción, las flores y el suspiro. Pero hay otras: las brujas, que asumen todo el vaho del encierro y lo ponen a hervir en los calderos. El Malleus Maleficarum es una extraordinaria guía, mezcla de tratado de misoginia y de manual del FBI que practica el indentikit más indiscutible para encontrarlas. Los inquisidores hacen el resto. La bruja tiene estampada alguna marca de su pacto con el diablo en algún lugar del cuerpo (lunar, cicatriz, verruga, mancha o cualquier otra particularidad que se le encuentre); es incapaz de llorar; posee zonas insensibles; no tiene sombra porque la ha vendido y la sombra es el alma; evita los deberes conyugales y tiene relaciones con el diablo; niega en la hoguera para encubrir al gran perverso; no es sumisa, ni inocente, ni espiritual; usa filtros para hechizar a los incautos con deseos que jamás podrán satisfacer; arruina las viñas, las pasturas y las cosechas; provoca cataclismos y tormentas. Es un buen combustible. Alimentó enormes incendios hasta fines del siglo xvii y algunas fogatas aisladas aún después.
Su enigma sin embargo, no fue descifrado ni consumido en esos fuegos. Aún ahora, sus mecanismos primordiales, ese ser que engendra, alumbra y amamanta, continúa siendo un interrogante, una fuerza opuesta, instintiva y ciega.
El sexoi masculino no es mero sexo. Inclusive el “macho” oscuro y elemental asume esa designación con el agregado del coraje, de la integridad, de la fuerza, y la nobleza, pero ve en la “hembra” oscura y elemental una zarabanda de representaciones amenazadoras. “Monstruosa y cebada, la reina de las termitas impera sobre los machos esclavizados: la manta religiosa y la araña, hartas de amor, trituran a su compañero y se lo devoran; la perra en celo corre por las callejuelas, dejando detrás de sí una estela perversa; la mona se exhibe impúdicamente y se niega con hipócrita coquetería; las fieras más soberbias – la tigresa, la leona y la pantera-, se acuestan servilmente bajo el abrazo imperial del macho.

Inerte, impaciente, astuta, estúpida, insensible, lúbrica, feroz o humillada: el hombre provoca en la mujer a todas las hembras a la vez”, dice Simone de Beaivoir.

Las pobres mujeres (Valentine Charpentier) - parte 1 -

1970 (Gran Bretaña): Las representantes del Movimiento de Liberación de la Mujer invaden la celebración del concurso de Miss Mundo, con sacos de harina,


en Claudia 171 (agosto 1971)

Los hombres asentaron sus dominios sobre la fragilidad, la delicadeza, la timidez y el sometimiento de sus encantadoras compañeras. La leve mariposa, la recatada gacela, la tierna flor se ha convertido ahora… en un tábano zumbador, en una pantera terrible, en una hiriente zarza. Las mujeres aúllan, braman, vociferan y tratan de someter a sus azorados compañeros, rebelándose contra las “fatalidades” de la especie.

La mujer, puerta del diablo, camino de maldad, mordedura de escorpión, sexo dañosísimo que donde se acerca enciende fuego, perdición del hombre, tempestad de una casa, cautiverio de vidas, bestia voraz, tentación ordinaria, peligro continuo en los lugares poblados, es la que introdujo el pecado en todos los hijos de Adán y la causa de la muerte del género humano. Tal es la opinión de algunos ascetas que no la conocieron.
La mujer, espejo de amor, hierba del paraíso, fuente de felicidad, nido de encantamiento para el corazón, perfume de miel, alegría y consuelo de los entristecidos, canción del ruiseñor, rocío de las lilas, cielo de los ojos, consolación eterna y angelical alimento para el alma, es la que enseña la virtud a los hijos de Adán y la inmaculada madre del género humano. Tal es la opinión de algunos mundanos que también la ignoraron.
Entre aquella Eva tentadora y esta Señora inefable, la imaginería pública y privada desliza una infinita sucesión de estampas: Caperucita Roja, la bruja, la tigresa, Cenicienta, la loba romana, las vírgenes fatuas, Alicia en el País de las Maravillas, la triunfadora de mañana, la mujercita que lustra y da esplendor, el hombre imperfecto, la columna del hogar, etc.
Pero desde la roca rupestre hasta el afiche vendedor, la mujer sonríe misteriosamente, impenetrable y lejana como un Buda, ante los diversos abismos que los hombres excavan en su honor.
¿Estará empollando desde el comienzo de los siglos el huevo dorado de la liberación?

El segundo sexo

Los más sagaces antropólogos han definido a la mujer como “el segundo animal de la creación, después del hombre”, y son muchos los que desde el comienzo del mundo se han preocupado por fortalecer y mantener vigente y actualizada tan honorable aseveración. Los méritos sobran.
Frente al hombre que vencía al león y la arrastraba por el pelo a la caverna, verificando ya la segunda parte de la frase de Shopehauer (“la mujer es un animal de ideas cortas y cabellos largos”) y tratando de imponer la primera, su compañera de lucha renunció de antemano a todo privilegio en el reino animal ingresando automáticamente en el muestrario de las sustancias útiles, aleatorias e indeterminadas.
“Porosa, maleable, dúctil, inodora” fueron tal vez sus condiciones más preciadas, condiciones del reino mineral que prefiguran su mentada arcilla sobre la cual los hombres estamparon sus manos, sus pies y su firma desde la Edad de Piedra.

¿Desde cuándo y cómo esta poseedora de cuantiosas costillas – y a su vez mero hueso supernumerario- asumió su papel de tenaz luchadora contra el polvo, de alquimista del fogón, de grácil abeja laboriosa o de adorno del hogar? El proceso desde la comunidad libre, o no tan libre, hasta la constitución de la familia es una mera conjetura. Necesidad de refrenar la sexualidad (ventaja masculina), evolución desde la promiscuidad hasta la particularidad (exigencia masculina), transformación del ritual público en unión privada (exención masculina), identificación de la paternidad (fatuidad masculina), herencia de tierras y de bienes (privilegios mutuos) son algunos de los muchos elementos que sustentan las infinitas e incomprobables hipótesis. Una simple suma de los mismos determina las prerrogativas del hombre y ofrece la constante de un corolario asfixiante e invariable: la sumisión de la mujer en su estado sólido o vaporoso.

Los trece dineros

Dejando de lado las acotaciones partidistas o perversas, se puede definir el matrimonio como “ una unión socialmente reconocida entre dos personas de sexo opuesto -¡ojo! no complementario- sobre la base de un contrato que establece deberes y derechos mutuos”, a los cuales hay que resignarse por amor, por prejuicio o por inadvertencia. En las sociedades más primitivas la compra de la esposa es evidente: la tradición y el derecho hablan de "el precio de la novia". La mujer propia es un instrumento canjeable por bueyes, por armas, por tierras u otras pertenencias cuyo valor se estime equivalente, y sólo razones económicas limitan la poligamia. San Jerónimo ha levantado una indignada y nada cortés pro-testa contra la impremeditación que siempre acarrea amargos errores: "¡No! —exclama con vehemencia agitando su barba— no se escoge a la mujer sino que se la toma a ciegas tal cual es. ¿Es la esposa colérica, necia o repulsiva? ¿Y esto se averigua después de la boda? Antes de comprar un caballo, un asno, un mueble, un traje, un utensilio, todo el mundo quiere saber qué es lo que compra, y únicamente cuando se trata de la esposa se prescinde de ello, como si se temiera que el novio se cansara de su compañera antes de otorgarle definitivamente su mano." En cambio, en las sociedades más avanzadas, donde es la mujer la que otorga su mano —en general su mano de obra—, lleva en la misma una indemnización para el damnificado, indemnización que se denomina "dote". Los trámites y los símbolos de la compra y la gratificación que sella el compromiso son innumerables. Entre los antiguos beduinos de Siria las jóvenes casaderas acudían a la plaza pública envueltas en sus mejores galas, y desfilaban acompañando pregones de este tipo: "¿Quién quiere comprar a esta muchacha?". En Bengala una doncella costaba de tres a catorce rupias, pero la cifra podía cambiarse por su equivalente en arroz o en ganado. Las del Nilo superior costaban diez platos de hierro y veinte lanzas. En Grecia bastaba una vaca; entre los turcomanos unos cincuenta camellos; la ley sajona era precisa y fijaba el precio en trescientos sueldos; en la Edad Media el novio entregaba generalmente trece dineros, y aun cuando el futuro Luis XVI se casó con María Antonieta (en 1770) “tomó trece monedas de oro de mano del obispo de Reims para entregárselas a su novia junto con una sortija”. Mala suerte. En nuestros días, en muchos lugares de Europa, el sacerdote bendice una moneda en el acto del matrimonio como reminiscencia de las viejas tradiciones. En diversos lugares de Oriente, tribus africanas y congregaciones indígenas, no existen simulacros morbosos. El tráfico todavía es real.
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