sábado, 14 de marzo de 2020

#OlgaOrozco2020: Olga Orozco: en este mundo y más allá por Silvina Friera para Página/12



14 de marzo de 2020

En el centenario del nacimiento de la poeta
Olga Orozco, el recuerdo y un tributo

Este martes, a las 10 de la mañana, se realizará un homenaje dedicado a la autora de Con esta boca, en este mundo en la Casa Museo Olga Orozco de Toay. Se podrá ver por streaming.

 
Olga Orozco murió en 1999, pero su obra continúa vigente. 
Olga Orozco murió en 1999, pero su obra continúa vigente.  
Imagen: Gentileza Casa Museo Olga Orozco


“Yo, Olga Orozco, desde tu corazón digo a todos que muero”. Su voz grave acompaña a sus lectores con la palabra como “peste pertinaz”. Sus poemas oceánicos, acentuados por el ritmo de los versos endecasílabos y heptasílabos, más vivos que nunca, retumban y se propagan más allá de la página, arrebatados a la oscuridad –que ella creía que está siempre habitada-. En el centenario de su nacimiento, el triunfo de Orozco, parafraseando un título de uno de sus poemas más emblemáticos, se materializa “con esta boca, en este mundo”. Plegarias, conjuros y mágicos sortilegios se desplegarán para invocar a la hechicera o médium de la poesía argentina, la alquimista que nació el 17 de marzo de 1920 en Toay (La Pampa), con el sol en Piscis y ascendente en Acuario; una mujer de mirada tan intensa y magnética que parecía de otro mundo. Este martes, a las 10 de la mañana, se realizará un homenaje a la poeta en la Casa Museo Olga Orozco de Toay, que se podrá ver por streaming.
Olga Nilda Gugliotta –el nombre y apellido completo de la hechicera- era la hija menor del siciliano Carmelo Gugliotta y la argentina Cecilia Orozco. La familia se mudó en 1928 a Bahía Blanca; siete años después, en 1935, se estableció en Buenos Aires. Lectora voraz que empezó a escribir y a tirar el Tarot cuando era una adolescente, Orozco fue maestra y estudió la carrera de Letras, aunque no la terminó. La muerte, como “tema” en sus poemas, emerge muy tempranamente en su primer libro Desde lejos (1946) y se extiende como una mancha, una sombra, o un fantasma, hacia el resto de sus libros de poemas: Las muertes (1952), Los juegos peligrosos (1962), Museo salvaje (1974), Cantos a Berenice (1977), Mutaciones de la realidad (1979), La noche a la deriva (1983), En el revés del cielo (1987) y Con esta boca, en este mundo (1994); también merodea en sus relatos La oscuridad es otro sol (1967) y También la luz es un abismo (1975). “He aquí unos muertos cuyos huesos no blanqueará la lluvia,/ lápidas donde nunca ha resonado el golpe tormentoso de la piel del lagarto,/ inscripciones que nadie recorrerá encendiendo la luz de alguna lágrima;/ arena sin pisadas en todas las memorias./ Son los muertos sin flores./ No nos legaron cartas, ni alianzas, ni retratos./ Ningún trofeo heroico atestigua la gloria o el oprobio”, se lee en “Las muertes”.

La emisaria de otro mundo

“Cuando chica era enana y era ciega en la oscuridad. Ansiaba ser sonámbula con cofia de puntillas, pero mi voluntad fue débil, como está señalado en la primera falange de mi pulgar, y desistí después de algunas caídas sin fondo. Desde muy pequeña me acosaron las gitanas, los emisarios de otros mundos que dejaban mensajes cifrados debajo de mi almohada, el basilisco, las fiebres persistentes y los ladrones de niños, que a veces llegaban sin haberse ido”, cuenta en “Anotaciones para una autobiografía”. “No tengo descendientes –confiesa en ese texto–. Mi historia está tatuada en mis manos y en las manos con que otros me tatuaron. Mi heredad son algunas posesiones subterráneas que desembocan en las nubes. Circulo por ellas en berlina con algún abuelo enmascarado entre manadas de caballos blancos y paisajes giratorios como biombos. Algunas veces un tren atraviesa mi cuarto y debo levantarme a deshoras para dejarlo pasar. En la última ventanilla está mi madre y me arroja un ramito de nomeolvides”.

La obra de Orozco imprime una marca tan intensa como indeleble sobre el rostro de la poesía argentina. Desde sus primeros pasos como poeta, se vinculó con Oliverio Girondo y Norah Lange, y fue la única mujer que participó en el grupo de poetas que se aglutinaron en torno a la revista Canto, que reunía a la llamada “generación del 40”. En 1955 conoció a Alejandra Pizarnik, de la que fue una suerte de “madrina literaria” y amiga. No se puede soslayar la tendencia surrealista en su poesía, que resonaba, con diversidad de registros, también en otros poetas como Girondo, César Fernández Moreno, Enrique Molina, Alberto Girri y Joaquín Giannuzzi. La conexión con el mundo de la magia y la videncia, esa especie de don de la adivinación, se derrama intensamente en sus poemas. Ella estaba convencida de que el poeta “escarba en lo desconocido, escarba en lo que no tiene explicación lógica”; por eso en sus versos-cataratas se multiplican talismanes, rituales, brujerías, encantamientos y oráculos; un “legado” que recibe de su abuela materna, “esa hechicera blanca que heredó en cada piedra un altar de los druidas” y “encendía las lámparas de un soplo”, que tenía una concepción animista del mundo: los objetos estaban siempre al acecho para ayudar o condenar, para proteger o lastimar. “Los objetos adquieren una intención secreta en esta hora que presagia/ el abismo./ Exhalan cierto brillo de utensilios hechos para la enajenación y el/ extravío,/ contienen el aliento para el ataque indescifrable,/ transforman sus oficios en esta exasperada, malsana geometría del/ suspenso”, proclama en el poema “Objetos al acecho”. La radio resultó una especie de ámbito natural para esa voz tan singular; entró a Radio Municipal en 1947 para hacer comentarios de teatro y cuando la escucharon –cómo no rendirse al conjuro que generaba ese timbre orozquiano- la contrataron como actriz de radioteatro. En la revista Claudia escribió notas con distintos seudónimos entre 1964 y 1974: Valeria Guzmán, para el correo sentimental de las lectoras; Sergio Medina, para las notas sobre las estrellas de Hollywood; Richard Reiner, para los textos esotéricos; Elena Prado o Carlota Ezcurra, para los artículos de vida social; Jorge Videla, para notas de tango; y Valentine Charpentier, para escritos biográficos o de viajes, entre otros.

Las palabras al trasluz

La impronta surrealista que se apodera de la poesía de Orozco, plantea Tamara Kamenszain en el prólogo de Poesía Completa (Adriana Hidalgo), se inscribe sobre lo que retorna en forma compulsiva, “son los seres que fui los que me aguardan”, dando cuenta de los avatares de una subjetividad. “Lo que Orozco comparte con el surrealismo es un asombro en relación con el descubrimiento del inconsciente. Ese que Breton, diferenciándose de Freud, definió como campo magnético de asociaciones cuyo registro se logra a través de medios automáticos”, subraya la prologuista. “Imbuida de ese asombro que multiplica la que fui en una diversidad de seres –todos en uno repitiendo los mismos llantos, los mismos deseos, los mismos ademanes– estaría lanzando a rodar, a partir de 1946, una pregunta poética con relación al tiempo de la subjetividad que ya de entrada alude a la muerte. Siguiendo ese hilo investigativo que abre la pregunta, se puede ir viendo cómo la cualidad de las alusiones a la muerte va cambiando a través de los diferentes libros, al mismo tiempo que cambia el modo en que la hablante se concibe a sí misma –explica Kamenszain–. Si empieza aferrada a la díada yo-tú para dar cuenta del otro mundo a través de una boca que se sitúa lejos, después se irá acercando a éste para adueñarse definitivamente del presente (‘con esta boca, en este mundo’). Un presente donde la muerte de los otros entendida como recuerdo deviene la marca de una experiencia actualizada con los otros”.

En los poemas de Los juegos peligrosos las figuraciones del yo encarnan en la trastornada que llama a un muerto, la prisionera en la celda de tormento o la ahogada que se hunde en un estanque. “Una palabra oscura puede quedar zumbando dentro del corazón./ Una palabra oscura puede ser el misterio de otros nombres que tuve./ Una palabra oscura puede volver a levantar el fuego y la ceniza”, revela Orozco en “Para ser otra”, como una sacerdotisa que convoca los poderes del verbo y la profecía. En sus Cantos a Berenice, la sujeta poetizada en su gata con nombre de personaje de Edgard Allan Poe, “intacta en tu negrura inmaculada desde la cara hasta la cola”. La poética de Orozco se construye en torno a las variaciones sobre el tiempo, “ese fantasma inconcluso, miserable anfitrión” con que la poeta ha luchado cuerpo a cuerpo: “nos hemos disputado como fieras cada porción de amor,/ cada rostro esculpido en la inconstancia de las nubes viajeras,/ cada casa erigida en la corriente que no vuelve”. Esa “variación” del tiempo incluye también las pérdidas, lo que se desplaza y se extravía: “¿no habrá nada que se mantenga en su lugar, nada que se confunda con su nombre desde la piel hasta los huesos”, se pregunta en el poema “En el final era el verbo”, donde interpela a la poesía: “¿Y no he intentado acaso pronunciar hacia atrás todos los alfabetos de la/ muerte?/ ¿No era ese tu triunfo en las tinieblas, poesía?/ Cada palabra a imagen de otra luz, a semejanza de otro abismo”.

El reconocimiento fue de menor a mayor con el Primer Premio Municipal de Poesía (1963), el Gran Premio del Fondo Nacional de las Artes (1980), el Premio Nacional de Poesía (1988) y el Premio Juan Rulfo (1998), entre otros. “La poesía acompaña a la gente, les ayuda a compartir sus extrañamientos, a sentir que no están solos para mirar el fondo de los abismos que se nos presentan a cada rato y los acompaña en sus interrogantes, en sus inquietudes extremas, en el enigma que todos llevamos con nosotros por el sólo hecho de estar vivos y no saber quiénes somos. Además la poesía ayuda a no dormirse del lado más cómodo”, advertía la poeta. Aunque murió el 15 de agosto de 1999, hace poco más de veinte años, sus poemas resurgen en la memoria de sus lectoras tan vivos que la hechicera, en el revés de todo destino, no puede estar muerta. Sus poemas son como puertas que se abren para exorcizar lo imposible: Orozco miraba las palabras al trasluz, en los reversos del misterio.


Vivir para siempre

Por Marisa Negri *

Olga, sus ojos, su voz grave, la memoria que guardan las piedras, los amores, las cartas. Siete libros de poesía y dos de relatos de infancia componen un corpus en el que los tópicos esenciales son el tiempo, la búsqueda de dios, la memoria, los juegos de la magia y el tarot. Si tuviese que elegir una puerta de acceso para jóvenes lectores sería Cantos a Berenice, los poemas dedicados a su gata, tótem sagrado y compañera de Olga durante quince años o La oscuridad es otro sol donde el relato autobiográfico es una llave de ingreso a ese mundo de arenales, cardos rusos y casas que viajan por la noche. Pero estamos sólo en el umbral y queda mucho por descubrir aún.


En 2012, luego de un arduo trabajo de rastreo de las publicaciones originales, apareció en Ediciones en Danza una pequeña antología de su obra periodística bajo diferentes seudónimos que por una acertada ocurrencia de Javier Cófreces titulamos Yo, Claudia. Encontré en esas viejas revistas mucho de lo que recuerdo de nuestras conversaciones: su empatía ante las angustias ajenas y los males de amor, el humor exquisito, un profundo sentido de la justicia, el amparo de los más débiles, la creencia en una poesía lejana de los rótulos y próxima al misterio.


Los testimonios coinciden: “Conocer a Olga viene acompañado de un fuertísimo cambio de destino…”, me escribe su amiga Mora Torres y la sonrisa se ensancha porque sé que no es casual que la semana pasada haya encontrado su libro Jugar en noche oscura (El cuenco de plata, 2004) en la misma librería de Avda. Corrientes donde compré en 1986 Hotel pájaro de Enrique Molina y Antología poética de Olga Orozco y ese fue el principio de esta larga travesía.


“Siempre que paso por momentos difíciles o para anunciar cosas buenas, ella es la Gran Maga que aparece en mi vida” dice Silvia O'Higgins, su sobrina y hablamos largo rato de los últimos momentos de Olga, esos que ella tanto temía pero finalmente atravesó naciendo otra vez hacia la luz. Olga siempreviva entre nosotrxs que la amamos. Olga que llegó para quedarse y por estos días se pone su vestido más elegante para festejar cien años. Olga nunca quiere irse. Cuando Antonio Requeni le pregunta ¿cómo le gustaría morir? ella responde: “De ningún modo”. Y está aquí. Cada vez más presente en las librerías, las bibliotecas populares y las escuelas secundarias en donde su poesía completa integra la colección Juan Gelman. Alguna vez usó para escribir horóscopos el nombre de Canopus, la estrella más brillante del cielo.


Esa profecía también se ha cumplido.


Ya luz

alma reunida ante el Ojo Final

una escalera de espadas puso a prueba tu nombre

pero tu signo era la confianza

y elegiste el trapecio,

la ecuyere que despliega sus alas

el mundo invertido en donde las hermanas danzan en traje ritual

¿Extrañas acaso el recipiente salvaje de tu cuerpo?

Sé que rondas el jardín de tu infancia

ese reino de magnolias y felinos en el que ahora puedes permanecer

porque has vencido todas las batallas

y todo brilla otra vez

Y todo es de nuevo un latido invisible en un grano de arena

raíz de la tierra,

pluma del aire

una palabra de fuego

para sellar el talismán


La niña escribe en la casa ambulante

cierra los ojos y canta.

 

*Poeta, docente, fundadora de Poesía en la Escuela, autora de Estuario, Caballos de arena y Kasu, apuntes sobre el té, entre otros libros de poemas.

viernes, 28 de febrero de 2020

#OlgaOrozco2020: Olga Orozco, con voz ronca y rituales secretos (por Jorge Monteleone para Clarín)

100 aniversario

Olga Orozco, con voz ronca y rituales secretos

A un siglo de su nacimiento, se multiplican este año las lecturas y reediciones de la gran poeta argentina. Tan expresiva como oscura, su obra roza un existencialismo que hoy se podría definir como gótico.

Olga Orozco guardó toda la vida su primer recuerdo: “un color colorado que se mueve en el campo amarillo y después hay sangre”. Su hermana le contó que cuando tenía dos años andaban por un campo de girasoles y los seguía un chico de boina colorada; de pronto surgió un toro que corría para embestir a los tres, azuzado por el color rojo. Olga iba en brazos y lograron pasar del otro lado de la alambrada, pero las púas desgarraron la blusa blanca de su hermana y la sangre cayó sobre su cara. “Recuerdo el terror, el movimiento, los colores”, dijo. Esa transfiguración de hechos vividos y su reflejo sensible en una imagen inventiva de largo ritmo se halla siempre en sus versos: “mis fundaciones se alzan con sus bloques al rojo, con sus bloques en blanco”.
Olga Nilda Gugliotta nació el 17 de marzo de 1920 en Toay, La Pampa, cuando todavía era gobernación, a once kilómetros de Santa Rosa, y hasta los ocho años residió en aquella casona de la niñez, con árboles frutales y jardines, que reaparece hasta el fin en su poesía. Vivía junto a su padre siciliano Carmelo Gugliotta –que explotaba madera e instaló un aserradero–, su madre argentina, Cecilia Orozco, y sus hermanos Emilio, Celia del Carmen y Yolanda. Era la menor, pero después de la muerte de su papá –que, nacionalizado, fue intendente de Toay por el radicalismo durante catorce años– encontró en Italia a su medio hermano, Francesco Stella.
En 1928 la familia se mudó a Bahía Blanca y desde 1935 vivió en Buenos Aires. Olga escribió desde los doce años, era una gran lectora y, asimismo, aprendió a tirar el Tarot a los trece con la mujer que le hacía los sombreros a su madre. Una de sus hermanas, que la acompañó un día, volvió aterrada diciendo que la había hecho levitar a Olga veinte centímetros del suelo. Sin duda la poesía y la clarividencia se unieron naturalmente en ella desde el principio.
Fue maestra del Normal Sarmiento y poco después ingresó en la carrera de Letras, aunque no la finalizó. Había tenido en paralelo su temprana iniciación en el mundo de la poesía, cuando conoció a Oliverio Girondo y Norah Lange y participó del grupo de poetas de los años cuarenta en torno de la revista Canto. “Éramos prácticamente veinte hombres y una muchacha. La muchacha era yo”, contó. Se casó a los veinte con el director de la revista, el poeta Miguel Ángel Gómez, pero se separó cuatro años después. Su primer libro, Desde lejos, apareció en 1946, en Losada, algo inusual para una poeta primeriza. Olga fue intensa: en el tiempo de la revista surrealista A partir de cero, vivió un romance con el poeta Enrique Molina y, luego de su separación, conservaron una amistad de confidentes durante toda la vida.
En vacaciones, en un retrato de juventud.
En vacaciones, en un retrato de juventud.
En los años cincuenta su pareja fue el actor José María Gutiérrez, con el que puso un bar con happening llamado “La Fantasma”, donde ella se paseaba disfrazada de aparecida. Su último amor fue largo: en los setenta se casó con el arquitecto Valerio Peluffo, que muere en 1989. “No creo ser indiferente a ninguno de los sentidos del amor”, dijo.
En Desde lejos, tan joven, ya había escrito esa línea célebre: “Yo, Olga Orozco, desde tu corazón digo a todos que muero”. Como los poetas de la modernidad –desde Rimbaud, que escribió “Yo es otro”, hasta Vallejo, que escribió “César Vallejo ha muerto”– Orozco inventó a su doble para multiplicarlo en eso que llamó “desdoblamiento en máscara de todos”. Sostenía que el yo del poeta no es una personalidad, sino un sujeto plural en el poema, que transforma la vida en fábula, la historia en mito, la niñez en paraíso perdido. El yo es como un animal anfibio, desgarrado entre la certeza de la muerte y el deseo de otro lugar, otro lado, más allá de lo visto, “donde no hay ni medida ni tiempo”: el otro reino posible, el revés del cielo, ese lugar vislumbrado desde el romanticismo alemán hasta el surrealismo que alimentaron sus lecturas.
A las poéticas de la percepción –“poesía es lo que se está viendo” escribió Joaquín Gianuzzi– en las cuales no hay un más allá de las cosas nombradas, Orozco opuso una poética de lo invisible, donde los objetos son como talismanes que abren –o, mejor dicho, buscan desde un umbral– mundos alternativos y donde las palabras son su modo de arraigarse en el corazón de la tierra. Tal mitología poética, que parece tan remota, tiene en la obra de Orozco la misma sensualidad de su cara, que mira con los ojos verdes y la boca morena hasta en las fotos en blanco y negro. Lo consiguió en la poesía transfigurando en ritmo de ecos graves lo que resonaba en el cuerpo, inolvidable para quien la escuchara: la voz de Olga.
En compañía de su último amor, el arquitecto Valerio Peluffo.
En compañía de su último amor, el arquitecto Valerio Peluffo.
Hacia la década del cincuenta varios poetas amigos frecuentaban la casa de Girondo. Cierta madrugada, al salir de allí, algunos de ellos, entre los que estaban Olga y Francisco Madariaga, fueron encarcelados porque al poeta correntino se le ocurrió pegar un largo grito, un alto sapucay muy lejos de los esteros de su tierra natal, es decir, en plena avenida Libertador de la Capital Federal.
Girondo los liberó con un abogado. En sus memorias, Sólo contra Dios no hay veneno, Madariaga recordaría una escena de esa noche: “Olga Orozco cantaba, en voz muy alta, tangos que las prostitutas de calabozos vecinos celebraban con aplausos y gritos”. Juan Gelman, que la admiraba, habló de esa voz con un verso de ella: “la voz ronca y llorada”. Hubiera querido ser cantante, como lo era en privado muchas veces. Al fastidiarla con la pregunta “¿qué clase de poesía escribe, clásica o romántica?”, espetaba: “yo escribo tangos con categoría”.
Cuando entró a Radio Municipal en 1947 para hacer comentarios sobre dramaturgia, al escuchar esa voz la contrataron como actriz de radioteatro. Su nombre artístico fue “Mónica Videla” y en los años siguientes frecuentó varias emisoras porteñas –aunque no volvió a la radio luego de su viaje a París de 1961 con una beca para investigar “Lo oculto y lo sagrado en la poesía moderna”.
Olga Orozco decía que el tono y la medida de sus versos correspondía al ritmo de su respiración y de su dicción: “mi ritmo respiratorio es el endecasílabo y el heptasílabo. De haber inventado otro tono, habrían tenido que venir a hacerme respiración artificial”. Esos metros aparecen y se hunden como olas en sus versos oceánicos.
Horacio Zabaljáuregui, en el prólogo a la antología Relámpagos de lo invisible, habló de un “ritmo oracular”. Su poesía se reconoce a primera vista: son versos largos como exhalaciones, tiradas que llenan toda la página y que a veces obligan a girar los versos en el margen porque no terminan allí, como si el libro no pudiera contenerlos.
Una página es siempre un ritmo y la voz de Olga es una prosodia personal. “Ese arduo trabajo de adueñarse de la propia voz es la vida que entre 1946 y 1999 pide ser reunida en una obra”, escribió Tamara Kamenszain en el prólogo a la Poesía completa, al cuidado de Ana Becciú (2012).
La poesía de Olga Orozco desdobla esa voz, para ser la otra o lo otro de sí misma, a través de figuras, de yoes, de voces heterogéneas. Al comienzo es una voz ritual bajo la figura de la oficiante, la médium, la hechicera, la que nombra el Verbo sagrado que la habita. Pero también es atravesada por otras analogías: “¿No busco así también la imagen escondida de la que intento ser la semejanza?”, escribe.
Lo otro del yo pueden ser los muertos literarios; los objetos; los animales amados como su gata Berenice; las tres mujeres alternas del poema “Para ser otra”: “Matrika Doleésa”, “Griska Soledama” y “Darvantara Sarolam”; la “Olga” dual del poema “Recoge tus pedazos”, que dice “A Olga, la que no fui”, pero también “A Olga, la que ya soy”. En Museo salvaje (1974) es el cuerpo de mujer fragmentado: piel, cabeza, manos, pies, corazón, sexo. Cada texto es un órgano y el organismo (textual) es el sitio donde el tiempo de la mortalidad transcurre y vuelve al yo su rehén y, a la vez, su falta.
Ese cuerpo desmembrado es también un cuerpo deseante que padece una interrupción, una clausura, un asedio. Y si pudo hallar alguna vez una reunión con la Divinidad (“Es víspera de Dios. / Está uniendo en nosotros sus pedazos”) aquella Potencia puede tornarse muda y punitiva.
En el poema “Miradas que no ven” el Dios que castiga es patriarcal: Adán, antes de la expulsión del Paraíso y de la caída en el mundo terrenal, es sostenido “porque lo asiste Dios por todos los costados”, en tanto resta “solo la mujer para inculpar”: Eva. Dios ya no es la “otra voz” en el ritual de la oficiante. Ahora ella se pregunta en el desamparo: “¿Dios estará tal vez pronunciando mi nombre contra el vidrio final, / contra el silencio congelado”.
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Lo extraordinario de Olga Orozco es que en el último libro publicado en vida, Con esta boca, en este mundo (1994), produce una crítica de su poética inicial: “No te pronunciaré jamás verbo sagrado” escribe. Y luego: “Nuestro combate fue también un combate a muerte con la muerte, poesía”.
En los Últimos poemas (2009), el libro que había dejado listo poco antes de morir, en 1999, se invoca a aquella abuela que contaba historias fantasmagóricas en un telar de relatos, tal como se nombra a la madre en el final del libro previo: “Madre, madre, / vuelve a erigir la casa y bordemos la historia. / Vuelve a contar mi vida”. La vuelta a lo maternal es también indicio del origen: cuando Olga eligió su nombre de poeta, no firmaría Gugliotta, como decía su documento de identidad con el apellido paterno, sino Orozco, el apellido de su madre.
El último poema de la Poesía completa es “Vuelve cuando la lluvia” y el retorno se vincula, como antes a las voces de la abuela y de la madre, a las hermanas, es decir, a una voz colectiva de mujeres. Son ellas las que todavía cantan y las que regresan “para que completemos de nuevo la canción”. La crítica del Verbo sagrado del final de la poesía de Olga Orozco se une así a esta voz comunional, sororal, de mujeres: “Hermanas de ráfaga y temblor, hermanas mías, / las escucho cantar desde las espesuras de mi noche desierta”.
La gravedad del tono de esa poesía no agota su obra: hay otras entonaciones en otros textos, donde el humor, el sarcasmo y la ambigüedad enriquecen aquel decir inagotable y lo alejan de toda impronta funesta. En los relatos en prosa poética –La oscuridad es otro sol (1967) y También la luz es un abismo (1995)– una doble infantil, Lía, rememora aquella niñez transfigurada. Entre 1964 y 1974 escribió notas periodísticas para la revista Claudia y firmó con ocho seudónimos. Entre ellos, “Valeria Guzmán” respondía el “Correo íntimo”.
Algunas cartas desopilantes hacen sospechar que ciertos corresponsales también fueron inventados por la poeta. En algunas respuestas, aprovechaba para liquidar estereotipos machistas. Marisa Negri compiló parte de esa obra periodística en Yo, Claudia (2012). La crónica dedicada a Marilyn Monroe es una pequeña obra maestra.
En paralelo, entre 1970 y 1974, junto a su maestra de astrología María Julia Onetti –la prima del escritor uruguayo– firmaba con el seudónimo “Canopus” el horóscopo dominical en el diario Clarín. No faltó la broma con la palabra “orózcopo”, aunque, en este caso, Olga, pisciana con ascendente en acuario, aseguraba que jamás inventó una sola predicción.
En sus breves “Anotaciones para una autobiografía” su vida tiene un registro mágico, afín a su precoz oficio de tarotista –que abandonó cuando se le volvió ominoso, con pesadillas oscuras y la presciencia de una muerte que aconteció–: “Mis amigos me temen porque creen que adivino el porvenir. A veces me visitan gentes que no conozco y que me reconocen de otra vida anterior”. En ella la magia siempre fue material y la fe un hábito: “soy absolutamente religiosa”, dijo.
Orozco con Alejandra Pizarnik
Orozco con Alejandra Pizarnik
Le contaba al poeta Fernando Noy que una de sus grandes amigas desde 1955, Alejandra Pizarnik –cuya obra tiene un diálogo indeleble con la suya– la llamaba en la hora del lobo, a las 3 a.m., cuando los insomnes son acosados por el terror, para disipar la angustia. Olga le proporcionaba un conjuro, como “Gran Sibila del Reino”, para certificar que “jamás un pájaro negro se le posaría sobre la sombra” y que “las piedras se abrirán milagrosamente para dejarla pasar a las mayores luminosidades”.
Pero asimismo en sus registros orales, en las entrevistas, en las anécdotas que otros recuerdan, Olga respondía como una Alicia arrabalera en el país de las maravillas. En el libro Travesías. Conversaciones coordinadas por Antonio Requeni, compartido con Gloria Alcorta, a la pregunta “¿Cuándo comenzó para ustedes la vida consciente?”, Olga, a los 75 años, responde: “Para mí todavía no comenzó”. O cuenta que alguien le preguntó: “Señora Orozco ¿usted en qué piensa durante el acto sexual?” y que ella replicó: “Yo pienso en el plano de la ciudad de Rosario”.
Olga Orozco es una de las grandes voces poéticas de la lengua española y su legado atraviesa varias generaciones. Su poesía, simultánea, transitiva y plural, aún nos habla.
Jorge Monteleone es profesor en Letras (UBA). A partir del 13 de marzo dará en MALBA un curso de seis encuentros sobre “La voz de Olga Orozco”.
OLGA EN LA CASA DE TOAY por Jorge Monteleone
Cuando en los años noventa Leda Valladares la buscó en Toay, nadie conocía la casa natal en la que su amiga Olga Orozco vivió su niñez. Alguien le preguntó si no era la casa de los Gugliotta, que habitaba ahora una familia lugareña. En 1991 Olga propuso que fuera adquirida con recursos estatales y donaría su biblioteca personal, de 4500 volúmenes, con varios objetos y archivos. Cuando ocurrió, en 1994, la poeta habló del “principio de mi vuelta a casa”. Ese fue el escenario primordial de la infancia como espacio mítico, la casa “que siguió andando en mis sueños, en mis insomnios, en mis poemas”. Aquellos montes y médanos que la rodeaban, los campos labrantíos, los árboles negros, las paredes de ladrillos rojos, los intrincados ramajes, los caballos, dieron lugar a un sitio prolijo y geométrico, entre avenidas abiertas.
Casa-Museo Olga Orozco en Toay, La Pampa.
Casa-Museo Olga Orozco en Toay, La Pampa.
El que llega a la Casa-Museo Olga Orozco, flanqueada de palmeras bajas, ve una casa clara de ventanales altos y rejas negras. Hoy es un centro cultural con exhibiciones artísticas en las antiguas habitaciones familiares. Hay un gran jardín central, con árboles y senderos y un cerco de tamariscos, al que daba su cuarto de niña, pero lo que más impresiona es la biblioteca, con todos los libros de Olga, parte del mobiliario y los objetos que ahora son nuevos talismanes: por ejemplo, se hallan las primeras ediciones; la letra aguzada de tinta azul que inscribe una lista tentativa de poemas y una especie de diario personal donde se lee: “mirar la luz hasta apagarla, mirar el cristal hasta romperlo, cambiar de lugar los objetos”; cartas, donde se reconocen las firmas de Enrique Molina y de Juan Gelman; un archivero con papeles mecanografiados de guiones de radio, apuntes, la revista Claudia; un lápiz amarillo y una piedra negra y la blanca máquina de escribir Olympia Splendid 33. Y esa serie de fotografías fascinantes donde se entra a la vida de Olga, a la sucesión de las horas y las caras, al amor con Valerio Peluffo.
Sobre una vasta pared color borravino, se lee su caligrafía agigantada que dice: “En esta casa, donde aprendí a descubrir luces y abismos y que es ahora un Paraíso inesperado, con gran emoción”.
ACTIVIDADES en torno a Olga Orozco
Lecturas
Festejamos a Olga Orozco Participan: Marisa Negri (editora del volumen Yo, Claudia de O.O.), Clarisa Pérez Villalobo-Spillmann, Tani Mellado, Nadia Sandrone. 14/3 - 17hs Montes de Oca 971 / Barracas, CABA.
Club de lectura “Las Olgas”con Marisa Negri 18 y 19/3 18hs. Víctor Lordi 73 -Santa Rosa, La Pampa.
Cine y Charla sobre Olga Orozco Participan: Dora Battistón, Silvio Tejada, Diana Blanco, Marisa Negri Asoc. Pampeana de Escritores. 20/3 19hs. Víctor Lordi 73 -Santa Rosa, La Pampa.
Curso. A partir del 13 de marzo el profesor y ensayista Jorge Monteleone dará en museo MALBA un curso de seis encuentros sobre “La voz de Olga Orozco”.
Acto homenaje centenario nacimiento de Olga Orozco Performance poética a cargo de Fernando Noy, Samuel Bossini, poetas amigos de Orozco. 17/3 - 10hs. Jardín de la Casa Museo Olga Orozco, Toay, La Pampa.
Festival de la poesía en homenaje a Olga Orozco Tarde de acciones de producción poética en la vereda del museo y en el bulevar, coordinadas por el equipo educativo de la CMOO. 22/3 - 18:00hs Jardín de la Casa Museo Olga Orozco, Toay, La Pampa.
Publicaciones
Dos volúmenes publicará la Universidad Nacional de La Pampa con nuevos estudios sobre Olga Orozco: Los juegos de espejos: poética y subjetividad en Olga Orozco y Médanos fugitivos: poética y archivo en Olga Orozco. Graciela Salto, Dora Battiston y Sonia Berton (Comp.).

jueves, 20 de febrero de 2020

#OlgaOrozco2020: Presentimientos en traje de ritual




foto: Diane Arbus


Llegan como ladrones en la noche.
Fuerzan las cerraduras
y hacen aparecer esas puertas que se abren en un error del muro
y solamente indican la clausura hacia afuera.
Es un manojo de alas que aturde en el umbral.
Entran con una antorcha para incendiar el bosque sumergido en la almohada,
para disimular las ramas que encandilan desde el fondo del ojo,
los pájaros insomnes, con su brizna de fuego arrebatada al fuego de los dioses.
Es una zarza ardiendo entre la lumbre,
un crisol donde vuelvan el oro de mis días para acuñar la llave que lo encierra.
Me saquean a ciegas,
truecan una comarca al sol más vivo por un puñado impuro de tinieblas,
arrasan algún trozo del cielo con la historia que se inscribe en la arena.
Es una bocanada que asciende a borbotones desde el fondo de todo el porvenir.
Hurgan con frías uñas en el costado abierto por la misma condena,
despliegan como vendas las membranas del alma,
hasta tocar la piedra que late con el brillo de la profanación.
Es una vibración de insectos prisioneros en el fragor de la colmena,
un zumbido de luz, unas antenas que raspan las entrañas.
Entonces la insoluble sustancia que no soy,
esa marea a tientas que sube cuando bajan los tigres en el alba,
tapiza la pared,
me tapia las ventanas,
destapa los disfraces del verdugo que me mata mejor.
Me arrancan de raíz.
Me embalsaman en estatua de sal a las puertas del tiempo.
Soy la momia traslúcida de ayer convertida en oráculo.

en "Mutaciones de la realidad" (1979)

miércoles, 19 de febrero de 2020

#OlgaOrozco2020: Atavíos y ceremonial





El traje de humaredas y telarañas rotas que permite cruzar alguna vez
-aunque jamás indemne-
esas grietas que entreabren en los muros aquellos cuyo destierro está del otro lado;
el sombrero de ortigas insomnes para forzar los sueños hasta la pesadilla,
o el otro, como enjambre furioso, convocando las chispas del desvarío y de la fiebre;
los guantes de cortaza y llaga viva que se contagian de todo cuanto rozan
y que palpan mejor el hecho de las ascuas donde se incuba el porvenir;
la capa de ráfaga emplumada para girar más rápido en la rueda de las metamorfosis
y dejarse aspirar por esas regiones al vacío donde se pierde el yo
y no se toca fondo en otro albergue y se confunde la saluda;
y zapatos de hierba, de agujas, de hormiguero,
hechos para explorar todos los reinos y violar las fronteras.

¡Qué taller inaudito mi cabeza!
¡Qué vestuario de fábula en los camarines de las altas tensiones!
¡Qué frágiles envolturas para el juego perverso de la tentación y el desafío!
Yo me probaba vértigos, espejismos, asfixias,
agonías litúrgicas como ceremonias de adaptación al purgatorio;
bordaba encantamientos como túnicas santas;
me envolvía en visiones inconclusas,
en luces inquietantes para cegar a los guardianas de la fatura razón;
cubría con tantos velos de ausencia mi memoria que apenas si despertaba dentro de mi piel;
ensayaba travesías de exilio hacia otras almas perdidas en el bosque;
trataba de ser otros, de borrar las junturas de las separaciones
-sí, un solo tejido donde estuviera inscrito todo lo existente,
un infinito lienzo de Verónica para las trasudaciones de la sangre de Dios-.



A veces recogí algunos minúsculos trofeos:
vidriosos sedimentos como flores de escarcha que se deshacen debajo de la lengua,
espumas que se evaporan como polvo espectral entre los dedos,
centelleos de lumbre que nadie advertiría a pleno sol;
relicarios, en fin,
como esas piedrecitas que alejadas del mar olvidan su fulgor.

Conseguí apremiar las respuestas de las sombras hasta los balbuceos y el derrumbe.
Me avasalló la noche; me filtró entre sus dientes;
me adoptó como a un alimento de costumbre.
Se acabaron las pruebas sobre redes doradas y las exploraciones de leyenda.
No hay disfraces para cubrir la retirada y burlas las consignas.
Solamente el precario, desnudo tegumento sin costuras que me ciñe a los huesos,
que me vuelve de pronto del revés y me arrastra hacia adentro,
peldaño tras peldaño por la ciega escalera interminable definitivamente.

Estoy hecha con la misma sustancia del abismo
y oficio contra la nada mi caída en las inmóviles tinieblas.

en "Mutaciones de la realidad" (1979)

martes, 18 de febrero de 2020

#OlgaOrozco2020: Crónica entre dos ríos

                                                                                                             





                                                                                                      A mi hermano Francesco Stella


En Río de Janeiro
-¡triste río de enero cuando arroja mis lágrimas en el opuesto julio-
me dio un vuelco la mitad de la sangre
al absorber la tinta áspera de tu muerte.
Y empecé a caminar entre dos ríos que mezclaban sus aguas:
uno que iba extrayendo mansamente, como un perro amarillo,
residuos de vergüenzas y aventuras, fuegos decapitados y oros muertos,
y otro que te traía con su salto de tigre azul desde el Tirreno,
herido por el puñal de tu pequeña gesta, todavía,
todavía sonriendo heroicamente bajo los pocos soles del encuentro.
Llegabas desde atrás de la memoria, probándote las sombras de mi añoranza ciega.
Aferrado a tu isla de terremotos, almendros e invasiones,
entraste rezongando con el siglo por la mañana inmóvil
en el antiguo Sao Joao del Rei, el que perdió su nombre,
y entre las dos hileras de bostezos con que las casas siguen el cabeceo de las cuestas
en las que tropezó la sonámbula historia fatalmente,
eras también el que perdió su nombre en un encrucijada del azar,
el que anduvo confuso por esos laberintos de la infancia,
sin acertar jamás con las verdaderas puertas.
Creciste con las barcas que se van sobre los matorrales de una plaza,
tan irreal y tan rústica como un sueño de cabra.
Creciste solitario, como una estría blanca en la escollera,
junto a los niños negros que venían en una ráfaga erizada a recoger la ofrenda;
las dieciseis enigmáticas monedas que según la sibila exigieron sus dioses
-¿tú les dictaste acaso la sentencia, para hacerme una seña?-:
si, dieciséis monedas
-una por cada año que cayó compartido en la rota alcancía del recuerdo-.

Tus manos recordaron la primera moneda del destino:
yo conocí la cara entre las caras; tú, solamente el reverso.
A través de los vidrios del mesón tu aliento se esforzaba por deshacer la niebla;
después tomamos sopa con la misma cuchara,
la misma sal amarga en la garganta
y distinta obediencia.
Firmamos en el libro de un museo tan pobre como un desván salvado del incendio;
tú, con el apellido que fue una marca errónea en tu corteza;
yo, con el de mi madre, el que había elegido como un traje para mis ceremonias
haciendo frente a tí un voto de soberbia o de pobreza, sin saberlo.
En seguida te alzaste con tu joven plumaje, cálido y tormentoso,
arrebatando en vuelo las ninfas de una arcadia más radiante
que aquella que aleteaba con insomnios de monje en las pinturas de los cielorrasos.
Descendiste ya hombre hacia el camino de los bandeirantes
defendiendo contra los latigazos del siroco la luz de tu bandera,
y seguiste sin duda por un atajo subterráneo el rumbo de las minas,
detrás del eco traicionero.
Fueron también las décadas del topo,
de los granos dorados rodando hacia los agujeros del delirio,
de la veta que huye en las tinieblas como los horizontes de la fábula
-sueños, codicia, triunfos, engaños, frustraciones-.
Desde lejos te ví labrado en las alturas del Itacolomi
con tu aire friolento y esa extraña apariencia de dominar las nubes.
Cuando entré en Ouro Preto, Capo d¡orlando desbordó las calles
y estableció tu casa en cada casa, detrás del humo de mis trenes.
Entonces cada portal nos puso frente a frente
en el primer umbral por el qeu sube ahora la memoria, dondequiera que estemos:
eras casi otra vez el mismo padre en tu versión nostálgica,
otra vez esas aguas de distancia en la mirada azul que llega poco a poco y se detiene,
otra vez esos gestos de romper la envoltura sin ninguna paciencia,
otra vez la sonrisa que desplaza prolijamente las arenas,
otra vez esas manos que se abren y se cierran alrededor de la oropéndola inasible,
¿y ese aspecto de juez sombrío entre ladrones?
Desplegamos después de cada viaje el mapa de los años perdidos en los años
y recorrimos juntos nuestras dos epopeyas,
como ahora la del brillo y los huesos, la de la libertad y la sangre.
Zonas desdibujadas, pasos interrumpidos, señalas que se borran,
etapas que desembocan como estas extensiones en el Rio das Mortes.
En el Museo de la Inconfidencia destapamos tu caja de retratos:
hubo un vaho de invierno embotellado,
algo como un zumbido de insecto entre dos vidrios,
como un temblor de estambres en el reseco herbario de otro tiempo.
Pasamos entre reliquias, estandartes del fasto y anchos biombos de sombras,
pasamos por intrigas, prisiones, cobardías, infamias y tortuas,
hasta llegar a las catorce lápidas sin muertos,
a los trece nombres que fueron cruces blancas sobre la máscara escarlata del destierro
y al que fue borroneado por los compañeros y desmembrado por los enemigos
-sus letras estampadas con lacre incandescente sobre los desvaríos de la reina loca-,
el elegido para resumir las culpas y detallar los martirios.
Conspirabas ¿con quién? en los subsuelos del silencio.
Fuera, en el sitio donde Joaquim José da Silva Xavier se alza de cuerpo entero
-la visionaria cabeza en su lugar.
y sus trozos dispersos unidos otra vez por la diligente costura de la gloria-,
te sacaste el sombrero, ajustaste los lazos de tu corbaba Lavallière
y dejaste caer desde tu ojal el clavel encarnado:
ese ostentoso grito con que abrías la parquedad de tus mañanas.
Iglesia tras iglesia
(¡tan luego tú, el misionero ateo, peregrino por estas colonias de San Pedro!),
entre pilares enroscados y columnas griegas,
entre asfixias de follaje caliente y bocanadas de aérea geometría,
ruina y perduración,
contemplamos la acre lucides de Agrigento, de Siracusa y de Taormina.
Oro negro, oro blanco y oro corrompido
poblaban con imágenes piadosas la selva del barroco, sus delirios,
escondiendo los mismos misterios dolorosos bajo las gruesas capas esculpidas,
bajo las vestiduras flotantes que delatan una tormenta oculta entre los pliegues.

Tú encubrías tus males como lastimaduras hacia adentro,
y aun frente a los santos que fueron contrabandistas o emisarios
a través de las pequeñas puertas abiertas y cerradas en su propia sustancia
-caladas como frutas en medio de la espalda-
me hablabas de otras trampas que aquellas que no fraguan los tejidos.
Recorrías antiguas aventuras, hasta que un pájaro cortó en dos la tarde.
Entonces recordaste amores imposibles,
separaciones como ligaduras,
años en blanco como llagas blancas,
murallas sin salida como el mar que separó a Marília y a Gonzaga.
¡Ah, pero tú también cubríste las hambrientas distancias con otra Juliana de Mascarenhas
que restañaba heridas, deslizaba en tu pan el titánico sabor de la costumbre
y bruñía los vidrios empañados para hacer hasta el fin un solo espejo!
Las nubes dibujaron dos fantasmas helados;
solamente uno miraba hacia abajo.
Por las bruscas laderas de Santa ifigênia trepamos a los riscos de San Malò,
y en ese duro puño del normando que mató el verdor retuvo los pedruscos
encontramos cerrada con hierros y cerrojos la casa del abuelo;
pero en la pila donde se cosmagró de nuevo Chico Rei rey del Congo con su corte de fiesta,
donde las negras esclavas escurrían las chispas prodigiosas de su cabelleras
y donde ahora bebían las palomas perdidas y lavaban sus lutos sicilianos las mujeres,
depositamos tu ramito de fresías, mi ramo de azaleas.
Al bajar, cada fuente nos susurró la fábula de los diamantes
que corrían antaño entre la hierba: había que apartar las lágrimas solamente.
Te conmovieron igual que la inocencia esos torpes errores del latín;
me conmovió como una infantil caligrafía en un viejo cuaderno
tu desacierto acerca del porvenir de mi país y el pasado de Francia.
¡Siempre esa rara mezcla de señor feudal y de revolucionario a la intemperie!
Yo nada sabía de todo lo qeu no fuera estirpe de los ángeles y dinastías de la espuma.
Yo tenía cinco años, como siempre:
me diste una manzana y un guijarro pintado por el ocio de mi Dios en tus acantilados.



Cuando volví la cara hacia Ouro Preto
tu bufanda flotaba con el adiós del humo en los andenes,
detrás de tantas cartas que llegaron, urgentes como el redoble del granizo,
como si quisieras nivelar el tiempo, cobrarle viejas deudas,
reducir a ceniza sus osarios, cambiarlos por canteras de último momento.
Me estabas esperando en esa madrugada de Congonhas do Campo desde hacía cuatro años.
Con tu capote gris parecías un pájaro aterido revoloteando bajo sobre la plataforma.
Subimos y subimos junto a los precipicios hasta la olla hirviente de tu Etna
y escuchamos su voz de Antiguo Testamento en las palabras de los doce profetas
que levantan la cólera sagrada, la piedad o el lamento,
con la piedra de fuego o la piedra de miel debajo de la lengua,
a través de unos bloques de eternidad arrancados del terremoto de los cielos,
arrancados con uñas y con dientes por el Aleijandinho,
con las uñas que le incrustó el fervor sobre las mordeduras de la lepra.
Al pie de esos vigías sobrenaturales que separan dos reinos,
el de la salvación y el del exterminio,
estaban inscritas las advertencias de la Ley, en su dura materia.
Hiciste la traducción a tus propios consejos, tus propios argumentos,
con la vieja costumbre de tapiar ciegamente la fortaleza de tu clan
y abrir todas las jaulas de los parques al arrebato de la primavera.
Me dejabas nada más que la llave o la ganzúa de la poesía.
Sentado en la baranda, contra el viento que llegaba de las Lipari
arrastrando un oleaje de garzas y de lilas tan cambiantes como un ojo de tigre,
me leías a Leopardi, Lucio Piccolo, Montale, Quasimodo y el Dante,
con una vibración de tierna mata, de rincón hechizado,
de último inventario, de cuchillo escondido, de llama que devora los infiernos,
mientras el arcángel Miguel convocaba las almas rezagadas en Bom Jesús de Matozinhos.
Paso a paso sobre la hierba húmeda, sobre las lajas rotas,
seguimos las etapas del Calvario y buscamos los nombres de nuestros antepasados
en las tumbas lavadas por el olvido y por la lluvia.
En el Paso de la Última Cena celebramos también tus bodas de oro
desde un mediodía que consagró los huesos del alba en cada plato
y bendijo las horas con aspersiones de topacios y amatistas,
sin que quisieras ver aún el rostro de tu Judas, grabado en tus entrañas.
Cada tarde te acompañé hasta el atrio
y acaricié tu nuca mientras removías la tierra de las plantas
o hacías penumbra en el altar mayor, sobre el Cristo yacente,
y dejabas caer la fatigada cabeza entre los brazos.
Me besabas la mano que aún conserva intacto ese hueco de musgo,
ese deslizamiento de césped recién cortado, esa felpilla de nostalgia.
A veces me mirabas ya desde tan lejos
como los ojos de Santa Lucía desde aquel misterioso antifaz caído en la bandeja.
Cuando me fui lloraste sin pudor, como los hombres rudos cuando lloran.
Te dejó por última vez en la estación, al lado de Isaías,
con la boca quemada por las brasas de las absoluciones,
pero tu voz me fue siguiendo con el relámpago escalofriante de los rieles.
Y aquí termina el viaje. Aquí donde se separan estos ríos,
y yo busco en mi libro unas palabras, una señal cualquiera, y respondes con Eliot:
Although I do not hope to turn again
although I do not hope
Although I do not hope to turn...
Sister, mother
and spirit of the river, spirit of the sea,
suffer me not be separed.
Y algo retumba, lejos: un ataúd, el trueno, ruedas sobre guijarros.
Tu carruaje emplumado te lleva a sacudidas, con mis largos sollozos,
hacia la orilla donde te está esperando tu barquero,
desde tus sueños, desde mis pesadillas.
Entrégale las dieciséis monedas:
una por cada año que cayó compartido en la rota alcancía del recuerdo.

en "Mutaciones de la realidad" (1979)

lunes, 17 de febrero de 2020

#OlgaOrozco2020: Bloques al rojo, bloques en blanco




Los paisajes que alguna vez huyeron con alas espejeantes,
los rostros que no se condensaron contra las bocanadas de la niebla,
las casas que jamás habité
-sus puertas como trampas abiertas hacia afuera, junto a tantos exilios-,
todo lo que no fue reverbero de polvo girando en lo imposible,
sino que se desvaneció a un temblor de mi pie o a un vuelco de mi mano,
transforma extrañamente la distancia en la que se acumulan los paisajes,
los rostros y las casas insolubles que me trajeron a este día.

Depósito irrisorio ese donde se acopian los telones como en un escenario de una ciega,
ese donde el destino desborda la memoria y se despliega
como un oleaje de ayer ya tan juzgado como las aguas del diluvio,
con su oleaje de nunca a salvo ya de toda absolución y de toda condena.

De lugar a lugar,
de criatura a criatura,
de encuentro a desencuentro,
se establecen los vínculos del huracán, el sueño y la demencia:
injertos de territorios arrancados a la topografía de terremotos y de nubes;
incrustaciones de recintos huecos en un solo recinto que se divide y que se multiplica sin poder olvidar;
alianzas entre seres tan distantes como el pájaro negro, como el pájaro blanco de los equinoccios,
unidos solamente por la fisura del adiós;
parentescos tramados sobre los labios de una herida,
sobre los bordes de un abismo en llamas,
sobre oquedades vueltas a colmar por las aéreas construcciones del alma.


De lugar a lugar,
de criatura a criatura,
de encuentro a desencuentro,
mis fundaciones se alzan con sus bloques al rojo, con sus bloques al blanco,
irreales como brasas engarzadas en hielo.

Porque no solamente sobre piedras se erigieron los reinos de este mundo,
sino también, y más, sobre las mordeduras del hambre y de la ausencia.

Mi historia, cada historia,
es un inmenso calco de los días vividos y de los días sin vivir:
relieves vacíos fraguados por igual en la sustancia de la consumación.

en "Mutaciones de la realidad" (1979)

domingo, 16 de febrero de 2020

#OlgaOrozco2020: Remo contra la noche



Apaga ya la luz de ese cuchillo, madrastra de las sombras.
No necesito luces para mirar en el abismo de mi sangre,
en el naufragio de mi raza.
Apágala, te digo;
apágala contra tu propia cara con este soplo frío con que vuela mi madre.
Y tú, criatura ciega, no dejes escapar la soga que nos lleva.

Yo remonto la noche junto a ti.
Voy remando contigo desde tu nacimiento
con un fardo de espinas y esta campana inútil en las manos.

Están sordos allá.
Ninguna pluma de ángel,
ningún fulgor del cielo hemos logrado con tantas migraciones arrancadas al alma.


Nada más que este viaje en la tormenta
a favor de unas horas inmóviles en ti, usurera del alba;
nada más que este insomnio en la corriente,
por un puñado de ascuas,
por un par de arrasados corazones,
por un jirón de piel entre tus dientes fríos.






Pequeño, tú vuelves a nacer.
Debes seguir creciendo mientras corre hacia atrás la borra de estos años,
y yo escarbo la lumbre en el tapiz
donde algún paso tuyo fue marcado por un carbón aciago,
y arranco las raíces que te cubren los pies.

Hay tanta sombra aquí por tan escasos días,
tantas caras borradas por los harapos de la dicha
para verte mejor,
tantos trotes de lluvias y alimañas en la rampa del sueño
para oírte mejor,
tantos carros de ruinas que ruedan con el trueno
para moler mejor tus huesos y los míos,
para precipitar la bolsa de guijarros en el despeñadero de la bruma
y ponernos a hervir,
lo mismo que en los cuentos de la vieja hechicera.

Pequeño, no mires hacia atrás: son fantasmas del cielo.
No cortes esa flor: es el rescoldo vivo del infierno.
No toques esas aguas: son tan sólo la sed que se condensa en lágrimas y en duelo.
No pises esa piedra que te hiere con la menuda sal de todos estos años.
No pruebes ese pan porque tiene el sabor de la memoria y es áspero y amargo.
No gires con la ronda en el portal de las apariciones,
no huyas con la luz, no digas que no estás.

Ella trae una aguja y un puñal,
tejedora de escarchas.
Te anuda para bordar la duración o te arrebata al filo de un relámpago.
Se esconde en una nuez,
se disfraza de lámpara que cae en el desván o de puerta que se abre en el estanque.




Corroe cada edad,
convierte los espejos en un nido de agujeros,
con los dientes veloces para la mordedura como un escalofrío,
como el anuncio de tu porvenir en este día que detiene el pasado.

Señora, el que buscas no está.
Salió hace mucho tiempo de cara a la avaricia de la luz,
y esa espalda obstinada de pródigo sin padres para el regreso y el perdón,
y esos pies indefensos con que echaba a rodar las últimas monedas.
¿A quién llamas, ladrona de miserias?
El ronquido que escuchas es tan sólo el del trueno perdido en el jardín
y esa respiración es el jadeo de algún pobre animal que escarba la salida.
No hay ninguna migaja para ti, roedora de arenas,
Este frío no es tuyo.
Es un frío sin nadie que se dejó olvidado no sé quién.

Criatura, esta es sólo una historia de brujas y de lobos,
estampas arrancadas al insomnio de remotas abuelas.
Y ahora, ¿adónde vas con esta soga inmóvil que nos lleva?
¿Adónde voy en esta barca sola contra el revés del cielo?
¿Quién me arroja desde mi corazón como una piedra ciega contra oleajes de piedra
y abre unas roncas alas que restallan igual que una bandera?

Silencio. Está pasando la nieve de otro cuento entre tus dedos.

en "Mutaciones de la realidad" (1979)