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domingo, 17 de marzo de 2019

Después de la manzana (Valentine Charpentier)

Recreo de los sentidos, cura del enfermo, cielo del sibarita, fuerza para el débil y debilidad de poderosos, los alimentos son, desde la manzana de Adán y Eva, el hilo más modesto y resistente de la compleja trama de la Historia.


                                                              Giuseppe Arcimboldo





La tierra se expresa por sus frutos. Una corriente incesante de alimentos sale de sus entrañas, corre por sus venas y asciende en la marea de su voz. Son naranjas que parecen una condensación del sol, cebollas como esferas de vidrio envueltas en papel tostado, escarolas que pliegan y despliegan sus largas y matizadas sonrisas, ristras de ajo con cabecitas de muñeca y dientes de lobo para espantar a los vampiros, ríos de mayonesa donde el aceite atisba con pupilas doradas, uvas que se deslizan hacia la intimidad de las bocas en plena siesta, panales de azucarada arquitectura, sandías con risa de negro en la alborada, legumbres que no esconden cuchillos en sus vainas, mariscos que cavilan bajo acuosas escleróticas, melones tatuados por la fiebre del oro, duraznos que prueban la redondez del terciopelo, hongos y trufas con sabor a tesoro húmedo y secreto, remolachas color de obispo encerrado en un sótano, calamares como escribientes del mar, ciruelas con las mejillas empañadas por el aliento de la inocencia, montañas de panes palpitantes, tomates que sangran por la herida, ananaes para coronar reinas salvajes, langostinos avergonzados de no ser langostas, alcauciles que cierran sus pétalos de piedra verde, coliflores disfrazadas de pólipos, huevos que son estuches de nuevos mundos, almendras con cerebro de mazapán y nueces con cerebro tortuoso, repollos celestes y otros ebrios de vino que giran en la danza de los mil velos, frutillas que claman por la nieve, choclos que estallan a carcajadas entre sus barbas, pescados con escamas de fósforo para incendiar el arco iris, pepinos avaros de sus flores de escarcha, granadas con sangrientas municiones, higos semejantes a mostacillas purpúreas, zapallos rellenos con hilvanes de miel, papas que no se jactan de su vida interior, quesos que transpiran por sus calvas, carnes blancas que no creen en el pecado de la carne y carnes rojas bajo el ramito compuesto del perdón.
Sí, la tierra se expresa por sus frutos. Entre la lengua y el paladar nos inculca su idioma que es como un canto de alabanza.

Fiesta de los sentidos

Según el Eclesiastés un festín es comparable a una esmeralda incrustada en el oro y cada alimento renueva los sentidos : la vista, esa especie de adelantado o de alerta vigía; el tacto, ese inspector de aduanas que ausculta y diagnostica; el olfato, ese jefe de policía que penetra y anticipa; el gusto, ese César implacable bajo su abovedado sitial. Hay quienes agregan el oído, facultad que aparte de indicar el rastro de la caza o el de los frutos que se caen de maduros, sólo tiene la indiscreción de registrar los defectos ajenos.
Estos funcionarios, a veces demasiado precipitados, a veces demasiado pacientes, pero siempre insobornables, pueden, en última instancia, reducirse a dos. Brillat- Savarin, el gran filósofo de la gastronomía, es más estricto y los fusiona en uno : "Me siento tentado a afirmar que el olfato y el gusto forman un solo sentido que tiene a la boca por laboratorio y a la nariz por chimenea o, para hablar con más exactitud, una parte sirve para la degustación de los cuerpos táctiles y la otra para la de los cuerpos gaseosos, Y agrega : "La lengua de los animales no atraviesa las puertas de su inteligencia" - en muchos humanos sucede a la inversa, lo cual es peor - ": en los peces no es más que un hueso móvil; en los pájaros, generalmente, un cartílago membranoso; en los cuadrúpedos está frecuentemente revestida de escamas o de asperezas, y no tiene, por otra parte, movimientos circunflejos (Brillat-Savarin es francés). En cambio la del hombre, dada la delicadeza de su contextura y la de diversas membranas que la circundan, anuncia obviamente la sublimidad de las operaciones a que está destinada."

Así el hombre, condenado a ganarse el pan con el sudor de la frente, ha agregado al apetito la recompensa del placer. Es un placer que lo acompaña desde el nacimiento hasta la muerte, que puede mezclarse con todos los otros y hasta consolarlo de su ausencia.

La historia y el pan

Si nos trasladaran a ciegas a una ciudad europea y abriéramos los ojos en una cocina, podríamos descubrir sin demasiada sutileza dónde nos encontramos: ajos, frituras, pescados, cochinillos y más ajos delatan por el aliento a la cocina española; salsas aterciopeladas,  aves veteranas en la muerte., "condimentos adjetivos que predominan sobre los alimentos sustantivos", descubren, bajo su exquisito. maquillaje, a la cocina francesa; cabelleras y rizos de pasta espolvoreados como los de una prima donna, pajaritos líricos, tomates líricos, aceitunas líricas, lanzan el do de pecho de la cocina italiana; Y así sucesivamente. 

Pero en cada una de estas cocinas podemos realizar, también, un inventario histórico. En el contenido de cada olla está el nomadismo de los bárbaros, la dominación romana, los viajes a Oriente y a América, la Revolución Francesa, los adelantos de la ciencia y el nuevo nomadismo que conduce a las cámaras frigoríficas, En cada olla se cocina la historia.
Y todos los alimentos son reveladores. A través de ellos leemos los climas, las geografías, las estadísticas, las guerras y la paz. 

Las producciones, las importaciones y las exportaciones, la abundancia y la carencia. pueden explicar los movimientos de opinión y los cambios históricos. 
El libro de cocina del prior de Saint-Martin-des-Champs es una de las tantas pruebas particulares. Un menú del año 1408, para treinta y seis personas, incluía, 36 patés, 36 pollos, 36 pichones, numerosas piezas de buey y de carnero, 18 capones, 8 cabritos, 36 tartaletas y 50 manzanas. Un. menú de 1438 (Francia estaba ocupada por los ingleses, por el saqueo y por el hambre) enumera, sin indicación de cantidades: arenques ahumados, puerros, nabos, jibias, arvejas, acederas y habas. Conclusión: el pueblo francés aceptó la paz con entusiasmo y aclamó a Carlos VII portador del orden, la tranquilidad y la abundancia. 
Grimod de la Reyniére, autor del Almanaque de los gourmand y del Manual del antitrión  nos ofrece sin comentarios otro testimonio. El 27 de junio de 1794 escribe en su diario: "Cola en el mercado: conseguí sólo algunos alcauciles; dos horas en la rue Saint- Honoré: un rodaballo y seis damascos". Ese 27 de julio es el día del arresto de Robespierre. El "incorruptible" ha caído en metilo de la indiferencia general y ha bastado un cuarto de hora de lluvia para dispersar a sus partidarios. ¿Qué tiene de extraño? ¿No debían todos apresurarse para alcanzar una lechuga o aprisionar un pescado escurridizo? Estos documentos privados, simples y triviales, demuestran que la historia del pan es la Historia. 
De la misma manera, una agenda de compras diarias puede ser la historia de una vida. En una lista de provisiones puede citar la pista de un amor o de una traición. Una cuenta de "delikatessen" olvidada en un bolsillo ha provocado más de una separación.

Comilonas y comilones

El hambre y la sed están unidos a todas las acciones de los hombres. Nacimientos, bodas, funerales, los arrojan, de la alegría a la tristeza, en torno de una mesa.
 Los egipcios, sin mesa, compartían el contenido de sus cestas ; los asirios, los hebreo, los persas y los griegos compartían la mesa desde los lechos, los romanos compartían mesa y lecho. 
Los festines públicos, privados y religiosos eran siempre un pretexto para excederse en el vino y en la carne. Y aun cuando a los dioses y a los muertos se les sacrificara bueyes, toros, machos cabríos y carneros y sólo estuviera permitido repartir las sobras, las sobras lo eran todo, pues los espíritus inasibles parecían conformarse con el humo y la intención. 

En la consagración de Léntulo como flamen de Marte, el banquete incluía frutos de mar, erizos, ostras crudas, tordos, pollas gordas sobre espárragos, terrinas de ostras y de moluscos cocidos, mariscos, pajaritos, filetes de cabrito, de venado y de jabalí,paté de aves, pulpo, pastas dulces y frutas. 
Claro que en las fiestas públicas los convidados no comían todo el menú, sino lo que atrapaban en desorden por la ligereza de la mano y el pie, y tampoco se reclinaban todos en el triclinium,  sino que se dispersaban bajo los pórticos o en los atrios de los templos. mirando de soslayo la media res en el ojo ajeno. 
Aunque las comidas diarias eran frugales -cocido, que existió en todas partes, legumbres hervidas, pescado salado y frutas-, y sólo se efectuaban dos veces por día, ha quedado memoria escrita de muchas gourmandis, gourmets y tragaldabas, que se contunden en la misma salsa. 
Claudio comía a toda hora y bebía todo el día; Vitelio arruinaba a las ciudades que le quedaban de camino por el costo de las comidas que debían ofrecerle; Nerón. no era, por cierto, ni un abstemio ni un asceta. Lúculo hacía explorar los países nuevos en busca de productos nuevos y Heliogábalo, emperador a los dieciocho años, hacía colorear los manjares para que armonizaran y matizaba el arroz con perlas, las habas con ámbar y los pescados con polvo de oro. 
El postre imitaba, en pastas y cremas, cada uno de los pasos del festín. Las comidas de Gargantúa y Pantagruel v las bodas de Camacho corresponden a otras latitudes y más bien son el producto de la religiosa abstinencia o el obligado ayuno de sus autores, como esas naturalezas muertas que claman por vivir. 
También la Edad Media nos ha dejado tropas de jabalíes, ciervos y venados, cabañas de aves desplumadas 'y bancos de pescados, todos ahogados en vino y embalsamados con pimienta, nuez moscada, jengibre y clavo de olor, para disimular la torpeza de la elaboración.
En cuanto a las comidas de Versalles, aunque ostentaran 4 sopas, 5 asados, 4 pescados, 12 entradas, pasteles y compotas, tienen el atenuante de que el rey comía "a la carte". Pero más ponderables que los "mandibularios" son las víctimas del deber, como Vatel, que se ajustició a sí mismo por exceso de celo profesional: "Controleur Général de la Bouche de Monsieur le Prince", o Grand Condé, tenía sus vastos dominios en las cocinas del palacio de Chantilly. Con motivo de la visita de Luis XIV y su corte, debían servirse tres veces por día, bajo la responsabilidad absoluta de Vatel, sesenta mesas de ochenta invitados cada una. El primer día faltó asado en dos mesas. El segundo día todo hizo suponer que el pescado llegaría demasiado tarde. Vatel lo olftateó:
 -No sobreviviré a ese desastre -exclamó. Se retiró a sus habitaciones, apoyó la espada contra la pared, a modo de asador, y se atravesó con ella desde el pecho a la espalda. 
De otro estilo fue el final de la hermana de Brillat-Savarin, excelente cocinera que demostró hasta último momento su fervor y su prolijidad en la materia. Sentada a una opípara mesa, sintió que la muerte se acercaba y lanzó un grito angustioso:
-¡Me muero! ¡Rápido! ¡El postre!

Excesos y urbanidad

 Es fácil confundir desborde y falta de urbanidad. La idea exagerada que tenemos de los banquetes desde la antigüedad hasta el s XVII -¡qué sobria y delicada nos parece la multiplicación de los panes y los peces!- tal vez provenga de la falta de modales de cada comensal, falla disculpable, por otra parte, por la falta de instrumental.
Comer con las manos no fue una torpeza de aquellos comensales con túnica ni una perversidad de Enrique VIII. El tenedor de dos dientes - hasta entonces tenían uno que era una especie de punzón para manejar las grandes piezas- se inventó en Italia en el SXV y se difundió en Europa en los SXVI y SXVII. Y aún mucho más tarde. Los dientes le crecieron con el tiempo y actualmente ha comenzado a perderlos.
El Libelius de moribus in mensa servandis de Jean Soulpice, de alrededor de 1500 , aconseja decorosamente: "Toma la carne con los dedos y no te llenes la boca con trozos demasiado grandes. Nunca dejes la mano mucho tiempo dentro del plato."
 Y en su Tratado de Urbanidad, publicado en 1530, Erasmo recomienda la compostura: "Guárdate de poner antes que todos las manos en la fuente. Lo que no puedas recibir con los dedos, recíbelo con el plato. También es una falta de urbanidad muy grande llevar los dedos sucios o grasosos a la boca para chuparlos, o limpiárselos en la chaqueta", y agrega muy pulcramente: "Será mejor que lo hagas en el mantel".
Ana de Austria, que tenía hermosas manos, mereció un elogio en versos en los que se menciona las "muchas sabrosas pasturas, tanto de carnes como de confituras" que con ellas "llevaba a su real pico, dicho sea con respeto".
Su hijo Luis XIV, de buenos modales y mayores luces, conoció el tenedor y lo usó en su vejez, según se deduce del Diario de Luis XIV escrito por Héroud, quien en 1712 cuenta como el delfín tamborileaba en la mesa con el tenedor y la cuchara.
Moraleja : "No bastan los instrumentos para ser bien educado, puesto que pueden convertirse en armas de mala educación".

Made in América

La caída de Constantinopla en poder de los turcos en 1453, cerró a Europa el camino de las especias. Sin azafrán, ni jengibre, ni pimienta, ni canela, ni clavo de olor, ni comino, los paladares continentales, que no conocían la excitación del tabaco ni el café, se adormecían por falta de aroma y de sabor. Cristóbal Colón sintió que los perfumes penetrantes llegaban también desde el Oeste y decidió tomar el mar por la cola remontándolo hasta el cuerpo con las fosas nasales desplegadas. Su cosecha fue pródiga, aunque ignoró hasta el final que no había entrado por la puerta trasera del almacén, sino que lo había hecho , decentemente por la principal, sólo que se había colado en la sucursal de enfrente.
Papas, cacao, maíz, tabaco, ananá, maní, paltas, yuca, mandioca, tomates, ajíes, pomelo son algunos de los productos inesperados, por desconocidos, que emigraron poco a poco de América.
El cacao y las papas, tal vez por el exterior sombrío que contradice en el primero su festiva sustancia y en las segundas su sabroso candor, fueron los que mayor desconfianza despertaron a primera vista.
La papa, totalmente inocente a pesar de sus muchos ojos y sus harapos, fue acusada de contrabandear la lepra. Sir Walter Raleight la llevó a Inglaterra, donde la reina Isabel la impuso en un banquete frente a un grupo de impávidos nobles que disimulaban bajo su flema inglesa el temor de ser envenenados a la indiana. En Francia este rico tubérculo fue rehabilitado por Parmentier en 1771. El entusiasmo fue tal que hasta se utilizó como planta ornamental, sin duda a modo de desagravio.
El cacao se balanceó fuera de su rama. Se lo aplaude, se lo silba, se lo vuelve a aplaudir. Madame Sevigné lo recomienda a su hija como reconfortante en enero de 1671, y dos meses después: "Me he dejado arrastrar por la moda. El chocolate es el origen de las calenturas y las palpitaciones. Alivia por un tiempo, pero después produce fiebre contínua y conduce a la tumba." De todos modos, en 1662 es la bebida de rigor en las colaciones de Versalles. Está prescripto,  más adelante, para "todo hombre que haya bebido algunos tragos de más en la copa de la voluptuosidad, o que haya pasado trabajando el tiempo de dormir, o que se sienta temporariamente atontado, o que esté atormentado por una idea fija que le quite la libertad de pensar".

Propiedades de algunos alimentos y otras hierbas

En un tiempo especieros y boticarios fueron un solo gremio. Unos proporcionan las drogas, otros las preparan, los cocineros atrapan el espíritu y los consumidores las consecuencias.
La salvia, el anís y el hinojo pueden provocar crisis nerviosas. Se recomienda el orégano a los que han perdido el apetito. Para quitar el olor del ajo y la cebolla, nada mejor que una hojita de nardo sobre la lengua. La trufa - el brillante negro del reino vegetal- tiene la virtud de atentar contra la virtud. Los repollos y la acedera son buenos contra la melancolía. El berro hace estornudar, excita la alegría y despierta al perezoso. Las ensaladas "hidratan, refrescan, son laxantes, concilian el sueño, abren el apetito, aplacan los ardores de Venus y apaciguan la sed." La manzana quita el insomnio pero da pesadillas. El apio, el maní, las nueces, los picantes y los mariscos son afrodisíacos. La melaza es un tónico primaveral. Las uvas y las almendras purifican los pulmones y el pecho. Las aceitunas fortifican el estómago. Las alcaparras limpian el hígado y el bazo. Las ciruelas calman las irritaciones internas. El chocolate es bueno contra la cólera y el mal humor.
Todo lo que no nos hace mal nos hace bien.
También la semejanza indica durante siglos lo que puede curar: las habas son buenas para los riñones, la hoja de la pulmonaria para los pulmones, las nueces para el cerebro y la fatiga intelectual, la lengua favorece la elocuencia, el corazón cura el corazón, las glándulas fortifican las glándulas, la carne jugosa da sangre roja, los que comen animales feroces son temerarios, los que se deleitan con ensalada de rosas y violetas confitadas son deleitosos y delicados. ¿Por qué no ingerir al enemigo, al amigo o al dios a fin de incorporarse sus virtudes? Devorar a un semejante - se dice que es viscoso y dulzón, pero no totalmente desagradable - significa más que una cortesía: es una envidiosa admiración.
La comida es contagiosa. Ya lo decía San Francisco de Sales: "Las liebres se vuelven blancas en nuestros montes de invierno porque no ven ni comen otra cosa que nieve".

Dime lo que comes...

De acuerdo con todo esto el hombre es en gran parte su alimento, y cada pueblo es el resultado de los frutos de su tierra. Lo que puede ser abominable para uno no lo es para los otros. La frase del Deuteronomio: "No comerás ninguna cosa abominable" adquiere un significado local...y temporal.
En Estados Unidos se expenden gusanos, hormigas y otros insectos envasados para acompañar diversos cocktails. ¿Acaso San juan no comió langostas con miel en el desierto? ¿No es ésa a su manera una exaltación franciscana de los pequeños seres?
Los chinos encuentran delicioso el sabor de las ratas.
Hay pueblos que encuentran deleznable al cerdo y otros que exaltan al cochinillo. Charles Lamb en suDisertación sobre el cochinillo asado ofrece varios motivos para saborearlo: "Admiradlo en su fuente, segunda cuna. ¡Con qué dulzura reposa! ¿Hubiéramos deseado acaso, ver a este inocente practicando la indocilidad que tan a menudo se advierte entre los adultos de su raza? Hay diez probabilidades contra una de que se hubiera mostrado glotón, terco, desagradable, revolcándose en una promiscuidad vergonzosa, pero, felizmente, se ha librado de caer en todas estas faltas. Antes que el pecado lo haya podido mancillar o la tristeza mustiarlo, sobrevino la muerte y se lo llevó con mano bienechora."
  ¿Y qué decir de las "corrupciones exquisitas"? Ranas, caracoles, aves faisandées, quesos pourris...
Emilio Zola en El vientre de París excita a los aficionados y confirma a la vez, el rechazo de los reacios con esta semblanza ambivalente: "Allí se extendía un gigantesco cantal como hendido por una hacha; luego venía un dorado chester, un gruyere parecido a una rueda caída de un carro bárbaro; quesos de Holanda, redondos como cabezas cortadas; un parmesano, agregando su olor aromático; ...los mont d'or de color amarillo claro, apestaban dulcemente; los troyes, muy espesos, con el borde machucado, fuertemente ásperos, segregaban la fetidez de un sótano húmedo...
Cada uno agregaba su nota particular a esta frase de una rudeza nauseante."

Victor Hugo comía las langostas y los langostinos con caparazón. Tal vez tuviera mala vista; tal vez su sensibilidad de poeta necesitara de ese transparente amparo.
Otros se comen las uñas. Las arañas comen a las arañas.
Ya Ambrose Bierce, en su Diccionario del Diablo, definió el comestible: "Dícese de lo que es bueno para comer y fácil para digerir, como un gusano para un sapo, un sapo para una víbora, una víbora para un cerdo, un cerdo para un hombre, y un hombre para un gusano." El ciclo se cierra. Entre etapa y etapa caben todas las transgresiones.

Lo importante es comer con alegría, comer con todos los sentidos posibles. Los pintores- cada uno dentro de sus técnicas y sus escuelas- han comido con la vista, y no me refiero a los maestros del pastel, sino a los pulcros flamencos, a Chardin, a los casi anónimos autores de bodegones, a los impresionistas como Cézzanne, a los poco apetitosos Braque y Picasso, y al pobrecito Soutine, que pintaba futuros asados con los ojos del hambre.

Convertir las naturalezas muertas en naturalezas vivas y viceversa es una de las fiestas preferidas del arte.
André Gide nos invita a participar de ese banquete. Unámonos con entusiasmo a su canto de alabanza:

¡Alimentos! ¡Cuento con vosostros, alimentos!
Satisfacciones, os busco;
Sois bellas como las risas del estío.
Sé que no siento un deseo
que no tenga ya preparada su respuesta.
Cada una de mis hambres espera su recompensa.

¡Alimentos! ¡Cuento con vosotros, alimentos!
Lo más bello que he conocido yo en la tierra
es mi hambre.
Siempre fue fel
a todo lo que siempre esperaba.

martes, 15 de noviembre de 2016

Heinrich Heine: la lucha contra lo imposible (Valentine Charpentier)


HEINRICH HEINE
La lucha contra lo imposible 
RC138/nov 1968



"El que no va hasta donde su corazón lo empuja y se lo permite la razón, es un cobarde; el que va más ella de lo que quería ir, es un esclavo" 
¿CUÁNDO nació? ¿El 13 de diciembre de 1799? ¿El 13 de diciembre de 1797? ¿El 19 de enero de 1800? La vida de Heinrich Heine comienza con un enigma que él convierte en una contradicción: "Soy uno de los primeros hombres del siglo", dirá humorísticamente años después, y "He nacido al final del escéptico siglo XVIII; alrededor de mi cuna jugaron los últimos rayos lunares de ese siglo y los primeros rayos matutinos del siglo XIX, confesará también, intentando crear un esforzado equilibrio en una ráfaga de hojas desprendidas de un calendario ilegible. Desde ese primer remolino, inidentificable, hasta ese, muy lento, que lo arrastra el 17 de febrero de 1856, se extiende una vida agitada por muchos soplos, por muchas intemperies, por muchas corrientes de aire, adversas, encontradas, que sin embargo dejan, indemnes hasta hoy, esas otras hojas brillantes, inconfundibles, espectrales, traviesas, desgarradas: las de su poesía. 

ENTRE DOS CORRIENTES 

Judío bautizado pero no converso, patriota alemán pero admirador de Francia, fanático de la leyenda napoleónica pero participante en las luchas del socialismo, enemigo de la burguesía pero con debilidades aristocratizantes, desde sus primeros pasos, en Düsseldorf, se encontró con dos corrientes encontradas: las que creaban la encrucijada de su propia sangre. Descendiente de dos prestigiosas familias judías, la madre, Peira van Geldern, "teísta severa", "de predominantes tendencias racionales", resuelta, capaz, valiente, inscribe en alemán, pero con caracteres hebraicos, sentimientos profundos y realistas en la carta natal del pequeño. Los trazos del padre, Samsón Heine, son más infantiles y enigmáticos, más irreflexivos y ligeros, más blandos y aterciopelados —como contagiados por la suavidad de las telas con que comerciaba—, más acordes con su ingenua aspiración de marciales desfiles, de pelucas rococó, de manos sumergidas en salvado de almendras. Pero no fue de esa mano de mármol veteada de azul, tendida cada mañana para que la besara, ni de la firme mano materna, ahuyentadora de duendes y fantasmas, de las que el niño recibió el fuego de la poesía, el oro de la leyenda y la nieve insoluble de las supersticiones y las magias.

LOS EMISARIOS DE LO DESCONOCIDO 

Hubo un tío, Simón van Geldern, llamado El Caballero o El Oriental. Fichado por la policía de París cómo "rabino y aventurero", armero en África, peregrino visionario en Jerusalén, nigromante, políglota, sibarita, mensajero de la Tierra Prometida, dejó publicado un oratorio en versos franceses y ocultó un libro de notas en caracteres arábigos, sirios, coptos y hebreos, en una misteriosa caja polvorienta. Custodiado por esa mosca azul que acompaña siempre las siestas de la infancia, el Heine niño se refugiaba en el granero y continuaba, más allá de los papeles amarillos, el itinerario del viajero que había desaparecido definitivamente: "Me identifiqué por completo con el hermano de mi abuelo, y me causaba horror tener que sentir al mismo tiempo que yo era otro, que pertenecía a otra época. Surgían lugares que no había visto jamás, Se presentaban situaciones que no hubiera podido adivinar; y, no obstante, movíame en ellas con paso seguro y ardiente decisión." Hubo también una vieja criada que llegó de Münster con una comitiva trasparente de duendes, de ogros y de brujas. Por las noches se deslizaban en el cuarto del niño al conjuro de loa cuentos, las leyendas y las baladas que surgían de aquellos viejos labios con el soplo del miedo y del encantamiento. Y también hubo una bruja que lo inició en el arte de los hondos arcanos, y una sobrina de la bruja, que le haría decir años después: "No sé cómo se es precisamente brujo, pero sí perfectamente cómo se es embrujado". Y hubo sobre todo viajes e indagaciones en lo que no está muerto aunque esté enterrado. De esas aguas sepultadas vivas, que surgen a la menor conmoción, siguió bebiendo Heine a través de las grietas de todos los tiempos. 

EL SIGNO DE LA SANGRE Y DE LA ESPADA 

La muchacha se llama Josefina. Es la hija del verdugo: una estirpe incontaminada que hunde sus raíces en la sangre y florece en negras malezas y maldades. Ella le habla de crueles ceremonias, de extraños banquetes, de sangrientas tradiciones, y ríe y canta bajo la luna con su "voz velada hasta la afonía". "A veces —recuerda Heine—, cuando hablaba, yo me asustaba y creía oírme a mí mismo; y sus cantos me recordaban los sueños en que yo mismo me oía cantar del mismo modo". Un día lo invita a besar una espada que aún no ha cortado cien cabezas. Heinrich la besa a ella. "La besé, no sólo empujado por mi tierno cariño, sino también por mi odio contra la vieja sociedad y todos sus oscuros prejuicios". Josefina se yergue, cruel, corno una espada recorrida por el frío y la llama y ríe con su risa de metal destemplado, de filo traicionero y mellado. En las Memorias de Heinrich Heine esa cabellera que incendiaba los crepúsculos, esa risa de pájaro crispado, esa criatura roja, extraña y salvaje, tiene el valor de un sello y la gravedad de un símbolo, estampados a fuego sobre el porvenir. 

DOS COPIAS EN NEGRO 

El adolescente se ha sumergido sin defensas en el sueño, en el amor, en la poesía. Evidentemente no le falta ninguna condición para el fracaso. La sensata madre se inquieta. El impreciso padre confunde la sal y la pimienta. En 1815, ante la bancarrota económica, Heinrich viaja a Francfort y en seguida a Hamburgo: será aprendiz de comercio y aprendiz de millonario. Será el único fracaso de un gran maestro: su tío Salomón Heine, poderoso banquero, inflexible y oneroso, que tenía "la misma testaruda audacia, la misma infinita blandura de alma y la misma locura incalculable" que el lírico sobrino, pero el tono frío, la frase amarga y la visión estrecha, como corresponde a alguien que cree que dos y dos son, en verdad, cuatro. ¿Y "si se le ocurriese de repente, sentado en su sillón de despacho, que dos y dos son en verdad, cinco, y que ha arrastrado por tanto, a través de su vida entera, un error de cálculo, que ha malgastado su existencia toda en una equivocación abominable"? No se le ocurre. Es el poeta el que ha errado en sus luminosos y esperanzados cálculos. La bella y rubia prima Amelia, "flor de flores, luz de la existencia", lo empuja hacia su "eterno y definitivo infierno" con su menudo pie. La niña rica, hija del todo poderoso Salomón, "envuelta en el fulgor de los diamantes", ofrece besos y sonrisas y se retrae, esquiva, en un peligroso juego de abanico que dura varios años. El pariente pobre se consume en insomnios, en versos y en suspiros. 
La noticia le llega en Goettingen: la "personita sutil, la reina del cielo, tan tierna, tan parecida a las dulces ninfas se ha casado con un honorable y rico ciudadano de Koenisberg". ¡Era el primero de mayo! La primavera se escurría risueña y suavemente verde a través de los campos y del valle. "Y seguirá escurriéndose durante muchos años. El poeta no superará jamás ese infortunio: "Es una vieja historia, pero al que le sucede le parte el corazón". En los Lieder, en Almansor, en Ratcliff, en Atta Troll, la traición de la amada se alza en cada página en forma de sueños espectrales, en visiones de verdugos y cadáveres, en sombras silenciosas que se encuentran en el imperio de las nieblas. 
En 1823 regresa a Hamburgo, "la hermosa cuna de sus sufrimientos", "el bello sepulcro de su paz". "¿Cómo estás?, me preguntaron. Y agregaron enseguida: Tu cara está más pálida. Pregunté por mis amables primas. También pregunté por mi amada, hoy mujer de otro. ¿Sabes? —gritó la primita—, mi perro creció y se volvió rabioso. ¡Lo arrojé al Rin! Cómo ríe esta pequeña. ¡Cómo se parece a su hermana! ¡Los mismos ojos, los mismos pérfidos ojos que me hicieron desdichado!" La primita se llama Teresa. Fue la "nueva locura injertada en la vieja". Esa extraña flor gemela y tardía, esa doble estrella de una conjunción aciaga, duplicó la tiniebla y la desdicha. "La pequeña" también se casa con otro. Entre las muchas huellas de esta repetición patética, encontramos esta: "Quien ama por primera vez sin esperanzas es un dios. Pero quien ama por segunda vez sin esperanzas es un loco. Y ese loco soy yo". Mucho después le dirá a Gérard de Nerval, ese rotundo desventurado: "He sufrido siempre a causa de un amor de juventud, sepultado en mi corazón, que no quiere morir". ¿Cuál? ¿Amalia? ¿Tere-sa? ¿Qué importa? "¡La reine est morte, vive la reine!" En adelante su corazón se enfría por una y se inflama por otra. Serafina, Angélica, Diana, Miriam, son efigies de una misma moneda acuñada en el crisol del sensualismo y del fracaso. Desilusión, melancolía y cansancio son los ingredientes del pesimismo erótico de Heine. 

LA SALIDA DIGNA 

"Era bajo de estatura, endeble, rubio y pálido, sin ningún rasgo sobresaliente en la cara, pero la estructura de esta cara era tan singular que enseguida llamaba  la atención y no se la olvidaba fácilmente. Su carácter era entonces aun blando; no se habían formado todavía las espinas del sarcasmo que cercaron más tarde la rosa de su poesía. El mismo se mostraba más sensible contra la ironía que dispuesto a ejercerla. Los buenos sentimientos de los que luego se reía tan a menudo hallaban eco en su alma", dice un testigo de la mañana dorada de su fama. Ahora está en el mediodía de su gloria y en la medianoche de su infortunio. "Las rosas" de su poesía nacen de una raíz profundamente lastimada. Ha pasado la época de sus estudios de derecho y letras en Bonn y en Goettingen, interviniendo de manera estruendosa en las luchas por las reformas, por la influencia del pueblo en el gobierno de la Magna Alemania; ha frecuentado en Berlín los salones de Rachel Levin, esa "pequeña dama de gran alma", y ha brillado en ellos por su ingenio, su talento, sus arrebatos y sus muchas y vehementes polémicas; ha publicado muchos poemas, su Libro de canciones y parte de sus Imágenes de viaje, con un eco de aplausos y de escándalos; ha establecido relaciones estrechas, enconadas o unilaterales con los grandes personajes de la época; políticamente se ha granjeado las hostilidades de los dos extremos, en su denodado esfuerzo por hallar un centro entre las contradicciones; literariamente alza su protesta contra el destino cristiano y absolutista del romanticismo que lo incluye, tan a pesar suyo. Pasea su inconformismo encarnado en esa "figura paradójicamente esbelta, envuelta en ropajes desaliñados, con una cara pálida, cuadrada, no exenta de huellas de placeres pasados. Recorre Inglaterra, Italia, Alemania, como un viajero que ha descendido la tarde anterior del coche de posta, pasando después una noche accidentada en alguna hostería de la que está a punto de partir. Y parte. Tiempo atrás  ha encontrado una solución, escrita y vital, para encubrir la desdicha y aunar en un chisporroteo las fuerzas opuestas: es el humor, la ironía, el sarcasmo, el cinismo. Contra su pobreza, contra su condición de judío a la intemperie en un tiempo adverso, contra su amor no correspondido, contra su misma capacidad de disfrutar de la vida, contra su desconfianza, contra su orgullo, contra su sensibilidad en llaga viva, contra el sufrimiento, contra el suicidio, emprende ese viaje interior: el salto burlón frente al escollo de lo imposible. Es un juego automático que desconcierta a todos y con el que a veces parece, a su vez, desconcertado. Pero los escollos externos persisten, con aristas y asperezas, y el 19 de mayo de 1831, Heinrich Heine parte y pasa el Rin. 

PARIS SOLAR, PARIS CREPUSCULAR

Recorre París con trozos de Alemania pegados a las suelas de los zapatos. Pero se siente feliz: "Si alguien pregunta cómo me encuentro aquí, díganle: como un pez en el agua, o mejor, díganle a la gente que si en el mar un pez pregunta a otro por su salud, contestará: me encuentro como Heine en París". Frecuenta el salón de la princesa Belgiojoso, conoce a Balzac, a Sue, a George Sand, a Gérard de Nerval, a Víctor Hugo, a Alfred de Vigny, a Musset, a Chopin, a Liszt, a Théophile Gautier. Este dirá después: "He visto a Heine frecuentemente en su mejor época. Tenía el tipo de un dios. Era malo como un diablo, y a todo eso muy bondadoso, se diga lo que se quiera. Me bastaba con escuchar su conversación brillante, pues prodigaba espíritu. Hablaba muy bien el francés; a veces se permitía lanzar sus sarcasmos con un típico acento alemán, tan barroco, que era irresistiblemente cómico". Con él los franceses disfrutan del raro placer de encontrar sentido común en un literato alemán. A los grandes se les revela con grandeza; a los pequeños, con chocante fealdad. 
Es un período de paz, sólo enturbiado por las discordias de los refugiados alemanes, por los fuertes dolores de cabeza y las cavilaciones crepusculares. En octubre de 1834, entre los pensamientos nocturnos, se abre paso un fulgor de París, vivaz, inquieto, que llega con el perfume silvestre y natural de las húmedas  violetas : es Matilde Mirat. Tiene diecinueve años y trabaja como vendedora de su casa, en Seine-et-Marne, y no sabe leer ni escribir. Se enamora de Heine más allá de las letras y del talento. Él se hace cargo de su educación: "A esta maravillosa criatura la he metido en un internado .para señoritas, fuera de París, en los arrabales: hoy hay baile. ¡Tenéis que venir para ver bailar a mi Matilde", invita a sus amigos. En una carta a otro, habla de su "Nonotte", de su "pobre palomita": "Sus mejillas de rosa bullen en torno mío; mi cerebro no cesa de sentir la embriaguez de una violentísima fragancia de flores. No soy capaz de conversar razonablemente. ¿Ha leído usted el Cantar de los Cantares de Salomón? Pues bien, vuelva a leerlo y busque en él lo que yo podría decirle hoy." Esta Sulamita, tan vegetal, era encantadora y caprichosa. Tenía accesos de rabia en los que se aferraba de su amado y lo arrastraba, y ambos se revolcaban chillando sobre las alfombras. Pasaba sin transición del llanto más desgarrador a la risa más estrepitosa. Las escenas de brusca rebelión infantil terminaban en ternuras acariciadoras, en apasionadas y explosivas reconciliaciones. Ambos vivían en un vaivén, en una marea envolvente que arrasaba con todas las opacas costumbres, con todos los residuos de posibles hastíos, con todas las borras del pasado. 
En 1841 se casaron. "Con su buen humor popular y su fuerza desenfrenada, con su concentración incondicional sobre este único hombre cuya existencia llenaba su cerebro, dejando un pequeño rincón para el atavío femenino" y para el loro, esta "gata montera" —como a sí misma se designaba—ligó a Heine hasta el fin de su vida con lazos elementales y quemantes. Tal vez el poeta se haya rebelado alguna vez al poder de esta atadura, tal vez lo haya hecho por celos —por celos mató al loro y hubo que comprar otro—, tal vez por contradicción entre las dos mitades de su ser escindido. Lo cierto es que dijo: "¡Dura cruz! Yo la arrastro siempre resignado. Sabe, ¡oh, mujer!, que el amarte es para mí la expiación". 

OTRAS PUERTAS SE ABREN 

Mientras tanto su destierro voluntario se iba convirtiendo en un encierro. En Alemania no sólo gravitaban prohibiciones sobre sus libros; también la policía tomaba medidas contra su persona. El encono, la indignación, la furia, lo perseguían en París en forma de espías. A las acusaciones de "blasfemo", "astuto", "anticristiano"; siguen las de "traidor" a todas las causas. 
A medida que Alemania le cierra las puertas otra enemiga implacable le va abriendo cruelmente las de su morada. Sus primeros anuncios fueron leves: dolores de cabeza, sensibilidad a los ruidos y a la ley. En 1842 dos dedos de su mano izquierda amanecieron un día paralizados. Otro día, para abrir los ojos debe levantar los párpados con los dedos. En seguida se paraliza la mitad de su cuerpo. Hasta 1847, con mejoras y recaídas, logra huir de su perseguidora. A partir de entonces lo retiene encerrado. Heine escribe tendido en el suelo, sobre una alfombra, para deslizarse hacia los objetos que necesita. Recibe a sus amigos y continúa bromeando. No puede comer "sino con un lado", no puede llorar "sino con un ojo", pero su corazón está intacto para recibir la última imagen del amor. Hasta su "sepulcro acolchado" llega madame Krinitz, "La Mouche" —la mosca, por la figura grabada en su sortija—. Matilde accede a esas entrevistas en que se habla de amor, se suspira, las manos se enlazan y murmuran promesas imposibles. 

El 17 de febrero de 1856, cuando llega la "desagradable rata alemana", Heinrich Heine murió pidiendo papel y lápiz.  Madame Krinitz, "La Mouche", Camila Selden —con este nombre publicará "Los últimos días de Heinrich Heine"— verá en cada aniversario una figura negra, la sombra de un insecto gigantesco empeñado en alcanzar la luz, el aire libre. Los libros del poeta serán quemados; sus monumentos manchados, derribados, encerrados en jaulas; su memoria, escarnecida. Pero su espíritu alcanzó la libertad y su palabra la gloria.  

lunes, 24 de octubre de 2016

Las pobres mujeres (Valentine Charpentier) -parte 3-




Hubertine Auclert y su periódico La ciudadana



Rebelión en el corral

“Es más fácil acusar a un sexo que excusar al otro” asegura Montaigne. Y así es. Para disminuir a la mujer – a quien se le cuestionó inclusive la posesión de un alma- los hombres han recurrido a la teología, a la religión, a la psicología experimental, a la biología y a la mala fe.
Las escasas protestas y las restringidas libertades que se alzaron a lo largo de los siglos fueron acalladas siempre por las tres K que Hitler formuló sabiamente: “Küche, Kinder, Kirche” (cocina, niños, iglesia).
La Revolución Francesa tuvo en cuenta la situación de algunos segregados y completó la Declaración de los Derechos del Hombre con estos postulados: “La mujer nace libre y tiene los mismos derechos que el hombre. También el de oponerse contra la opresión. Es Estado se asienta sobre una comunidad de hombres y mujeres y la legislación debe ser una manifestación de esta colaboración. Todos los ciudadanos y ciudadanas pueden acceder a asignaciones oficiales y a distinciones profesionales. Una mujer tiene el derecho de ser ejecutada. También ha de tener el derecho de ser ministro de Estado”.
No fue ministro de Estado, pero ejerció con toda liberalidad el derecho de ser ejecutada. En cuanto al de “oponerse contra la opresión”, después del leve respiro del romanticismo que soltó su talle, la mujer entró con más encarnizamiento que antes en los rígidos corsets: llegó a dormir con él y a mutilarse las dos últimas costillas para hacer calzar su cintura con milimétrica exactitud en las manos de su amado. Si su protesta se tradujo en palidez, alimentada por la falta de alimento y por poderosas dosis de vinagre, es conveniente aclarar que pasó inadvertida o fue interpretada como un esforzado impulso hacia la espiritualidad, cuando no como síntoma de la anemia o la fatal tuberculosis.
Fue necesario que Stuart Mill escribiera su ensayo “Del sometimiento de la mujer” y alzara la voz en el Parlamento inglés en favor del voto femenino, en junio de 1866, para que Mrs Fawcett organizara a las inglesas y Marie Deraismes a las francesas con tentativas de emancipación, en manifestaciones que alzaron agudas voces destempladas y recogieron ecos del chillido en varios idiomas a lo largo de muchas décadas. Allí estaba Hubertine Auclert imprimiendo el periódico La Ciudadana, Elizabeth Wolstenholme aullando que era la catecúmena de una nueva religión y escribiendo una guía de educación sexual llamada “La flor humana”, la señora y las señoritas Pankhurts decididas a ir a la cárcel y a ayunar, Anne Kenney, Miss Malony y tantas otras. Nadie puede dejar de ver a Miss Matters, que asciende en globo sobre Londres y la empapela con protestas de todos los colores, balanceándose como una estrafalaria aparición a dos mil quinientos pies de altura. Es en vano que se les conteste que la mujer debe optar entre ser “ama de casa o cortesana”, “que se mantenga en su pedestal, que no descienda”. Miss Matters no desciende, y las demás trepan a los pedestales de las estatuas, agitan paraguas, banderas del color de la esperanza: queman casas, levantan plataformas de cajones, apedrean a la policía. Claman por la unión libre, por su derecho al cuarto oscuro y por sentarse en las bancas parlamentarias.
Mientras tanto, algunas señoras que padecían uniones forzadas salían de sus cuartos claros para ir a sentarse en la sala de espera de algún médico. Se habían permitido tener “sensaciones indebidas”, vergonzosas satisfacciones sexuales con sus escandalizados maridos. El galeno aligeraba sus conciencias con alusión a algún remoto antepasado bárbaro. Había que combatir la fuerza del ancestro, había que calmarla con gimnasia, baños fríos y preocupaciones intelectuales.

¿Hacia dónde vamos?

A la larga, las pedradas de las sufragistas dieron en el blanco. La psicología liberó de las inhibiciones las mentes femeninas. La fisiología autorizó plenamente las reacciones naturales y hasta las que no lo son. Las universidades abrieron sus puertas y les dejaron lugar en sus estrados. Los ministerios y las cortes de justicia las adornaron con la severidad de sus investiduras. Las conquistas sociales les reconocieron derechos equivalentes a los del hombre. Algunas han llegado a gobernar. El progreso ha sido gradual.
Ahora las piedras llueven cada vez con mayor virulencia. Las integrantes del Movimiento de Liberación Femenina y otras agrupaciones análogas rompen las vidrieras de la pasividad, del acatamiento, del conformismo y de la complicidad con el mundo patriarcal. En Estados Unidos, en Inglaterra, en Alemania,en Bélgica, en Holanda y en los países escandinavos “las mujeres infernales” queman corpiños, proclaman “la libertad de sus vientres”, renuncian al trabajo doméstico, pisotean los cosméticos, vociferan contra las tiras televisivas que exaltan el eterno femenino y contra la publicidad erótica que las convierte en productos, pellizcan las nalgas de los insolentes, derriban a los gendarmes con pases de judo y de karate, exigen la jornada de veinte horas semanales y la equiparación con los salarios masculinos.
¿Quién puede predecir los resultados de esta lucha desaforada y a veces incongruente por una libertad y una igualdad sin fraternidad?
El hombre es juez y parte. La mujer también.

A falta de árbitros, tal vez haya que apelar por fin al “ser humano”.

domingo, 23 de octubre de 2016

Las pobres mujeres (Valentine Charpentier) -parte 2-






Los lazos encantadores

Las egipcias que exhiben su perfil en armoniosos frisos, como espiando de reojo el juicio de la posteridad, nos muestran al mismo tiempo su incuestionada honradez, pues aquellas que observaban con menos disimulo una conducta reprensible se les cortaba la nariz. En general se las representa sentadas en tronos o en sitios de honor en los banquetes, adornadas con joyas y con flores, y no es raro que hombres que dan la cara aparezcan dedicados a trabajos domésticos, ordeñando las vacas o preparando el alimento. Sófocles y Heródoto afirman que muchos maridos se quedaban tejiendo en sus casas mientras las mujeres se dedicaban al comercio, a la música, a los juegos de equilibrio y a los ejercicios de fuerza. Se ignora si ellas defendieron sus privilegios con la aplicación hogareña de estos últimos o si fue una concesión deferente de sus buenos hermanos.
Por la ley del Talmud la esposa judía debe “moler el trigo, cocer el pan, lavar la ropa, amamantar a los hijos, hacer la cama y trabajar la lana”, “pues la ociosidad engendra malos pensamientos”.
A riesgo de que el marido la abandone, no puede reírse con mancebos ni pasear por la plaza con los brazos desnudos o la cabeza descubierta, extravagancia que ni siquiera podría ocurrírsele a la mujer ortodoxa, que se rapa la cabeza para la boda y se coloca para siempre una espantosa peluca de urraca, insufrible para todo aquel que no sea su marido. Este, perversamente imaginativo, ve en esa pelambre hirsuta y de color abominable el símbolo de la fidelidad y la virtud. ¿Qué remedio le queda a la fanática judía?. Sumergirse en la casa que solo puede abandonar definitivamente en caso de lepra, de epilepsia o cuando “se la maltrata con exceso”.
No es extraño que él díga en sus oraciones: "Bendito sea Dios nuestro Señor y Señor de todos los mundos, por no haberme hecho mujer", y ella, la resignada: "Bendito sea el Señor, que me ha creado según su voluntad". En Grecia la joven virtuosa, criada en el gineceo —aposentos femeninos  no hollados jamás por pisadas extrañas— ingresa digna y erguida, supliendo su ignorancia con la souplesse de los drapeados, en una rígida situación matrimonial, y continúa hilando, tejiendo o bordando, dirigiendo a las criadas y lavando en el río. Se sienta en "un sitial elevado al lado del esposo", que regresa de algún platónico o sospechoso encuentro con algún apolíneo adolescente, o de hacer vida social y de la otra con la cultivada hetaira. Esta no es una prostituta de las muchas que abundan, sino una mezcla de cortesana e intelectual, una virtuosa en el arte de vivir desconocido por las virtuosas damas iletradas. "Tenemos hetairas para los placeres det espíritu, rameras para el placer de los sentidos y esposas para darnos hijos" dice Demóstenes con la boca llena de guijarros.
 Se dice que las mujeres romanas eran dueñas de una libertad y de una majestad extraordinarias, y que contaron también con el apoyo de Musonius Rufus, un teórico del feminismo antiguo, con el silencio y la devoción de los perturbadores esclavos y con las críticas del didáctico Ovidio, quien asegura que sólo son castas las que no pueden atraer a nadie.
Sin duda estas prebendas femeninas sólo se ejercerían durante las numerosas guerras y las consecuentes ausencias de los amos del hogar ya que fue precisamente Roma la que impuso la patria potestas, ley que convertía a la mujer y a los hijos en bienes muebles y eximía al marido y padre de toda culpa en el caso de que sintiera el caprichoso impulso de exterminarlos. Las matronas que se destacaron – y son numerosas- han de haberse abierto paso a los codazos y a fuertes golpes de caderas para entrar en la historia y salir de sus casas, puesto que el género femenino era una prolongación de otras telas hogareñas, sin utilidad ni participación en recintos públicos y oficiales y su status se denominaba imbecillitas.
Para los musulmanes “la mujer es una fuente de untuosas delicias, lo mismo que las frutas, las confituras, las masas sustanciosas y los aceites perfumados”; este manjar almibarado los espera en forma de hurí para sumergirlos en las voluptuosidades del paraíso mahometano. En la tierra están algo restringidos. El Corán les aconseja no tener más de cuatro mujeres, a las que pueden privar en caso de descontento, de la sal, de la pimienta y del vinagre. La mujer acata la voluntad de su dueño, silenciosa y velada, porque “los hombres son superiores a causa de las cualidades por las cuales Dios les ha dado la preeminencia”.
En la India las leyes de Manú son generosas: liberan a la mujer de todos los dilemas de la elección. “Sea soltera o casada, o vieja, nunca debe hacer nada de su propia voluntad, ni siquiera en su casa. Si muere el jefe del hogar, dependerá de hijos o parientes, pero nunca se gobernará a su antojo”
La mujer no tiene el derecho de sentarse a la mesa con su marido “pero está autorizada a comer lo que éste le deje”, y lo mejor que puede hacer es tratar de agradarle con la obediencia más absoluta, aunque él sea “contrahecho, viejo, enfermo, repulsivo, grosero, violento, licencioso, borracho y jugador”. Mientras “el dios de la esposa” está ausente, ese dechado de paciencia no debe ponerse aceite en la cabeza, ni limpiarse los dientes, ni roerse las uñas, ni acostarse en su cama, ni comer más de una vez al día. Ese estado de dicha suprema suele estarle prometido a la niña – sobre todo si tiene dientes menudos y la apostura de un cisne o de un pequeño elefante- desde su más tierna infancia. Aparte del privilegio del tejido, del cultivo del opio, de la extracción del carbón y las labores de riego, el previsor marido reserva a la esposa una última deferencia: la de arder en la misma llama. La viuda que se arroja en la pira mortuoria irá a habitar en el mismo cielo que su magnánimo señor, unos treinta y cinco millones de años. De lo contrario, como el nirvana no admite más que seres masculinos, tendrá que esperar otras transmigraciones hasta “merecer convertirse en un hombre”.
En China, el advenimiento de una niña del sexo femenino es saludado como “la teja que cae en la cabeza” y los padres suelen liberarse de esa incomodidad sumergiendo la de ella en un lebrillo de agua y teniéndola colgada por los pies hasta lograr la total asfixia. En el libro del Kiang-nau-tie-lei-tu-sin-pien se lee que “ en las aldeas muchas gentes practican la costumbre de asfixiar a las niñas y llegan hasta el extremo de ahogar a los muchachos”; otra obra moral ataca esta perniciosa costumbre: Cuentos con láminas para disuadir a los padres de que ahoguen a sus hijas. Las que sobrevivan se prepararán para la seducción con “pies de lirio”, asegurados mediante un vendaje muy apretado que mantiene doblados sobre la planta cuatro dedos. Gracias al balanceo de los brazos y al equilibrio sobre los talones, la china se desliza “cual pájaro ligero que corre batiendo las alas para atrapar el dorado insecto que pasa por delante”. Más le valdría dejarlo pasar, porque el marido chino tiene el derecho de pegar a su mujer, siempre que no le produzca fracturas, y el que no lo hiciere cuando las situaciones lo autorizan, puede ser considerado torpe o negligente. Flor de Jazmín, Luna Plateada, Suave Perfume o Sombra de las Nacientes Lilas- la cortesía se agota totalmente en el lenguaje-debe someterse con gratitud a este derecho de corrección, sin olvidar jamás que “es la pobre tonta de la casa” y que “el esposo es el cielo de la esposa” en el Celeste Imperio, donde el cielo es un espejo bruñido que jamás se empaña.
En el Imperio del Sol Naciente sucede algo semejante, y la esposa, que ha tenido la delicada atención de afeitarse las cejas y de ennegrecerse los dientes para agradar a su exquisito señor, es la primera que se levanta y la última que se acuesta sin chistar, pues basta que “hable con la locuacidad de un papagayo” para que sea repudiada por su exigente marido.
En algunas tribus de Argelia el recién casado coloca en la tienda, junto a la recién desposada, un grueso garrote, a manera de amable símbolo hogareño. Y en Tlemacén le pisa con redundante fuerza el pie derecho para recordarle su futura y definitiva condición.
Los persas afirman que “toda doncella que se niegue a tomar esposo irá fatalmente a habitar las regiones infernales, sea cual fuere la excelencia de sus obras”. Si no se niega, su destino es más o menos semejante. “Ha de venerar a su marido; ha de presentarse todas las mañanas delante de él como ante un juez, de pie y con las manos debajo de las axilas en señal de sumisión; se inclinará y llevará tres veces las manos desde su frente al suelo, luego tomará órdenes, y en seguida irá a ejecutarlas”.
Quienes reprochan aún a las mujeres haber elegido el matrimonio como la más fácil de las carreras han omitido referirse a su ceguera, a su masoquismo, a su heroicidad o a su ambición. Desmedida ambición: “el matrimonio eleva a la mujer al acercarla al hombre”.

Cuerpos brujos

La Mujer, la Madre ancestral, ha sido venerada y temida en todos los tiempos. Esencial e irremplazable, como el Mal frente al Bien, la Tiniebla frente a la Luz, La Luna o la Tierra frente al Sol, ocupa el lugar del misterio insondable desde las más remotas cosmogonías.
Las funciones asombrosas de su cuerpo hacen que su potencia se afirme dentro y fuera de este reino, provocando el estupor y el resentimiento de los hombres.
Por si no bastara Eva, una antigua leyenda hebrea de la Creación ilustra el encono masculino hacia los naturales y exclusivos poderes femeninos. Cuenta aquella que Adán, antes de perder su costilla, tenía una hermana gemela que era, a la vez, su esposa: Lilith. Esta no le concedía ninguna superioridad y se negaba a ser su sierva. Arrojada del Paraíso se convirtió en un monstruo, en un vampiro que atacaba a los hombres mientras dormían y los forzaba a tener relaciones sexuales con ella. Especialmente malvada con los niños- se negó a tenerlos de Adán-engendró con el ángel caído Sammael tres mosntruos de cuerpo humano con cuartos traseros de asno y alas de esfinge. Perdió su categoría de mujer y se convirtió en la primera bruja.
Esta leyenda, según Leopold Stein, fue uno de los esfuerzos que los hombres hicieron por liberarse de la madre mágica que proyectan en toda mujer. Muchas otras represalias y castigos le sigueron.
Frente a los primeros síntomas que convertían a una niña en mujer, no sólo algunos pueblos reaccionaban declarándolas impuras o satánicas y sepultándolas hasta el cuello o aislándolas como a animales infectos, sino que la leyenda cubrió en algunas épocas todo el esclarecido mundo. Plinio mismo dice en su Historia Natural. “La mujer en ese estado agría con su proximidad el vino nuevo, las semillas que toca se esterilizan, los renuevos tiernos perecen, las flores del jardín se mustian y los frutos del árbol bajo el cual ella se sienta caen. A su sola mirada se empaña el resplandor de los espejos, se embota el filo de la espada, pierden su brillo los marfiles, mueren los enjambres; hasta el bronce y el hierro se enmohecen y contraen un repugnante hedor. El betún, que por naturaleza se pega a todo lo que toca y que, en ciertas épocas del año sobrenada en el lago Asfaltites de Judea, no puede romperse sino con un hilo bañado en este virus. Hasta las hormigas, animales minúsculos, cuando padecen su propia influencia, arrojan los granos que transportan y no los vuelven a recoger jamás”. Aún ahora hay señoras que, conscientes de este poder, no tocan flores ni plantas en “sus días inevitables”, para no marchitarlas; no usan perlas para no empañarlas, ni baten mayonesas para no cortarlas. ¡Bienaventuradas las que oyeron y creyeron!
La fuerza mágica de la mujer, a pesar de que Cristo fuera feminista, parece haber sido admitida, con el consiguiente horror, por los Padres de la Iglesia. San Pablo es un gran detractor. San Ambrosio, San Juan Crisóstomo y San Máximo no se le quedan atrás. Tertuliano sienta el gran corolario al llamarla “Templo edificado sobre cloacas”. Es la corporización de la peor de todas las tentaciones: el demonio de la carne.
En la Edad Media, mientras el hombre va a liberar con las Cruzadas el Santo Sepulcro, la virtuosa castellana se mantiene como “unidad sellada” gracias a los torturantes cinturones de castidad. Es inaccesible, es tan forzosamente lejana e intocable como un ángel en el ánimo de los trovadores, es una estrella y una musa que recibe el homenaje de la canción, las flores y el suspiro. Pero hay otras: las brujas, que asumen todo el vaho del encierro y lo ponen a hervir en los calderos. El Malleus Maleficarum es una extraordinaria guía, mezcla de tratado de misoginia y de manual del FBI que practica el indentikit más indiscutible para encontrarlas. Los inquisidores hacen el resto. La bruja tiene estampada alguna marca de su pacto con el diablo en algún lugar del cuerpo (lunar, cicatriz, verruga, mancha o cualquier otra particularidad que se le encuentre); es incapaz de llorar; posee zonas insensibles; no tiene sombra porque la ha vendido y la sombra es el alma; evita los deberes conyugales y tiene relaciones con el diablo; niega en la hoguera para encubrir al gran perverso; no es sumisa, ni inocente, ni espiritual; usa filtros para hechizar a los incautos con deseos que jamás podrán satisfacer; arruina las viñas, las pasturas y las cosechas; provoca cataclismos y tormentas. Es un buen combustible. Alimentó enormes incendios hasta fines del siglo xvii y algunas fogatas aisladas aún después.
Su enigma sin embargo, no fue descifrado ni consumido en esos fuegos. Aún ahora, sus mecanismos primordiales, ese ser que engendra, alumbra y amamanta, continúa siendo un interrogante, una fuerza opuesta, instintiva y ciega.
El sexoi masculino no es mero sexo. Inclusive el “macho” oscuro y elemental asume esa designación con el agregado del coraje, de la integridad, de la fuerza, y la nobleza, pero ve en la “hembra” oscura y elemental una zarabanda de representaciones amenazadoras. “Monstruosa y cebada, la reina de las termitas impera sobre los machos esclavizados: la manta religiosa y la araña, hartas de amor, trituran a su compañero y se lo devoran; la perra en celo corre por las callejuelas, dejando detrás de sí una estela perversa; la mona se exhibe impúdicamente y se niega con hipócrita coquetería; las fieras más soberbias – la tigresa, la leona y la pantera-, se acuestan servilmente bajo el abrazo imperial del macho.

Inerte, impaciente, astuta, estúpida, insensible, lúbrica, feroz o humillada: el hombre provoca en la mujer a todas las hembras a la vez”, dice Simone de Beaivoir.

Las pobres mujeres (Valentine Charpentier) - parte 1 -

1970 (Gran Bretaña): Las representantes del Movimiento de Liberación de la Mujer invaden la celebración del concurso de Miss Mundo, con sacos de harina,


en Claudia 171 (agosto 1971)

Los hombres asentaron sus dominios sobre la fragilidad, la delicadeza, la timidez y el sometimiento de sus encantadoras compañeras. La leve mariposa, la recatada gacela, la tierna flor se ha convertido ahora… en un tábano zumbador, en una pantera terrible, en una hiriente zarza. Las mujeres aúllan, braman, vociferan y tratan de someter a sus azorados compañeros, rebelándose contra las “fatalidades” de la especie.

La mujer, puerta del diablo, camino de maldad, mordedura de escorpión, sexo dañosísimo que donde se acerca enciende fuego, perdición del hombre, tempestad de una casa, cautiverio de vidas, bestia voraz, tentación ordinaria, peligro continuo en los lugares poblados, es la que introdujo el pecado en todos los hijos de Adán y la causa de la muerte del género humano. Tal es la opinión de algunos ascetas que no la conocieron.
La mujer, espejo de amor, hierba del paraíso, fuente de felicidad, nido de encantamiento para el corazón, perfume de miel, alegría y consuelo de los entristecidos, canción del ruiseñor, rocío de las lilas, cielo de los ojos, consolación eterna y angelical alimento para el alma, es la que enseña la virtud a los hijos de Adán y la inmaculada madre del género humano. Tal es la opinión de algunos mundanos que también la ignoraron.
Entre aquella Eva tentadora y esta Señora inefable, la imaginería pública y privada desliza una infinita sucesión de estampas: Caperucita Roja, la bruja, la tigresa, Cenicienta, la loba romana, las vírgenes fatuas, Alicia en el País de las Maravillas, la triunfadora de mañana, la mujercita que lustra y da esplendor, el hombre imperfecto, la columna del hogar, etc.
Pero desde la roca rupestre hasta el afiche vendedor, la mujer sonríe misteriosamente, impenetrable y lejana como un Buda, ante los diversos abismos que los hombres excavan en su honor.
¿Estará empollando desde el comienzo de los siglos el huevo dorado de la liberación?

El segundo sexo

Los más sagaces antropólogos han definido a la mujer como “el segundo animal de la creación, después del hombre”, y son muchos los que desde el comienzo del mundo se han preocupado por fortalecer y mantener vigente y actualizada tan honorable aseveración. Los méritos sobran.
Frente al hombre que vencía al león y la arrastraba por el pelo a la caverna, verificando ya la segunda parte de la frase de Shopehauer (“la mujer es un animal de ideas cortas y cabellos largos”) y tratando de imponer la primera, su compañera de lucha renunció de antemano a todo privilegio en el reino animal ingresando automáticamente en el muestrario de las sustancias útiles, aleatorias e indeterminadas.
“Porosa, maleable, dúctil, inodora” fueron tal vez sus condiciones más preciadas, condiciones del reino mineral que prefiguran su mentada arcilla sobre la cual los hombres estamparon sus manos, sus pies y su firma desde la Edad de Piedra.

¿Desde cuándo y cómo esta poseedora de cuantiosas costillas – y a su vez mero hueso supernumerario- asumió su papel de tenaz luchadora contra el polvo, de alquimista del fogón, de grácil abeja laboriosa o de adorno del hogar? El proceso desde la comunidad libre, o no tan libre, hasta la constitución de la familia es una mera conjetura. Necesidad de refrenar la sexualidad (ventaja masculina), evolución desde la promiscuidad hasta la particularidad (exigencia masculina), transformación del ritual público en unión privada (exención masculina), identificación de la paternidad (fatuidad masculina), herencia de tierras y de bienes (privilegios mutuos) son algunos de los muchos elementos que sustentan las infinitas e incomprobables hipótesis. Una simple suma de los mismos determina las prerrogativas del hombre y ofrece la constante de un corolario asfixiante e invariable: la sumisión de la mujer en su estado sólido o vaporoso.

Los trece dineros

Dejando de lado las acotaciones partidistas o perversas, se puede definir el matrimonio como “ una unión socialmente reconocida entre dos personas de sexo opuesto -¡ojo! no complementario- sobre la base de un contrato que establece deberes y derechos mutuos”, a los cuales hay que resignarse por amor, por prejuicio o por inadvertencia. En las sociedades más primitivas la compra de la esposa es evidente: la tradición y el derecho hablan de "el precio de la novia". La mujer propia es un instrumento canjeable por bueyes, por armas, por tierras u otras pertenencias cuyo valor se estime equivalente, y sólo razones económicas limitan la poligamia. San Jerónimo ha levantado una indignada y nada cortés pro-testa contra la impremeditación que siempre acarrea amargos errores: "¡No! —exclama con vehemencia agitando su barba— no se escoge a la mujer sino que se la toma a ciegas tal cual es. ¿Es la esposa colérica, necia o repulsiva? ¿Y esto se averigua después de la boda? Antes de comprar un caballo, un asno, un mueble, un traje, un utensilio, todo el mundo quiere saber qué es lo que compra, y únicamente cuando se trata de la esposa se prescinde de ello, como si se temiera que el novio se cansara de su compañera antes de otorgarle definitivamente su mano." En cambio, en las sociedades más avanzadas, donde es la mujer la que otorga su mano —en general su mano de obra—, lleva en la misma una indemnización para el damnificado, indemnización que se denomina "dote". Los trámites y los símbolos de la compra y la gratificación que sella el compromiso son innumerables. Entre los antiguos beduinos de Siria las jóvenes casaderas acudían a la plaza pública envueltas en sus mejores galas, y desfilaban acompañando pregones de este tipo: "¿Quién quiere comprar a esta muchacha?". En Bengala una doncella costaba de tres a catorce rupias, pero la cifra podía cambiarse por su equivalente en arroz o en ganado. Las del Nilo superior costaban diez platos de hierro y veinte lanzas. En Grecia bastaba una vaca; entre los turcomanos unos cincuenta camellos; la ley sajona era precisa y fijaba el precio en trescientos sueldos; en la Edad Media el novio entregaba generalmente trece dineros, y aun cuando el futuro Luis XVI se casó con María Antonieta (en 1770) “tomó trece monedas de oro de mano del obispo de Reims para entregárselas a su novia junto con una sortija”. Mala suerte. En nuestros días, en muchos lugares de Europa, el sacerdote bendice una moneda en el acto del matrimonio como reminiscencia de las viejas tradiciones. En diversos lugares de Oriente, tribus africanas y congregaciones indígenas, no existen simulacros morbosos. El tráfico todavía es real.
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