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sábado, 15 de febrero de 2020

#OlgaOrozco2020: El presagio




Estaba escrito en sombras.
Fue trazado con humo en medio de dos alas de colores,
casi una incrustación de riguroso luto cortando en dos el brillo de la fiesta.
Lo anunció muchas veces el quejido escarchado del cristal debajo de tus pies.
Lo dijeron oscuros personajes girando siempre a tientas,
porque nunca hay salida para nadie en los vertiginosos albergues de los sueños.
Lo propagó la hierba que fue un áspero, tenebroso plumaje una mañana.
Lo confirmaron día tras día las fisuras súbitas en los muros,
los trazos de carbón sobre la piedra, las arañas traslúcidas, los vientos.
Y de repente se desbordó la noche,
rebasó en la medida del peligro las vitrinas cerradas, los lazos ajustados,
las manos que a duras penas contenían la presión tormentosa.
Un gran pájaro negro cayó sobre tu plato.
Es como la envoltura de algún fuego sombrío, taciturno, sofocado,
que vino desde lejos horadando al pasar la intacta protección de cada día.
Ahora observas humear esa cosecha escalofriante.
Llega desde las más remotas plantaciones de tu presentimiento y de tu miedo,
llega incesantemente exhalando el misterio.
Está sobre tu plato y no hay distancia alguna que te aparte,
ni escondite posible.

jueves, 13 de febrero de 2020

#OlgaOrozco2020: Andante en tres tiempos






Más borroso que un velo tramado por la lluvia sobre los ojos de la lejanía, confuso como un fardo,
errante como un médano indeciso en la tierra de nadie,
sin rasgos, sin consistencia, sin asas ni molduras,
así era tu porvenir visto desde las instantáneas rendijas del pasado.
Sin embargo detrás hay un taller que fragua sin cesar tu muestrario de máscaras.
Es un recinto que retrocede y que te absorbe exhalando el paisaje.
Allí en algún rincón están de pie tus primeras visiones,
y también las imágenes de ayer y aun los espejismos que no se condensaron,
más las ciegas legiones de fantasmas que son huecos anuncios todavía.
Entre todos imprimen un diseño secreto en las alfombras por donde pasarás,
muelen tus alimentos de mañana en el mortero de lo desconocido
y elaboran en rígidos lienzos los ropajes para tu absolución o tu condena.
Cambia, cambia de vuelo como la ráfaga del enjambre bajo la tormenta.
Un soplo habrá disuelto la reunión;
un soplo la convoca en un nuevo diseño, junto a nuevos ropajes y nuevos alimentos.
¡Qué vivero de formas al acecho de un molde desde el principio hasta el final!


Palmo a palmo, virando
de un día a otro fulgor, de una noche a otra sombra,
llegas con cada paso a ese lugar al que te remolcaron todas las corrientes:
una región de lobos o corderos donde erigir tu tienda una vez más
y volver a partir, aunque te quedes, aspirado de nuevo por la boca del viento.
Es esa la comarca, esa es la casa, esos son los rostros que veías difusos,
fraguados en el humo de la víspera,
apenas esculpidos por el aliento leproso de la niebla.
Ahora están tallados a fuego ya cuchillo en la dura sustancia del presente,
una roca escindida que ahora permanece, que ya se desmorona,
que se escurre sin fin por la garganta de insaciables arenas.
Entre la oscilación y la caída, si no te deslizas hacia adelante, mueres.
Apresúrate, atrapa el petirrojo que huye, la escarcha que se disuelve en el jardín.
Somételos con un ademán tan rápido que se asemeje a la quietud,
a esa trampa del tiempo solapado que se desdobla en antes y en después.
Sólo conseguirás un presagio de plumas y un resabio de hielo.
A veces, pocas veces, un modelo para los esplendores y las lágrimas de tu porvenir.


¿Y qué fue del pasado, con su carga de sábanas ajadas y de huesos roídos?
¿Es nada más que un embalaje roto,
una mano en el vidrio ceniciento a lo largo de toda la alameda?
¿O un depósito inmóvil donde se acumulan el oro y las escorias de los días?
Pliega las alas para ver.
Esa mole que llevas creciendo a tus espaldas es tu albergue vampiro.
No me hables solamente de un panteón o de algún tribunal embalsamado,
siempre en suspenso y hasta el fin del mundo.
Porque también allí cada dibujo cambia con el último trazo,
cada color se funde con el tinte de la nueva estación o la que viene,
cada calco envejece, se resquebraja y pierde su motivo en el polvo;
pero el muro en que guardas estampadas las manos de la infancia
es ese mismo muro que proyecta unas manos finales sobre los muros de tu porvenir.
¿Y acaso ayer no asoma algunas veces como marzo en septiembre y canta en la enramada?
Todo es posible cuando se desborda y rehace un recuento la memoria:
imprevistas alquimias, peldaños que chirrían, cajones clausurados y carruajes en marcha.
Sorprendente inventario en el que testimonian hasta las puertas sin abrir.


Hoy, mañana o ayer,
nunca ningún refugio donde permanecer inalterable entre la llama y el carbón.
Los oleajes se cruzan y conspiran como los visitantes en los sueños,
intercambian espumas, cáscaras, amuletos y papeles cifrados y jirones,
y todo tiempo inscribe su sentencia bajo las aguas de los otros tiempos,
mientras viajas a tumbos en tu tablón precario
justo en el filo de las marejadas.



Pero hay algo, tal vez, que logró sustraerse a las maquinaciones de los años,
algo que estaba fuera de la fugacidad, la duración y la mudanza.
Guarda, guarda esa prenda invulnerable que cobraste al pasar
y que llevas oculta como un ladrón furtivo desde el comienzo hasta el futuro.
Estandarte o sortija, perla, grano de sal o escapulario,
describe una parábola de brasas a medida que te aproximas, que llegas, que te alejas:
tu credencial de amor en la noche cerrada.

en "La noche a la deriva" (1984)

miércoles, 12 de febrero de 2020

#OlgaOrozco2020: Al pie de la letra



La noche estrellada (Vincent Van Gogh)



El tribunal es alto, final y sin fronteras.
Sensible a las variaciones del azar como la nube o como el fuego,
registra cada trazo que se inscribe sobre los territorios insomnes del destino.
De un margen de la noche a otro confín, del permiso a la culpa,
dibujo con mi propia trayectoria la escritura fatal, el ciego testimonio.
Retrocesos y avances, inmersiones y vuelos, suspensos y caídas
componen ese texto cuya ilación se anuda y desanuda con las vacilaciones,
se disimula con la cautela del desvío y del pie sobre el vidrio,
se interrumpe y se pierde con cada sobresalto en sueños del cochero.
¿Y cuál será el sentido total, el que se escurre como la bestia de la trampa
y se oculta a morir entre oscuras malezas dejándome la piel
o huye sin detenerse por los blancos de las encrucijadas, laberinto hacia adentro?
Delación o alegato, no alcanzo a interpretar las intenciones del esquivo mensaje.
Difícil la lectura desde aquí, donde violo la ley y soy el instrumento,
donde aciertos y errores se propagan como una ondulación,
un vicio del lenguaje o las disciplinadas maniobras de una peste,
y cambian el color de todo mi prontuario en adelante y hacia atrás.
Pero hay alguien a quien no logra despistar la ignorancia,
alguien que lee aun bajo las tachaduras y los desmembramientos de mi caligrafía
mientras se filtra el sol o centellea el mar entre dos líneas.
Impresa está con sangre mi confesión; sellada con ceniza.


en "La noche a la deriva" (1984)

domingo, 9 de febrero de 2020

#OlgaOrozco2020: Balada de los lugares olvidados

collage de Enrique Molina



Mis refugios más bellos,
los lugares que se adaptan mejor a los colores últimos de mi alma,
están hechos de todo lo que los otros olvidaron.

Son sitios solitarios excavados en la caricia de la hierba,
en una sombra de alas, en una canción que pasa;
regiones cuyos límites giran con los carruajes fantasmales
que transportan la niebla en el amanecer
y en cuyos cielos se dibujan nombres, vieja frases de amor,
juramentos ardientes como constelaciones de luciérnagas ebrias.

Algunas veces pasan poblaciones terrosas, acampan roncos trenes,
una pareja junta naranjas prodigiosas en el borde del mar,
una sola reliquia se propaga por toda la extensión.
Parecerían espejismos rotos,
recortes de fotografías arrancados de un álbum para orientar a la nostalgia,
pero tienen raíces más profundas que este suelo que se hinde,
estas puertas que huyen, estas paredes que se borran.

Son islas encantadas en las que sólo yo puedo ser la hechicera.

¿Y quién sino, sube las escaleras hacia aquellos desvanes entre nubes
donde la luz zumbaba enardecida en la miel de la siesta,
vuelve a abrir el arcón donde yacen los restos de una historia inclemente,
mil veces inmolada nada más que a delirios, nada más que a espumas,
y se prueba de nuevo los pedazos
como aquellos disfraces de las protagonistas invencibles,
el círculo de fuego con el que encandilaba al escorpión del tiempo?


¿Quién limpia con su aliento los cristales y remueve la lumbre del atardecer
en aquellas habitaciones donde la mesa era un altar de idolatría,
cada silla, un paisaje replegado después de cada viaje,
y el lecho, un tormentoso atajo hacia la otra orilla de los sueños;
aposentos profundos como redes suspendidas del cielo,
como los abrazos sin fin donde me deslizaba hasta rozas las plumas de la muerte,
hasta invertir las leyes del conocimiento y la caída?

¿Quién se interna en los parques con el soplo dorado de cada Navidad
y lava los follajes con un trapito gris que fue el pañuelo de las despedidas,
y entrelaza de nuevo las guirnaldas con un hilo de lágrimas,
repitiendo un fantástico ritual entre copas trizadas y absortos comensales,
mientras paladea en las doce uvas verdes de la redención
-una por cada mes, una por cada año, una por cada siglo de vacía indulgencia-
un ácido sabor menos mordiente que el del pan del olvido?

¿Porqué quién sino yo les cambia el agua a todos los recuerdos?
¿Quién incrusta el presente como un tajo entre las proyecciones del pasado?
¿Alguien trueca mis lámparas antiguas por sus lámparas nuevas?

Mis refugios más bellos son sitios solitarios a los que nadie va
y en los que sólo hay sombras que se animan cuando soy la hechicera.

en "La noche a la deriva" (1984)

jueves, 6 de febrero de 2020

#OlgaOrozco: Parte de viaje


collage de Enrique Molina


Como quien se ha perdido en la espesura y es tarde y tiene frío
-no importa que las hojas prometieran con cada centelleo una gruta encantada,
que los susurros del atardecer fueran las risas de los desaparecidos,
que los pájaros cambiaran de color justo a la hora de no ser ya los mismos-,
quiero volver a contemplar el fuego entre cuatro paredes.
No diré que la travesía fuera imaginable,
visos de tiempo incesantemente proyectado en la memoria del olvido,
sino que fue más bien ver desfilar relatos fosforescentes en el curso de agua,
siempre con la amenaza de una zarpa a punto de borrarlos,
siempre con desenlaces sombríos en los que me alejo de la mano de nadie
o estoy en una escena en que la muerte ha protagonizado todos los papeles.
No faltaron prodigios.
Todo viaje comprende reservas naturales de los museos que nos obsesionan.
Puedo hablar, por ejemplo,
del hombre que se trasmuta en nube cuando lo llama la distancia,
y acaso sea el mismo a quien reclama por cada oreja una mitad del mundo,
o de aquel que propaga imágenes de amor, como una repetición del eco,
y acaso sea el mismo en cuya sombra crece sólo la hierba del edén perdido.
Cada uno en su juego de ráfaga indecisa,
cada uno girando en su noche sin fondo, en su órbita incierta.
También hubo el mensaje de la lluvia que cayó al mismo tiempo en [dos lugares
y las apariciones simultáneas de mariposas negras en todas las ventanas
y los atardeceres contagiosos como diseminados por las tenaces pestes del paisaje.
Podría citar otras maravillas y errores que no apresó la crónica,
rarezas y ejemplares nunca domesticados por pregones de feria,
pero no quiero contemplar dos veces lo que vuelve del polvo o es rehén de otro reino.
Que repose intocado con su bautismo de insoluble sal sobre la frente.
¿Y para qué despertar uno por uno los accidentes del camino?
Quedaron señalados con un sello indeleble en los relevamientos del subsuelo,
como si fuera útil ¿para quién? el ejemplo o necesaria ¿para qué? la advertencia,
como si yo pudiera ser la misma aunque no cambie el río.
Entre suelos que corren y límites que se sumergen o que vuelan
las pruebas fueron tantas que no acerté los tiempos;
confundí las personas, entradas y salidas, costumbres y tatuajes;
con las demoliciones de los años construí laberintos en vez de paraderos;
me dormí bajo techo y desperté acosada por los perros de la cacería.
En alguna oportunidad presté mis lámparas a las vírgenes fatuas:
me dejaron a oscuras y me desvalijaron los gorriones.
No pienso, no, que todo fue acechanza, ni mordedura, ni emboscada.
Guardo en algún lugar los días y las noches como inmensos retazos de la fiesta
y solamente habrá que desplegarlos, iluminar los rostros,
probar los episodios y repetir los gestos,
como si alguien nos hubiera elegido para ser personajes de algún sueño.
Aunque tal vez sea mejor conservarlos plegados
junto con los recortes de las bellas excursiones frustradas
y los planos de puertos y ciudades en los que ya no hay nadie para hospedar el alba
y el mapa del planeta con su flora y su fauna coloreados por la melancolía
y la cinta del horizonte inabordable.
Ahora estoy sentada sobre la hierba insomne y hago mi recuento.
¿Debí no haber salido a la intemperie? ¿o cambiar el trayecto?
Todo paso hacia atrás puede invertir de pronto la perspectiva de una his toria.
Toda mirada por encima del hombro puede adulterar los inocentes escenarios.
Es tarde y hace frío bajo las estrellas que todavía lucen, actuales en su nunca,
pero que quizás allá lejos se apagaron.
Voy a entrar en la casa.
Alguien está despierto estrujando las sombras, disponiendo los leños.
¿Es innoble la paz? ¿Es sedentario el fuego?


en "La noche a la deriva" (1984)

lunes, 3 de febrero de 2020

#OlgaOrozco2020: Anotaciones para una autobiografía



Con el sol en Piscis y ascendente en Acuario, y un horóscopo de estratega en derrota y enamorada trágica, nací en Toay (La Pampa), y salí sollozando al encuentro de temibles cuadraturas y ansiadas conjunciones que aún ignoraba. Toay es un lugar de médanos andariegos, de cardos errantes, de mendigas con collares de abalorios, de profetas viajeros y casas que desatan sus amarras y se dejan llevar, a la deriva, por el viento alucinado. Al atardecer, cualquier piedra, cualquier pequeño hueso, toma en las planicies un relieve insensato. Las estaciones son excesivas, y las sequías y las heladas también. Cuando llueve, la arena envuelve las gotas con una avidez de pordiosera y las sepulta sin exponerlas a ninguna curiosidad, a ninguna intemperie. Los arqueólogos encontrarán allí las huellas de esas viejas tormentas y un cementerio de pájaros que abandoné. Cualquier radiografía mía testimonia aún ahora esos depósitos irremediables y profundos.

   Cuando chica era enana y era ciega en la oscuridad. Ansiaba ser sonámbula con cofia de puntillas, pero mi voluntad fue débil, como está señalado en la primera falange de mi pulgar, y desistí después de algunas caídas sin fondo. Desde muy pequeña me acosaron las gitanas, los emisarios de otros mundos que dejaban mensajes cifrados debajo de mi almohada, el basilisco, las fiebres persistentes y los ladrones de niños, que a veces llegaban sin haberse ido.

   Fui creciendo despacio, con gran prolijidad, casi con esmero, y alcancé las fantásticas dimensiones que actualmente me impiden salir de mi propia jaula. Me alimenté con triángulos rectángulos, bebí estoicamente el aceite hirviendo de las invasiones inglesas, devoré animales mitológicos y me bañé varias veces en el mismo río. Esta última obstinación me lanzó a una fe sin fronteras. En cualquier momento en que la contemple ahora, esta fe flota, como un luminoso precipitado en suspensión, en todos los vasos comunicantes con que brindo por ti, por nosotros y por ellos que son la trinidad de cualquier persona, inclusive de la primera del singular.

   En cuanto hablo de mí, se insinúa entre los cortinajes interiores un yo que no me gusta: es algo que se asemeja a un fruto leñoso, del tamaño y la contextura de una nuez. Trato de atraerlo hacia afuera por todos los medios, aún aspirándolo desde el porvenir. Y en cuanto mi yo se asoma, le aplico un golpe seco y preciso para evitar crecimientos invasores, pero también inútiles mutilaciones. Entonces ya puedo ser otra. Ya puedo repetir la operación. Este sencillo juego me ha impedido ramificarme en el orgullo y también en la humildad. Lo cultivé en Bahía Blanca junto a un mar discreto y encerrado, hasta los dieciséis años, y seguí ejerciéndolo en Buenos Aires, hasta la actualidad, sin llegar jamás hasta la verdadera maestría, junto con otras inclinaciones menos laboriosas: la invisibilidad, el desdoblamiento, la traslación por ondas magnéticas y la lectura veloz del pensamiento.

   Mis poderes son escasos. No he logrado trizar un cristal con la mirada, pero tampoco he conseguido la santidad, ni siquiera a ras del suelo. Mi solidaridad se manifiesta sobre todo por el contagio: padezco de paredes agrietadas, de árbol abatido, de perro muerto, de procesión de antorchas y hasta de flor que crece en el patíbulo. Pero mi peste pertinaz es la palabra. Me punza, me retuerce, me inflama, me desangra, me aniquila. Es inútil que intente fijarla como a un insecto aleteante en el papel. ¡Ay, el papel! «blanca mujer que lee el pensamiento» sin acertar jamás. ¡Ah la vocación obstinada, tenaz, obsesiva como el espejo, que siempre dice «fin»! Cinco libros impresos y dos por revelar, junto con una pieza de teatro que no llega a ser tal, testimonian mi derrota.

   En cuanto a mi vida, espero prolongarla trescientos cuarenta y nueve años, con fervor de artífice, hasta llegar a ser la manera de saludar de mi tío abuelo o un atardecer rosado sobre el Himalaya, insomne, definitivo. Hasta el momento sólo he conseguido asir por una pluma el tiempo fugitivo y fijar su sombra de madrastra perversa sobre las puertas cerradas de una supuesta y anónima eternidad.

   No tengo descendientes. Mi historia está en mis manos y en las manos con que otros la tatuaron. Mi heredad son algunas posesiones subterráneas que desembocan en las nubes. Circulo por ellas en berlina con algún abuelo enmascarado entre manadas de caballos blancos y paisajes giratorios como biombos. Algunas veces un tren atraviesa mi cuarto y debo levantarme a deshoras para dejarlo pasar. En la última ventanilla está mi madre y me arroja un ramito de nomeolvides.

   ¿Qué más puedo decir? Creo en Dios, en el amor, en la amistad. Me aterran las esponjas que absorben el sol, el misterioso páncreas y el insecto perverso.

   Mis amigos me temen porque creen que adivino el porvenir. A veces me visitan gentes que no conozco y que me reconocen de otra vida anterior. ¿Qué más puedo decir? ¿Que soy rica, rica con la riqueza del carbón dispuesto a arder? 

en "Páginas de Olga Orozco seleccionadas por la autora" Ed Celtia (1984)

viernes, 31 de enero de 2020

#OlgaOrozco2020: Tan solo por estar




Inmenso el día zumba contra mis orejas;
atruena como un dios atrapado de pronto por un ala en la jaula del mundo.
Dorado su desvarío hasta raspar, vertiginoso hasta romper los bordes.
¿Y ahora qué reclama con esta furia de abejorro descomunal que arrastra el cielo?
¿Es sólo contra mí tanto escándalo en alto, tanto esplendor en guerra?
¿Qué mas debo acatar aparte del pedregal en la cabeza, la soga en los tobillos y el agujero a través de cada mano?
Acaso me reproche mi ración en el reparto de las permanencias,
acaso esté juzgando solamente mi costado visible,
ese que se abre paso entre bloques de oscuridad y avanza sin saber
lo mismo que la proa encandilada de un navío fantasma.
También tú, día cruel, tan fatuo como yo, como la máscara de lo nunca visto,
eres el turbio vaho, apenas la emanación de un yacimiento sumergido,
el sol inacabado que al asomarse oculta los otros soles de la lejanía.
hemos llegado aquí sin memoria que corra hacia después,
sin contraseña alguna que nos justifique haste el final del juego.
Tu color es igual al de cualquier anónima y oscura traficante de tiempos.
Pero no hablemos por eso de no estar, ni tampoco siquiera de ser otros,
fatales, necesarios, previstos en las mareas de la historia y el vuelo de las aves,
porque tal vez seamos también ineludibles,
ambos incluídos en la turbulencia de la primera ola, en el hervor del verbo,
ambos golpeando juntos sobre la misma playa en los vaivenes del retorno,
hasta el último día, hasta el último náufrago.
Porque tal vez quién, cuándo y dónde sean las variaciones de una sola sustancia,
estados en suspensión hasta el fin del recuento.
No me apartes entonces con esta sacudida de trapo huracanado contra el rostro.
No me arrojes de ti lo mismo que si fuera una lapa insidiosa,
tu adherencia superflua, un fanático error de cada hora incrustado en la roca.
No lograrás excluirme aunque me lleves en vilo entre el pulgar y el índice,
aunque me balancees y me dejes caer sobre mi mismo.
A oscuras, contra la loza, desasida.

miércoles, 29 de enero de 2020

#OlgaOrozco2020: Con el humo que no vuelve



http://marisa-negri.blogspot.com/

Yo te barrí con una escoba negra,
di vuelta tus pisadas para que cada paso te alejara de mí,
hice una sola hoguera con todas las marañas donde anidó tu sombra
y te tapié la casa con una piedra viva calentada en mi mano.

No medí tu poder contra estas inconsistentes envolturas
tejidas solamente por la complicidad del resplandor y el aura.
No calculé tu alcance de rata que abre un túnel desde un cubil de invierno
hasta el rostro del día,
que fue un creciente agujero en todas las ventanas.

Acampaste a lo lejos
con tu arsenal de tenebrosas ollas, fetiches de tierras muertas y tijeras,
y esa tribu invisible alimentada con rata del infierno,
y comenzó el asedio, apenas como un pie que roza las fronteras de la espuma,
casi como un perfume que avanza o como un canto;
después cerraste el cerco,
¿y por qué no hasta trocar los sitios, hasta dejarme fuera?
Tú eras la invasora cuyos ojos atraviesan los vidrios de la noche
lo mismo que un diamante;
yo, la guardiana ciega en su vigilia de ensimismada porcelana.

Acorralaste mi alma, moldeándome tres veces en la cera funesta:
una con los estigmas de la separación
que traspasan las vendas desde el porvenir hasta el pasado;
la segunda, con la nube interior que perpetúa el desasimiento y la caída;
la tercera, con esas incrustaciones de azabache que convocan las obsesiones y el pavor
y que no se disuelven ni bajo el ácido de la costumbre ni bajo el bálsamo de ninguna fe.
Es como balancearse en el vacío,
teñida por tres veces con el color de la otra orilla.
Confundiste mis pasos anudando la soga del destino
a una catedral que se deshizo en polvo contra el acantilado,
a una barca que huía encandilada por el sol de las vertiginosas islas,
a una torre que anduvo entre tembladerales y que cayó partida por el rayo.
Y siempre, en todas partes, tus aliadas,
esas merodeadoras de los muelles esperando el naufragio,
las hijas de la serpiente derribando mi illa desde el árbol de la tentación,
la mujer con corona de lata profanando las ruinas.

¿Y ahora dónde está la casa blanca con la franja ultramar
que bebería el cielo inagotable en una copa del Mediterráneo?
Molida con cal devoradora en tus morteros.
¿Dónde los niños, cada uno con su clave secreta,
deslizándose como una misteriosa constelación sobre la hierba?
Fundidos con las semillas de mi raza en tu crisol de hierro.
¿Dónde, dónde la hora bienaventurada que rueda hasta el regazo
más indemne que un prisma capaz de recomponer toda la luz del inocente paraíso?
Fue la que hirvió mejor en tus negras marmitas.

Trabaste con agujas de hielo mis palabras, mi único talismán en las tinieblas,
y extrajíste con hondas incisiones su forma y su color
vaciando sus almendras y evaporando su sentido;
a veces las dejaste entre puertas cerradas en laberintos insolubles
que siempre desembocan en una cámara circular de aguas estancadas
donde se disputaron sus despojos los extintos fulgores, los ecos y los vientos.
En algún lado hiciste castillos de papel con mis fracasos.

Me soltaste tus perros
junto con la jauría innominada que hizo una madriguera de mis noches.
Engendros de aquelarres incubados en las cocinas subterráneas,
alimañas surgidas del “sueño de la razón” en insomnes bestiarios,
sabandijas fraguadas en el reverso de todas las tentaciones de los santos,
probaron mis resortes hasta las últimas alertas del acosado yo,
hasta el chirrido de los engranajes que fijan las protectoras apariencias
solamente hasta aquí, solamente hasta ahora,
en esta incomprensible maquinaia del mundo.

Se quebró el maleficio.
Se rompió como un huevo, como una rama seca, como un anillo inútil.
Acaso sea poco lo que queda:
la inquebrantable fe, el insistente amor, las ataduras con todo lo imposible
y esta desesperada y prolija costumbre de probarme las almas, los vocablos y la muerte.

Ahora planeas, lejos, con el humo que no vuelve.
Visto desde tu lado
ese pájaro negro es la victoria y vuela con tus alas.

martes, 28 de enero de 2020

#OlgaOrozco2020: Para esta hora



foto:http://marisa-negri.blogspot.com

Reconozco esta hora.
Es esa que solía llegar enmascarada entre los pliegues de otras horas;
la que de pronto comenzaba a surgir como un oscuro arcángel detrás de la neblina
haciendo retroceder mis bosques encantados,
mis rituales de amor, mi fiesta en la indolencia,
con sólo trazar un signo en el silencio,
con sólo cortar el aire con su mano.
Esa, la de mirada como un vuelo de cuervo y pasos fantasmales,
que venía de lejos con su manto de viaje y las mejillas escarchadas,
y se iba bajando la cabeza, de nuevo hasta tan lejos
que yo buscaba en vano la huella del carruaje en el pasado.
Hora desencarnada,
color de amnesia como dibujada en el vacío del azogue,
igual que una traslúcida figura enviada desde un retablo del olvido.
¿Y era su propio heraldo,
el fondo que se asoma hasta la superficie de la copa,
la anunciación de dar a luz las sombras?
No supe descifrar su profecía,
ese susurro de aguas estancadas que destilan a veces los crepúsculos,
ni logré comprender el torbellino de plumas grises con que me aspiraba
desde un claro de ayer hasta un vago anfiteatro iluminado por lluvias y por lunas,
allá, entre los ventisqueros del irreconocible porvenir;
aquí, donde ahora se instala, maciza como el demonio del advenimiento,
en su sitial de honor en medio de la asamblea de otras horas, pálidas, transparentes,
y me dice que mis bosques son luces extinguidas y aves embalsamadas,
que mi amor era erróneo, como un espejo que se contempla en otro espejo,
que mi fiesta es un cielo replegado en el sudario de mis muertos.
Y se queda esta vez, sin bajar la cabeza.

lunes, 27 de enero de 2020

#OlgaOrozco2020: En tu inmensa pupila



foto: http://marisa-negri.blogspot.com

Me reconoces, noche,
me palpas, me recuentas,
no como avara sino como una falsa ciega,
o como alguien que no sabe jamás quién es la náufraga y quién la endechadora.
Me has escogido a tientas para estatua de tus alegorías,
sólo por la costumbre de sumergirme hasta donde se acaba el mundo
y perder la cabeza en cada nube y a cada paso el suelo debajo de los pies.
¿Y acaso no fui siempre tu hijastra preferida,
esa que se adelanta sin vacilaciones hacia la trampa urdida por tu mano,
la que muerde el veneno en la manzana o copia tu belleza del espejo traidor?
Olvidaron atarme al mástil de la casa cuando tú pasabas
para que no me fuera cada vez tras tu flauta encantada de ladrona de niños,
y fue a expensas del día que confundí en tu bolsa la blancura y la nieve, los lobos y las sombras.
Ahora es tarde para volver atrás y corregir las horas de acuerdo con el sol.
Ahora me has marcado con tu alfabeto negro.
Pertenezco a la tribu de los que se hospedan en radiantes tinieblas,
de los que ven mejor con los ojos cerrados y se acuestan del lado del abismo y alzan vuelo y no vuelven
cuando Tomás abre de par en par las puertas del evidente mediodía.
Tú fundas tu Tebaida en lo invisible. Tú no concedes pruebas. Tú aconteces,  secreta, innumerable, sin formular,
como una contemplación vuelta hacia adentro,
donde cada señal es el temblor de un pájaro perdido en un recinto inmenso
y cada subida un salto en el vacío contra gradas y ausencias.

Tú me vigilas desde todas partes,
descorriendo telones, horadando los muros, atisbando entre fardos de penumbra;
me encuentras y me miras con la mirada del cazador y del testigo,
mientras descubro en medio de tus altas malezas el esplendor de una ciudad perdida,
o busco en vano el rastro del porvenir en tus encrucijadas.
Tú vas quién sabe adónde siguiendo las variaciones de la tentación inalcanzable,
probándote los rostros extremos del horror, de la extrema belleza,
la imposible distancia de los otros, el tacto del infierno,
visiones que se agolpan hasta donde te alcanza la oscuridad que tengo,
hasta donde comienzas a rodar muerte abajo con carruajes, con piedras y con perros.
Pero yo no te pido lámparas exhumadas ni velos entreabiertos.
No te reclamo una lección de luz,
¿como no le reclamo al agua por la llama ni a la vigilia por el sueño.
¿O habría de confiar menos en ti que en las duras, recelosas estrellas?
¡Hemos visto tantos misterios insolubles con sus blancos reflejos, aun a pleno sol!
Basta con que me lleves de la mano como a través de un bosque,
noche alfombrada, noche sigilosa,
que aprenda yo lo que quieres decir, lo que susurra el viento,
y pueda al fin leer hasta el fondo de mi pequeña noche en tu pupila inmensa.

sábado, 11 de enero de 2020

#OlgaOrozco2020: Hieronymus Bosch en desusada compañía


El jardín de las delicias (Hieronymus Bosch) -detalle-


¿En qué pactos anduvo?
¿Qué ungüentos o qué pócimas usaron para hacerlo asistir a semejantes ceremonias?
¿Y cuál fue su función entre tantos oficios delicados como propalan los muestrarios?
No la quieta intrusión, el espionaje impune del imaginero.
Porque inmóvil será tal vez la beatitud,
un ángel domesticado por la contemplación de inalcanzables lejanías,
una burbuja azul suspendida en el centro de una esfera donde flotan las almas;
pero el pecado es tormentoso y arrebata en su remolino a quien lo roza.
Sopla y cambia de piel con la velocidad del fuego que devora los mejores propósitos
y no consigue nunca disimular con bellos atavíos el rabo y la pezuña.
Es igual que un color que aúlla entre las flores.
¿Y son ésas las tintas que utilizó Hieronymus?
¿Qué pecados mezcló para alcanzar la negrura de la pesadilla?
De caída en caída sin duda rompió el vidrio, se deslizó en el cuadro
y encontró un buen lugar en la farándula embrujada en medio del paisaje.
A simple vista se diría un taller en el que cada uno está absorto en su juego,
o una feria estival donde compiten ilusionismos y acrobacias,
o acaso un libro de horas en el que se mezclaron al azar las imágenes.
Pero hay algo que chilla como un cerdo al que degüellan en el alba,
algo que huele al filo del cuchillo, al tufo del demonio.
Y he ahí que ahora viene trotando sobre los lodazales con manos y con pies.
Viene con hielo y fuego y todo el sol en contra.
Te orina en la cabeza y tu deseo se convierte en sapo, en lagartija, en perro.
Te poseen engendros extraídos de escandalosas bodas y aberraciones de la especie,
de acoplamientos entre un par de bestias y un utensilio al paso.
Fusiones de ortopedia, vínculos que se anudan por el desencuentro y la tortura,
alimañas que saltan con la presión del vicio embotellado,
espantajos obscenos, prelados crapulosos, fortalezas incombustibles y vampiras,
recreos de verdugos, hopalandas encubridoras y festines de asilo,
orejas inquietantes como esfinges, moradas como fauces, delirios como embudos,
aluviones de cuerpos siempre ilesos para los irisados placeres de la soldadesca.
Otro golpe de llama, otro azote de truenos,
otra capa de sangre sobre el escabroso lema: "castigar deleitándose",
y que siga la orquesta.
¡Ah la contrahecha tentación y su profuso instrumental de amanuense del diablo!
Tienes toda "la triste variedad del infierno" por delante,
y tal como el reverso de la culpa así será la inagotable forma de la pena.
¿Y qué hace ahí Hieronymus, en medio de semejantes hervideros,
con esa cornamusa del color de la fiebre y esa gente girando sobre su cabeza?
¿Es el huésped de honor o el sospechoso anfitrión de la fiesta?
Acaso sea un réprobo cualquiera y pague con oprobios los abusos del yo
invirtiendo la suerte,
transformado a su vez en el hueco trofeo de un sentido,
en el atributo de la supresión, en la esponja que absorbe los excesos ajenos.
Aunque tal vez su alianza sea con las alturas, contra toda esperanza.

Tal vez no rece con el amor ni con la fe, sino con la visión de la condena.

en La noche a la deriva (1984)

domingo, 17 de mayo de 2015

Yo somos tú (monólogo) Olga Orozco





"A mí me encana la transmigración." Entendámonos bien. No se trata de andar de tierra en cielo, como ráfaga errante, desechando un cuerpo, cerrando con un golpe las ventanas de cualquier biografía, para después colarse de un soplo en otro cuerpo y en otra biografía, y volver a salir definitivamente. Yo prefiero no dejar residuos, ni ropajes vacíos, ni corazones rotos, ni esperanzas de encuentro para el día de la resurrección. Prefiero estar aquí, en unidad de tiempo y de lugar. Prefiero probarme caras sobre esta sola cara. Prefiero animar toda la historia universal sin apagar mi historia. A puertas cerradas, a nombre fijo y aun a días contados, prefiero entreabrir otras puertas, multiplicar los nombres, extender días a siglos. Mis territorios crecen de este modo de manera incalculable. Y los llevo conmigo. Los pliego, los despliego, los torturo, los siembro, los recorto, los trituro, los mezclo, los devoro, los exhalo, y si quiero los pliego una vez más, los estrujo en la mano y los dejo caer entre los dedos. Así, naturalmente, sin mirar hacia atrás. La geografía no tiene exigencias para mí: aplano las montañas, desvanezco los mares sin contemplaciones, cambio de sitio las ciudades, desvío el curso de los ríos para poder pasar. Y hasta hago surgir los continentes desaparecidos y aparecer, de pronto, los que nunca estuvieron. La zoología no se me resiste. Paso sin transición de perro a lobo, de tigre de Bengala a colibrí, de cordero pascual a martín pescador. Me visto y me desvisto de plumajes ardientes a púas erizadas, de terciopelos suaves como el ocio a escamas para encubrir la tentación. La mineralogía no es impenetrable, salvo cuando se trata de disolver ideas fijas y conciencias de falso cristal. Con la botánica me desperezo, me alargo, me desplazo, llego furtivamente hasta otro pecho, me adhiero al corazón. Pero  de todas las prolongaciones me quedo con los brazos abiertos y las piernas sin fin y los pies bien adentro de otros pasos; de todas las cortezas, ninguna más fija y más cambiante que la piel; de todos los lenguajes elijo el de la lengua intercambiable; de todos los verbos inmanentes o manifestados elijo el de vivir mi vida en otras vidas, en todos los tiempos,, en todas las personas, en todas las conjugaciones y géneros y números y aumentativos y partitivos, bajo todos los regímenes y en todas las posibles concordancias y disonancias. Encarno todos los cortejos del pasado y los séquitos del porvenir, fluyendo, refluyendo hacia un punto central —mi propia anatomía— que arde como un carozo incandescente. Por ejemplo esta mano insensata incendia Roma y las llamas la acechan, la siguen, la persiguen, la alcanzan, la consumen en la hoguera que convierte en cenizas la grisácea envoltura que envuelve a Juana de Arco, cuya llama inextinguible se reaviva en la tea del bonzo, que clama todavía con la voz de Babel, con la voz que clama en el desierto, con la voz desgarrada de Edith Piaf, con la voz de una negra que canta cuando una negra canta de la cabeza hasta los pies, pies desnudos, ligeros, pies de Aquiles, talón y punta, punta y talón vulnerable huyendo con las suelas al viento de Rimbaud, esparciendo a los vientos la ceniza incestuosa de Lord Byron mezclada a tanta arena de la playa, arena color de miel que raspa la garganta por dentro y por fuera, donde están señaladas en Ana Bolena y en María Antonieta las dos líneas de puntos por donde se debe cortar, y la cabeza rueda hasta el regazo de Judith y se adelanta a la cabeza de Goliat, y rebota, rebota como un gran sol decapitado en la cabeza neblinosa de la creación, pendiente siempre de ese hilo que se ajusta de pronto en torno a la garganta de Nerval y la exprime hasta lograr el dulce arrullo de alondra de Julieta o el aullido desaforado de Madame Rolland: "Libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre", "J'écris ton nom, Liberté", "Liberté, liberté chérie", "Oíd el ruido de rotas cadenas, libertad, libertad, libertad", "para todos los hombres libres que quieran habitar el suelo" y el subsuelo, hacia donde corre la sangre de Rosa Luxemburgo salpicando el diario de Ana Frank, empujando la sangre de Abelardo que brilla en lentejuelas sobre las cartas mutiladas de Eloísa, sin hallar la salida, como la bala que penetra en la sien de María Vetsera en aquella madrugada color de ostra que se cierra, color de garza que no quiere mirar cómo cae al encuentro del cisne negro Jeanne Modigliani, o cómo se precipita bajo el tren el vestido flotante de Ana Karenina, una cinta anudada a una rueda, a otra vuelta de rueda que gira con la gasa, y gira una vez más, anudando quizás el último recuerdo de Isadora Duncan, que se triza como un espejo al caer contra el espejo donde se abren las aguas rescatando el sombrero abandonado de Virginia Woolf, el cuerpo abandonado de la desconocida del Sena, y así sucesivamente, por ejemplo. Nada más que un ejemplo que equivale a dormirse en Juan y despertarse en Pedro o en María. Sin borrar este yo siempre latente o siempre a punto de aparecer o siempre a punto de desaparecer entre telones, como un río que arrolla las grandes llamaradas de la pasión, las enormes burbujas que ascienden desde las bocas mudas de tantos personajes, las luces y las chispas y las ráfagas de polvo luminoso con que perduran héroes y heroínas, como relámpagos, como chorros de estrellas que se rompen contra la faz del mundo. ¡Ah, el presente transitivo, tan simultáneo y múltiple! Yo somos tú, él son vosotros, ellos sois nosotros, desde todos los siglos por los siglos. Amén.


El humo de tu incendio está subiendo (Pieza en un acto) Olga Orozco


Homenaje (Y el humo de tu incendio está subiendo y yo somos tú)
 / Grupo Torre / Córdoba 2009




(Pieza en un acto)
(A partir de unas anotaciones de Antonin Artaud)
(Fragmentos)
Ha aparecido en el cielo un fenómeno luminoso inexplicable ir provoca Oda clase de interpretaciones y controversias. El acontecimiento es alarmante y amenazador. La gente permanecen vela, fuera de sus casas o en las ventanas, contemplando el lelo, a la espera de las consecuencias.

ESCENA II

(Entran los canillitas, cada uno por un lado. Gritan sus, pregones corriendo como en un ballet, cruzándose en transversal, en diagonal, desde el foro al proscenio y viceversa.)
Canillitas: ¡Ultimas noticias! ¡Ultimas noticias! Voces: ¿Las últimas, ya? No, no puede ser. ¡Las últimas no! ¡Todavía no! Un día más. Unos minutos más. Hay gente que tiene que nacer, que tiene que morir.
Canillitas: El Gran Jefe hablará con el pueblo a la cero hora. (Suspiros y exclamaciones de alivio y ruido de fuelle que se desinfla, entre los presentes.) A la cero hora.
Voces: ¿Quién? ¿Qué hora es? ¿A qué hora es la cero hora? ¿La hora de dónde?
Canillitas: Se decreta el estado de suspensión. La asamblea pro-clama la igualdad entre el día y la noche.
Voces: Muy bien. ¿Qué más da? Demagogia. ¡No, no, la noche, solamente la noche! ¿Y la luz? Canillitas: Noticias del exterior: el fenómeno es local en todas  partes. ..
Voces: No estamos solos. No hay desgracia completa. Hay otros, ellos y nosotros.
(Se oyen campanadas incontables, en todos los tonos, y un ruido de despertador con una magnitud que haría estallar los resortes y los tímpanos. La pantalla del fondo, que actúa a manera de inmenso televisor, se ilumina para la proyección. El Gran Jefe aparece parcialmente a medida que habla: boca, ojo, nariz, oreja, pie, manos. Nunca se lo ve por entero. Con las manos ¡untas, los pulgares unidos, en ademán y tono típicamente demagógicos:)
Gran Jefe: ¿Y bien? (pausa estratégica). Ciudadanas y ciudadanos: aquí estoy. En este momento soy un compañero más, dispuesto a luchar con ustedes contra el enemigo común. ¿Quién es este enemigo? Tal vez un ismo nuevo, tal vez una combinación de ismos conocidos. Regionalismo, ostracismo, absolutismo, han derivado siempre en cataclismo. Tenemos antecedentes ejemplares. (La imagen cambia. Se proyecta un ataque aéreo, la erupción de un volcán, el terremoto de San Francisco, los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, etc., sobre las palabras que continúan.) El gobierno no escatimó nunca esfuerzos para ponerles un nombre. Sabemos que el nombre es la mitad de una batalla. El nombre designa sin posible error a nuestros contrincantes más encarnizados. ¿Y qué? ¿No los vencimos? ¿No los estamos contemplando? (Vuelve trozo de cara.) En esta hora confusa, vocales y con-sonantes aún no identificadas conspiran en la sombra y a pleno sol contra nuestros derechos más sagrados. Pero las descubriremos. Pueden estar seguros. Los organismos oficiales trabajan sin descanso en esta dificilísima tarea: desenmascarar el nombre, aislar sus elementos y destruir uno por uno sus timbres y sus resonancias hasta la total aniquilación ... El nombre está entre nosotros. Puede esconderse en el bolsillo de un niño, en la amnesia de un anciano y hasta en el recinto interior de cada uno. Pero estemos tranquilos: el nombre será denunciado o se denunciará por sí solo. No tenemos nada que temer. Nuestra bandera nos protege. Agrupémonos debajo de sus pliegues y unamos nuestros corazones en un himno de paz y de amor.
(La imagen se borra en la pantalla, mientras la escena gira y muestra la plaza principal. . . Entran los personajes apresurados, silbando, y se ubican en la plaza, frente a los balcones del Municipio.)

ESCENA III

(Se abre el balcón principal en el frente del edificio. Se oyen tres golpes de bastonero y aparece el Gran Husmeador. Se abren simultáneamente los dos balcones de los costados; seis golpes, y aparecen el Gran Visor y el Gran Oidor. Los tres llevan máscara, con nariz, ojo y oreja inmensos, respectivamente. Están subidos sobre zancos y hablan con voces deformadas, nasales, atipladas, roncas, sibilinas o melifluas.)
Gran Husmeador: (Olfatea el aire, hacia arriba, con un ronquido: snif, snif.) Señores, en virtud de nuestras especializaciones respectivas, cuyos méritos están a la vista, hemos sido llama-dos para revelar la verdad.
Gran Oidor: La duda.
Gran Visor: La nada.
(Cada uno protesta contra el otro. Silbatina general en la que se oye "Confundir al pueblo", "Otra vez", "Fraude", "Hasta cuándo", "Basta", "Desorientación general", "Mentira", "Abajo las plataformas electorales",. etc.)
Gran Husmeador: (Imponiendo silencio con un fortísimo ronquido.) La verdad es que la verdad no siempre huele bien, nada bien. La tengo aquí. (Se señala la nariz. Todos olfatean en esa dirección.) La huelo. Pero es indefinible, incomunicable,   intransferible , de persona a persona y viceversa.
(Murmullos de aprobación y de desaprobación.)
Gran Visor: (Que ha mirado minuciosamente hacia la nariz del Gran Husmeador y después hacia lo alto.) No hay nada. No hay ni asomo de verdad. He mirado bien. He forzado la vista hasta su máxima posibilidad de dilatación. Y nada. Ninguna verdad. Nada más que símbolos de símbolos para encubrir la nada.
(Se oyen algunos " iNo! , como de gentes que han sido alcanzadas por una puñalada y algunas vehementes afirmaciones.)
Gran Oidor: Calma, señores. Tal vez sí, tal vez no, tal vez ambas cosas, o ninguna de las dos. Estamos en el universo como de oídas y no sabemos de dónde venimos ni adónde vamos. Y quizás esta duda nos persiga hasta el final, si hay un final. (Murmullos de aprobación y de desaprobación.)
Gran Husmeador: ¡Basta! Digo que la verdad de allá (señala ha-cia lo alto, hacia "eso") llega hasta aquí. La tengo en la nariz. La respiro, la filtro, la incorporo, la transporto, la vivo, pero no la puedo trasmitir. El que tenga nariz que huela, sin prejuicios ni preconceptos, sin temor a las emanaciones del porvenir.
Todos: (Huelen con distintas expresiones y reclaman con tonos diferentes.) ¿Qué olor tiene? ¡El olor! ¡El olor!
Gran Husmeador: (Como en una ensoñación, inspirando y espirando en fuertes ráfagas.) Es sutil, es acre, es penetrante, es peligroso, es nauseabundo. (Continúa con esfuerzo, semejan-te a un alucinado.) El acero y la sangre, la pústula y el fuego. (Pausa. El mismo juego, más intenso.) Y la bestia en la trampa, y el vaho del ayuno y la Mordedura de una gran soledad. (Gime y llora.) Y después, después, algo como una mezcla, todo igual (Sonríe.), una masa de humo que se desprende del mismo incendio. (Con enorme regocijo:) Fiesta. Milagro. Todos somos uno. (Aplausos.)
Gran Visor: (Impaciente:) Bah, bah, bah. ¿Adónde va a llegar? ¿Es más rápido que la luz? (Tajante.) Hipótesis. Falacias. Perturbaciones. (Su ojo se va encendiendo, cada vez más intenso.) No hay nada. Absolutamente nada. Ni una hormiga. Ni antes, ni ahora, ni después.
Todos: (Miran, como él, hacia arriba.) ¿Cómo es? ¿Qué se ve?
Gran Visor: Niebla, burbujas, imágenes ilusorias, proyecciones del miedo o de la esperanza, volatilizaciones sin sentido, absurdas alteraciones de la materia, fuerzas caóticas que nos aspiran, que nos reabsorben en la nada primordial. (Aplausos y comentarios.)
Gran Oidor: (Burlón, a uno y otro:) Ajá, ajá, ajá. El señor huele lo que no se huele, el señor ve lo que no se ve. Pero yo ¿oigo o no oigo? (Se tapa la oreja.) Y este ruido aquí dentro, ¿qué es? ¿La música de las esferas? ¿El vacío total? (Se destapa la oreja. Se oye un ruido de secreteo y de murmullos ininteligibles.)
Todos: (-Escuchando hacia lo alto.) ¿Qué se oye? ¿Qué es? ¿Qué es?
Gran Oidor: ¿No será la suma o a lo mejor la resta de todas las contradicciones, las afirmaciones y las negaciones? ¿No será una cuerda que oscila, que vibra, que se rompe, que no se rompe? ¿No será que no es posible estar seguro d la res-puesta, por mucho que agucemos, que afinemos, que estiremos los sentidos hasta hacerlos pasar por el ojo de una aguja? (Comentarios.)

ESCENA IV

(El escenario ha quedado desierto. Los ruidos cesan y se con-vierten en el sonido de remos en el agua. La luz es suave y azula-da. Aparece la Muerte. Es una dama veneciana, con encajes y antifaz. Avanza como si el suelo se deslizara, girando con movimientos de muñeca mientras canta. A los costados de la sala se proyecta una película de agua que corre hacia atrás, dando la impresión de que el público se adelantara.)
Muerte: ¿Soy yo quien va o eres tú que vienes? / Oigo escarbar debajo de tu lecho, / veo la telaraña en que te enredas, / siento la ráfaga que nos anuda / desde tu pelo frío hasta mis dientes. / ¿Soy yo quien va o eres tú que vienes? / Apenas te conozco desde afuera. / Hemos andado juntos a tientas, / sólo a tientas, / compartiendo la sopa de guijarros,/ antor-chas y trofeos, / el oro del otoño acumulado bajo las alas de la primavera. / ¿Soy yo quien va o eres tú que vienes? / No me mires así, como si fueran mías las tinieblas, / o pudieras huir por otras puertas / dejándome en las manos tu coraza desierta, / como si fuera el último traje que abandonas / después de tantas pruebas. / ¿Soy yo quien va o eres tú que vienes? / Soplo sobre tus ojos para que te despiertes / en este insomnio con que yo te sueño.

ESCENA V

(Aparecen letreros luminosos o proyecciones errantes que dicen PESTE. Los personajes irán surgiendo de sus escondites. Los síntomas de la peste ofrecen las características más diversas, inclusive ninguna: cabezas de globo, de pescado, de caballo, de manzana; cuerpos de asno, de gusano, de piña, de maniquí; manos enormes, tentáculos, patas de palmípedo, colas, alas, escamas, fosforescencias, etc.) (El hombre con Cabeza de Globo sale a la calle, vacila, mira en todas direcciones... Aparece en una puerta, frente a él, un hombre con Cabeza de Pescado y pies de palmípedo.) Globo: (En voz baja.) ¿Cuándo fue? Pescado: (También como en secreto.) ¿Qué importa cuándo fue? Lo importante es que es y no dejará de ser. Globo: (Ansioso.) ¿Por qué? (Señala hacia "eso", en lo alto.) ¿Crees que no se irá? Pescado: (Negando con desesperanza.) Se irá, pero nosotros nos quedaremos. (Otros se han asomado a las ventanas. Otros bajan a la calle y hablan, distantes. Se forman grupos.)
Cuerpo de Pájaro: (Se acerca desde el fondo, casi corriendo, agitado.) Todos. No falta nadie. Y hasta parece que alguno es más de uno.
Globo: (A Pescado.) ¿Y éste quién es?
Cuerpo de Pájaro: ¡Juan, por Dios!, soy el que menos ha cambiado.
Mano Grande: (Cruzando la calle.) El que menos ha cambiado soy yo.
Globo: (Tocándolo en distintas partes.) A ver. Algo debes de tener.
Mano Grande: (Saltando hacia atrás.) No me toques. No me contagies.
Globo: (Ha descubierto las manos grandes.) ¡Estúpido! ¿Quién a quién?
(Las mismas reacciones se producen en otros grupos. Se  miran con recelo, con curiosidad, con asco. Se rechazan, se dan la espalda.)
Cabeza de Caballo y Cuerpo de Caracol: (Son los canillitas. Aparecen corriendo, con diarios bajo el brazo. Cruzan la escena en todas direcciones, gritando.) Más noticias. La peste no tiene fronteras. Las patrullas médicas continúan el empadronamiento. Nadie se esconda. Los culpables de contagio serán castigados. Los prófugos también. Más noticias. No hay noticias del cielo. (Salen.)
Unos y otros: ¿Y ahora qué pasará? ¿Alguien lo sabe? El hospital. El campo de concentración. El leprosario, El destierro. La cámara de gas. El fusilamiento. La escuela de rehabilitación. La fosa común. ¿Y qué pueden hacer los médicos? ¿Y a ellos quién los empadrona?... No son médicos para curar; son miembros del Santo Oficio. O fiscales biológicos.
(Suena una campanilla que se va acercando. Los grupos se desparraman en todas direcciones como ráfagas. No queda un alma. Llegan dos médicos con ropones encerados y caretas de pájaro, como los de la peste en Marsella en 1720. Llevan brazaletes con una cruz negra. Despliegan una mesa y dos sillas, extienden rollos de papel y agitan la campanilla. Silencio. Nadie acude.)
Médico uno: No saldrán. Se esconden como ratas. Procedamos.
Médico dos: ¿Otra vez?
Médico uno: Sí, otra vez. Siete veces setenta. Es la orden, ¿no?
 Dos: Me gustaría saber para qué.
Uno: No lo preguntes. En cuanto lo sepas serás culpable de crueldad.
Dos: ¿Y ellos de qué son culpables? ¿De obediencia? ¿De permeabilidad?
Uno: Mira, te lo explico por última vez. (Señalando hacia arriba:) Allá se produce una aparición fulgurante, (hacia abajo) y acá una subversión de la materia. Existe una más que sospechosa afinidad entre ambos fenómenos, como la que existe entre el sarampión y la inocencia, entre la sífilis y el pecado.
Dos: Pero ellos no han subido y nadie ha bajado. No ha habido acuerdo.
Uno: Ha habido un acuerdo imponderable, como en toda fatalidad. Y se acabó. No me comprometas más. Cada uno a su papel. Si no quieres aceptar un orden superior que te exime; allá tú. Mucho peor para ti.
Dos: No me acuses, no me interpretes mal: acepto, acato, contribuyo, secundo, asisto, me someto, me flexiono (bajando la voz) pero a veces reflexiono.
Uno: Mal hecho. Adelante.
(Se dirigen con firmeza a una de las puertas. Golpean. Nadie)

en “Páginas de Olga Orozco seleccionadas por la autora”. Editorial Celtia. Buenos Aires 1984
(La obra obtiene el Premio Municipal de Teatro en 1972, p

domingo, 24 de noviembre de 2013

Botines con lazos de Vicent Van Gogh (Olga Orozco)






¿Son dos extraños fósiles,
emisarios sombríos de una fauna sepultada en un bosque de carbón,
que vienen a reclamar un óbolo de luz para sus muertos?
¿Son ídolos de piedra,
cascotes desprendidos del obraje de los más tristes sueños?
¿O son moldes de hierro
para fraguar los pasos a imagen del martirio y a semejanza de la penitencia?

Son tus viejos botines, infortunado Vincent,
hechos a la medida de un abismo interior, como las ortopedias del exilio;
dos lonjas de tormento curtidas por el betún de la pobreza,
embalsamadas por lloviznas agrias,
con unos lazos sueltos que solamente trenzan el desamparo con la soledad,
pero con duros contrafuertes para que sea exiguo el juego del destino,
para que te acorrale contra el muro la ronda de los cuervos.

Pero son tus botines, perfectos en su género de asilo,
modelos para atar a cada ráfaga de alucinada travesía,
fieles como tu silla, tus ojos y tu Biblia.
Aferrados a ti como zarpas fatales desde las plantas hasta los tobillos,
desde Groot Zundert basta la posada del infierno final,
es inútil que quieran sepultar tus raíces en una casa hundida en el rescoldo,
en el barro bruñido, el brillo de las velas y el íntimo calor de las patatas,
porque una y otra vez tropiezan con el filo de la mutilación,
porque una y otra vez los aspira hacia arriba la tromba que no entienden:
tu fuga de evadido como un vértigo azul, como un cráter de fuego.

Botines de trinchera, inermes en la batalla del vendaval y el alma:
han girado contigo en todas las vorágines del cielo
y han caído en la trampa de tu hoguera oculta bajo el incendio de los campos,
sin encontrar jamás una salida,
por más que pisoteen esas flores fanáticas que zumban como abejorros amarillos,
esos soles furiosos que atruenan contra tu oreja, tan distante,
perdida como un pálido rehén entre los torbellinos de otro mundo.

Botines de tribunal, a tientas en la noche del patíbulo,
sin otro resplandor que unos pobres destellos arrancados al pedernal de la locura,
entre los que hay un pájaro abatido en medio de su vuelo:
el extraño, remoto anuncio blanco de una negra sentencia.
Resuenan dando tumbos de ataúd al subir la escalera,
vacilan junto al lecho donde se precipitan vidrios de increíbles visiones,
trizado por una bala el árido universo,
y dejan caer a lentas sacudidas el balance de polvo tormentoso adherido a sus suelas.

Ahora husmean la manta de hiedra que recubre tu sueño junto a Theo,
allá, en el irreversible Auvers-sur-Oise,
y escarban otra tumba entre los andamiajes de la inmensa tiniebla.
Son botines de adiós, de siempre y nunca, de hambriento funeral:
se buscan en la memoria de tu muerte.