jueves, 20 de febrero de 2020

#OlgaOrozco2020: Presentimientos en traje de ritual




foto: Diane Arbus


Llegan como ladrones en la noche.
Fuerzan las cerraduras
y hacen aparecer esas puertas que se abren en un error del muro
y solamente indican la clausura hacia afuera.
Es un manojo de alas que aturde en el umbral.
Entran con una antorcha para incendiar el bosque sumergido en la almohada,
para disimular las ramas que encandilan desde el fondo del ojo,
los pájaros insomnes, con su brizna de fuego arrebatada al fuego de los dioses.
Es una zarza ardiendo entre la lumbre,
un crisol donde vuelvan el oro de mis días para acuñar la llave que lo encierra.
Me saquean a ciegas,
truecan una comarca al sol más vivo por un puñado impuro de tinieblas,
arrasan algún trozo del cielo con la historia que se inscribe en la arena.
Es una bocanada que asciende a borbotones desde el fondo de todo el porvenir.
Hurgan con frías uñas en el costado abierto por la misma condena,
despliegan como vendas las membranas del alma,
hasta tocar la piedra que late con el brillo de la profanación.
Es una vibración de insectos prisioneros en el fragor de la colmena,
un zumbido de luz, unas antenas que raspan las entrañas.
Entonces la insoluble sustancia que no soy,
esa marea a tientas que sube cuando bajan los tigres en el alba,
tapiza la pared,
me tapia las ventanas,
destapa los disfraces del verdugo que me mata mejor.
Me arrancan de raíz.
Me embalsaman en estatua de sal a las puertas del tiempo.
Soy la momia traslúcida de ayer convertida en oráculo.

en "Mutaciones de la realidad" (1979)

miércoles, 19 de febrero de 2020

#OlgaOrozco2020: Atavíos y ceremonial





El traje de humaredas y telarañas rotas que permite cruzar alguna vez
-aunque jamás indemne-
esas grietas que entreabren en los muros aquellos cuyo destierro está del otro lado;
el sombrero de ortigas insomnes para forzar los sueños hasta la pesadilla,
o el otro, como enjambre furioso, convocando las chispas del desvarío y de la fiebre;
los guantes de cortaza y llaga viva que se contagian de todo cuanto rozan
y que palpan mejor el hecho de las ascuas donde se incuba el porvenir;
la capa de ráfaga emplumada para girar más rápido en la rueda de las metamorfosis
y dejarse aspirar por esas regiones al vacío donde se pierde el yo
y no se toca fondo en otro albergue y se confunde la saluda;
y zapatos de hierba, de agujas, de hormiguero,
hechos para explorar todos los reinos y violar las fronteras.

¡Qué taller inaudito mi cabeza!
¡Qué vestuario de fábula en los camarines de las altas tensiones!
¡Qué frágiles envolturas para el juego perverso de la tentación y el desafío!
Yo me probaba vértigos, espejismos, asfixias,
agonías litúrgicas como ceremonias de adaptación al purgatorio;
bordaba encantamientos como túnicas santas;
me envolvía en visiones inconclusas,
en luces inquietantes para cegar a los guardianas de la fatura razón;
cubría con tantos velos de ausencia mi memoria que apenas si despertaba dentro de mi piel;
ensayaba travesías de exilio hacia otras almas perdidas en el bosque;
trataba de ser otros, de borrar las junturas de las separaciones
-sí, un solo tejido donde estuviera inscrito todo lo existente,
un infinito lienzo de Verónica para las trasudaciones de la sangre de Dios-.



A veces recogí algunos minúsculos trofeos:
vidriosos sedimentos como flores de escarcha que se deshacen debajo de la lengua,
espumas que se evaporan como polvo espectral entre los dedos,
centelleos de lumbre que nadie advertiría a pleno sol;
relicarios, en fin,
como esas piedrecitas que alejadas del mar olvidan su fulgor.

Conseguí apremiar las respuestas de las sombras hasta los balbuceos y el derrumbe.
Me avasalló la noche; me filtró entre sus dientes;
me adoptó como a un alimento de costumbre.
Se acabaron las pruebas sobre redes doradas y las exploraciones de leyenda.
No hay disfraces para cubrir la retirada y burlas las consignas.
Solamente el precario, desnudo tegumento sin costuras que me ciñe a los huesos,
que me vuelve de pronto del revés y me arrastra hacia adentro,
peldaño tras peldaño por la ciega escalera interminable definitivamente.

Estoy hecha con la misma sustancia del abismo
y oficio contra la nada mi caída en las inmóviles tinieblas.

en "Mutaciones de la realidad" (1979)

martes, 18 de febrero de 2020

#OlgaOrozco2020: Crónica entre dos ríos

                                                                                                             





                                                                                                      A mi hermano Francesco Stella


En Río de Janeiro
-¡triste río de enero cuando arroja mis lágrimas en el opuesto julio-
me dio un vuelco la mitad de la sangre
al absorber la tinta áspera de tu muerte.
Y empecé a caminar entre dos ríos que mezclaban sus aguas:
uno que iba extrayendo mansamente, como un perro amarillo,
residuos de vergüenzas y aventuras, fuegos decapitados y oros muertos,
y otro que te traía con su salto de tigre azul desde el Tirreno,
herido por el puñal de tu pequeña gesta, todavía,
todavía sonriendo heroicamente bajo los pocos soles del encuentro.
Llegabas desde atrás de la memoria, probándote las sombras de mi añoranza ciega.
Aferrado a tu isla de terremotos, almendros e invasiones,
entraste rezongando con el siglo por la mañana inmóvil
en el antiguo Sao Joao del Rei, el que perdió su nombre,
y entre las dos hileras de bostezos con que las casas siguen el cabeceo de las cuestas
en las que tropezó la sonámbula historia fatalmente,
eras también el que perdió su nombre en un encrucijada del azar,
el que anduvo confuso por esos laberintos de la infancia,
sin acertar jamás con las verdaderas puertas.
Creciste con las barcas que se van sobre los matorrales de una plaza,
tan irreal y tan rústica como un sueño de cabra.
Creciste solitario, como una estría blanca en la escollera,
junto a los niños negros que venían en una ráfaga erizada a recoger la ofrenda;
las dieciseis enigmáticas monedas que según la sibila exigieron sus dioses
-¿tú les dictaste acaso la sentencia, para hacerme una seña?-:
si, dieciséis monedas
-una por cada año que cayó compartido en la rota alcancía del recuerdo-.

Tus manos recordaron la primera moneda del destino:
yo conocí la cara entre las caras; tú, solamente el reverso.
A través de los vidrios del mesón tu aliento se esforzaba por deshacer la niebla;
después tomamos sopa con la misma cuchara,
la misma sal amarga en la garganta
y distinta obediencia.
Firmamos en el libro de un museo tan pobre como un desván salvado del incendio;
tú, con el apellido que fue una marca errónea en tu corteza;
yo, con el de mi madre, el que había elegido como un traje para mis ceremonias
haciendo frente a tí un voto de soberbia o de pobreza, sin saberlo.
En seguida te alzaste con tu joven plumaje, cálido y tormentoso,
arrebatando en vuelo las ninfas de una arcadia más radiante
que aquella que aleteaba con insomnios de monje en las pinturas de los cielorrasos.
Descendiste ya hombre hacia el camino de los bandeirantes
defendiendo contra los latigazos del siroco la luz de tu bandera,
y seguiste sin duda por un atajo subterráneo el rumbo de las minas,
detrás del eco traicionero.
Fueron también las décadas del topo,
de los granos dorados rodando hacia los agujeros del delirio,
de la veta que huye en las tinieblas como los horizontes de la fábula
-sueños, codicia, triunfos, engaños, frustraciones-.
Desde lejos te ví labrado en las alturas del Itacolomi
con tu aire friolento y esa extraña apariencia de dominar las nubes.
Cuando entré en Ouro Preto, Capo d¡orlando desbordó las calles
y estableció tu casa en cada casa, detrás del humo de mis trenes.
Entonces cada portal nos puso frente a frente
en el primer umbral por el qeu sube ahora la memoria, dondequiera que estemos:
eras casi otra vez el mismo padre en tu versión nostálgica,
otra vez esas aguas de distancia en la mirada azul que llega poco a poco y se detiene,
otra vez esos gestos de romper la envoltura sin ninguna paciencia,
otra vez la sonrisa que desplaza prolijamente las arenas,
otra vez esas manos que se abren y se cierran alrededor de la oropéndola inasible,
¿y ese aspecto de juez sombrío entre ladrones?
Desplegamos después de cada viaje el mapa de los años perdidos en los años
y recorrimos juntos nuestras dos epopeyas,
como ahora la del brillo y los huesos, la de la libertad y la sangre.
Zonas desdibujadas, pasos interrumpidos, señalas que se borran,
etapas que desembocan como estas extensiones en el Rio das Mortes.
En el Museo de la Inconfidencia destapamos tu caja de retratos:
hubo un vaho de invierno embotellado,
algo como un zumbido de insecto entre dos vidrios,
como un temblor de estambres en el reseco herbario de otro tiempo.
Pasamos entre reliquias, estandartes del fasto y anchos biombos de sombras,
pasamos por intrigas, prisiones, cobardías, infamias y tortuas,
hasta llegar a las catorce lápidas sin muertos,
a los trece nombres que fueron cruces blancas sobre la máscara escarlata del destierro
y al que fue borroneado por los compañeros y desmembrado por los enemigos
-sus letras estampadas con lacre incandescente sobre los desvaríos de la reina loca-,
el elegido para resumir las culpas y detallar los martirios.
Conspirabas ¿con quién? en los subsuelos del silencio.
Fuera, en el sitio donde Joaquim José da Silva Xavier se alza de cuerpo entero
-la visionaria cabeza en su lugar.
y sus trozos dispersos unidos otra vez por la diligente costura de la gloria-,
te sacaste el sombrero, ajustaste los lazos de tu corbaba Lavallière
y dejaste caer desde tu ojal el clavel encarnado:
ese ostentoso grito con que abrías la parquedad de tus mañanas.
Iglesia tras iglesia
(¡tan luego tú, el misionero ateo, peregrino por estas colonias de San Pedro!),
entre pilares enroscados y columnas griegas,
entre asfixias de follaje caliente y bocanadas de aérea geometría,
ruina y perduración,
contemplamos la acre lucides de Agrigento, de Siracusa y de Taormina.
Oro negro, oro blanco y oro corrompido
poblaban con imágenes piadosas la selva del barroco, sus delirios,
escondiendo los mismos misterios dolorosos bajo las gruesas capas esculpidas,
bajo las vestiduras flotantes que delatan una tormenta oculta entre los pliegues.

Tú encubrías tus males como lastimaduras hacia adentro,
y aun frente a los santos que fueron contrabandistas o emisarios
a través de las pequeñas puertas abiertas y cerradas en su propia sustancia
-caladas como frutas en medio de la espalda-
me hablabas de otras trampas que aquellas que no fraguan los tejidos.
Recorrías antiguas aventuras, hasta que un pájaro cortó en dos la tarde.
Entonces recordaste amores imposibles,
separaciones como ligaduras,
años en blanco como llagas blancas,
murallas sin salida como el mar que separó a Marília y a Gonzaga.
¡Ah, pero tú también cubríste las hambrientas distancias con otra Juliana de Mascarenhas
que restañaba heridas, deslizaba en tu pan el titánico sabor de la costumbre
y bruñía los vidrios empañados para hacer hasta el fin un solo espejo!
Las nubes dibujaron dos fantasmas helados;
solamente uno miraba hacia abajo.
Por las bruscas laderas de Santa ifigênia trepamos a los riscos de San Malò,
y en ese duro puño del normando que mató el verdor retuvo los pedruscos
encontramos cerrada con hierros y cerrojos la casa del abuelo;
pero en la pila donde se cosmagró de nuevo Chico Rei rey del Congo con su corte de fiesta,
donde las negras esclavas escurrían las chispas prodigiosas de su cabelleras
y donde ahora bebían las palomas perdidas y lavaban sus lutos sicilianos las mujeres,
depositamos tu ramito de fresías, mi ramo de azaleas.
Al bajar, cada fuente nos susurró la fábula de los diamantes
que corrían antaño entre la hierba: había que apartar las lágrimas solamente.
Te conmovieron igual que la inocencia esos torpes errores del latín;
me conmovió como una infantil caligrafía en un viejo cuaderno
tu desacierto acerca del porvenir de mi país y el pasado de Francia.
¡Siempre esa rara mezcla de señor feudal y de revolucionario a la intemperie!
Yo nada sabía de todo lo qeu no fuera estirpe de los ángeles y dinastías de la espuma.
Yo tenía cinco años, como siempre:
me diste una manzana y un guijarro pintado por el ocio de mi Dios en tus acantilados.



Cuando volví la cara hacia Ouro Preto
tu bufanda flotaba con el adiós del humo en los andenes,
detrás de tantas cartas que llegaron, urgentes como el redoble del granizo,
como si quisieras nivelar el tiempo, cobrarle viejas deudas,
reducir a ceniza sus osarios, cambiarlos por canteras de último momento.
Me estabas esperando en esa madrugada de Congonhas do Campo desde hacía cuatro años.
Con tu capote gris parecías un pájaro aterido revoloteando bajo sobre la plataforma.
Subimos y subimos junto a los precipicios hasta la olla hirviente de tu Etna
y escuchamos su voz de Antiguo Testamento en las palabras de los doce profetas
que levantan la cólera sagrada, la piedad o el lamento,
con la piedra de fuego o la piedra de miel debajo de la lengua,
a través de unos bloques de eternidad arrancados del terremoto de los cielos,
arrancados con uñas y con dientes por el Aleijandinho,
con las uñas que le incrustó el fervor sobre las mordeduras de la lepra.
Al pie de esos vigías sobrenaturales que separan dos reinos,
el de la salvación y el del exterminio,
estaban inscritas las advertencias de la Ley, en su dura materia.
Hiciste la traducción a tus propios consejos, tus propios argumentos,
con la vieja costumbre de tapiar ciegamente la fortaleza de tu clan
y abrir todas las jaulas de los parques al arrebato de la primavera.
Me dejabas nada más que la llave o la ganzúa de la poesía.
Sentado en la baranda, contra el viento que llegaba de las Lipari
arrastrando un oleaje de garzas y de lilas tan cambiantes como un ojo de tigre,
me leías a Leopardi, Lucio Piccolo, Montale, Quasimodo y el Dante,
con una vibración de tierna mata, de rincón hechizado,
de último inventario, de cuchillo escondido, de llama que devora los infiernos,
mientras el arcángel Miguel convocaba las almas rezagadas en Bom Jesús de Matozinhos.
Paso a paso sobre la hierba húmeda, sobre las lajas rotas,
seguimos las etapas del Calvario y buscamos los nombres de nuestros antepasados
en las tumbas lavadas por el olvido y por la lluvia.
En el Paso de la Última Cena celebramos también tus bodas de oro
desde un mediodía que consagró los huesos del alba en cada plato
y bendijo las horas con aspersiones de topacios y amatistas,
sin que quisieras ver aún el rostro de tu Judas, grabado en tus entrañas.
Cada tarde te acompañé hasta el atrio
y acaricié tu nuca mientras removías la tierra de las plantas
o hacías penumbra en el altar mayor, sobre el Cristo yacente,
y dejabas caer la fatigada cabeza entre los brazos.
Me besabas la mano que aún conserva intacto ese hueco de musgo,
ese deslizamiento de césped recién cortado, esa felpilla de nostalgia.
A veces me mirabas ya desde tan lejos
como los ojos de Santa Lucía desde aquel misterioso antifaz caído en la bandeja.
Cuando me fui lloraste sin pudor, como los hombres rudos cuando lloran.
Te dejó por última vez en la estación, al lado de Isaías,
con la boca quemada por las brasas de las absoluciones,
pero tu voz me fue siguiendo con el relámpago escalofriante de los rieles.
Y aquí termina el viaje. Aquí donde se separan estos ríos,
y yo busco en mi libro unas palabras, una señal cualquiera, y respondes con Eliot:
Although I do not hope to turn again
although I do not hope
Although I do not hope to turn...
Sister, mother
and spirit of the river, spirit of the sea,
suffer me not be separed.
Y algo retumba, lejos: un ataúd, el trueno, ruedas sobre guijarros.
Tu carruaje emplumado te lleva a sacudidas, con mis largos sollozos,
hacia la orilla donde te está esperando tu barquero,
desde tus sueños, desde mis pesadillas.
Entrégale las dieciséis monedas:
una por cada año que cayó compartido en la rota alcancía del recuerdo.

en "Mutaciones de la realidad" (1979)

lunes, 17 de febrero de 2020

#OlgaOrozco2020: Bloques al rojo, bloques en blanco




Los paisajes que alguna vez huyeron con alas espejeantes,
los rostros que no se condensaron contra las bocanadas de la niebla,
las casas que jamás habité
-sus puertas como trampas abiertas hacia afuera, junto a tantos exilios-,
todo lo que no fue reverbero de polvo girando en lo imposible,
sino que se desvaneció a un temblor de mi pie o a un vuelco de mi mano,
transforma extrañamente la distancia en la que se acumulan los paisajes,
los rostros y las casas insolubles que me trajeron a este día.

Depósito irrisorio ese donde se acopian los telones como en un escenario de una ciega,
ese donde el destino desborda la memoria y se despliega
como un oleaje de ayer ya tan juzgado como las aguas del diluvio,
con su oleaje de nunca a salvo ya de toda absolución y de toda condena.

De lugar a lugar,
de criatura a criatura,
de encuentro a desencuentro,
se establecen los vínculos del huracán, el sueño y la demencia:
injertos de territorios arrancados a la topografía de terremotos y de nubes;
incrustaciones de recintos huecos en un solo recinto que se divide y que se multiplica sin poder olvidar;
alianzas entre seres tan distantes como el pájaro negro, como el pájaro blanco de los equinoccios,
unidos solamente por la fisura del adiós;
parentescos tramados sobre los labios de una herida,
sobre los bordes de un abismo en llamas,
sobre oquedades vueltas a colmar por las aéreas construcciones del alma.


De lugar a lugar,
de criatura a criatura,
de encuentro a desencuentro,
mis fundaciones se alzan con sus bloques al rojo, con sus bloques al blanco,
irreales como brasas engarzadas en hielo.

Porque no solamente sobre piedras se erigieron los reinos de este mundo,
sino también, y más, sobre las mordeduras del hambre y de la ausencia.

Mi historia, cada historia,
es un inmenso calco de los días vividos y de los días sin vivir:
relieves vacíos fraguados por igual en la sustancia de la consumación.

en "Mutaciones de la realidad" (1979)

domingo, 16 de febrero de 2020

#OlgaOrozco2020: Remo contra la noche



Apaga ya la luz de ese cuchillo, madrastra de las sombras.
No necesito luces para mirar en el abismo de mi sangre,
en el naufragio de mi raza.
Apágala, te digo;
apágala contra tu propia cara con este soplo frío con que vuela mi madre.
Y tú, criatura ciega, no dejes escapar la soga que nos lleva.

Yo remonto la noche junto a ti.
Voy remando contigo desde tu nacimiento
con un fardo de espinas y esta campana inútil en las manos.

Están sordos allá.
Ninguna pluma de ángel,
ningún fulgor del cielo hemos logrado con tantas migraciones arrancadas al alma.


Nada más que este viaje en la tormenta
a favor de unas horas inmóviles en ti, usurera del alba;
nada más que este insomnio en la corriente,
por un puñado de ascuas,
por un par de arrasados corazones,
por un jirón de piel entre tus dientes fríos.






Pequeño, tú vuelves a nacer.
Debes seguir creciendo mientras corre hacia atrás la borra de estos años,
y yo escarbo la lumbre en el tapiz
donde algún paso tuyo fue marcado por un carbón aciago,
y arranco las raíces que te cubren los pies.

Hay tanta sombra aquí por tan escasos días,
tantas caras borradas por los harapos de la dicha
para verte mejor,
tantos trotes de lluvias y alimañas en la rampa del sueño
para oírte mejor,
tantos carros de ruinas que ruedan con el trueno
para moler mejor tus huesos y los míos,
para precipitar la bolsa de guijarros en el despeñadero de la bruma
y ponernos a hervir,
lo mismo que en los cuentos de la vieja hechicera.

Pequeño, no mires hacia atrás: son fantasmas del cielo.
No cortes esa flor: es el rescoldo vivo del infierno.
No toques esas aguas: son tan sólo la sed que se condensa en lágrimas y en duelo.
No pises esa piedra que te hiere con la menuda sal de todos estos años.
No pruebes ese pan porque tiene el sabor de la memoria y es áspero y amargo.
No gires con la ronda en el portal de las apariciones,
no huyas con la luz, no digas que no estás.

Ella trae una aguja y un puñal,
tejedora de escarchas.
Te anuda para bordar la duración o te arrebata al filo de un relámpago.
Se esconde en una nuez,
se disfraza de lámpara que cae en el desván o de puerta que se abre en el estanque.




Corroe cada edad,
convierte los espejos en un nido de agujeros,
con los dientes veloces para la mordedura como un escalofrío,
como el anuncio de tu porvenir en este día que detiene el pasado.

Señora, el que buscas no está.
Salió hace mucho tiempo de cara a la avaricia de la luz,
y esa espalda obstinada de pródigo sin padres para el regreso y el perdón,
y esos pies indefensos con que echaba a rodar las últimas monedas.
¿A quién llamas, ladrona de miserias?
El ronquido que escuchas es tan sólo el del trueno perdido en el jardín
y esa respiración es el jadeo de algún pobre animal que escarba la salida.
No hay ninguna migaja para ti, roedora de arenas,
Este frío no es tuyo.
Es un frío sin nadie que se dejó olvidado no sé quién.

Criatura, esta es sólo una historia de brujas y de lobos,
estampas arrancadas al insomnio de remotas abuelas.
Y ahora, ¿adónde vas con esta soga inmóvil que nos lleva?
¿Adónde voy en esta barca sola contra el revés del cielo?
¿Quién me arroja desde mi corazón como una piedra ciega contra oleajes de piedra
y abre unas roncas alas que restallan igual que una bandera?

Silencio. Está pasando la nieve de otro cuento entre tus dedos.

en "Mutaciones de la realidad" (1979)

sábado, 15 de febrero de 2020

#OlgaOrozco2020: El presagio




Estaba escrito en sombras.
Fue trazado con humo en medio de dos alas de colores,
casi una incrustación de riguroso luto cortando en dos el brillo de la fiesta.
Lo anunció muchas veces el quejido escarchado del cristal debajo de tus pies.
Lo dijeron oscuros personajes girando siempre a tientas,
porque nunca hay salida para nadie en los vertiginosos albergues de los sueños.
Lo propagó la hierba que fue un áspero, tenebroso plumaje una mañana.
Lo confirmaron día tras día las fisuras súbitas en los muros,
los trazos de carbón sobre la piedra, las arañas traslúcidas, los vientos.
Y de repente se desbordó la noche,
rebasó en la medida del peligro las vitrinas cerradas, los lazos ajustados,
las manos que a duras penas contenían la presión tormentosa.
Un gran pájaro negro cayó sobre tu plato.
Es como la envoltura de algún fuego sombrío, taciturno, sofocado,
que vino desde lejos horadando al pasar la intacta protección de cada día.
Ahora observas humear esa cosecha escalofriante.
Llega desde las más remotas plantaciones de tu presentimiento y de tu miedo,
llega incesantemente exhalando el misterio.
Está sobre tu plato y no hay distancia alguna que te aparte,
ni escondite posible.

viernes, 14 de febrero de 2020

#OlgaOrozco2020: Guardianas nocturnas




Preparan mi equipaje.
Ellas, las lentas damas moldeadas por crespones en el viento más frío,
las que bordan pacientes como arañas una grieta sin fin en la urdimbre de mis días,
ellas, las susurrantes, las delegadas de los altos poderes, las mitradas:
mis guardianas nocturnas.

Siento pasar el borde de toda mi asombrosa existencia entre mis dedos;
lo siento como un filo de vidrio contra las entrañas.
Han plegado los pálidos telones de los descubrimientos infantiles
con los mapas del tesoro escondido, el pueblo encandilado y el palomar en ruinas.
Han puesto en una caja los cristales de la inocencia rota
y han hecho un envoltorio en el que se debaten igual que sabandijas mis pecados.
Un puñado de agujas por las escasas contricciones, un alfiler por la torcaza muerta,
un manojo de astillas por todas las heridas y un puñal por la sangre del perdón.
Ahora doblan las sábanas de los insomnios, las fundas del delirio,
lienzos agujereados que dejaron escabullir hasta mi nombre y emerger los murciélagos,
los emisarios del submundo, el nadie siempre a punto de franquear mi lugar.
Van a llenar los huecos con los acusadores frascos de venenos:
tintas fanáticas para los desaciertos, licores para las mutaciones insensatas,
perfumes alucinógenos extraídos de dichas irrecuperables, lluvias del más allá.
Se consultan, vacilan frente al álbum en el que fosforecen los retratos.
Por favor, todos, todos, desde aquellos que fueron una llaga voraz sobre los juros
hasta los que ahuyentaron el terror y embellecieron los desmantelamientos de mi alma.


Afuera los estuches fervorosos, las felpas hechizadas:
destituidos los ídolos, los talismanes, las medallas, los desvalidos trofeos de la fe,
amontonados al desdeñoso azar, sepultados a tientas en el aserrín de las costumbres.
Ningún sitio de honor para las vestiduras de la soledad, ninguna flor encima.
Que las cubran con esos atavíos estampados por noches copiadas del abismo,
esos que todavía flotan como en sueños alrededor del vértigo y de los suspiros
y en los que aún brillan igual que lentejuelas desordenadas las caricias.
También, también va ese fanal que guarda cielos para los regresos y las despedidas.
Y no olvidar las cartas estrujadas, ni los bellos disfraces extinguidos,
ni las plumas arrancadas al vuelo a la alegría, ni los fabuladores espejos,
ni siquiera la bolsa de retazos de los días desiertos.

Al alba está dispuesto el equipaje.
Embalados mis bienes, ceñidas las correas, sellados los precintos.
Ellas, las altas damas, las papisas enfundadas en lutos solemnes, se retiran.
Hay un rótulo allí. No dice “frágil”; no señala un destino.
Indica : “Para dejar en cualquier parte. Solamente residuos sin reclamo posible”.

en "Mutaciones de la realidad" (1979)