sábado, 18 de junio de 2016

El amigo habla con los crepúsculos muertos sobre Lochem (Olga Orozco)



Alfonso Sola González con su esposa Graciela Maturo



Testimonio de Olga Orozco sobre Alfonso Sola González


Allí estaba, frente a mi puerta, en aquella Nochebuena de 1940, tímido, sonriente y confundido, con su aspecto de príncipe errante, dispuesto a entregar una carta y a seguir marchando contra el viento y bajo la tempestad. Le insistí para que se quedara a la cena de medianoche. Recuerdo su espíritu de celebración- a pesar de las ráfagas de melancolía que apagaban a ratos las chispas azules de sus ojos y se filtraban en sus silencios y en sus palabras- y el exaltado fervor con que colaboró con todos los despliegues pirotécnicos cuando cesó la lluvia. Bengalas, chorros de estrellas, fuegos de artificio y globos iluminados despertaban en el él un azoramiento y un entusiasmo casi infantil, como los que pueden provocar los incandescentes emisarios de otros mundos. Entendí después que él mismo era un mensajero, alguien que llega herido, sobreponiéndose a las apariciones y a las acechanzas del camino, y parte otra vez, convaleciente, para llegar a otro lugar con la herida de lo que acaba de dejar.
Continuamos viéndonos regularmente. Sus viajes desde Paraná hasta Buenos Aires eran entonces frecuentes. Llegaba sorpresivamente con un revuelo de arcángel, frágil y delicado, elegido para una invariable juventud como casi todo geminiano. Aparecía con su ceremonioso traje azul, su impecable camisa blanca de cuello duro y su permanente aire de desarraigo, de andariego destierro, dispuesto a pasar tres o cuatro noches sin dormir. ( A veces añadía a su candorosa solemnidad la distancia de un par de anteojos ahumados, para llorar disimuladamente algún amor desdichado, de acuerdo con su propia confesión). Ignoro cómo eran sus días en un sombrío hotel de luces verdosas, donde a veces se le aparecían de escalón en escalón las pálidas manos de Virginia Donatelli, asesinada, descuartizada y arrojada en un lago de Palermo hacía unos veinte años. Yo lo encontraba por la noche. Lo veía entrar a casa de Daniel Devoto por el balcón, de acuerdo con la costumbre establecida - en un alba confusa se deslizó también equivocadamente, por maliciosa indicación de alguien, en el departamento de una beata madrugadora que se vestía para ir a misa y alborotó a todo el vecindario con sus escandalizadas jaculatorias-. Nos reuníamos en casa de Oliverio Girondo y Norah Lange o en mi propia casa, en alguna cantina de La Boca, en un bar de la calle Catamarca hacia el que nos arrastraba bajo un cielo ya lívido Eduardo Bosco. No diré que en toda ocasión nos sorprendía la madrugada, porque la madrugada no sorprendía a nadie: era una comensal habitual, la última recién llegada.
Al partir hacia Paraná, Alfonso llevaba estampadas en las ojeras las desmedidas trasnochadas y en el cuello duro de la camisa líneas de poemas, firmas, mandalas y recomendaciones de último momento. Las llevaba no sólo naturalmente sino con cierta indolente alegría, como quien sabe que sólo lleva una protección y un abrigo para buena parte de la travesía.
Era la época que siguió a la aparición de la revista Canto, después a la de Verde Memoria, cuando Daniel Devoto inició generosamente las ediciones de Gulab y Aldabahor, el tiempo en que conversábamos inagotablemente de literatura y en que la mayoría de los poetas cultivaban un desapego de hijos pródigos, despreciaban la prudencia y el orden y apostaban a la vida o el porvenir a peligrosas aventuras, aunque sólo las cumplieran en un espacio de proyecciones atemporales, como se cumple la poesía misma. Allí, Alfonso habitaba una mansión de piedra entre reyes olvidados y servidores mudos, y vivía un amor devorador, absoluto e imposible. Yo le preguntaba por sus lebreles, por sus posesiones en Lochem, donde en la más alta ventana de una torre ruinosa le esperaba una mujer llamada Palemor, que tenía un candelabro de plata en la mano y miraba hacia el ocaso herrumbrado de un jardín taciturno.Preguntar todo esto era casi preguntar por el asunto mismo de sus espléndidos, lujosos y agónicos poemas. Pero la historia tenía variaciones: a veces las uñas largas de Alfonso o sus dientes algo encimados con agudos incisivos servían para componer un lánguido vampiro enamorado que tenía prisionera a Palemor; otras, la palidez y la demacración de él eran evidencias de que Palemor era una perversa aparecida, una muerta capaz de resucitar por la fuerza de la apasionada carne, y entonces Alfonso pasaba a ser el incestuoso hermano fugitivo o el aterrado visitante que huye como en La caída de la casa Usher. Las posibilidades de combinación eran muchas, casi inagotables, matizadas por injertos de personajes reales y fantásticos, entre los que planeaba también la sombra del Gran Meaulness, huyendo hacia el mar y las tumbas de Lofoten, ese lugar de maelstroms que Milosz se lamentaba de no poder ver jamás, armado con ese laúd constelado de Nerval que "lleva el sol negro de la melancolía".
Y de pronto el grupo se dispersó, como si cada uno hubiera sido convocado urgentemente desde otro rincón del mundo, desde otro rincón de su biografía, desde otro rincón del insomnio. Algunos años después tuve noticias indirectas: el "Flaco" Sola se había casado, vivía en Mendoza, tenía una cátedra en la Universidad de Cuyo, era el padre feliz de seis criaturas. Me confirmó esos datos desnudos, sin demoradas y carnosas envolturas durante una controvertida Feria del Libro que me llevó a Mendoza incautamente en 1967 y en la que nos encontramos por brevísimos minutos, minutos concedidos como un homenaje de amistad venciendo el rechazo que le producía la organización de aquella Feria que había tenido en cuenta escasamente a los escritores del lugar, hecho que provocó mi rápido regreso.
Unos años después, en 1974, me visitó en Buenos Aires. Llegó a casa al atardecer y subimos enseguida en un inmenso carricoche con todos los amigos muertos y los pocos, poquísimos, que aún quedaban vivos, y viajamos por la noche recorriendo otras noches, historias, fiestas, fervores, despedidas, con paradas obligatorias para la poesía y para otro brindis a cada vuelta de la esquina. Fue un paseo extraño. inquietante, fantasmal, en que se nos perdían grandes trozos de ciudad, años enteros, personajes y frases, bajo lentas avalanchas de arena. Se lo llevó el alba, como siempre. 
No lo vi nunca más. Cuando me dijeron el final, pensé que había logrado abrir la puerta, esa que llevaba consigo, y que daba a Lochem o a algún otro lugar que lo esperaba con su eternidad, y repetí entonces para él unas palabras de La Casa Muerta, que creía olvidadas: "Ya has pasado la muerte, ya has vencido".

Olga Orozco, Homenajes en el aniversario de su muerte, Mendoza,
Los Andes, 24 de octubre de 1993

en Obra poética de Alfonso Sola González, Ediciones Biblioteca Nacional, Bs As 2015

domingo, 6 de marzo de 2016

Epitafio para la víspera del pródigo (Olga Orozco)




El volante de poesía "Oeste" de Chivilcoy (Pcia de Bs As), editado por Nicolás Cócaro publicó este poema de Olga Orozco en 1949, recién en 1972 aparecería bajo el título "La víspera del pródigo" en el libro Las Muertes (Losada,1972)

sábado, 10 de octubre de 2015

Ella cantaba (Leonardo Martínez)

Con su habitual generosidad, el querido poeta Leonardo Martínez comparte con nosotros este poema sobre su amiga Olga Orozco.



Leonardo Martínez



Ella cantaba



Cuando la poeta cantaba tangos
y la poesía al fondo de sus ojos
era una ronca dulce queja
una imprecación  un desvarío
y la pampa atravesaba  su mirada
de lanza
               de rifle
                            de galope tendido hasta los toldos
porque La Fantasma se agitaba
para estarse luego quieta
y profetizar con ademán magnífico
una estampida de voraces y sonoros versos
de un libro torrentoso
que cantaba
                       callaba
                                    escribía
con una tinta que sangraba el horizonte
en atardeceres de niñez feliz
para después vestirse de amor


y amar desde una vestidura cosida
con relámpagos y pedazos estremecidos
de Oskar de Lubicz Milosz
y del mejor Rilke
mientras su cabellera y sus largas piernas soleadas
y sus pies calzados con sandalias de viento
se adueñaban de la noche
y la noche era el mar
la gran ansia que reúne todas las ansias

                                                                      
28-XII-1998


Leonardo Martínez

Recomendamos el dossier sobre el poeta de la revista El vendedor de tierra preparado por Alejo González Prandi

http://elvendedordetierra.com/category/dossier/leonardo-martinez/

miércoles, 22 de julio de 2015

Para ser otra (Olga Orozco)




.
Una palabra oscura puede quedar zumbando dentro del corazón.
Una palabra oscura puede ser el misterio de otros nombres que tuve.
Una palabra oscura puede volver a levantar el fuego y la ceniza.
.
“Matrika Doléesa,
llora por mí.
Matrika Doléesa,
vuelve por mí.
Ven a buscar el ascua del esplendor
sepultada en mi mano”.
.
Y unas ramas sobre la cabeza bastan
para desenterar una reina borrada por la plumas de un dominio salvaje.
Conservo de ese tiempo el tatuaje que deja una sombra de triste idolatría en todo cuanto toco,
una respiración de plantas sofocadas que exhalan un veneno semejante al sueño,
el puñado de piedras siemprevivas donde hierve la sangre de mis antepasados,
un poder en tinieblas encerrado por el vuelo de un pájaro
y esta máscara fúnebre que avanza desde el fondo de mi rostro cuando nadie me mira.
Entre las ceremonias del amor
ninguna comparable al matrimonio del sol y de la luna.
El sabor de los días es como un talismán que preservara del gusto de morir,
y el éxtasis y el pavor son como dos tormentas que vienen y se van
llevadas por el bostezo de una larga, larguísima pereza.
.
“Matrika Doléesa,
no llores por mí.
Matrika Doléesa,
no vuelvas por mí.
Rompe el cristal del invierno
donde guardas mis lágrimas”.
.
Y desde no sé dónde, los cabellos llorosos
anudados por unas cintas grises que despliegan un viaje de huérfana en la lluvia
vuelven con el color de la nostalgia.
He guardado ese rostro como de ramo hallado en una tumba,
un pedazo de vidrio para verme pasar embalsamada delante del cortejo de lo que nunca vuelve,
y las historias del amor o del miedo
labradas por el llanto sobre unas piedrecitas que señalan mi descenso al olvido.
Alguien llama a veces desde una casa que hunde sus raíces de arena en la distancia que llamamos nunca,
y otras veces despierto en mi memoria con el olor de los países donde nunca estuve.
Porque mi exilio está conmigo.
Cuando me alejo crezo, como las catedrales.
Quienes más me conocen me recuerdan como a una bujía apenas entrevista detrás de una ventana,
o las aparecidas que surgen desde el fondo del estanque en su ataúd de hierbas,
y llaman desde el costado de la luz a ciegas,
llaman.
.
“Darvantaran Sarolam,
junta nuestros despojos.
Darvantaran Sarolam,
búscanos la salida.
Toma el grano de trigo funerario,
tómalo desde el fondo de cada eternidad.”
.
Entonces, la que no duerme en mí
levanta la cabeza de sonámbula como una luminaria entre las colgaduras de la fiebre.
Siempre este gusto a sed,
esta mano que incendia con mi mano las grandes asambleas de la sombra,
esta mirada que no ve para mirar mejor debajo de las aguas.
Yo escarbo en mi memoria otra memoria como un desván en llamas
donde se ocultan cifras entretejidas con molduras,
enigmas disfrazados de falsos personajes de la ley,
revelaciones encubiertas con ropones de hiedra, entre restos de espejos,
poderes enmascarados por la promesa de la muerte.
Todo arde aquí, inmóvil en su envoltura inalcanzable.
Y alguien da la señal.
Las aguas suben en una estría azul que rompe las paredes.
Voy a poder mirar.
Voy a desenterrar la palabra perdida entre las ruinas de cada nacimiento.
.
¿Y este nombre secreto con que me nombran todos y se nombran?
Ya soy ajena en mí,
pero es este mundo entero quien emigra conmigo
como un solo organismo arrebatado de cada cautiverio, de cada soledad,
por esa bocanada de las grandes nostalgias.
Y de pronto, ¿este desgarramiento,
esta palpitación en medio de la noche que corta su atadura en la vena más honda de la tierra,
este fondo de barca que asciende sobre un lecho de plumaje celeste,
este portal aún entre la niebla,
este recuerdo del porvenir desde el comienzo de los siglos?
¿Quién soy? ¿Y dónde? ¿Y cuándo?


en  Los juegos peligrosos (1962)

domingo, 17 de mayo de 2015

Ceremonia nocturna / sobre textos de Olga Orozco en junio en el CCC


Yo somos tú (monólogo) Olga Orozco





"A mí me encana la transmigración." Entendámonos bien. No se trata de andar de tierra en cielo, como ráfaga errante, desechando un cuerpo, cerrando con un golpe las ventanas de cualquier biografía, para después colarse de un soplo en otro cuerpo y en otra biografía, y volver a salir definitivamente. Yo prefiero no dejar residuos, ni ropajes vacíos, ni corazones rotos, ni esperanzas de encuentro para el día de la resurrección. Prefiero estar aquí, en unidad de tiempo y de lugar. Prefiero probarme caras sobre esta sola cara. Prefiero animar toda la historia universal sin apagar mi historia. A puertas cerradas, a nombre fijo y aun a días contados, prefiero entreabrir otras puertas, multiplicar los nombres, extender días a siglos. Mis territorios crecen de este modo de manera incalculable. Y los llevo conmigo. Los pliego, los despliego, los torturo, los siembro, los recorto, los trituro, los mezclo, los devoro, los exhalo, y si quiero los pliego una vez más, los estrujo en la mano y los dejo caer entre los dedos. Así, naturalmente, sin mirar hacia atrás. La geografía no tiene exigencias para mí: aplano las montañas, desvanezco los mares sin contemplaciones, cambio de sitio las ciudades, desvío el curso de los ríos para poder pasar. Y hasta hago surgir los continentes desaparecidos y aparecer, de pronto, los que nunca estuvieron. La zoología no se me resiste. Paso sin transición de perro a lobo, de tigre de Bengala a colibrí, de cordero pascual a martín pescador. Me visto y me desvisto de plumajes ardientes a púas erizadas, de terciopelos suaves como el ocio a escamas para encubrir la tentación. La mineralogía no es impenetrable, salvo cuando se trata de disolver ideas fijas y conciencias de falso cristal. Con la botánica me desperezo, me alargo, me desplazo, llego furtivamente hasta otro pecho, me adhiero al corazón. Pero  de todas las prolongaciones me quedo con los brazos abiertos y las piernas sin fin y los pies bien adentro de otros pasos; de todas las cortezas, ninguna más fija y más cambiante que la piel; de todos los lenguajes elijo el de la lengua intercambiable; de todos los verbos inmanentes o manifestados elijo el de vivir mi vida en otras vidas, en todos los tiempos,, en todas las personas, en todas las conjugaciones y géneros y números y aumentativos y partitivos, bajo todos los regímenes y en todas las posibles concordancias y disonancias. Encarno todos los cortejos del pasado y los séquitos del porvenir, fluyendo, refluyendo hacia un punto central —mi propia anatomía— que arde como un carozo incandescente. Por ejemplo esta mano insensata incendia Roma y las llamas la acechan, la siguen, la persiguen, la alcanzan, la consumen en la hoguera que convierte en cenizas la grisácea envoltura que envuelve a Juana de Arco, cuya llama inextinguible se reaviva en la tea del bonzo, que clama todavía con la voz de Babel, con la voz que clama en el desierto, con la voz desgarrada de Edith Piaf, con la voz de una negra que canta cuando una negra canta de la cabeza hasta los pies, pies desnudos, ligeros, pies de Aquiles, talón y punta, punta y talón vulnerable huyendo con las suelas al viento de Rimbaud, esparciendo a los vientos la ceniza incestuosa de Lord Byron mezclada a tanta arena de la playa, arena color de miel que raspa la garganta por dentro y por fuera, donde están señaladas en Ana Bolena y en María Antonieta las dos líneas de puntos por donde se debe cortar, y la cabeza rueda hasta el regazo de Judith y se adelanta a la cabeza de Goliat, y rebota, rebota como un gran sol decapitado en la cabeza neblinosa de la creación, pendiente siempre de ese hilo que se ajusta de pronto en torno a la garganta de Nerval y la exprime hasta lograr el dulce arrullo de alondra de Julieta o el aullido desaforado de Madame Rolland: "Libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre", "J'écris ton nom, Liberté", "Liberté, liberté chérie", "Oíd el ruido de rotas cadenas, libertad, libertad, libertad", "para todos los hombres libres que quieran habitar el suelo" y el subsuelo, hacia donde corre la sangre de Rosa Luxemburgo salpicando el diario de Ana Frank, empujando la sangre de Abelardo que brilla en lentejuelas sobre las cartas mutiladas de Eloísa, sin hallar la salida, como la bala que penetra en la sien de María Vetsera en aquella madrugada color de ostra que se cierra, color de garza que no quiere mirar cómo cae al encuentro del cisne negro Jeanne Modigliani, o cómo se precipita bajo el tren el vestido flotante de Ana Karenina, una cinta anudada a una rueda, a otra vuelta de rueda que gira con la gasa, y gira una vez más, anudando quizás el último recuerdo de Isadora Duncan, que se triza como un espejo al caer contra el espejo donde se abren las aguas rescatando el sombrero abandonado de Virginia Woolf, el cuerpo abandonado de la desconocida del Sena, y así sucesivamente, por ejemplo. Nada más que un ejemplo que equivale a dormirse en Juan y despertarse en Pedro o en María. Sin borrar este yo siempre latente o siempre a punto de aparecer o siempre a punto de desaparecer entre telones, como un río que arrolla las grandes llamaradas de la pasión, las enormes burbujas que ascienden desde las bocas mudas de tantos personajes, las luces y las chispas y las ráfagas de polvo luminoso con que perduran héroes y heroínas, como relámpagos, como chorros de estrellas que se rompen contra la faz del mundo. ¡Ah, el presente transitivo, tan simultáneo y múltiple! Yo somos tú, él son vosotros, ellos sois nosotros, desde todos los siglos por los siglos. Amén.


El humo de tu incendio está subiendo (Pieza en un acto) Olga Orozco


Homenaje (Y el humo de tu incendio está subiendo y yo somos tú)
 / Grupo Torre / Córdoba 2009




(Pieza en un acto)
(A partir de unas anotaciones de Antonin Artaud)
(Fragmentos)
Ha aparecido en el cielo un fenómeno luminoso inexplicable ir provoca Oda clase de interpretaciones y controversias. El acontecimiento es alarmante y amenazador. La gente permanecen vela, fuera de sus casas o en las ventanas, contemplando el lelo, a la espera de las consecuencias.

ESCENA II

(Entran los canillitas, cada uno por un lado. Gritan sus, pregones corriendo como en un ballet, cruzándose en transversal, en diagonal, desde el foro al proscenio y viceversa.)
Canillitas: ¡Ultimas noticias! ¡Ultimas noticias! Voces: ¿Las últimas, ya? No, no puede ser. ¡Las últimas no! ¡Todavía no! Un día más. Unos minutos más. Hay gente que tiene que nacer, que tiene que morir.
Canillitas: El Gran Jefe hablará con el pueblo a la cero hora. (Suspiros y exclamaciones de alivio y ruido de fuelle que se desinfla, entre los presentes.) A la cero hora.
Voces: ¿Quién? ¿Qué hora es? ¿A qué hora es la cero hora? ¿La hora de dónde?
Canillitas: Se decreta el estado de suspensión. La asamblea pro-clama la igualdad entre el día y la noche.
Voces: Muy bien. ¿Qué más da? Demagogia. ¡No, no, la noche, solamente la noche! ¿Y la luz? Canillitas: Noticias del exterior: el fenómeno es local en todas  partes. ..
Voces: No estamos solos. No hay desgracia completa. Hay otros, ellos y nosotros.
(Se oyen campanadas incontables, en todos los tonos, y un ruido de despertador con una magnitud que haría estallar los resortes y los tímpanos. La pantalla del fondo, que actúa a manera de inmenso televisor, se ilumina para la proyección. El Gran Jefe aparece parcialmente a medida que habla: boca, ojo, nariz, oreja, pie, manos. Nunca se lo ve por entero. Con las manos ¡untas, los pulgares unidos, en ademán y tono típicamente demagógicos:)
Gran Jefe: ¿Y bien? (pausa estratégica). Ciudadanas y ciudadanos: aquí estoy. En este momento soy un compañero más, dispuesto a luchar con ustedes contra el enemigo común. ¿Quién es este enemigo? Tal vez un ismo nuevo, tal vez una combinación de ismos conocidos. Regionalismo, ostracismo, absolutismo, han derivado siempre en cataclismo. Tenemos antecedentes ejemplares. (La imagen cambia. Se proyecta un ataque aéreo, la erupción de un volcán, el terremoto de San Francisco, los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, etc., sobre las palabras que continúan.) El gobierno no escatimó nunca esfuerzos para ponerles un nombre. Sabemos que el nombre es la mitad de una batalla. El nombre designa sin posible error a nuestros contrincantes más encarnizados. ¿Y qué? ¿No los vencimos? ¿No los estamos contemplando? (Vuelve trozo de cara.) En esta hora confusa, vocales y con-sonantes aún no identificadas conspiran en la sombra y a pleno sol contra nuestros derechos más sagrados. Pero las descubriremos. Pueden estar seguros. Los organismos oficiales trabajan sin descanso en esta dificilísima tarea: desenmascarar el nombre, aislar sus elementos y destruir uno por uno sus timbres y sus resonancias hasta la total aniquilación ... El nombre está entre nosotros. Puede esconderse en el bolsillo de un niño, en la amnesia de un anciano y hasta en el recinto interior de cada uno. Pero estemos tranquilos: el nombre será denunciado o se denunciará por sí solo. No tenemos nada que temer. Nuestra bandera nos protege. Agrupémonos debajo de sus pliegues y unamos nuestros corazones en un himno de paz y de amor.
(La imagen se borra en la pantalla, mientras la escena gira y muestra la plaza principal. . . Entran los personajes apresurados, silbando, y se ubican en la plaza, frente a los balcones del Municipio.)

ESCENA III

(Se abre el balcón principal en el frente del edificio. Se oyen tres golpes de bastonero y aparece el Gran Husmeador. Se abren simultáneamente los dos balcones de los costados; seis golpes, y aparecen el Gran Visor y el Gran Oidor. Los tres llevan máscara, con nariz, ojo y oreja inmensos, respectivamente. Están subidos sobre zancos y hablan con voces deformadas, nasales, atipladas, roncas, sibilinas o melifluas.)
Gran Husmeador: (Olfatea el aire, hacia arriba, con un ronquido: snif, snif.) Señores, en virtud de nuestras especializaciones respectivas, cuyos méritos están a la vista, hemos sido llama-dos para revelar la verdad.
Gran Oidor: La duda.
Gran Visor: La nada.
(Cada uno protesta contra el otro. Silbatina general en la que se oye "Confundir al pueblo", "Otra vez", "Fraude", "Hasta cuándo", "Basta", "Desorientación general", "Mentira", "Abajo las plataformas electorales",. etc.)
Gran Husmeador: (Imponiendo silencio con un fortísimo ronquido.) La verdad es que la verdad no siempre huele bien, nada bien. La tengo aquí. (Se señala la nariz. Todos olfatean en esa dirección.) La huelo. Pero es indefinible, incomunicable,   intransferible , de persona a persona y viceversa.
(Murmullos de aprobación y de desaprobación.)
Gran Visor: (Que ha mirado minuciosamente hacia la nariz del Gran Husmeador y después hacia lo alto.) No hay nada. No hay ni asomo de verdad. He mirado bien. He forzado la vista hasta su máxima posibilidad de dilatación. Y nada. Ninguna verdad. Nada más que símbolos de símbolos para encubrir la nada.
(Se oyen algunos " iNo! , como de gentes que han sido alcanzadas por una puñalada y algunas vehementes afirmaciones.)
Gran Oidor: Calma, señores. Tal vez sí, tal vez no, tal vez ambas cosas, o ninguna de las dos. Estamos en el universo como de oídas y no sabemos de dónde venimos ni adónde vamos. Y quizás esta duda nos persiga hasta el final, si hay un final. (Murmullos de aprobación y de desaprobación.)
Gran Husmeador: ¡Basta! Digo que la verdad de allá (señala ha-cia lo alto, hacia "eso") llega hasta aquí. La tengo en la nariz. La respiro, la filtro, la incorporo, la transporto, la vivo, pero no la puedo trasmitir. El que tenga nariz que huela, sin prejuicios ni preconceptos, sin temor a las emanaciones del porvenir.
Todos: (Huelen con distintas expresiones y reclaman con tonos diferentes.) ¿Qué olor tiene? ¡El olor! ¡El olor!
Gran Husmeador: (Como en una ensoñación, inspirando y espirando en fuertes ráfagas.) Es sutil, es acre, es penetrante, es peligroso, es nauseabundo. (Continúa con esfuerzo, semejan-te a un alucinado.) El acero y la sangre, la pústula y el fuego. (Pausa. El mismo juego, más intenso.) Y la bestia en la trampa, y el vaho del ayuno y la Mordedura de una gran soledad. (Gime y llora.) Y después, después, algo como una mezcla, todo igual (Sonríe.), una masa de humo que se desprende del mismo incendio. (Con enorme regocijo:) Fiesta. Milagro. Todos somos uno. (Aplausos.)
Gran Visor: (Impaciente:) Bah, bah, bah. ¿Adónde va a llegar? ¿Es más rápido que la luz? (Tajante.) Hipótesis. Falacias. Perturbaciones. (Su ojo se va encendiendo, cada vez más intenso.) No hay nada. Absolutamente nada. Ni una hormiga. Ni antes, ni ahora, ni después.
Todos: (Miran, como él, hacia arriba.) ¿Cómo es? ¿Qué se ve?
Gran Visor: Niebla, burbujas, imágenes ilusorias, proyecciones del miedo o de la esperanza, volatilizaciones sin sentido, absurdas alteraciones de la materia, fuerzas caóticas que nos aspiran, que nos reabsorben en la nada primordial. (Aplausos y comentarios.)
Gran Oidor: (Burlón, a uno y otro:) Ajá, ajá, ajá. El señor huele lo que no se huele, el señor ve lo que no se ve. Pero yo ¿oigo o no oigo? (Se tapa la oreja.) Y este ruido aquí dentro, ¿qué es? ¿La música de las esferas? ¿El vacío total? (Se destapa la oreja. Se oye un ruido de secreteo y de murmullos ininteligibles.)
Todos: (-Escuchando hacia lo alto.) ¿Qué se oye? ¿Qué es? ¿Qué es?
Gran Oidor: ¿No será la suma o a lo mejor la resta de todas las contradicciones, las afirmaciones y las negaciones? ¿No será una cuerda que oscila, que vibra, que se rompe, que no se rompe? ¿No será que no es posible estar seguro d la res-puesta, por mucho que agucemos, que afinemos, que estiremos los sentidos hasta hacerlos pasar por el ojo de una aguja? (Comentarios.)

ESCENA IV

(El escenario ha quedado desierto. Los ruidos cesan y se con-vierten en el sonido de remos en el agua. La luz es suave y azula-da. Aparece la Muerte. Es una dama veneciana, con encajes y antifaz. Avanza como si el suelo se deslizara, girando con movimientos de muñeca mientras canta. A los costados de la sala se proyecta una película de agua que corre hacia atrás, dando la impresión de que el público se adelantara.)
Muerte: ¿Soy yo quien va o eres tú que vienes? / Oigo escarbar debajo de tu lecho, / veo la telaraña en que te enredas, / siento la ráfaga que nos anuda / desde tu pelo frío hasta mis dientes. / ¿Soy yo quien va o eres tú que vienes? / Apenas te conozco desde afuera. / Hemos andado juntos a tientas, / sólo a tientas, / compartiendo la sopa de guijarros,/ antor-chas y trofeos, / el oro del otoño acumulado bajo las alas de la primavera. / ¿Soy yo quien va o eres tú que vienes? / No me mires así, como si fueran mías las tinieblas, / o pudieras huir por otras puertas / dejándome en las manos tu coraza desierta, / como si fuera el último traje que abandonas / después de tantas pruebas. / ¿Soy yo quien va o eres tú que vienes? / Soplo sobre tus ojos para que te despiertes / en este insomnio con que yo te sueño.

ESCENA V

(Aparecen letreros luminosos o proyecciones errantes que dicen PESTE. Los personajes irán surgiendo de sus escondites. Los síntomas de la peste ofrecen las características más diversas, inclusive ninguna: cabezas de globo, de pescado, de caballo, de manzana; cuerpos de asno, de gusano, de piña, de maniquí; manos enormes, tentáculos, patas de palmípedo, colas, alas, escamas, fosforescencias, etc.) (El hombre con Cabeza de Globo sale a la calle, vacila, mira en todas direcciones... Aparece en una puerta, frente a él, un hombre con Cabeza de Pescado y pies de palmípedo.) Globo: (En voz baja.) ¿Cuándo fue? Pescado: (También como en secreto.) ¿Qué importa cuándo fue? Lo importante es que es y no dejará de ser. Globo: (Ansioso.) ¿Por qué? (Señala hacia "eso", en lo alto.) ¿Crees que no se irá? Pescado: (Negando con desesperanza.) Se irá, pero nosotros nos quedaremos. (Otros se han asomado a las ventanas. Otros bajan a la calle y hablan, distantes. Se forman grupos.)
Cuerpo de Pájaro: (Se acerca desde el fondo, casi corriendo, agitado.) Todos. No falta nadie. Y hasta parece que alguno es más de uno.
Globo: (A Pescado.) ¿Y éste quién es?
Cuerpo de Pájaro: ¡Juan, por Dios!, soy el que menos ha cambiado.
Mano Grande: (Cruzando la calle.) El que menos ha cambiado soy yo.
Globo: (Tocándolo en distintas partes.) A ver. Algo debes de tener.
Mano Grande: (Saltando hacia atrás.) No me toques. No me contagies.
Globo: (Ha descubierto las manos grandes.) ¡Estúpido! ¿Quién a quién?
(Las mismas reacciones se producen en otros grupos. Se  miran con recelo, con curiosidad, con asco. Se rechazan, se dan la espalda.)
Cabeza de Caballo y Cuerpo de Caracol: (Son los canillitas. Aparecen corriendo, con diarios bajo el brazo. Cruzan la escena en todas direcciones, gritando.) Más noticias. La peste no tiene fronteras. Las patrullas médicas continúan el empadronamiento. Nadie se esconda. Los culpables de contagio serán castigados. Los prófugos también. Más noticias. No hay noticias del cielo. (Salen.)
Unos y otros: ¿Y ahora qué pasará? ¿Alguien lo sabe? El hospital. El campo de concentración. El leprosario, El destierro. La cámara de gas. El fusilamiento. La escuela de rehabilitación. La fosa común. ¿Y qué pueden hacer los médicos? ¿Y a ellos quién los empadrona?... No son médicos para curar; son miembros del Santo Oficio. O fiscales biológicos.
(Suena una campanilla que se va acercando. Los grupos se desparraman en todas direcciones como ráfagas. No queda un alma. Llegan dos médicos con ropones encerados y caretas de pájaro, como los de la peste en Marsella en 1720. Llevan brazaletes con una cruz negra. Despliegan una mesa y dos sillas, extienden rollos de papel y agitan la campanilla. Silencio. Nadie acude.)
Médico uno: No saldrán. Se esconden como ratas. Procedamos.
Médico dos: ¿Otra vez?
Médico uno: Sí, otra vez. Siete veces setenta. Es la orden, ¿no?
 Dos: Me gustaría saber para qué.
Uno: No lo preguntes. En cuanto lo sepas serás culpable de crueldad.
Dos: ¿Y ellos de qué son culpables? ¿De obediencia? ¿De permeabilidad?
Uno: Mira, te lo explico por última vez. (Señalando hacia arriba:) Allá se produce una aparición fulgurante, (hacia abajo) y acá una subversión de la materia. Existe una más que sospechosa afinidad entre ambos fenómenos, como la que existe entre el sarampión y la inocencia, entre la sífilis y el pecado.
Dos: Pero ellos no han subido y nadie ha bajado. No ha habido acuerdo.
Uno: Ha habido un acuerdo imponderable, como en toda fatalidad. Y se acabó. No me comprometas más. Cada uno a su papel. Si no quieres aceptar un orden superior que te exime; allá tú. Mucho peor para ti.
Dos: No me acuses, no me interpretes mal: acepto, acato, contribuyo, secundo, asisto, me someto, me flexiono (bajando la voz) pero a veces reflexiono.
Uno: Mal hecho. Adelante.
(Se dirigen con firmeza a una de las puertas. Golpean. Nadie)

en “Páginas de Olga Orozco seleccionadas por la autora”. Editorial Celtia. Buenos Aires 1984
(La obra obtiene el Premio Municipal de Teatro en 1972, p