domingo, 28 de diciembre de 2014

Nostradamus, un viaje al porvenir (Richard Reiner)





Admirado y respetado por sabios y reyes, su asombroso poder predictivo lo condenó a la insondable soledad de quien ya sabe cuanto ha de ocurrir
"Sentado, de noche, para mis estudios secretos, solo, reclinado en mi sitial de bronce, iluminado únicamen­te por una exigua llama, hago prosperar lo que no debe creerse en vano. La vara en manos y colocada en me­dio de los ramales del agua moja la frente y el pie. Miedo y una voz que vibra. Hay un esplendor divino, el Adivino se sienta cerca de este lugar."



El Adivino acaba de escribir esta primera frase. Es­tá sentado en ese lugar, una buhardilla invadida por las sombras y las luces que rescata del porvenir, en una pequeña población de Provenza: Salon-en-Crau. Es el 14 de marzo de 1547. Hainiciado un viaje por las cen­turias que quedará consigna­do en sus Centurias. Este viaje le llevará diez años de su vida terrestre, pero llega­rá hasta el año 2000, en asom­broso vuelo astral por el des­tino del planeta.
La luz de la bujía tiembla al soplo de vientos que ven­drán; en el agua que colma la vasija de cobre se dibujan mapas, catástrofes, reyes y castillos que surgen de las profundidades del futuro; los ojos hundidos, el rostro de­macrado, la barba de dos pun­tas componen una especie de figura de proa que avanza entre los signos de la eterni­dad, cortando las tinieblas.
¿Brujo? ¿Vidente? ¿Loco? ¿Impostor? ¿Demonio?
¿Quién se atreve a juzgar­lo?
"Que aquellos que lean es­tos versos los pesen con ma­dura reflexión. Que el vulgar, el ignorante y el profano se aparten. Que todos los astró­logos, los imbéciles y los bár­baros se alejen. Maldito sea, de acuerdo con el rito, aquel que actúe de otra manera." Con estas palabras, Michel de Nostradamus selló la entrada a sus profecías. El que esté libre de todas estas culpas, que arroje la primera piedra contra el cristal cifrado de su fama.

HABIA UNA VEZ...

Un rey de Provenza que se llamaba Rene y tenía en su corte dos médicos astrólogos: Jean de Saint-Rémy y Pierre de Nostre-Dame. Uno tenía un hijo —Jacques
y el otro una hija —Renée— que se casaron y tu­vieron un hijo: Michel.
Michel de Nostradamus —como se llamaría después
nació el 14 de diciembre de 1503, bajo el signo de Sagitario, predestinado, desde la cuna, a inspeccionar el cielo con el mismo bonete constelado y la mirada larga de sus dos abuelos.
El abuelo materno, Jean de Saint-Rémy, inició a su nieto en las letras, el latín, el griego, el hebreo, las matemáticas, y esa combinación de astronomía y as-trología que entonces se denominaba "la ciencia celes­te". Cuando murió Jean, Pierre de Nostre-Dame conti-
Estos dos ancianos de barbas blancas, judíos conver­ses, trasmitieron en secreto a Michel los secretos de la Cabala
Ese hermetismo hereditario le abrió las puer­tas de lo desconocido. El iniciado se internaba noche a noche por esos pasadizos llenos de humo que condu­cen al corazón aletargado del misterio.

LA MUERTE Y SUS CAMPANAS

En Montpellier. a cuya Universidad se trasladó Mi­chel para completar sus estu­dios de medicina, otros ojos vivaces sondeaban las tinie­blas subterráneas, otros' pa­sos confusos estremecían las vigilias, otros dientes roían la esperanza de los estremecidos corazones. La peste bubónica imperaba con su corte de ra­tas. La población era víctima de la enfermedad y del miedo. Se interpretaban los signos de la tierra y el cielo. Todos eran adversos: el sol signifi­caba el apogeo de la peste; las nubes contenían turbias ame­nazas; la lluvia semejaba un trote de viejas alimañas.
La muerte tocaba las cam­panas. Estas tañían sin cesar desde los carros en los que se apilaba la lúgubre cosecha. Los embajadores de la muerte visitaban las casas de sanos y de enfermos. Eran patéticos personajes que vestían túni­cas de durísimo cuero y ca­misas empapadas de aceite; llevaban un diente de ajo en la boca, cucuruchos de algo­dón en las narices, y miraban a través de dos discos de vi­drio incrustados en las más­caras de tela. Los que no morían de peste se desmayaban frente a tales médicos, figu­ras del delirio, visiones de fe­briles pesadillas que apresuraban la agonía al surgir de una nube de fumigaciones de áloe, almizcle y ambas, tan temibles como el anuncio del infierno.
Detrás de estos maestros del horror llegaba Nostrada­mus, sin ninguna defensa, con buena fe y buenas in­tenciones. No compartía esos distantes medios combativos. Practicaba una observación directa: el análisis de las secreciones de cada enfermo, la higiene y una medicación más drástica que el humo.
La peste corría. Nostradamus también. Cuatro lar­gos años vagó detrás de ella evitando que Narbonne, Toulouse, Bordeaux, Avignon y Carcassonne se con­virtieran" en lúgubres desiertos.
Las campanas de la muerte se callaron. La fama de Nostradamus —precursor de la profilaxis antiséptica— fue cantada hasta en la cabecera del cardenal de Claremont y en la del Gran Maestro de los Caballeros de Rhodas.
Un destino errante hacia la luz 

Los resentidos y hostiles maestros se vieron obligados a laurearlo en Montpellier: recibió el gorro de cuatro puntas, la capa de terciopelo púrpura orlada de ar­miño ¡y el cinturón dorado, atributos de los miembros de la Hermandad de Hipócrates. 
Pero a lo largo de todos esos años errabundos el vien­to y la inquietud se habían adherido fuertemente a las suelas de sus zapatos. Y Nostradamus continuó viajan­do. Recorrió la Provenza y el Languedoc bajo una lluvia de flores, de regalos y de besos que le caían, al pasar, en las fugitivas manos. Al llegar a Agen se de­tuvo y se casó con Adriette de Loubéjac, con la cual tuvo dos hijos. 
La muerte, acostumbrada a huir delante de sus pa­sos, no toleró esos años de quietud y decidió vengarse. Se cobró con creces sus antiguas derrotas. Fue a bus­carlo a Agen y le arrebató a su mujer y a sus dos hijos. 
Nostradamus montó en su mula y volvió a peregri­nar. Fue a Turín, a Milán, a Genova, a Venecia. Toda­vía hay casas y albergues que dicen "Por aquí pasó". Conoció a muchos sabios, alquimistas, videntes, posi­bles masones y posibles rosacruces, y en la soledad de -sus maravillosas travesías tuvo la primera revelación. 
Se encontró, cerca de Ancona, con dos frailes fran­ciscanos. Bajó de su mansa cabalgadura y se arrodilló humildemente a los pies del más joven, exclamando, ante el asombro y las sonrisas de los pocos que presen­ciaban la escena: "Rindo homenaje al futuro Pontífice de Roma." 
El joven franciscano se llamaba Félix Peretti y en 1585 se convirtió en el papa Sixto V. 

LA MUERTE LLAMA OTRA VEZ 

Nostradamus regresó a Francia y se recluyó en la célebre abadía de Orval. Observó las severas reglas monásticas de esos hermanos hasta que a las campa­nas de los maitines se mezcló un redoble trágico, ya demasiado conocido. 
Desde Marsella, desde Aix, desde Lyon, la peste lo convoca. Nostradamus acude a esas ciudades que pa­recen reducidas a hospital y cementerio y se prodiga en milagrosas curas. Arranca piezas vivas de las fau­ces de su vieja enemiga. 
La muerte comienza a morirse de hambre. 

EL BRUJO DE SALÓN 

Michel de Nostradamus ha cumplido cuarenta y cua­tro años. La comuna le asigna una elevada pensión. Se retira a Salon-en-Crau, en Provenza. Allí se casa con Anne Ponsart Gemelle, para perpetuar su estirpe y su apellido. Es cierto que su estirpe no hunde sus raíces en la sangre sino en las profundidades del misterio, en pirámides, oráculos y pétreos calendarios, y que está perpetuada en adivinos, en magos y en astrólogos has­ta el fin de los siglos. En cuanto a su apellido, su hijo César, nacido en 1555/ sólo lo perpetuará a través de la carta que Nostradamus le dirige y que figura, a ma­nera de prólogo en sus prodigiosas Centurias. "Hijo mío, tú puedes fácilmente, a pesar de tu tierno cerebro, comprender que las cosas que deben ocurrir se pueden profetizar por las luminarias nocturnas y celestes, co­mo, asimismo por el espíritu de profecía." 
Era esto, justamente, lo que el Adivino había comen­zado a anotar en complicadas cuartetas aquella noche de 1547, instalado en la buhardilla de su casa, entre enormes libracos y extraños instrumentos: astrolabios, compases, alambiques, espejos mágicos y varitas adivinatorias. 
(Los biógrafos afirman que Nostradamus poseía an­tiguos documentos egipcios, heredados de sus abuelos, y que los quemó después de aprenderlos de memoria. "Los judíos —-dicen Moura y Louvet en La vida de Nostradamus- no dejaron de apoderarse, en el momento del Exodo, de todos los documentos que se hallaban en las cámaras de iniciación egipcias, de todas las fórmulas geométricas, cosmográficas y algebraicas empleadas más tarde en la Torah y en la construcción del Templo de Salomón. Luego, un mal día, los romanos destruyeron ese Templo, donde se guardaban con severa custodia esas fórmulas, aún cuando ya el edifi­cio no fuera el primitivo; pero antes de que ello ocu­rriera, las fórmulas habían desaparecido. No se igno­ra que cuando los gentiles entraron en el Sancta Sanctorum lo encontraron vacío." Se supone que los docu­mentos se trasmitieron de padres a hijos entre los des­cendientes de los constructores del Templo, de los sa­cerdotes, o de los allegados al rey de Jerusalén. 
Nostradamus declara no haber querido conservar "ciertos volúmenes que habían estado ocultos muchos siglos" y que los quemó. Agrega que el fuego ardía en una "llama más brillante que cualquiera otra llama, co­mo si una luz sobrenatural alumbrara de pronto toda la habitación". 

EL FARO DE LA FAMA 

Extinguida esa luz, quedó brillando la de su fama, que atraía a Salón a muchos personajes ilustres, sobre todo a partir de marzo de 1555, época en que se publicó la primera edición de sus Centurias. La apacible y pe­queña ciudad se convirtió en una ciudad famosa, con­movida a todas horas por las ruedas de las berlinas y los cascos de los caballos que llegaban, trasportando a curiosos o inquietos visitantes, desde todos los puntos cardinales. 

ENTRE REYES Y REINAS 

En la Sala de Estampas de la Biblioteca Nacional de París, un grabado del siglo XVI —año de 1556— nos muestra al mago en plena función junto a los reyes de Francia. Lo vemos en primer plano, sentado en un si­llón en la terraza del castillo de Blois, frente a la bella y prolija perspectiva de los jardines. Con el codo apo­yado en una mesita, consulta las páginas de un grimorio. Enrique II y Catalina de Médicis están de pie detrás de Nostradamus. Con excepción del duque de Alençon, que entonces tenía dos años, los príncipes (serán Fran­cisco II, Carlos IX y Enrique III) parecen sumamente interesados en las revelaciones del profeta. 
No fue benévolo con la fámula real, pero fue suma­mente preciso. 
Ya había anunciado en sus Centurias —y este hecho provocó la invitación de los monarcas— el destino de Enrique II: "El león joven vencerá al viejo en torneo en campo abierto; le perforará un ojo a través de jaula de oro, y le hará perecer de una espantosa muerte." 
(Tres años después, en julio de 1559, Enrique II or­denó una serie de festejos para celebrar el casamiento de su hermana Margarita con el duque de Saboya; en­tre ellos, un espectacular torneo. Hábil en el manejo de las armas, Enrique invitó gentilmente al joven conde de Montgomery a romper lanzas. El conde declinó mo­destamente un honor tan grande, pero tuvo que ceder a las instancias del rey. El juego marcial desembocó rápidamente en el horror: la larga lanza del caballero de Montgomery penetró por la hendidura del casco real ("la jaula de oro") y perforó el ojo de su rival. Unos días después "el viejo león" moría entre horribles su­frimientos.) 
Aún no se ha cumplido la temible profecía en el momento en que los soberanos consultan al vidente en la terraza del-castillo de Blois. Catalina de Médicis, aficionada a las ciencias ocultas y a la astrología, está inquieta por el destino de sus hijos varones. Quiere saber si reinarán. Las consultas son muchas. En una de ellas, Nostradamus hace aparecer frente a la ansiosa madre, "materializadas" en un espejo mágico, las imágenes de los tres futuros reyes de Francia. Cada uno gira sobre sí mismo tantas veces como años le aguardande reinado: una vuelta y se va Francisco II, en lánguido desmayo, hacia la muerte, catorce vueltas y se va Carlos IX llevado por una ráfaga de excesos y de remordimientos; quince vueltas y cae Enrique III bajo el puñal de un monje vengativo

DETRÁS DE LOS VELOS 

Los vaticinios de Nostradamus abarcan guerras, pes­tes, triunfos, derrotas, cataclismos, no sólo para Fran­cia sino para otros países de Europa, y aun para el mundo entero, y llegan hasta el año 2001.
La lectura produce una impresión caótica y hasta resulta inútil en muchos pasajes por la imposibilidad de encontrar algún significado. Pero tal vez esa "oscu­ridad velada" halle su explicación en la epístola a su hijo César, que acompaña la primera edición de las Centurias: "Los reinos, sectas y religiones sufrirán ta­les cambios, que si yo lo expresare claramente, estos reinos, sectas y religiones los encontrarían tan poco a su gusto que impedirían su publicación." Y en la epís­tola al rey Enrique II, agrega que "los tiempos exigen que tales eventos ocultos no fuesen profetizados más que en forma enigmática" y que "si lo quisiera, bien podría fijar la fecha para cada cuarteta...; pero esto podría ser desagradable para algunos."
El resultado de tal previsión son esas cuartetas escri­tas en un lenguaje alambicado y ambiguo, mezcla de provenzal y francés, salpicado de vocablos inventados cuyas raíces habría que buscarlas en el latín, el griego y el hebreo. Sinónimos, metáforas, anagramas, espesan aún más los velos que recubren este "tarot en verso", este "caleidoscopio cabalístico".
"Chyren" es el anagrama de "Henryc"; París se con­vierte en "Ripas", France en "Nercaf"; Italia se llama "Mesopotamia" por estar rodeada de agua (del griego Potamos); la "Dama sola" es Francia; "La Ciudad Nue­va" es sinónimo de Ñapóles (Nea: nueva, polis: ciu­dad); "Testa rasada" es Napoleón; "El Gran Sobrino" equivale a Napoleón III, etcétera.
Los pacientes intérpretes nos dan una versión que los implacables detractores adjudican al afán —de bue­na o mala fe— de hacer coincidir las predicciones con el desarrollo posterior de los acontecimientos, que tam­poco figuran ordenados en la real sucesión de los tiempos.
De todos modos, la "ley de probabilidades" excede sus alcances de manera asombrosa en muchos casos. Basta tomar algunos:
"Cuando la horca sea sostenida por dos palos, con seis medios cuerpos y seis tijeras abiertas, el muy po­deroso Señor heredero de los sapos, subyugará bajo sí a todo el universo." La interpretación sería la siguien­te: la horca tiene forma de V, sostenida por dos palos hace una M, seis medios cuerpos son seis C y seis tije­ras abiertas son seis X, es decir MCCCCCCXXXXXX: MDCLX en números romanos y 1660 en arábigos. Y bien, en 1660, Luis XIV, heredero de los reyes merovingios, cuyo símbolo era el sapo, se convirtió, por ma­trimonio y por firma de tratados, en el Gran Soberano del mundo civilizado.
También el destino de Luis XVI está previsto en varias cuartetas. Una de ellas dice lo siguiente: "El marido, solo, triste, al regreso del conflicto, entrará en las Tullerías, donde una multitud le coronará con Una mitra. Será traicionado por el titulado Narbon y por Saulce, que tendrá aceite en barriles." El 20 de julio de 1792, Luis XVI, en las Tullerías, fue obligado por la multitud a colocarse el gorro frigio, símbolo de la plebe revolucionaria. El conde de Narbonne, su intri­gante ministro de guerra, había renunciado. El otro traidor, llamado Sauce, era un almacenero que detuvo al rey y a su familia en Varennes, mientras huían. El nombre detesta ciudad, en la que no hubo jamás otro acontecimiento histórico, figura en otra oscura cuar­teta que hace alusión al trágico final de su reinado.
La epopeya de Napoleón está tomada en todas las fases de su extraordinario recorrido: "Con un nombre que jamás fue llevado por rey de Francia alguno, rei­nará uno que será como un rayo de guerra. Ante él temblarán Italia, España y los ingleses. Será muy ama­do por mujeres extranjeras" (Josefina, María Luisa, María Walewska). Paso a paso, llega al final de la "tes­ta rapada": "El príncipe vencido, cautivo en las Italias, pasará frente a Genova por mar, hasta Marsella. Será definitivamente vencido por un gran esfuerzo de tropas extranjeras"; después alude a un disparo contra un barril con licor de abejas. Desde la isla de Elba, Napo­león pasó frente a Genova y desembarcó en el golfo Juan, entre Marsella y Niza; fue necesario una coali­ción de tropas extranjeras para derrotarlo en Waterloo; su pabellón ostentaba un campo blanco sembrado de abejas de oro.
La historia de Francia, de Inglaterra, de España, la Revolución americana, Rusia y el comunismo europeo, la Liga de las Naciones, el Anticristo, la Parusía, desfi­lan en agitada cabalgata por estas Centurias fantasma­góricas que se van encarnando en su correspondiente tiempo, hasta llegar a la última profecía:
"A los siete meses del año 1999 vendrá/del Cielo un Gran Rey de Espanto a resucitar al Gran Rey de Fran­cia. Antes y después se desarrollará una guerra para la salvación de la Humanidad."
¿Un rey humano? ¿Un Rey divino? ¿La salvación en la tierra o en el Cielo?
Que cada uno interprete, de acuerdo con sus temores o sus esperanzas, si se atreve a desafiar las palabras de * Cristo: "Nadie sabe ni el día ni la hora, ni siquiera los Angeles, sino tan sólo mi Padre."

EL TESORO ENTERRADO 

El 2 de julio de 1566 se paralizó la mano y la visión del profeta, hidrópico y gotoso. La noche anterior su discípulo Chavigny se había despedido de él diciéndole: "Hasta mañana". Nostradamus contestó:
—Mañana, al despuntar el día, no estaré ya aquí.
Y no estaba.
En una cuarteta que se refiere a su muerte había anunciado: "De vuelta de una misión, regalo del Rey, en el acostumbrado lugar nada más le pasará; él se habrá ido hacia Dios. Parientes cercanos, amigos, her­manos de sangre, lo encontrarán muerto, junto al lecho y el banco.". El rey Carlos IX acababa de visitarlo y de confirmarlo en su título de Consejero y Médico Ordi­nario de Su Majestad.
El había elegido el lugar de su tumba: un hueco ta­piado en la pared de la iglesia de los Franciscanos, en­tre la puerta mayor y la capilla de Santa Marta. De pie, para que nadie caminara sobre sus despojos, y con esta sola inscripción: "Quietem posteri ne invidete" (No envidiéis la tranquilidad de los muertos). Su mu­jer hizo agregar estas palabras: "Aquí yacen los hue­sos del muy ilustre Michael de Nostradamus, el único, a juicio de todos los mortales, digno de trasmitir los acontecimientos futuros del mundo entero, con una plu­ma casi divina y en plena relación con las influencias de las estrellas. Vivió sesenta y dos años, seis meses y diecisiete días. Murió en Salón en el año 1566. Que la posteridad no turbe su descanso. Anne Ponsar Gemelle, su mujer, desea al marido la verdadera dicha."
Si esa verdadera dicha era la paz en el olvido no la encontró.
Había hablado en sus predicciones de cierto "tesoro", celosamente custodiado y oculto durante siglos bajo tierra: "El que lo encuentre morirá, con el ojo atra­vesado por un resorte."
Los intérpretes de los misteriosos signos dan, casi unánimemente, la misma interpretación: "El texto cla­ro de sus profecías, escrito en latín, cronológico, está oculto en una cueva, bajo las ruinas de un templo de Vesta, y cuando la humanidad esté en condiciones de entender la magnitud de su profecía, se encontrará, y los hombres se maravillarán de sus aciertos".
Pero la imaginación popular interpretó que en el se­pulcro de Nostradamus existían fabulosas riquezas, que el mago no había muerto, que se había retirado, des­pués de simular su propio entierro, a meditar en paz en un vasto recinto subterráneo. En pleno siglo XX, personas particularmente crédulas afirmaron haber oí­do, pegando la oreja al suelo, el crujido de la pluma que continúa escribiendo.
No en vano él mismo dijo que sus escritos harían más ruido después de su muerte corporal que durante su vida.
También esa profecía se ha cumplido.


en "Yo, Claudia" (obra periodística de Olga Orozco) Ediciones en Danza 2012

Katherine Mansfield, la hija del sol (Valentine Charpentier)






El destino tormentoso de la notable escritora que vivió, como ciertas flores, buscando el sol: calor para su cuerpo y luz para su espíritu.
“Hay una isla en el Pacífico que no tiene dulzura, pero sí una salvaje belleza, grandes y torrentosos ríos, enormes montañas, estupendos bosques. Cerca de la costa, la civilización ha puesto su mano y así ha surgido una ciudad llena de fuerza y de vida. Lejos de ella, en un trozo de campo que une la ciudad y la selva, se levanta una casa vieja y grande, cuadrada, blanca, con una galería a lo largo del frente; la rodean puertos y jardines; una fuente donde los patos nadan pacíficamente y una dehesa en la que pacen los caballos.
En una piedra encumbrada en la ladera, más allá de la casa, estaba sentada una niña, observando la salida del sol…El sol se tragaba la niebla. No era un dragón, no, pero podía tragar todos los mundos de niebla; aunque siempre pasaba un rato antes de que alcanzara el rocío escondido en los pétalos o en el hueco de las hojas”. (Nélida Gardner White: La hija del tiempo)
La niña se llama Katherine Mansfield-Beauchamp, ha nacido el 14 de octubre de 1888 en la áspera isla, Nueva Zelandia; la ciudad pujante es Tinakori Road. Katherine crecerá mirando desesperadamente hacia el sol como ciertas flores. No, tampoco ella es un dragón, pero beberá las nieblas de su país natal, de Londres, de París, de Suiza, para que no se interpongan entre la luminosa calidez y ese temblor de pétalo aterido que le congela el corazón. Sólo conseguirá crear un mapa de niebla que crece, se extiende y la devora en el momento mismo en que alcanza el sol.
Cien años y una flor
La niña, ensimismada, ensaya jugar a lo maravilloso: se convierte en helecho, en martín pescador, en agua que corre, trasparente. Asume la vida de pequeños seres después de observar sus movimientos, sus colores, su manera de reposar. Busca entre la selva de rosas, de campánulas, de geranios. Hay algunas que tienen ojos aterciopelados y pétalos como alas de mariposas, dispuestas a volar. En el centro se alza un islote herboso, y una planta gigantesca de hojas gruesas, verdegrises, erizadas de púas. La planta parece una extraña barca en lo alto de una ola.
La está mirando cuando se acerca su madre.
-Mamá, ¿qué es esto?-pregunta.
-Es un aloe, Katie. Florece cada cien años.
-¿Y lo veré florecer?
-Sí, lo verás. Por supuesto que lo verás. Y lo verán tus hijos y tus nietos.
Katie se estremece, como si un siglo hubiera corrido en una ráfaga. Sí, lo verá. Y también el pequeño Chummie, el hermano menor, que berrea como un cordero entre las lanas de la cuna cuando ella se empina, estirando sus piernas cortas y regordetas, para mostrarle una piedrecita rosada o un huevo de jilguero.
Hacia la bruma
A los trece años es una adolescente pálida y espigada, con flequillo recortado sobre la frente, larga cabellera castaña y vestidos de terciopelo castaño que armonizan con el color de su violoncelo, creando una imagen de melancolía y afelpada monotonía para tardes de lluvia en una sala de cristales empañados. Está enamorada del pelirrojo hijo de su profesor de música, y hablan de viajes y de triunfos.
El se va primero. Poco tiempo después las tres hermanas-las dos hermosas y superficiales y la niña intensa, de mirada oscura y abstraída- se despiden, con el brazo en alto, de su infancia encantadoramente agreste, arropada y colonial, desde el barco que las lleva hacia Londres.
Está en Queen s Collage, de Harley Street, aprendiendo la bruma, ensayando suspirar, descubriendo los ídolos que se alzarán sobre un pedestal de fervores. Dirige la revista escolar y escribe versos. Años después anotará en su diario: “Me parecía que nadie veía como yo. Mi espíritu era como una ardilla. Recogía y escondía mis tesoros para el largo “invierno” en el que los volvía a descubrir. Y si alguien se acercaba, me subía de un brinco al árbol más alto, más oscuro, y me escondía entre sus ramas…”
Pero un día el árbol se agita y la deposita otra vez bajo el misterioso árbol de Nueva Zelandia.
Después del enrarecido aire de Londres, le resulta difícil respirar el aire libre, el aire excesivo con olor a retama.
Son dos años de asfixia, dos años de rebelión en el empequeñecido ámbito prejuicioso, mediocre, provinciano, que sólo se amplía nuevamente en los ojos de Chummie cuando descubre para él sus secretos, sus sorpresas, sus historias y sus juegos. Junto al deslumbrado rostro infantil, la cabellera castaña enmarca un rostro cada día más delgado, más tormentoso.
Pero no escatima recursos para volver a partir. Los encuentra en todos los posibles desafíos: arriesgadas excursiones a la selva, venta de sus escritos a las revistas de Melbourne para comprar una difícil independencia, colérico rechazo de trajes y reuniones, furtivas escapadas nocturnas que retoca, al regreso, con silencios, con sonrisas y miradas cargados de misterio y lejanía.
Un día el padre recoge el rumor de que ese misterio y esa lejanía los contrae en el puerto, bailando en cafetines con un anónimo marinero. Entonces accede, más viejo, más cansado, más herido. Le concede una pensión de cien libras anuales y espera, tiernamente, que no se corte ninguna ligadura.
Katie se va. Se aleja del padre afectuoso y jovial, de la madre reticente y burlona, de la reconfortante abuela que huele a lavanda, del sensible Chummie que tiembla como una llama, del aloe que tal vez florecerá en su ausencia.
Se va, de cara a la bruma y de espaldas al sol.
Borradores para un destino
Cuando llega a Londres tiene veinte años, un violoncelo, un talento que todavía no ha descubierto y un enamorado que quizá deja de serlo.
El joven pelirrojo y la muchacha pálida se encuentran. La música los une por algunos momentos que se prolongan en paseos sobre doradas hojas que se van volviendo grises. Con las últimas, ya fantasmagóricas, él parte hacia Alemania absorbido por el vivo remolino de la música.
Ella pone su vida al amparo y al desamparo de algunas ambiguas consignas de Oscar Wilde: “No dejes que nada se pierda en ti”, “Teme a la nada”, “Castramos nuestras mentes hasta renunciar a nuestros cuerpos”. El vértigo ante el vacío le lleva primero hacia el oportunista hermano del ausente, y la arrastra después, en seguida, hasta el Registro Civil, tomada de la mano de George Boudent, un oscuro organista de buenos modales y malísima suerte. Tanta, que cuatro días después de la boda, mientras él se anuda la corbata frente al espejo, con un ademán como de futuro ahogado, surge desde atrás la imagen de la recién casada, lánguida y extraña, y lo arroja definitivamente en las aguas del reflejo con un sencillo anuncio: “No te quiero. Esto ha sido un error y estoy dispuesta a acceder al divorcio inmediatamente.”
Se queda sola con su violoncelo, da clases de música, integra como “partiquina” algunos conjuntos de ópera, canta en teatros de segundo orden, interviene en papeles casi invisibles en algunos de aquellos filmes que apresuraban, saltarinamente, los más pausados movimientos. Londres le echa a la cara su aliento confuso y helado, y, a los pies, su escarcha fangosa y traicionera.
Un día al volver de Picadilly, se encuentra con su madre-la elegante y lejana señora de dulces lanas, sedas acuosas y en nubosos chales-, que la espera, de pie, en la fría buhardilla que huele a insomnios, a soledad y ayuno. No tiene ni un chelín para hacer funcionar el gas y ofrecerle una taza de té con sabor a madera lavada. Es un enfrentamiento de orgullos, dignidades y vergüenzas disfrazados de naturalidad. No, no habrá reconciliación con el encantador marido; no, no volverá a Wellington; no, no renunciará jamás a su independencia ni a seguir escribiendo. Irá en cambio a Baviera-el consejo maternal le parece acertado-, para dar a luz a ese niño que espera ansiosamente, que no es hijo de su marido.
El niño nace antes de tiempo y nace muerto. Dos abrigos y dos pares de medias, una botella de agua caliente, todo el calor del mundo no bastaría para descongelar a la aterida y desgarrada Katie. Es un frío oscuro, un hielo negro que se condensará sobre muchos períodos de su atormentada vida.
Encuentro en una isla
Ya ha entrado definitivamente en el camino aureolado que recorren James Joyce, D. H. Lawrence, Virginia Woolf, los Sitwell, con breves y desganados altos en tertulias literarias, en reuniones selectas de gente muy en boga, donde damas muy comme il faut, sentadas en divanes cubistas beben coñac en vasitos como dedales, picotean almendras y rozan con ligereza de pájaro aturdido las plumas de las aves de alto vuelo.
Un día el novelista W. L. George, colaborador de New Age envía a la revista Rythm, que dirigen John Middleton, Murry y Michael Sadleir, una novela corta de Katherine Mansfield.
El entusiasmo del intermediario no es contagioso. Murry opina que el cuento es un “cuento de hadas”. No es extraño. El lema de Rythm es “para que el arte vuelva a ser humano debe aprender a ser brutal”. Katherine manda otra historia; “La mujer del almacén”. Su clima, secretamente aterrador, envolvió a Murry en las brillantes telarañas de una curiosa realidad. Buscó un ejemplar de En una pensión alemana. Bajo la cubierta anaranjada, empieza a mondar los frutos de un arte que parece expresar “con una fuerza envidiable, una reacción contra mi propio rechazo de la vida “ análoga a la que él experimenta. Siente grandes deseos de conocerla, y W. L. George invita a ambos a su casa, no sin advertir al crítico y poeta que se encontrará con un ser de escalofriante lucidez.
Murry se prepara para una violenta colisión.
Ella llega en un taxi vestida de tórtola herida. Lleva una sencilla túnica gris con una rosa roja, bajo un chal de gasa también gris. Es serena y reservada, pero aborda cualquier tema con gran conocimiento y seguridad. El está fascinado por esas manos que se ahuecan con las palmas hacia arriba como una copa, como una caracola. A ella él le impresiona como un marino que ha aprendido la indolencia, la ensoñación, los ademanes lentos, en el insomne balanceo de los barcos.
Las primeras páginas
El encuentro continúa en amistad entre tazas de té y pétalos de flores. Pocos meses después ella suple con su audacia la cortedad de él: le ofrece un cuarto en su casa y una morada permanente en su cuerpo y en su espíritu.
Londres fijó sobre ellos un micrófono indecoroso. Escaparon a su lente, él con su andar de barco, ella envuelta en su chal color durazno, llegaron al campo, a Runcton, y alquilaron una  casita para ser felices, amueblada con muebles pagaderos a plazos. Roperos, mesas y sillas entraron en ese cielo particular en agosto de 1912 y salieron de él en noviembre del mismo año: la deuda con el impresor de Rythm, por malversaciones de un amigo ascendía a cuatrocientas libras. De regreso en el indiscreto Londres, Murry se entregó en cuerpo y alma a la labor periodística; Katherine caminaba solicitando avisos, pero esa era una carga demasiado pesada para su leve paso. Se enfermó. En el verano de 1913 encontraron una pequeña quinta en Cholesbury, y allí lo esperaba ella durante la semana de lunes a viernes, escribiendo, naciendo con el sol y muriendo con la luna, hasta la aparición de él, que llegaba por dos días, por dos siglos, por dos eternidades de felicidad.
“Los dos tigres”
“Esa fue la primera vez, desde que empezamos a vivir juntos, que Katherine y yo nos separamos. Con tal motivo, se inicio una correspondencia dirigida a mí. El nombre de “Tig” con el que ella firmaba, y con el cual solía yo llamarla, derivaba de una firma conjunta que ambos utilizábamos para algunos artículos relacionados con el teatro, publicados en Rythm. Firmábamos con el seudónimo “Los Dos Tigres”. Posteriormente la denominación fue, con frecuencia, suavizada, sustituyéndola por “Wig” (John Middleton, Murry, Prólogo a las Cartas de Katherine Mansfield).
Es una correspondencia desesperada, que marca con sus saltos los encuentros y con increíble belleza las separaciones, a lo largo de nueve años orientados hacia la búsqueda del sol. Pero ella aún no lo sabe, aún está en Cholesbury, escribiendo: “Anoche rugía el viento de tal forma que me entristecí y me eché a temblar, pues me parecía oír rechinar las llaves en las cerraduras, y percibir rumor de escalas en las ventanas y pasos amortiguados en el piso de arriba. En el curso del día, querido, soy un león, pero la postrer vislumbre de la luz me convierto en un cordero, y, a medianoche mon Dieu!, a medianoche, ¡el mundo entero se me antoja un carnicero! Adiós por hoy, querido. TIG”.
No sabe que a fines de ese año-1913-harán juntos la tentativa de París, y que París será inhóspito para el trabajo de él y los arrojará a Londres otra vez sin otra cosa que el invulnerable amor y la ropa que lleva puesta. No sabe que Londres será inhóspito con sus frágiles huesos, que la empujan de nuevo hacia París en un resoplo de brumas, en febrero de 1915. El juego se repite en marzo y en mayo. Existen conjeturas maliciosas-fundadas o no-acerca de un romance con el mordaz escritor Francis Carco.
En su carta del 8 de mayo de 1915 a su “querido Bogey”, o Jack o John Middleton Murry, ella dice, simplemente, “Como sabes, F. C. (Francis Carco) no existe para mí. Deseo apoyarme en ti y reír y olvidar al Tiempo con su discordante campanilla. Sí, quiero ser tu enamorada, ¡Cariño!”
¿Qué hay debajo de esto? Carco en Vie d Artiste y Murry en Between Two Worlds solo hablan de amistad.
El soldadito de oro
En octubre está en Londres, trastornada por la guerra, cuando Chummie va a verla, antes de marchar al frente. Es una semana de encantamiento y de recuerdos. Trasplantan el jardín de la infancia a un jardín en St. John s Wood.
La pera que cae es aquella pera de color amarillo canario y pepitas de azabache que cayó hace muchos años. El banco es el mismo, manchado por las huellas del caracol, y volverá a tambalearse cuando se sienten en él para mirar los arriates del cielo. En aquella estrella está enredada la cometa que se perdió de vista. Este es la entrada de la galería que abre el camino para el topo, festoneada por un borde parecido a la pimienta parda. Este es el mismo tiempo y el mismo corazón.
-Algún día volveremos juntos-dice ella, buscando en vano el sol en el cielo plomizo, con reflejos de pecho de paloma.
-¿Volveremos? ¿No temes que no regrese?
-Regresa, regresa salvo, mi querido. Tú eres mi mundo, la mitad de mi ser.
Esa mitad dorada de su ser quedó destrozada entre las bombas unos días después.
En noviembre está en Bandol, en el sur de Francia, enlutada y memoriosa.
Se deja llevar por un torbellino de hojas de viejos calendarios, se sumerge en las ondas del tiempo y rescata una por una esas piedrecitas fulgurantes, ese polvillo de oro, homenaje y deuda de amor que se van depositando sobre las páginas de Preludio.
Como una roja sombra
En la primavera de 1917 está otra vez en Londres. Las enfermedades se suceden; los resfríos degeneran a fin de año en una pleuresía. Nuevamente debe buscar el sol. Una mañana abre los postigos. “Un sol redondo y lleno acaba de salir. He empezado a recitar los versos de Shakespeare: “He aquí la dulce alondra cansada de reposo”, y de un salto me he vuelto a la cama. El salto me ha hecho toser. La saliva tenía un gusto extraño. Era sangre, sangre de un rojo vivo.”
Ya está allí. Se ha abierto paso y crece al amparo de la sombra. Ha aparecido el 19 de febrero de 1918. Desde ese día ve anuncios siniestros en los vestidos negros de las mujeres, en las corolas cerradas, en los zapatos que rechinan, en los carros que avanzan durante la noche con un redoble de tambor mortal.
No tiene otro deseo que volver a Inglaterra. La guerra hace difícil las comunicaciones y sólo vive pendiente de las cartas que no llegan. Consigue partir después de indecibles padecimientos, el 11 de abril.
Bodas de ceniza
El 3 de mayo de 1918 se pone un vestido blanco y un sombrero blanco. Va del brazo de John a la oficina del Registro Civil. Ni raso, ni música, ni flores. Unos pocos amigos y una comida con champagne. El novio, con un narciso en el ojal, tiene el aspecto de haberse desposado con la muerte. Ella es como una lámpara traslúcida, de llama vacilante.
Sin embargo es la esposa empeñada en vivir. Trata de mirar hacia adelante: los días son una sucesión de aire limpio, de tazones de leche caliente, de mermelada de grosella, de bollos recién hechos, que desembocan en un ancho camino bordeado de verdor donde pasea en sueños con niños iguales, que prolongan la imagen de John, la antigua imagen del traje marinero.
Pero eso no es cierto. Debe volver a partir enseguida. Y ya el 27 del mismo me escribe: “Puedes figurarte el terrible golpe que representó para mí este nuevo destierro después de tan poco tiempo juntos. Pasemos a lo de nuestro matrimonio. No puedes imaginarte lo que ha significado para mí. Supongo que te parecerá algo fantástico. Yo creía que el acontecimiento brillaría con luz propia, destacándose del resto de mi vida. Pero al fin de cuentas, en realidad sólo pasó a ser parte de una pesadilla. Ni una sola vez me tomaste en tus brazos, ni me llamaste “esposa mía”. De hecho, todo se redujo a lo que suele constituir la insulsa celebración de un simple cumpleaños. Me veía obligada a hacerte recordar nuestra boda a cada  paso…”
Empieza a tener la sensación de que su amor es asfixiante. Sus cartas son más contenidas, a pesar de la fiebre, a pesar de estar escritas tras la irisada vibración de muchas lágrimas.
Rápidas imágenes
“Estoy tuberculosa. Mi pulmón enfermo aún contiene mucha agua y me duele, pero no me importa. No deseo nada de lo que no puedo tener. Paz, soledad, tiempo para escribir mis libros, para observar la vida, para meditar...Nada más! ¡Oh, también quisiera tener un niño! ¡Pero pido demasiado!”.
En desafíos a sus temores, en abandonos a sus angustias, en encuentros de escasas semanas con su marido, en largas separaciones, en negros insomnios, en pesadillas estremecedoras, en desganos y ansiedades frente al papel en blanco o al papel donde su genio se derrama y traza la red que atrapa y retiene la belleza, Katherine Mansfield ve pasar unos pocos años, y casas, y hoteles y clínicas: San Remo, La Casetta, Ospedaletti, Menton, Isola Bella, París, Suiza. “!Es difícil, es difícil morir bien!”.
Su rostro pasa, como una flor que cambia de tonalidad con las distintas luces, por distintas ventanas, a través de las fugitivas ventanillas de los trenes, contra el cristal de los coches acolchonados, en rápida peregrinación hacia la posada de la muerte, entre hojas que se van apilando en maravillosos libros: En la bahía, Felicidad, La fiesta en el jardín.
Los filósofos del bosque
Hace tiempo que el escritor Orange le ha hablado en Londres de un brujo, de un mago, de un iluminado: George Gurdjieff.
Es el hombre que ofrece una respuesta a la Pregunta. La promete a través de una doctrina enraizada en las más antiguas tradiciones, pero accesible a la comprensión contemporánea. El cuerpo y el espíritu son una unidad. Hay que buscar su fusión y su equilibrio, hay que tener conciencia de que se posee una voluntad que es capaz de la acción, hay que alcanzar el amor consciente, hay que pasar de la conciencia perfecta a la conciencia cósmica.
En octubre de 1922 Katherine Mansfield ingresa en el Priorato que los filósofos del bosque poseen en  Fontainebleau: el “Instituto para el Desarrollo Armonioso del Hombre”. Va a recuperar su cuerpo a través de su espíritu.
Duerme en el establo junto a las vacas, aspirando el vaho del estiércol; pero tiene la sensación de estar palpando la verdadera luz. “Me levanto a las siete y media, enciendo el fuego con astillas, me lavo con agua helada y bajo a desayunarme; café, pan, manteca, queso, dulce de membrillo, huevos. Después del desayuno, hago mi cama, mi cuarto, descanso; luego voy al jardín hasta el almuerzo, que se sirve a las once: alubias con cebolla cruda, fideos con azúcar impalpable y manteca, ternera envuelta en hojas de lechuga y cocida en crema. Después otra vuelta por el jardín hasta las tres, hora del té. Después del té, cualquier trabajo poco cansador hasta el anochecer. Después de la cena, junto a un enorme fuego en el salón, hay música, se baila y a veces se ejecutan ejercicios de danza rítmica sumamente extraños.”
“Vivir la vida cálida, anhelante, viva, tener raíces en la vida, aprender, desear, saber, sentir, pensar, actuar, eso es lo que quiero. A esto es a lo que tengo que tratar de llegar. Quiero ser una hija del sol. Me siento feliz, en el fondo, muy en el fondo. Todo está bien”:
Son las palabras de su última carta y las últimas palabras de su diario.
Hacia el sol
Lo que sigue lo relata el mismo John Middleton Murry:
“A principios de 1923 me pidió que fuera a pasar una semana con ella. Llegué el 9 de enero, a primera hora de la tarde. No he visto nunca, ni veré jamás un ser tan hermoso. Parecía como si la exquisita perfección que había existido siempre en ella la hubiese dominado por completo. Para usar sus mismas palabras, el último átomo de sedimento, los últimos “vestigios de degradación terrenal”, habían desaparecido completamente. Pero en su afán de salvar su vida, la había perdido. Mientras subía a su habitación, a las diez de la noche, sufrió un acceso de tos que terminó en una violenta hemoptisis. A las diez y media estaba muerta.”
Su cuerpo reposa en el cementerio de Fontainebleu-Avon bajo una lápida que dice: “Pero a ti te digo, mi vano Dios, que de este ortigal, el peligro, arrancamos esta flor, la seguridad.” ¿Está ahora sentada junto al sol, contemplando las flores de aloe que la niebla terrestre le impidió recoger?


en "Yo Claudia" (obra periodística de Olga Orozco) Ediciones en Danza 2012

sábado, 27 de diciembre de 2014

Cabellera de Berenice (Olga Orozco)





Hay un crujido, un deslizamiento, una palabra susurrada en el oído por esa boca que no está, o que nadie parece ver, el sitio donde estáis se pliega o se despliega, llevándose una parte de las cosas y arrojando a un costado esas otras que acaban de llegar.

(...) Pero allá, sobre las colinas,
tu hermana, la memoria, con una rama joven aún entre las manos,
relata una vez más la leyenda inconclusa de un brumoso país.

El olvido es apenas un destello invernal desde otro reino.

Como es natural,  voy rápidamente hasta ese cuarto que no se puede trasponer de ningún lado. Miro por el ojo de la cerradura. No veo nada. Tal vez haya otro ojo mirándome desde el otro lado. Siempre que espío por el ojo de una cerradura me sucede lo mismo. Pero si aquí hubiera un ojo, ¿de quién sería? ¿De nadie? ¿De los muertos?

Se abre un claro en la niebla, y aureolada por un vapor frío, atravesando esas arborizaciones escarchadas del alcanfor, que sin duda terminaron por matarla, aparece la Reina Genoveva.

Se ha escapado nuevamente de su caja, después de mucho tiempo.

Estos son mis dos pies, mi error de nacimiento,
mi condena visible a volver a caer una vez más bajo las implacables ruedas del zodíaco,
si no logran volar.
No son bases del templo ni piedras del hogar.
Apenas si dos pies, anfibios, enigmáticos,
(...) Son mis pies para el paso,
paso a paso sobre todos los muertos,
(...) dispuestos a golpear en las cerradas puertas del planeta
y a dejar su señal de polvo y obediencia como una huella más.

¿Quién pretende vencer? Bastaría un error para trocar las suertes por el planeo de una pluma en la vacía inmensidad. Mi orgullo está tan solo en la evidencia del apego feroz, en mi costado impar -tan ínfimo y sin duda necesario- que crece en la medida de su pequeñez.

Se diría que reino sobre estos territorios,
se diría que a veces los recorro desde la falsa costa hasta la zona del gran fuego central
como a tierra de nadie,
(...) se diría que son las heredades de mi epifanía.

Pero algo se va a cortar entre nosotras para que yo me quede de este lado, entre los paños de la cámara negra, suspendida en un movimiento que ya habrá concluido, repitiendo un texto que ya fue dicho, tratando de ahogar las voces de orden y protesta. Yo no sé cómo sigue ni hago nada por saberlo. No puedo improvisar la letra que te permita salir sin que todo se interrumpa. Tú tratas de transmitírmela con la mirada.

¿Dónde están las palabras?
¿Dónde está la señal que la locura borda en sus tapices a la luz del relámpago?
Escarba, escarba donde más duela en tu corazón.
He aquí el pequeño guijarro recogido para la gran memoria.


en "Teoría del cielo" Arturo Carrera y Teresa Arijón
Ed. Planeta 1992

domingo, 26 de octubre de 2014

Canto XVI / Cantos a Berenice (Olga Orozco)

Cantos a Berenice / Gabriel Martino - acrílico sobre papel-


Canto XVI


No invento para ti un miserable paraíso de momias de ratones,
tan ajeno a tus huesos como el fósil del último invierno en el desván;
ni absurdas metamorfosis, ni vanos espejeos de leyendas doradas.
Sé que preferirías ser tú misma,
esa protagonista de menudos sucesos archivados en dos o tres memorias
y en los anales azarosos del viento.
Pero tampoco puedo abandonarte a un mutilado calco de este mundo
donde estés esperándome, esperando,
junto a tus indefensas y ya sobrenaturales pertenencias
—un cuenco, un almohadón, una cesta y un plato—,
igual que una inmigrante que transporta en un fardo el fantasmal resumen del pasado.
Y qué cárcel tan pobre elegirías
si te quedaras ciega, plegada entre los bordes mezquinos de este libro
como una humilde flor, como un pálido signo que perdió su sentido.
¿No hay otro cielo allá para buscarte?
¿No hay acaso un lugar, una mágica estampa iluminada,
en esas fundaciones de papel transparente que erigieron los grandes,
ellos, los señores de la mirada larga y al trasluz,
Kipling, Mallarmé, Carroll, Eliot o Baudelaire,
para alojar a otras indescifrables criaturas como tú,
como tú prisioneras en el lazo de oscuros jeroglíficos que las ciñe a tu
especie?
¿No hay una dulce abuela con manos de alhucema y mejillas de miel
bordando relicarios con aquellos escasos momentos de dicha que tuvimos,
arrancando malezas de un jardín donde se multiplica el desarraigo,
revolviendo en la olla donde vuelven a unirse las sustancias de la separación?
Te remito a ese amparo.
Pero reclamo para ti una silla en la feria de las tentaciones;
ningún trono de honor,
sino una simple silla a la intemperie para poder saltar hacia el amor:
esa gran aventura que hace rodar sus dados como abismos errantes.
El paraíso incierto y sin vivir.

martes, 30 de septiembre de 2014

Un gato negro, el número trece, los espejos rotos y otros emisarios de la suerte y de la desventura (Valentine Charpentier)




Un caballero supersticioso, acosado por los buenos y malos augurios, revela sus secretos para uso exclusivo de los fanáticos y los desaprensivos.

Fue como si chistaran, como si una tela se rasgara, como si cortaran la noche con un amortiguado tijeretazo. El señor Sprobius se sobresaltó. Tocó el trozo de hierro que guardaba siempre debajo de su almohada: ninguna precaución era suficiente. El graznido otra vez. No cabía duda: era una lechuza. ¿Qué muerte estaría anunciando? Silencio. ¿Y si fuera la propia, la suya, la del siempre amenazado señor Sprobius? Musitó, por las dudas, tratando de representar al ave agorera: “Con dos te veo, con cinco te espanto, la sangre te bebo y el corazón te parto”. Dibujó con mano temblorosa una cruz en el aire. ¿Bastaría con eso? Se incorporó, hurgó en el cajón de la mesa de noche y encontró y acarició lentamente el pedazo de madera que guardaba allí por si acaso. Empezaba a amanecer; la hora de las agonías, la hora en que el reflujo de las mareas se lleva las almas y deja la resaca. No, no podía ser. ¿Acaso no había encontrado esa mañana entre los macizos de ruda macho, un promisorio trébol de cuatro hojas? Claro que también se le había cruzado un gato negro, pero había tenido la precaución de desandar el camino. No, no había nada que temer. El señor Sprobius se adormeció sobre praderas verdes; se sumergió en un sueño tranquilo y profundo. Cuando despertó el sol estaba alto. Se levantó apresuradamente. Deslizó el pie izquierdo en la zapatilla. ¡Maldición! ¡El pie izquierdo! Un descuido irreparable. Apartó el pie como si lo hubiera apoyado sobre una brasa; y consciente, prolija, minuciosamente, se calzó el pie derecho. Se incorporó. Desplazó ostentosamente hacia adelante la pierna derecha y se encaminó al baño. Mientras se duchaba, siguió sintiendo una molestia en la barbilla: lo de siempre, ese pelo enquistado. Salió de la bañera. ¿A ver? Buscó en el botiquín el espejo de mano. No, de ese lado no; del lado del aumento. Al volverlo, se le zafó inexplicablemente de la mano. Fragmentos, astillas, polvo de fatalidad fue lo que vieron los ojos desmesuradamente abiertos del señor Sprobius. ¡Siete años de desgracia! Recogió con resignación los pedazos de su infelicidad futura y los arrojó en el canastillo (con la mano derecha, por lo menos). Se encaminó tristemente hacia su cuarto, se vistió. Cuando se enfundaba en su impecable traje gris, advirtió que había dejado la percha sobre la cama. ¡Y el sombrero! ¡También el sombrero! Tuvo ganas de llorar pero se contuvo. Bastantes lágrimas anunciaba ese cielo plomizo; encapotado. Al pasar por el vestíbulo recogió el paraguas. ¿Cómo habría quedado el arreglo de aquella quemadura en la tela? ¡Ah, no!, esta vez no lo pescarían. No lo abriría dentro de la casa. ¡No! El señor Sprobius alzó el paraguas como un estandarte arrebatado de manos del enemigo y salió triunfalmente de su casa.
En el camino apareció debidamente el cielo color pizarra atravesado por brillantes haces de luz. ¿Llovería? ¿No llovería? Si llovía con sol, se casaría una vieja. ¿Por qué no? No había nada de extraño en que un primer hecho tan extraordinario trajera aparejado un segundo suceso no menos singular. Pero, ¿cuál sería esa provecta dama que cuajaría sus azares con brillantes gotas diamantinas? Ojalá no se tratara de su tía Eulalia. Porque hoy era martes, y ya se sabe: el martes, no te cases ni te embarques. No, Eulalia, no. Ya tenía demasiado con su reuma, su pie plano y su doble mentón, además de ser jubilada, para afrontar las iras del planeta Marte, regente del nefasto día martes: violencia, choques, conflictos, peleas, conflagraciones, guerras, sangre. Un campo magnífico para médicos y militares. Pero, ¿qué pareja, por avenida que pareciera, podría soportar semejantes influencias? No la que pudiera formar la timorata Eulalia, por cierto. Había que ser prudente. La prudencia…-¡Prudencia, dije, caramba!- exclamó el espantado señor Sprobius, y se detuvo en seco, ya a punto de pasar por debajo de una escalera, y prosiguió, después de lanzar un suspiro de alivio -: ¡A tiempo, menos mal! El castigo que acabo de esquivar está relacionado con la cólera celestial. Es fácil deducirlo: esta escalera, con la línea de la pared y la del suelo forman un triángulo: el triángulo equivale a la Santísima Trinidad, y si yo pasara por allí, profanamente, profanadoramente, mejor dicho, lo rompería. Me interpondría, como un verdadero intruso, torpe y desaprensivo, entre las tres personas divinas. Y aunque el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo disimularan y fueran clementes conmigo, nada bueno podría resultarme de una indiscreción, ¿qué hago?, de un atropello tan monstruoso, tan desconsiderado. Por otra parte, por una escalera suben al cielo los ángeles y los santos. ¿Quién me dice que ahora, por esta humilde escalerita, sucia y descascarada, no están subiendo hacia las alturas cortejos enteros de invisibles bienaventurados? No, no pasaré por debajo de vosotras, ánimas sagradas. Guardaré el debido respeto. Trazaré con devoto paso el reglamentario semicírculo que contorneó la ascensión sobrenatural o el simbólico triángulo de la Trinidad.
-¡Qué Dios os bendiga seres alados!- reiteró ya sorteado el peligro-. ¿Alados, dije? Alada era la lechuza que cantó esta madrugada. Mala suerte haberte oído, pajarraco, compinche del demonio, testigo insomne del Sabbat. ¿Acaso no viajabas con la bruja, desdentada pionera de la aviación, hacia los abominables aquelarres? Y tú también, gato negro que te me atravesaste ayer por la mañana. ¿Quién me asegura que tu indomable naturaleza felina no encarna aún el espíritu rebelde del diablo? ¿Quién me certifica que mientras ronroneas lánguidamente en la cocina, junto a una anciana de apariencia candorosa que trajina entre ollas y cenizas, no están esperando los dos la hora de las brujas para remontar el vuelo?
El señor Sprobius se sacudió, víctima de un violento escalofrío. Veía nítidamente la escena: la hechicera cocinando sus ungüentos con batracios inmundos y sangre de niños inocentes en humeantes marmitas; su prójimo inmediato, su cómplice enmascarado – el gato doméstico- , habitado por el alma retinta de Satanás; la escoba dispuesta para el viaje nocturno entre las sombras densas como alas membranosas, como alas del infierno.
-¡Diablos! gritó hacia adentro, en el colmo de la angustia-.Aquel no es Salomón Strabius? ¡Y yo tan abstraído, como siempre, en mis ensoñaciones!
Un personaje enlutado, con aire de ciprés que camina sin pausa y sin prisa como la estrella- como la negra estrella, en este caso-, se desplaza sigilosamente por la acera de enfrente. Apostado detrás de un árbol, espiando con ojos desorbitados, el señor Sprobius recitó para sí mismo las palabras del profeta Pitré: “El jettatore se caracteriza por una fisonomía acerca de la cual no es posible equivocarse: tiene un rostro flaco y de color aceitunado, los ojos pequeños y ligeramente hundidos, la nariz larga y aguileña y el cuello también muy largo. En cuanto se le divisa, es preciso precaverse contra él no siendo inútiles las precauciones aunque solo se pronuncie su nombre a vuestro lado. El talismán más eficaz contra la jettatura es el hierro, pero en casos urgentes cualquier metal puede servir”. El señor Sprobius lamentó haberse olvidado el reloj, tener un molar con corona de porcelana y no usar nunca alfiler de corbata, ni espada, ni escopeta, ni cuchillo. Por supuesto, a falta de hierro… Pero el hierro era la verdadera salvación: un elemento tan duro y resistente que transmitía fuerza a su solo contacto, proveyendo al temerario y al aprensivo de una sólida, poderosa, invulnerable coraza. Hasta los cofres llevan consigo un pedazo de hierro para que ninguna arma ni espíritu maligno los alcance. Y pensar que su herradura, no solo hierro sino luna (forma de luna en creciente: sumamente favorable) y también velocidad e intrepidez (contagiadas del caballo) estaría muriéndose de risa en su casa, por los siete agujeros de sus clavos.
Buscó ávidamente en sus bolsillos, nada, ni una moneda, aunque no fuera agujereada. Sacó la mano derecha, la esgrimió hacia adelante y apuntó en dirección al pobre Salomón Strabius. ¿Lo mató? No. Ese meñique y ese índice extendidos y el resto de los dedos encogidos solo podían servir-como simulación de otra luna en creciente o como manera de luchar contra el diablo con alguno de sus mismos atributos- para contrarrestar las emanaciones maléficas que exhalan los jettatore , los bizcos, los jorobados y los curas, de acuerdo con indiscriminadas e impías y malvadas acusaciones. Pero los cuernos no fulminan a los “fúlmines”. La prueba es que Salomón Strabius continuó impertérrito su irrevocable marcha. ¡Pobre Salomón! Como el personaje de Pirandello, a falta de otra ocupación, no tenía más remedio que capitalizar su ausentismo: los grandes almacenes L. y las grandes joyerías K. le asignaban una discreta renta con tal que no los llevara a la quiebra apostándose en sus puertas o junto a sus escaparates. Pobre Salomón: tenía la mirada velada por la vergüenza y la miopía. No se parecía al envidioso señor Fribonius, que realmente tenía los ojos cargados a ojos vista de mal de ojo. De ellos irradiaba un destello satánico, tal vez incontenible, tal vez intencionado. ¿No se decía acaso que había quebrado piedras preciosas y cristales con solo ponderarlos? ¿No había enfermado a la yegua del vecino y a pandillas enteras de chicos que apedreaban o saqueaban sus viñedos? Por otra parte, toda la antigüedad, filósofos, cronistas y grandes letrados, se han referido a esta ponzoña visual, a este “pus visibo” que fluye y se transmite por medio de la mirada, desde los putrefactos sentimientos del propagador. Según don Enrique de Villena, excelso nieto de Enrique II de Castilla, caballero que sabía más del cielo que de la tierra, los síntomas del “aojamiento” o mal de ojo son los siguientes:  el enfermo permanece sin ánimos, ni siquiera para sentarse, tiene los ojos bajos, suspira continuamente, se queja de angustias que no sabe determinar y de colores imprecisos en todo el cuerpo, le acometen súbitos fríos y calores, pierde el apetito, sufre de estreñimiento, abre la boca inconteniblemente, se le afina el oído y oculta los pulgares entre los dedos de las manos cerradas. Contra todo ello el remedio más antiguo consiste en hacer bostezar al enfermo o en bostezar en nombre de él hasta que cruje la articulación temporomaxilar, con lo cual se expulsa el embrujo, hijo de la codicia o de la envidia, que se ha ganado dentro de la víctima. A su turno, Fray Martín de Castañeda, experto en supersticiones y otras hierbas, aconseja preservar a los niños de tal mal pegándoles en la frente un espejo que atraiga a las miradas funestas y las desvíe de los permeables ojos infantiles, con lo cual el fluido maléfico…
-¡Espejo!-farfulló el señor Sprobius con boca convulsa, y se golpeó la frente como un fruto aguachento al recordar el infausto episodio de esa misma mañana-. ¡Espejo! Espejo, espejito, ¿hay alguien más desdichado que yo? –exclamó en seguida, casi al borde de las lágrimas, parodiando descaradamente a la madrastra de Blanca Nieves, y sin hacer ninguna pausa prosiguió-: Trizado, roto, destrozado, hecho polvo, como mi voluntad y mi corazón.
Vio desfilar frente a sí, con calenturienta imaginación, todas las calamidades que podrían o no podrían abatir su vida sedentaria: problemáticos naufragios, una casa partida por el rayo, imposibles desastres sentimentales ya que era misógino por naturaleza, mordeduras de canes rabiosos, invasiones de polillas, caries y dispepsias. Ignoraba que, de la misma manera en que había parodiado inconscientemente a la madrastra de Blanca Nieves, estaba imitando ahora a los miembros de una tribu primitiva que creían y creen que el alma humana está alojada en la imagen que se refleja en cualquier superficie bruñida: a espejo roto, espíritu quebrado. Y si hubiera leído “La rama dorada” de Frazer, por ejemplo, hubiera completado con otros detalles ese mágico axioma: “Cuando los motumotu, de Nueva Guinea se vieron por primera vez en su espejo, creyeron que lo que veían eran sus almas. Los zulúes no miran el interior de un pozo oscuro, pues piensan que en él hay un animal que les cogería sus imágenes reflejadas en el agua y así ellos morirían. Los basutos dicen que los cocodrilos tienen el poder de matar a una persona arrastrando su imagen bajo el agua”. Y tan clara como ésta, se le habría aparecido la explicación de por qué en algunos lugares se cubren los espejos o se los vuelve contra la pared cuando alguien muere: “Se teme que el alma, proyectada fuera de la persona en forma de reflejo en el espejo, pueda ser llevada por el espíritu del muerto, que comúnmente se supone que ronda por la casa antes del entierro.”
El señor Sprobius, ajeno a estas curiosidades etnográficas y antropológicas, recorría en cambio otros hechos que confirmaban y fortalecían su creciente temor:
-Me levanté con el pie izquierdo, ¡mal rayo que no me parta!, y puse el sombrero sobre la cama. He quebrado el orden natural. He roto el equilibrio entre los contrarios. El lado derecho es el propicio porque está ligado a lo noble y a lo diestro, de la misma manera que la mano derecha es la que se utiliza en todos los actos que requieran destreza o habilidad. Para subir al templo, para iniciar la danza, para salir de la casa, para entrar en ella, para comenzar el día venturosamente hay que adelantar primero el pie derecho. “¿No llegó a imaginarse el mismo Augusto que una sedición promovida entre los soldados de su guardia era debida a que se había calzado el pie izquierdo con el zapato derecho?” ¿Y no había quienes castigan a los santos duros de oído invirtiendo sus estampas? ¡Y el sombrero a los pies de la cama! ¡Mucho peor! ¡Cómo ha podido alterar la oposición entre lo alto y lo bajo, colocando lo que debía estar en la cabeza en el lugar donde pongo lo inferior! Sólo un espíritu abyecto como el mío, sólo un insecto sin antenas como yo, sólo un ser proclive a los declives más deleznables puede caer en semejante error.
El señor Sprobius se golpeaba el pecho mientras recitaba, con la cara hacia arriba y los ojos en blanco, algunos versículos de su “credo” personal, que, por otra parte, era bastante universal:
-No poner las asentaderas ni los pies sobre una almohada, no apoyar la cabeza en un cojín, no sentarse sobre un recipiente que contenga comida, no anudarse el taparrabos alrededor del cuello. No etcétera. No etcétera. No etcétera.
Las últimas consideraciones fueron rociadas por gruesas gotas de lluvia, lentas y pesadas. El señor Sprobius abrió su paraguas y sonrió con complacencia. Con dos complacencias: el remiendo en la tela era casi invisible, y acababa de recordar que casi, casi, había abierto esa misma mañana el paraguas en el vestíbulo de su casa, lo cual habría valido a convocar sobre ella todas las furias desatadas. La protección contra la tempestad se convierte, por su uso inadecuado, en atracción simbólica de la misma en cualquiera de sus aciagas formas: enfermedad, fracasos, mala suerte. Era posible o era seguro que el origen de tal suposición nacía de una escena común en la campaña o en lugares aislados: el médico o el cura que llegan heroicamente en medio de una noche de lobos a recoger el último suspiro del moribundo, y entran en la casa arrastrados por las potentes ráfagas de la tormenta, luchando cuerpo a cuerpo con los paraguas como tenebrosas bestias de alas indomables y obstinadamente abiertas. Y por si fuera poco, el sacerdote coloca una cruz sobre la cama mientras administra la extremaunción. Una cruz: dos brazos atravesados como los de una percha, dos brazos para abrazar estrechamente a los agonizantes y arrebatarlos hacia el más allá. ¡Y él había cometido la torpeza de poner una percha sobre su cama mientras se vestía! Era como poner la cabeza sobre el tajo, como facilitar la caída de la centella, como abrirle la puerta a los vampiros y a los ladrones.
El señor Sprobius ansió sumergirse en las aguas de un Ganges purificador, deseó emprender penosas peregrinaciones a la Meca, anheló arrodillarse sobre hirientes puñados de maíz a manera de castigo y de expiación, y sintió en la garganta un dolor áspero y agudo, como si acabara de tragar un puñado de arena. Después apartó la vista del escenario de sus múltiples tragedias y se dirigió a la pared. Había llegado. Esa era la entrada del club. Esa chapa indicaba el malhadado número: 13. Mientras cerraba resignadamente su paraguas, el desquiciado señor Sprobius pensó:
-Del árbol caído todos hacen leña. Me había olvidado de esta última fatalidad: trece, para completar. ¿Cuál no será el efecto de este número cuando en algunas partes existen empresas que reclutan comensales n° 14 y les asignan excelentes sueldos para que asistan a reuniones con desconocidos que tienen la mala suerte de ser trece? Son ángeles salvadores, claro. Soldados y abanderados de la buena fortuna. Por supuesto que para los cabalistas el trece no tiene significación funesta, porque si bien es el número de la muerte en el Tarot, significa también renacimiento, una etapa nueva, y hasta la inmortalidad. Y tampoco ignoro que San Cipriano marca con este número la aparición de Jesucristo ante los pueblos, porque 13 días después de su nacimiento la estrella misteriosa develó su advenimiento a los tres Reyes Magos. Pero ¿de qué me vale esta sabiduría? ¿Acaso no fueron trece también los que asistieron a la Ultima Cena? ¿Y qué mayor catástrofe pudo sacudir la tierra y los cielos que el resultado de aquel ágape sobre el cual ya planeaba la traición? ¿Podía Jesús eludir su destino? ¿Podía Judas eludir su condenación? ¡No, no, eso nunca! ¿No había derramado la sal, el infeliz, en aquella noche adversa? ¡La sal, el elemento esencial, la moneda de cambio de muchas épocas, la preciosa antepasada de la frigidaire para la conservación de los nobles alimentos y, por lo tanto, el signo inequívoco de lo intemporal, de lo invariable, de lo incorruptible! ¡Nada menos que la sal! ¡Ignominia y oprobio sobre él! Y ese morboso, complaciente, predestinado réprobo no había atinado ni siquiera a manotear la sal y arrojar tres puñaditos de su cristalizada desventura sobre el hombro izquierdo, aullando su conjuro en las orejas del tentador: “¡Satán, Satán, toma tu parte y vete!”. En el colmo de la reprimida exaltación que agitaba su pulso y aceleraba peligrosamente los latidos de su corazón, el señor Sprobius miró la hora en el reloj de las carmelitas: la una. ¿La una? ¿Y por qué no las trece, miserable? –se dijo, y mientras subía la escalera, sudoroso, casi epiléptico, balbuceaba:- ¡El trece otra vez!
El señor Sprobius penetró el amplio y sobrio comedor en donde se encontraban sus ex compañeros del colegio nacional, dispuestos a iniciar el banquete anual de camaradería. Los contó rápidamente. Eran trece. Las trece cabezas se volvieron ansiosamente hacia el recién llegado. Consciente de su importancia, de su personalidad única, extraordinaria, irremplazable, el señor Sprobius se sacudió su hipocondría, sacó pecho y ocupó airosamente, tras recibir un más que entusiasta Bienvenido, su sitio de comensal n° 14.

sábado, 20 de septiembre de 2014

Olga Orozco: la maga de la poesía (Leonor Calvera)





La tarde invernal se halla en su punto más alto. El sol derrocha luz por los amplios ventanales. Casi no hay sombras alrededor de esta creadora que tanto sabe de la oscuridad. Nos encontramos en la casa de Olga Orozco. Una gran poeta. Una creadora que, desde el absoluto de la poesía, comienza el dialogo repudiando todo condicionamiento por género con estas palabras:

Nunca quise figurar en antologías que mujeres porque creía que agruparlas por sexo era una exclusión, una marginación. Quizá ahora no haya más remedio que hacer antologías de mujeres porque el número de mujeres que escriben ha aumentado con el tiempo, lo cual puede llegar a justificar una clasificación.

¿Antes era muy distinto?

La literatura tomada en serio por mujeres era muy escasa. En general, sus obras constituían el género de las puntillas, del suspiro, del desmayo, de la falta de rigor. Se escribía por entretenimiento o por evasión. En muy pocos casos la escritura era una exigencia ineludible, la forma de un destino.

Recuerdo, Olga, que cierta vez que Alejandra Pizarnik te reprochaba brindarte demasiado a la gente, o a los amigos, en lugar de concentrarte exclusivamente en escribir, le contestaste que el poema no cesaba de gestarse adentro tuyo, alimentándose de lo vivido. ¿Eso sigue siendo igual?

Creo que a Alejandra la mató la palabra: no le dejó vida para vivir. El lenguaje puede ser el sujeto del poema, pero el lenguaje como sujeto excluyente es devorador. Creo que la palabra tiene que transportar cosas, tiene que transportar tiempos, tiene que transportar visiones. La poesía sale de los misterios transcendentes o de los cotidianos, porque existe un estado que te permite transfigurar lo visible y lo invisible: la hoja, la nube, una ausencia. Pero ahora hay una marcada tendencia a encadenar fáciles juegos silábicos, a combinar en vano palabras prestigiosas, a hacer ortopedias con textos consagrados.

Pensar en la poesía de Olga Orozco es pensar en la magia.

Poesía y magia están muy emparentadas. Ambas quieren transformar el mundo. Surgen de la conciencia de que somos insuficientes, incompletos, inacabados, y pretenden ampliar las posibilidades del yo, los alcances de la realidad, abriendo las puertas a otros conocimientos, a otros universos. Tanto la magia como la poesía intentan una conversión simbólica del aquí y el ahora, trasladándolos siempre un poco mas allá, pero en tanto que la magia intenta una toma de posesión, la poesía, como la plegaria, es una entrega, sólo que una entrega contra toda esperanza y toda desesperanza. La poesía es búsqueda hacia lo alto, es una ascesis, mientras que la magia es una llamada hacia abajo, es una utilización.

Tupoesía surge de la vida, ¿que espacio ocupa en ella la muerte?

La muerte esta íntimamente emparentada, entrelazada con la vida. Como Miller, no puedo pensar en la una sin la otra. Son complementarias, y nunca he pensado que lo contrario de la vida sea la muerte. Creo que lo contrario de la vida es la nada. Para mi la nada es impensable; por lo tanto supongo que la muerte es otra forma de vida, una vida perdurable. Esta fe no me proporciona tanta serenidad como la que aparento, porque si mi poesía espía hasta donde es posible en el reino de la muerte, no dejan de aterrarme las impensables metamorfosis que se producirán.

¿Tu poesía parte de una reflexión?

No hay una llamada fija que me convoque. A veces lo que me estimula es una imagen, otras una frase o un sonido. Después, es como si tuviera el comienzo y el final de un proyecto de viaje y yo estuviera que escribir el transito de una a otro, tanteando terrenos azarosos, oyendo silbatos que me solicitan desde todas partes, eliminando estaciones y poniendo señales. Pero ese recorrido que media entre la primera fase y el final es un producto no propuesto, una incubación inocente digamos. Nunca planteo un libro con un tema determinado. Si se da así es porque algo insistente, obsesivo, me persiguió durante una larga temporada. Museo salvaje, por ejemplo, fue el resultado de una prolongada extrañeza ante mi propio cuerpo.

¿Incorporas el cuerpo a tu escritura?

Naturalmente, lo incorporo a todo, inclusive lo reclamo para la resurrección, siendo el cuerpo como un intermediario, algo que hace posible la vida y a la vez la limita. El cuerpo me tapona el acceso a la totalidad, me traba la relación con el mas allá, por su sola presencia. Pero bendito sea el cuerpo que permite el palpable intercambio del amor, la riqueza de las sensaciones, los paraísos de los sentidos. La vida es infinitamente variada. Claro que cerrar, como en el sueño, le añade nuevas dimensiones: identificarse con todo el universo. Tenerlos abiertos es identificarse con lo otro solo parcialmente.

Magia, sueño. Sin embargo tu poesía es muy racional.

Tiene rigor lógico. No hay en ella antinomias idiomáticas ni representaciones absurdas. Construyo los poemas como un arquitecto que no olvida detalle. Eso no impide que alguna vez me permita hacer una cosa a lo Piranesi.

¿Dispones de tiempo suficiente para esas construcciones?

Si; en cambio cuando trabajaba en periodismo – era lo que se llama una redactora estrella- siempre estaba en lucha con el reloj y hasta dejaba de escribir por natural rebeldía. De todos modos no creo que el periodismo me haya perjudicado en mi escritura; por el contrario, tal vez me dio ductilidad. No hacia un periodismo de calle, sino en contadas ocasiones, y en las biografías, que eran casi trabajos de seminario, usaba un estilo muy cercano a mi verdadera prosa.

¿De allí salió La oscuridad es otro sol?

La oscuridad salió de una terapia. Se trata de un libro autográfico. Por exigencia de mi psicoterapeuta escribía durante horas recuerdos, sueños, asociaciones libres, impresiones vivas, y llenaba papeles que yo suponía que el rompía, tal como según Gómez de la Sema hace Dios con Lautreamont cuando le obliga a escribir una y otra ve, como castigo, el Canto Tercero de Maldoror.

¿Tu infancia?

Mi infancia fue muy especial: protegida y solitaria, a la vez. Protegida por el amor y los desvelos y solitaria por mis miedos y porque se desarrollo en un lugar de soledad, en La Pampa. La Pampa da vértigo hacia todos lados, hacia el horizonte y hacia arriba. Luego estaban los médanos que cambiaban de lugar, los cardos rusos que crecen y avanzan amenazadores y ese relieve casi viviente, muy particular, que toma una piedra o un hueso en total aislamiento. Y también estaba la gente extraña que amparaba mi abuela: locos inquietantes, locos adorables, locos viajeros. Allí mi casa era el centro del mundo, como en las viejas mitologías. El roble de mi casa, prolongado hacia arriba, me llevaba hasta el centro del cielo. Con mi hermana, cuando se apagaban las luces, empezábamos a andar en esa casa como en un carromato que nos llevaba a todas partes y que nos depositaba a salvo, a la mañana siguiente, milagrosamente, en el lugar de la partida. Yo llevo esa casa a todas partes, la recreo, la meto dentro de las casas donde vivo, de modo que tropiezo con sus paredes y abro sus ventabas donde ya no están. Es la casa que en el cielo, ahora; el carromato que vendrá a buscarme para llevarme al otro mundo.

¿Y tu madre?

Me sentía muy cerca de mi madre. Era muy extremada, pero era mi refugio, mi ángel protector, mi fortaleza. Nos dejaba cierta libertada para que, como todos los niños en el campo, descubriéramos sus misterios, sus revelaciones, que son inagotables. Porque afuera, allá lejos, todo forma parte de la tapicería de la buena convivencia: los animales, los arboles, los escondites, las frutas, los colores.

¿Nostalgia?

Mi nostalgia es parecía a la del tango. Diría que es un desgarramiento con categoría. De paso, te digo que siempre quise escribir una letra de tango, pero me falla la precisión del ritual, la justeza del desafío y la redondez de la queja.

¿Memoria, entonces?

Mi memoria no es trivial; es interpretadora y crece conmigo. Yo acarreo todo.

¿Un tiempo que se repite?

Mi tiempo es circular, como en los Cuartetos de Eliot. Creo que una gran aventura del hombre es violentar el tiempo, intercalar las épocas. Lo que viví hoy no solo influye en mañana sino que modifica el ayer. La profecía es una lectura del pasado. Por eso no tengo la vocación entomológica que se precisa para querer captar, embalsamada, la fugacidad del instante.

Cada maga tiene un animal preferido. El tuyo, Olga, ¿Cuál fue?

Berenice. Una gata, tal vez. ¡Ah, el enigma de los gatos! Berenice era un animal sagrado, que tenía en el paladar el círculo negro que identificaba en Egipto a los animales sagrados. Me saludaba con una reverencia y tenia la particularidad de caminar retrocediendo. Cuando murió le dedique un libro: Cantos a Berenice.

¿No la remplazaste por otra?

Berenice no era reemplazable. Era un tótem. Podré tener un perro, no sé, un pájaro una lagartija, pero no otra gata. Creo que hasta me dictaba los poemas. No la puedo sustituir. En los amores humanos me ha pasado lo mismo, por eso mi estado es de perdida permanente. Si lo perdido se acumula en algún lado, mis posesiones son incalculables.

¿Te quedaste a solas?

Todos estamos solos, aunque todos seamos uno y acabemos por encontrarnos y reconstruir una unidad final. Tuve siempre un profundo sentimiento berkeliano: ¿los demás existen porque pienso? ¿y a mi quien me imagina? En un dialogo, por ejemplo, los interlocutores hacen señas, pero ¿Cómo saber si las convenciones son las mismas? A mi madre, desde bastante chica le planteaba este asunto: ¿ella me veía por si misma o me veía porque yo loa veía? Podíamos hablar el mismo idioma, pero eso no quería decir que las significaciones fueran las mismas para una y otra. Aunque el lenguaje fuera el mismo las representaciones del idioma podían ser muy distintas para ambas. Esta sospecha me asalta con frecuencia. Por eso el dialogo me suele aterrar.

¿Miedo a no comprender, a no ser comprendida?

Miedo infinito, repartido. A veces puede ser manejable. Pero a veces la angustia toma la forma de la existencia misma, amenazada por cambios impensables, por la alteración de las leyes de la naturaleza. Como si todo lo imposible estuviera a punto de desbordarse y de hacerse posible, hasta quitar el aliento, hasta acosar.

¿Miedo que se pueda dominar con la poesía?

La poesía es una conversión a la unidad, como creo que ya dije; la pluralidad incompresible y aterradora reducida a la unidad. El recorrido de la pluralidad a la unidad remontando el proceso de la Creación con la creación poética hasta llegar al verbo primero, anterior a la división. Para llegar a ese Uno Absoluto me arrojo sobre las palabras, las golpeo, las acaricio, entablo con ellas la relación de los amantes, de la que hablaba Juan Ramón Jiménez. Pero nunca me responden adecuadamente. Siempre me traicionan o huyen o me devuelven solo la centésima parte de lo que intento. Nunca acierto con el centro al que quería llegar.

¿Cómo crees que impresiona tu poesía en el lector?

Lo ignoro. No se qué produce en el lector, porque la poesía tiene múltiples alcances, múltiples lecturas. Inclusive para mí un poema puede tener una significación distinta de acuerdo con el momento en que lo releo. Por otra parte, no me propongo llegar a un lector: escribo con todos y para nadie en particular. Sin embargo creo que mi poesía les llega más a las mujeres.

Creo que al varón le infundís miedo o respeto.

Los que caminan por la cornisa del abismo infunden miedo, pero a todos.

La oscuridad es otro sol. También la luz es un abismo. Las oposiciones hallan armónicamente su lugar en la de Olga Orozco. La creadora que, merced a la palabra desplegada con mágica certeza, permite que el lector se adentre en una realidad plural y fascinante, que quiebre el fluir del tiempo y la siga por los espacios en una búsqueda infinita de la unidad.

Tomado de:
https://mujeresdelmilenio.wordpress.com/category/1-reportajes/olga-orozco-la-maga-de-la-poesia/ 

Olga Orozco / Entrevista para Canal Encuentro

Destino - Programas - Canal Encuentro

Sinopsis:
En 1998, Olga Orozco nos abrió las puertas de su casa para dialogar sobre su vida y sus libros. Su infancia, los tiempos de juventud, sus pasiones e inquetudes, su obra literaria y otros temas llenan de contenido los cuatro capítulos de esta serie. Una entrevista profunda para conocer a fondo a una de las más grandes poetisas de Latinoamérica. - See more at: http://www.encuentro.gov.ar/sitios/encuentro/programas/ver?rec_id=102206#sthash.49eR71TP.dpuf