sábado, 4 de enero de 2020

#OlgaOrozco2020: Al pájaro se lo interroga con su canto






ph: Vicent Van Zalinge



Hay en algunos ojos esas borras de añil que dejan los crepúsculos
     al evaporarse
–un ala que perdura, una sombra de ausencia–
Son ojos hechos para distinguir hasta el último rastro de la
     melancolía,
para ver en la lluvia el inventario de los bienes perdidos,
así como hace falta un invierno interior
“para observar la escarcha y los enebros erizados de hielo”
dijo Wallace Stevens congelando el oído y la pupila,
convertido tal vez en el hombre de nieve que contempla la nada
     con la nada
y que oye sólo el viento,
sin ningún evangelio que no sea ese sonido único del viento
(aunque tal vez hablara de la más extremada desnudez;
no de la transparencia).
Pero yo sé que cada tiniebla se indaga solamente con la noche que
     llevo,
que la piedra se entreabre ante la piedra
de la misma manera que se tantea el corazón con el abismo.
¿Hay alguna otra forma de asomarse hasta el fondo del subsuelo,
el fondo de otra herida, el fondo de otro infierno?
No hay ninguna otra lámpara para reconocer lo próximo, lo ajeno,
     lo distante.
Lo atestigua la esquiva intención de la rata chillando entre los
     vidrios,
resbalando en la rampa de una impensable luz;
lo proclama la estrella con su remoto código adherido a un temblor,
tal vez a una agonía que ya fue;
lo confirma ese yo que camina contigo y es memoria dondequiera que
     olvides,
y ese otro, inabarcable, centelleante,
que le sale al encuentro bajo el agua de las transformaciones,
y a veces ni es persona, ni color, ni perfume, ni huella de este
     mundo.
Ambos están tejidos con la sustancia misma del silencio.
Se parecen a Dios en su versión de huésped reversible:
el alma que te habita es también la mirada del cielo que te incluye.


de "En el revés del cielo" (1987)

viernes, 3 de enero de 2020

#OlgaOrozco2020: Tierra nueva en crónica vieja





En nombre de mi rey
consagro estos dominios al servicio de su fantasía y de sus ocios
y a la gloria y alabanza de Dios.
Sobre estas posesiones puede haber más de un sol
y en cada sol instauran su brillo fulminante la corona y el trono,
porque así es el poder.
En adelante rige, inapelable, estas tierras sin fin y estos océanos sin estatutos
que forman la dudosa, incomprobable realidad.
Son sitios resbalosos, hechos para el traspié y para la caída;
debajo de cada paso suele haber un agujero.
Son arduos territorios donde todo es posible, salvo la costumbre,
donde cualquier repetición, aún la de abrir puertas a las visiones de Ezequiel
o la de levantarme de mi lecho para que pase un barco,
es fatal advertencia o acosadora pesadilla.
Lo que fue ayer no es hoy y las piedras de hoy no permanecerán hasta mañana,
porque no hay nada estable, ni dicha ni tormenta,
y donde hubo un jardín prosperan como locas las cabelleras de las furias
y donde hubo una hoguera tal vez surja Cartago o los perros de Orión.
No me preocupa levantar la casa sobre ráfagas que huyen,
porque de todos modos cambiará de lugar con cada trueno lo mismo que los pájaros,
aunque sobre mis huesos prevalezcan los rosales silvestres y la araña.
También, también los hombres mudan de piel bajo la garra del relámpago;
son ellos y no son,
como si los hubiera ganado la distancia o invadido otra especie;
a veces se adormecen del lado del amor y despiertan del lado del encono;
a veces se evaporan cuando llegan, crecen cuando se alejan.
Algunos precipicios persiguen al viajero, lo aprisionan en su estuche de hierbas;
otros toman la forma de una herida anterior,
de una larga fisura por la que se puede contemplar el infierno.
Traidoramente bellas son la fauna y la flora, hechas de terciopelo y pedrería
o esculpidas en el humo  y la niebla,
pero siempre dispuestas al asalto, al estrangulamiento y al veneno.
Este reino es esquivo, soluble y engañoso como ciertos cristales en el atardecer.
Hay rincones que vuelan, poblaciones arrancadas de cuajo,
praderas que caminan hacia el mar con sus hormigas y con sus antorchas,
pero nada es indemne bajo la mordedura de la herrumbre
ni el tajo de los años.
Aquí los habitantes y las cosas son fantasmas: como llegan se van.
Yo le pido a mi Dios una sola certeza:
que no despierte ahora ese rey que me sueña.


en "En el revés del cielo" (1987)

jueves, 2 de enero de 2020

#OlgaOrozco2020: Cantos a Berenice XI





¿En qué alfabeto mítico aprendiste a interpretar los símbolos?
¿Qué fábulas heroicas te enseñaron?
a sitiar los aviesos anuncios con el foso de la monotonía
y a clavarles después el puñal del relámpago?
Tu poder era el poder de la distancia
que con un golpe cierra su abanico y expulsa al invasor.
Horas que fueron años alertas como lámparas,
pacientes como estatuas frente a huéspedes que vienen y se van.
Tú, inmóvil, sumergida en dorados invernáculos,
en visiones letárgicas bordadas por la conspiración del sol y sus oleajes,
acechabas un flanco con repentinas rayas de leopardo,
la música irisada de un abejorro ciego taladrando de pronto todo el cosmos,
para hacer estallar bajo un solo zarpazo sus amenazadoras maquinarias.
Así pudiste un día replegar el espacio
y descubrir en el fondo de mi corazón alguna sombra intrusa entre las sombras,
o adivinar qué oculta telaraña tejían, destejiendo, mis tejidos,
o qué vetas aciagas fraguaban bajo mi piel un mármol implacable
y escarbaste, escarbaste con felpas y pezuñas hasta arrancar el mal
como una perla negra que se disuelve en polvo,
en nada.
Yo te pregunto ahora, entre nosotras,
¿era realmente nada?
¿O atesoraste acaso una por una esas cuentas sombrías
y enhebraste un collar que se hizo nudo en torno a tu garganta?



en "Cantos a Berenice" ilustrados por Martino (Ediciones en Danza, 2015)


miércoles, 1 de enero de 2020

#OlgaOrozco2020 : Iniciamos el año de festejos: Sol en Piscis

Desde este jardín los invitamos a leer a Olga todo el año
un poema por día para festejar el centenario de su nacimiento



Solamente los muertos conocen el reverso de las piedras.
Solamente las piedras conocer el reverso de los muertos.
Lo sé.
A veces las estatuas vuelven a abrir en mí ciertas heridas
o toman el color de las acusaciones que me impiden dormir.
Pero hay pruebas que nadie quiere ver.
Se atribuyen al tiempo, a las tormentas,
a la sombra de pájaro con que los días se alzan o se dejan caer sobre la tierra.
Nadie quiere pensar que hay muchas muertes por cada corazón.
Tantas como muertos nos lloren.
Tantas como piedras los sigan lamentando.

Existe una canción que entre todos levantan desde los fríos labios de la hierba.
Es un grito de náufragos que las aguas propagan borrando los umbrales para poder pasar,
una ráfaga de alas amarillas,
un gran cristal de nieve sobre el rostro,
la consigna del sueño para la eternidad del centinela.

¿Dónde están las palabras?
¿Dónde está la señal que la locura borda en sus tapices a la luz del relámpago?
Escarba, escarba donde más duela en tu corazón.
Es necesario estar como si no estuvieras.

He aquí el pequeño guijarro recogido para la gran memoria.
De este lado no es más que un pedazo de lápida sin inscripción alguna.
Y sin embargo desde allá es como un talismán que abre las puertas de mi vida.
Por sus meandros azules llego a veces más allá de mis venas:
cerraduras que giran contra la misteriosa rotación de los años,
vértigos de continuas despedidas que ahora me despiden a través de mis lágrimas de entonces,
hasta ser nada más que una cinta brillante,
un fulgor que ilumina ese fondo de abismo donde caigo hacia el fondo del cielo,
tan ávido como el tambor que invoca las tormentas.

Heroína de miserias, balanceándote ahora casi al borde de tu alma,
no mires hacia atrás, no te detengas,
mientras arde a lo lejos la galería de las apariencias,
las máscaras del sueño que labraste sobre ciegas cortezas para poder vivir.

A solas con tu nombre, contra el portal resplandeciente,
a solas con la herida del exilio desde tu nacimiento,
a solas con tu canción y tu bujía de sonámbula para alumbrar los rostros de los desenterrados;
porque ésa es la ley.
A solas con la luna que arrastra en las mareas del más alto jardín de la memoria
un rumor de leyendas desgarradas por la crueldad de la distancia:
“Cuando llegues del otro lado de ti misma
podrás reconocer el puñal que enterraste para que ti vinieras despojada de todo poderío.
Si avanzas más allá
encontrarás la fórmula que yace bajo los centelleos de todos los delirios.
Si consigues pasar
alcanzarás la Rueda que avanza hacia el poniente.”

Pero no hay arma alguna que arrebate a mi vida su inocencia,
ni retablo enterrado en cuyo espejo de oro se abran las flores de otros mundos,
ni carruaje que avance con el rayo.
Sin embargo, esta palabra sin formular,
cerrada como un aro alrededor de mi garganta,
ese ruido de tempestad guardada entre dos muros,
esas huellas grabadas al rojo vivo en las fosforescencias de la arena,
conducen a este círculo de cavernas salvajes
a las que voy llegando después de consumir cada vida y su muerte.
Celdas tornasoladas del adiós para siempre, para nunca,
y cada una se abre hacia las otras con la fisura de una gran nostalgia
por donde pasa el soplo de los siglos,
la mariposa gris que envuelve con sus nieblas al huésped solitario,
a ese que ya fui o al que no he sido en este y otros mundos.
El que entreteje sus coronas con la ceniza de la tierra,
el que reluce con cabeza de león como un sol heráldico entre las tinieblas,
el que sueña conmigo como con una cárcel de muros transparentes,
esta que soy queriendo guardar la eternidad en el polvo de cada sonrisa,
el que se cubre con ropajes de águila para volar más lejos que la mirada de los hombres,
los que habitan aquí o en otro lado lejos de las investiduras de la sangre
y no puedo nombrar,
y el que rescatará las coraza de luz
-su día levantado palmo a palmo con la noche de los otros-
para cruzar la última puerta el arcano.

Oh, sombra de claridad sobre mi rostro,
relámpago entrevisto desde el fondo del agua:
tu signo está grabado sobre todas las frentes para la ceremonia de la duración,
para la travesía de todos los recintos en cuyo fondo te alzas como una llamarada de la gran añoranza,
como los espejismos de un perdido país anunciado por el sueño y la sed,
el miedo y la nostalgia,
y el insaciable tiempo que llevamos de migración en migración
como una brasa que quema demasiado.

Todos los grandes vértigos del alma nacen del otro lado de las piedras.


en "Los juegos peligrosos" (1962)

lunes, 9 de diciembre de 2019

Olga Orozco (Francisco Madariaga)



Olga y Francisco Madariaga





Cuando la conocí recordé de inmediato
el poema de Milocz que dice en una parte:
"la extraña muchacha de párpados
arcángelicos..."

Después la vi muchas noches de canciones
y de sueños, despedirse de los amigos y partir,
en delicadas y misteriosas volantas,
hacia los arenales de la Pampa.

Se alejaba- y se aleja siempre- como
una esmeralda negra y solar de la independencia
frente a toda capilla literaria.

Estoy seguro de que, cuando viaja, le dice
a su postillón que debe atravesar  - sin
miedo- a la volanta por esa Oscuridad Otro Sol
de su fidelidad absoluta a la poesía.


en "En la Tierra de Nadie"

de Madariaga, Francisco. Contradegüellos. Obra reunida. Paraná : Uner; 2016.

Llueve en Toay (César Bisso)






Llueve en el pueblo donde rara vez ocurre.
Estoy sentado en un banco de la plaza,
frente a la iglesia de ángeles dormidos
con sus agujas que apuñalan el cielo.

La sombra de un pájaro en vuelo
esquiva la estocada del agua.
El viento sopla contra corvos caldenes
en el pueblo donde no se oye nada.

Imagino la casa, encendida.
Es como si estuviera viendo
donde la luz abriga su belleza.

En el patio de magnolias púrpuras
sigo el paso de las hormigas
por baldosas quebrantadas.
Bajo el alero, una niña goza
pasteles de membrillo y miel.

La foto demora la infancia,
evoca fragmentos de alegrías.
Es cuando irrumpe otra lluvia
dentro de sus ojos verdes
y anochece Toay en una página.


en Andares.Corrientes : Ananga Ranga, 2019.



César Bisso (Santa Fe, 1952) Publicó Poemas del taller (Colmegna, Santa Fe, 1975); La agonía del silencio (Colmegna, Santa Fe, 1976); El límite de los días (Ediciones Lux, Santa Fe, 1986); El otro río (Calle Abajo, Buenos Aires, 1990); A pesar de nosotros (Correo Latino, Buenos Aires, 1991); Contramuros (Libros de Tierra Firme, Buenos Aires, 1996); Isla adentro (Ediciones Culturales Santafesinas, Santa Fe, 1999, premio José Pedroni); De lluvias y regresos (Ediciones Juglaría, Rosario, 2006). La Universidad Nacional del Litoral ha publicado en el 2005 Las trazas del agua -poesía escogida-, y la editorial Arquitrave (Bogotá, Colombia) editó al año siguiente una selección de poemas éditos e inéditos bajo el título de Coronda. Ha participado en varias antologías poéticas y libros colectivos. Colabora en diarios y revistas nacionales y extranjeros. Algunos de sus textos poéticos fueron traducidos al inglés y al italiano. Entre 1991 y 1995 fue coordinador de talleres de escritura en el Rectorado de la Universidad Tecnológica Nacional. En 1998 obtuvo el Premio de Poesía “José Pedroni”. Actualmente está radicado en la ciudad de Buenos Aires, ejerciendo la docencia en la Universidad de Buenos Aires. Como sociólogo es autor de ensayos publicados e inéditos en su especialidad.


Rasgada de topacio (Francisco Madariaga)



Carlos Rivenson - Olga Orozco - Norah Lange - Francisco Madariaga






                                                                                                  a Olga Orozco


Le dije que se pusiera su sombrero
y dejara deslizar una arboleda de sol
        por la orilla del mar.
Había tanta sonrisa en su boca sonora
y a veces frecuentaban sus labios los
        bares del coral.
Su memoria barría los barrotes de todas
         las prisiones.
Era la hija del sombrerero de dios que pasaba
         en un celeste y rojo carruaje,
ardiendo de amor al regreso de los reales
         horizontes,
y en el olor a su carrera de ayudante
        salida del polvo de las hadas
su tránsito real ardía ahogado por la
        sangre de pleamar.
Ayudante rasgada de topacio en el corazón
        de la inmortalidad.


en "Apariciones I"

de Madariaga, Francisco. Contradegüellos. Obra reunida. Paraná : Uner, 2016.

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Francisco Madariaga (1927-2000). Residió en la provincia de Corrientes hasta los quince años de edad rodeado de esteros, lagunas, palmeras salvajes y los gauchos más arcaicos que aún quedan en la Cuenca del Plata. En este escenario pasó su infancia marcado por el idioma guaraní que nunca dejó de hablar. Viajó a Buenos Aires para completar sus estudios y residió allí, alternando con largas temporadas en el campo, sin perder nunca el contacto con Corrientes.
Algunos de sus libros son: El pequeño patíbulo (1951), Las jaulas del sol (1959), El delito natal (1963), Los terrores de la suerte (1967), El asaltante veraniego (1968), Tembladerales de oro (1973), Llegada de un jaguar a la tranquera (1980), Resplandor de mis bárbaras (1985), El tren casi fluvial (segunda obra reunida 1988), País garza real (1997), Aroma de apariciones (1998), Criollo del universo (1998), Un palmar sin orillas (2001), Contradegüellos, obra reunida (2016)